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Vientos sobre las pirámides de Anen.

  Por fin encontramos un lugar decente, pensó Meten, mientras sus hombres instalaban el campamento en un claro selvático, muy cerca a la frontera norte de Anen. Contrario a lo que pensaba, las últimas semanas habían sido una pesadilla.

  Se intentó calmar. Muchos de sus hombres aparecían muertos en medio de la noche, sobre todo los brujos y los oficiales de los escuadrones de su ejército, esparcidos por cientos de leguas a su alrededor. Lo más extra?o era que los hombres de menor rango como jinetes y arqueros comunes apenas eran atacados.

  —Las tropas están asustadas, mi se?or.— le había dicho Dede dos noches antes. Era un viejo chamán que había cabalgado con él desde su ni?ez, y uno de sus hombres de mayor confianza, reconocido entre sus hombres por ser tenaz pero efectivo con sus predicciones de guerra. Pero en aquel momento lucía temeroso como un cervatillo rodeado de lobos. — Según los espías, ya son cinco los jefes que han aparecido muertos. Estoy por pensar que en este país maldito hay demonios que nos atacan desde las sombras.

  —Patra?as, anciano. —había respondido Meten, irritado por el insoportable calor que no paraba de sentir desde que cruzaran la frontera. Aunque había estado en muchos países cálidos, incluyendo desiertos extensos, aquello era otro nivel. Los árboles eran cada vez más abundantes, y los caminos más estrechos y embarrados a medida que sus hombres avanzaban hacia el sur. — Tienen que ser lugare?os, alima?as que se infiltran en el campamento. Todo es cuestión de aumentar las patrullas, es evidente que los hombres se han relajado demasiado.

  Unos aldeanos que habían torturado e interrogado en uno de los poblados aneitas saqueados hablaban de unas tropas de los enemigos conocidas como los pisasuave, asesinos entrenados para infiltrarse tras las líneas enemigas y degollar por la espalda a los guardias. Sin duda estaban siendo víctimas de aquellos cobardes… lo extra?o era que las muertes habían empezado a ocurrir mucho antes de cruzar la frontera. Era probable que aquellos tipos se hubieran aventurado al norte para empezar a sabotear su avance, aunque sus numerosos jinetes tendrían que haberlos detectado en algún punto.

  —No pienso retroceder, chamán. —dijo Meten, después de escuchar el mismo argumento de nuevo. Según el brujo, el temor era transmitido por los líderes de cada escuadrón a los soldados, aunque estos últimos apenas eran atacados. Sean quienes fueran los asesinos, el general estepario se negaba a creer que se tratara de demonios, aunque todo apuntaba a ello. Demonios o enemigos, eran seres demasiado listos. Solo se molestaban en matar a los más veteranos, jinetes curtidos que habían asolado muchos países junto a él. A pesar de aquella molestia, su ejército seguía avanzando. Ya habían cruzado la frontera del país más poderoso del mundo conocido sin apenas enfrentar defensores, y estaban a punto de entrar a su interior para saborearlo como a un melocotón. No tendrían mejor oportunidad, y a Meten se le acababa el tiempo. —Aunque nos han afectado con ataques cobardes, apenas lo hemos sentido. Organiza más ceremonias de predicción, y por tu propio bien… que lo que los espíritus de la naturaleza dicten sea positivo para nuestro avance.

  El viejo suspiró. Conocía la crueldad de Chak Meten con aquellos que no seguían sus dictámenes. Sabía que el tiempo prolongado en el que le había servido no impediría que lo colgara como a los demás infortunados que de un modo u otro no se ajustaban a sus planes.

  —Como diga, mi se?or.

  Después de que el anciano se fue caminando con su báculo de madera hacia su carpa, Meten se permitió un momento de paz. Sus piernas palpitaban por el esfuerzo de la cabalgata durante las últimas dos noches. Apenas habían avanzado unas cuantas leguas, mientras esperaban más informes de las fuerzas que habían entrado primero en Anen. Pero más allá de eso, él y sus hombres necesitaban descansar. Transitar aquellos caminos angostos resultaba agotador para jinetes y monturas por igual.

