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La decisión.

  El sol brillaba en lo alto. Sus rayos ba?aban el rostro del emperador de forma plácida, mientras observaba los campos de trigo a su alrededor.

  Todo este conocimiento. Pensó, mientras seguía avanzando con el paso de alguien que ya no tiene el vigor de un joven. Aunque intentaba disimularlo, desde hacía mucho tiempo que se valía de su cetro de mago para apoyarse sobre el suelo y ahorrar trabajo a sus piernas, cada vez más debilitadas. Tanto aprendizaje a lo largo de a?os y a?os de estudio. ?Valdrá la pena?

  Cada campo arado que se proyectaba ante él representaba horas y horas de estudio juicioso en su biblioteca. Desde muy joven su padre, el difunto emperador Kelner, le había inculcado amor por los libros, si bien Valtorius había recibido la instrucción de todo tipo de materias, que iban desde la esgrima hasta la oratoria, como correspondía al futuro emperador.

  —El conocimiento, hijo mío, es mucho más valioso que el desarrollo de cualquier tipo de lucha. —le había dicho, poco tiempo después de que le mostrara aquel mundo interior en el que ahora caminaba con su cetro.

  —Pero yo quiero usar la espada, padre. Todas las chicas en el patio de la pirámide miran a mi primo Petric cuando doblega a los escuderos con tajos certeros.

  Su padre se había reído. Por aquel entonces, aquel jardín astral por el que ahora caminaba estaba compuesto de menos de una docena de parcelas a medio arar. Valtorius nunca se imaginó lo que podrían llegar a crecer, como en ese momento.

  —Hijo mío, a las jovencitas siempre les van a gustar los chicos con porte de guerrero, pero confía en mí, una vez que pasen un par de a?os y maduren lo suficiente, sus miradas de interés se van a dirigir a los hombres que controlan a aquellos soldados fieles.

  El emperador sonrió para sí mismo, mientras seguía avanzando a través de los incontables campos cultivados.

  Gracias, padre. Pensó, mientras recordaba el viejo rostro del anciano, como habría de recordarlo siempre desde el día de su muerte.

  Aunque los cuerpos fornidos y atléticos eran la obsesión de cualquier mujer, las damas más hermosas de Anen terminaban siempre con nobles y se?ores que distaban mucho de tener un cuerpo así, pero que en su lugar controlaban tropas enteras que los protegían. Aunque claro… muchas de ellas tendrían amoríos a escondidas, pero aquello no era la norma.

  El emperador siguió caminando hasta los lindes de su jardín, donde los campos cultivados daban paso a una extensa llanura sin labrar, donde el suelo era fértil pero sobre el que todavía no había crecido nada. Parecía mentira que todavía pudiera existir tal extensión, pero al fin y al cabo se trataba de un terreno astral, un espacio que sólo existía en su mente, y que a la postre desaparecería cuando la muerte viniera a llevarlo a las tinieblas eternas.

  Espero que todavía falte mucho para eso. Pensó, mientras continuaba caminando hacia la planicie.

  Cuando estuvo lo suficientemente lejos de los campos de trigo. Alzó su cetro al plácido sol que seguía brillando sobre su cabeza. La bola de cristal en la parte superior brilló en varios colores. Valtorius permaneció así por varios segundos, sabiendo que pronto aparecería el ser que estaba esperando.

  Recordó la última vez que había estado allí, junto a su sobrina Jontana. De algún modo se había arrepentido de su última charla con ella. Desde entonces la joven dama, a quien tanto adoraba, se había tornado distante, más inmiscuida en los asuntos del senado, y pasando cada vez menos tiempo con él.

  Odiaba tener que haberla metido en sus asuntos, en aquellos asuntos… pero no había tenido alternativa. La atractiva joven era una de las damas con más contactos en todo el imperio, y gracias al conocimiento profundo del alma humana que manejaba, tenía una red de espionaje por todo Anen y sus países subsidiarios a lo largo y ancho del continente de Naxtul. Sólo ella podía contactar a quien había necesitado en ese momento, al mago Xhalo… cuyo trabajo había sido todo un éxito.

  El huevo de dragón que había atesorado con tanto celo desde su juventud, se había transformado en apenas un par de noches en un prominente draco de piel roja y escamada, un monstruo del tama?o de media pirámide, capaz de devorar un toro fornido en apenas un par de bocados.