  Desde que cruzaran el río Chiba, la frontera natural entre Ilar y el país imperial, el calor y el miedo de amanecer con el cuello abierto se habían hecho más difíciles de soportar para sus tropas. Aunque Meten sabía que contaba con suficientes efectivos, muchos de sus hombres estaban desertando en masa, devolviéndose a Klurtz para unirse a otras hordas, temerosos de ser los siguientes en amanecer muertos a manos de los Demonios Nocturnos.

  El general de la Horda Maldita suspiró. Habían avanzado demasiado para dar marcha atrás. Sabía que sus hombres estaban rendidos, como él, pero el avance era su única alternativa. A pesar de las malas noticias una extra?a paz invadió su cuerpo, mientras observaba a sus hombres levantar carpas y empalizadas de madera, en caso de que algún escuadrón aneita los intentara sorprender. Aunque aquello era poco probable. Había muchos exploradores en los alrededores que darían la alarma al menor indicio de presencia enemiga… y en todo caso, hasta ahora no había un sólo ejército enemigo que se hubiera presentado ante ellos.

  Aunque es probable que en el centro del país los aneitas ya estén empezando a aglomerar las fuerzas, pensó, sombrío.

  —No hay por qué preocuparse, nuestra estrategia ya está rindiendo frutos. —dijo una voz familiar, pero nada grata para Meten. Aunque sólo él la podía escuchar, sabía muy bien de dónde venía. Inconscientemente tocó la espada de hierro colgada en su cintura.

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  —Otra vez tú, pedazo de hojalata.

  —Me ofendes, mi se?or. Deberías mostrar un poco de respeto por el genio militar que está haciendo funcionar tu campa?a de destrucción. Recuerda que estás enfrentando al imperio más poderoso del mundo, penetrando por una zona inesperada mientras sus ejércitos están a cientos de leguas.

  Meten suspiró. Los hombres a su alrededor seguían trabajando, indiferentes a los extra?os parloteos que eran cada vez más comunes en su general. Aunque los jinetes de su guardia privada, que en ese momento patrullaban muy cerca, no se atrevían a mirar cuando su general empezaba a hablar solo de un momento a otro, ya sabía de las habladurías.

  Para que no pensaran que había perdido el juicio, se metió en su tienda. Ahí estaría más tranquilo, aunque era imposible alcanzar la tranquilidad que quería debido a los sonidos de la madera siendo cortada y los hombres gritándose unos a otros allá afuera, a medida que levantaban las empalizadas. Menos aún con aquella voz ancestral perturbando cada uno de sus pensamientos.

  —Era algo que iba a hacer de todos modos, mi se?or mago muerto. Aunque no puedo negar que tu estrategia está dando frutos. Dividir mis fuerzas en escuadrones móviles me ha permitido explorar las fronteras aneitas mucho más rápido que si lo hubiese hecho con un sólo ejército, pero tu plan también ha resultado ser un arma de doble filo. Extra?os demonios están acosando a mis fuerzas dispersas, matando a los líderes y permitiendo que muchos de mis hombres deserten. ?Eso también te lo debo agradecer a ti, Lord Hierro?

  —No puedo negar que ha resultado algo inconveniente. Pero no puede ser un asunto tan serio. Muy pronto podrás ordenar a tus fuerzas que se reagrupen, cuando se empiecen a acercar a las ciudades importantes, y entonces atacar como un pu?o de hierro. Tienes el tiempo a tu favor, que es lo más importante. ?No es eso lo que más necesitas mi se?or, tiempo?

  Meten guardó silencio, intentando controlar su ira. Esa maldita alma encerrada en su arma siempre lograba vencer sus argumentos. Lo que más lo inquietaba era no saber si de verdad estaba de su lado, o si usaba su inteligencia ancestral para enviarlo directo a la boca del lobo.