  —La bestia tendrá que dormir por unos cuantos días, excelencia, mientras me encargo de implantar en ella los falsos recuerdos de una crianza impuesta por su Majestad Imperial. Una vez haya terminado, estará listo para que usted en persona lo monte, después de recibir la debida instrucción por parte de los jinetes.

  El emperador observó maravillado al dragón en la amplia bóveda principal de su cripta.

  Era tan hermoso… pero las dudas acosaban su mente. Después de todo, aquella magnífica criatura había costado casi todas las reservas de maná con las que su país contaba.

  —?No hay riesgo de que pueda morir, mago? Recuerda que tu sufrirás su mismo destino.

  El mago había sonreído de manera socarrona, un gesto tan típico en él.

  —No hay de qué preocuparse, mi se?or. En sólo un par de noches, este saludable y peligroso dragón estará a su disposición. Es el trabajo de mi vida, alteza. Los libros hablarán de lo que he conseguido… y de lo que su se?oría imperial hará una vez que doblegue a los pocos obstinados que todavía se atreven a hacer frente a sus designios de un modo u otro.

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  El emperador se había sentido satisfecho con la respuesta del arcano. Pero todavía albergaba sus dudas, por lo que había decidido ir a las cámaras de reposo, donde su cuerpo entraría en el estado de inmersión requerido para visitar sus jardines astrales de forma física.

  Al cabo de un momento, una luz comenzó a brillar. No era la misma luz del sol que alumbraba aquel mundo ficticio, pero era un aura tan poderosa como la de aquel.

  Poco a poco se fue acercando, hasta que estuvo a pocos metros del emperador. Este se arrodilló, y puso su cabeza sobre el suelo, con sus brazos extendidos. Nadie había visto al emperador en aquella posición… excepto su dios.

  El dios águila Merdu se materializó frente a él, con su robusto y magnífico cuerpo humanoide emplumado tan imponente como siempre, con cada uno de sus músculos fornidos como el más poderoso de sus soldados.

  Su deidad lo miró con sus profundos ojos amarillos, con la candidez de un padre, pero el emperador no se dejaba enga?ar: aquella mirada ancestral revelaba cientos de siglos de conocimiento, y la dualidad entre la maldad y la bondad de un padre bondadoso… y vengativo.

  Intentó descifrar su mirada en ese momento, pero era ambigua, como las aguas planas de una laguna en la que no se sabía que podía aguardar.

  —Gracias por venir, padre.

  —Es lo menos que puedo hacer por el más productivo de mis hijos… aunque tus acciones recientes son más que cuestionables. —dijo con su estentórea voz, que hacía estremecer incluso a uno de los hombres más poderosos del mundo.

  —Padre, los hombres siempre vamos a considerar nuestras acciones apropiadas, aunque los dioses por encima de nosotros sepan si en efecto son acertadas o no, gracias a su vista privilegiada del mundo entero, y del tiempo en su extensión.

  El dios suspiró. Era al menos dos palmos más alto que el propio emperador, y Valtorius no se consideraba un hombre bajo, no entre los suyos.

  —Los hombres son caprichosos como las corrientes de los vientos, que nunca dejan de soplar. A pesar de eso, tienen un poco de la divinidad que les hemos heredado. De ese modo deben aprender a combatir el caos.

  —?Y lo estoy haciendo bien, padre?

  —Buena pregunta. ?Lo estás haciendo bien?

  El emperador suspiró, y se apoyó de forma inconsciente sobre su cetro para contener el equilibrio. Los nervios se apoderaban de él cada vez que hablaba con la deidad mayor de su panteón.

  —Yo pienso que sí, mi se?or. Tengo a muchos pueblos subyugados bajo mis fuerzas, y desde que heredé el poder de mis padres mortales, y de ti, lo he hecho aumentar. Hay pocos países en los alrededores que no se mueven a la par de mis órdenes… pero eso está a punto de cambiar.

  El dios águila comenzó a caminar hacia los campos cultivados del emperador.

  —Sígueme.

  Mientras caminaban, permanecieron en silencio. Al cabo de unos minutos llegaron a un campo recientemente cultivado, uno de altos trigales.