  Para despejar su mente, salió de nuevo a echar un vistazo al campamento. Los hombres habían avanzado con las defensas: la primera línea defensiva era un cinturón de carros que habían robado en Ilar, encadenados rueda con rueda. Entre cada dos carromatos había la anchura justa para que un arquero se pudiera asomar y disparar. Detrás de dicho muro, estaban las empalizadas bien clavadas al suelo, casi terminadas. Detrás del muro improvisado, los jinetes de menor rango estaban terminando de cavar trincheras poco profundas para estorbar el hipotético avance de los enemigos. Después de dichas defensas, que sus curtidos guerreros habían levantado en menos de dos días gracias a la facilidad de la práctica, estaba el recurso más valioso de la horda después del oro: los caballos, el eje angular de cualquier tribu de la estepa. Cada montura estaba ensillada y alimentada, preparada para una eventual marcha forzada.

  Por último estaban las tiendas ordenadas en anillos concéntricos, las de mayor rango en el interior, y por supuesto, la del propio Meten en todo el centro como un sol rodeado de estrellas. En los puntos más altos estaban las torres improvisadas: trípodes de madera simples con centinelas permanentes para avisar de cualquier perturbación en el horizonte. Allí permanecerían las próximas cinco noches, hasta recibir mensajes de los otros escuadrones indicando que los caminos eran seguros para avanzar.

  Era una sensación extra?a ver la relativa tranquilidad del cuartel más allá de su carpa, con el sol brillando sobre los árboles empapados de lluvia que en ese momento rodeaban el claro alto en el que se habían asentado, mientras no muy lejos de allí sus incansables hordas arrasaban las aldeas y poblados aneitas que habían quedado a merced de la crueldad de sus hombres, aniquilando a las guardias locales y aldeanos con sevicia para no dejar nada a sus espaldas que les pudiera causar problemas a la hora de sitiar a las grandes ciudades del imperio.

  Meten se dirigió al mapa que había conseguido en uno de los pueblos fronterizos arrasados. Aunque no conocía el idioma de los indígenas, ya podía identificar en el viejo pergamino las ciudades principales, que le habían indicado los campesinos bajo tortura.

  Tenía dos opciones en ese momento: dirigir a sus fuerzas esparcidas hacia el este, donde estaban las ciudades costeras, o por el oeste, donde las ricas cuadernas del interior lo esperaban con su botín infinito. Aunque este último camino parecía más corto, en realidad era mucho más difícil de transitar, debido a los bosques intensos y los peligros de las emboscadas.

  Tomaremos el camino de la costa, pensó, analizando la línea café que lo representaba en el papiro. Era un largo camino por recorrer. La distancia no será problema, aunque mis hombres y mis chamanes no gustan para nada de la Infinita Estepa Azul, el agua maldita de la que los caballos no pueden beber, pensó, pero será mejor que avancemos con algo de desconfianza, a permitir que las pocas fuerzas que permanecen en Anen nos atrapen en sus malditos bosques.

  Sus hombres eran supersticiosos, pero había que inducirlos poco a poco en el pragmatismo y la lógica militar. Entonces se fijó en la siguiente ciudad grande que quedaba en el camino que había elegido: Panxian, un bastión elevado sobre una roca gigantesca, que según los lugare?os, estaba repleta de tesoros. La dirigía un concilio de hechiceros, que pronto tendrían sus elegantes túnicas repletas de flechas klurzitas.

  Más allá, en todo el centro del país, se encontraba el premio final: Dalux, la gigantesca metrópolis, erigida sobre un lago y compuesta de cientos de aldeas, poblados que con el tiempo habían sido devorados por la urbe. Una vez destruída y saqueada por sus implacables guerreros, desmantelaría no sólo a Anen, sino a todos los países bajo su yugo. El imperio entonces cambiaría de manos, y él sería el hombre más poderoso del mundo. Un emperador inmortal. Sí, escaparé de las tinieblas de la muerte.

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