  —?Recuerdas el concepto que sembraste en tu mente y que hizo crecer esta hectárea en particular? —dijo se?alando los altos frutos.

  —Por supuesto, padre. Cuando dos luchadores se enfrentan de forma directa, ambos acabaran rendidos, sin importar quién sea el ganador. Por eso siempre será más sabio acabar con tus rivales con el método indirecto. Lo tengo impreso en mi memoria como si me lo hubiesen grabado con sangre.

  —?Entonces, por qué no lo aplicas? Cómo explicas el desmesurado gasto que acabas de despilfarrar en maná, el resultado de a?os de esfuerzo de miles de hombres, incluyendo a tus propios padres.

  El emperador suspiró. Sólo entonces se dio cuenta de hasta a dónde había llegado. Aún así, había avanzado demasiado para dar marcha atrás, o al menos eso creía.

  —Mi se?or, tengo ahora el arma más poderosa del mundo. Con ella doblegaré a todos los pueblos a mi voluntad. En poco tiempo recuperaré lo que a mis ancestros les costó a?os conseguir.

  El dios emplumado, cuyo arco de oro brillaba en su espalda, así como su carcaj repleto de flechas, se quedó mirándolo, como si en cualquier momento pudiera tomar una e insertarla en su pecho.

  El terror lo invadió, sino volvía a despertar de su viaje astral… alguien más montaría su bella criatura.

  Por fortuna la deidad emplumada se limitó a mirarlo con sus profundos ojos amarillos.

  —Escucha, hijo mío. Sé que ya no hay marcha atrás. Veo en tus ojos la determinación de alguien que ha decidido embarcarse en un viaje sin regreso… sin importar las consecuencias. Pues bien, algo he de decirte. Usa tu nuevo juguete con sabiduría. Un dragón es un arma demasiado poderosa para tomar a la ligera… al menor descuido se puede volver en tu contra.

  —Lo haré padre. Estoy seguro que en cuanto mis enemigos lo vean… considerarán lo poco inteligente que es oponerse a nuestros designios.

  El dios emplumado no pareció estar muy de acuerdo.

  —Tus enemigos son más poderosos y taimados de lo que crees, hijo mío. Yo de ti no me fiaría. Mi hermana, la diosa Tlaloc, proviene de la parte reptiliana de nuestro Padre Mayor… está en su naturaleza dar una apariencia débil, cuando en realidad es lo contrario.

  —Padre, pero a lo largo y ancho de los países que he recorrido, siempre las águilas caen desde el cielo sobre las serpientes, aniquilando sus diminutas cabezas con sus garras certeras. No creo que sea rival para mí, para el imperio… y en cualquier caso, estoy combatiendo con sus propias armas, después de todo, los dragones son el ápice de los reptiles, comparados en poder con los propios dioses.

  —Hablas desde la soberbia, hijo mío. La regla más poderosa en cualquier tipo de conflicto es no subestimar al enemigo. Conozco a Tlaloc, después de todo crecimos juntos en el panteón. Es una Dama lista. Sus hijos también lo serán, y estoy seguro que los problemas que los ixtalitas te han causado en los últimos meses están detrás de ella… y de alguno de sus reto?os. Lo puedo intuir.

  El emperador guardó silencio por unos instantes, mientras observaba el campo de trigo que había sido cultivado con la idea de la importancia del combate indirecto.

  —En ese caso, ?qué me aconsejas, padre?

  —Has arruinado tus finanzas, pero no todo está perdido. Emplea una economía agro-militar entre tus gentes, aunque aquello merme un poco tu poderío central. Evita a toda costa el combate directo, y la invasión frontal. Ataca los lugares donde tus enemigos sean débiles, y rehuye de donde estén el grueso de sus tropas. Si, en cambio, decides forzar la guerra directa, no harás más que caer en trampa tras trampa… y a la postre ni siquiera tu hermoso dragón te salvará del desastre. Buena suerte, Valtorius.

  Tras decir esto, el dios emplumado brilló con la fuerza del sol que se proyectaba en lo alto, y desapareció como un sue?o se desvanece cuando su portador se despierta de manera abrupta, dejando al emperador sólo en medio del campo.

  ?He de hacer lo que él dice? pensó, ?o incluso mi dios padre se ha tornado en mi contra?

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