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Al acecho de la horda.

  Un pasillo oscuro se podía distinguir a su alrededor, como el de un castillo. Qué raro. Pensó Ludan. Llevaba mucho tiempo sin ver un edificio. Algo no encajaba con los eventos recientes. Pero no tuvo mucho tiempo para detenerse a pensar en ello. Unos fuertes ruidos comenzaron a perturbar su tranquilidad.

  Intentó descifrarlos. No pueden ser cascos de caballo. Son mucho más fuertes. Eran grotescos, como un ariete golpeando una muralla. Sea lo que fuera, perturbada su tranquilidad. Sentía que ya había vivido aquello. Una sensación de extra?eza venía vinculada con aquella experiencia. Era un viejo sentimiento que todas las criaturas en el mundo, sin importar su raza, sentían. Miedo en su estado puro.

  El elfo se sintió diminuto en el corredor amplio. Entonces un recuerdo penetró en su mente. Se suponía que estaba en campo abierto, con su socio vampiro, detrás de un ejército de humanos que se movían a caballo con la velocidad del viento. No recordaba el nombre del país. Sólo tenía el vago recuerdo de muchas ciudades destruidas, reducidas a escombros. No podía haber un castillo allí.

  En algún punto debió haber caído prisionero de algún se?or local, y su conciencia detenida por algún sortilegio hasta ese aterrador momento. No podía reflexionar mucho al respecto. El ruido era cada vez más fuerte, perturbador.

  Ya había vivido eso. El recuerdo a través del miedo llegó como un bucle de conciencia. Pero la familiaridad no borraba el terror, era profundo. Era el ápice del miedo, ese que congelaba. Intentó correr por instinto, pero el pasaje era el mismo. No supo cuánto tiempo duró su carrera, pero el sudor no caía. Pronto se sintió cansado. No era un agotamiento físico, sino psicológico. Se sintió cada vez más peque?o ante el pasillo. Es el castillo de un gigante, pensó. Deseo que los cientos de a?os que había vivido desaparecieran para siempre, devolviéndole a la oscuridad eterna.

  El ruido se hizo más potente. El gigante aparecería en cualquier momento para aplastarlo. De pronto un peque?o brillo apareció en la distancia. Era tan diminuto que sería imperceptible para cualquier otro ser, pero no para los ojos de un elfo en sus mejores a?os.

  Corrió de nuevo hacia el destello. Se hizo más grande a medida que se acercaba. Un aura, dedujo a medida que se acercaba más y más. Un sol en medio de aquel firmamento oscuro en el que se había convertido su mundo. Una figura peque?a y frágil yacía en el centro del brillo.

  Una dama, pensó Ludan, mirando la visión con cada vez más claridad. Es hermosa. Aunque se sentía exhausto, por dentro y por fuera, siguió corriendo hacia ella. Era como encontrar un oasis en un desierto vasto.

  Su cabello era rubio y largo, le llegaba hasta la cintura. Aquel cuerpo perfecto, delgado pero voluptuoso, con los brazos tonificados y las caderas anchas no podía pertenecer a nadie más. Era Xyrna.

  Con incredulidad, el elfo bajó el ritmo. No quería que su amor eterno lo viera rendido y sin aliento. Caminó hacia ella mirando en todas las direcciones, como si cualquier criatura de la noche pudiera surgir por uno de los flancos y matarlo de un tajo certero. Debía ser una trampa.

  No sabía cómo había llegado a aquel lugar, pero allí estaba ella, y era todo lo que importaba. No podía ser otra: sus ojos verdes, su naríz respingada, su espada de luz élfica brillando en su cinto.

  Su amante perdida comenzó a caminar hacia él despacio. Los ruidos que amenazaban con aplastarlo como a un roedor habían desaparecido. De pronto el lugar no era tan oscuro. El aura brillante lo iluminaba todo. Un faro en medio de una tormenta.

  Cuando estuvo a pocos pasos de Ludan, sus ojos verdes brillaron aún más. Extendió una mano hacia él. Sus labios carnosos permanecieron cerrados. No había envejecido nada desde la última vez que la vio, aquella tarde en el muelle de Maladir, aquella fatídica tarde, que nunca pensó que fuera la final.

  Sus ojos imploraban perdón. Aquella mirada hipnotizaba. El orgullo masculino apareció en su pecho de repente. ?De verdad seguiría corriendo hacia aquella elfa, aquella dama guerrera que había jugado con su corazón como un mu?eco de trapo?

  Era absurdo. Pero sus ojos de hechicera lo atraían como la miel. Era imposible, comprendió. No se detendría. Eran cadenas que lo ataban desde la primera vez que lo había mirado.

  No hay nada más dulce que la reconciliación, pensó él. Un amor duradero no es lo mismo sin alguna pelea ocasional, una escaramuza que haga temer la pérdida definitiva del amor.

  Cuando estuvo frente a ella, se detuvo. Ludan dudaba. Tenía el vago sentimiento de que algo andaba mal.

  Pero allí estaba Xyrna. Tal vez siempre estuvo detrás de él. Había hecho una alianza con aquellos jinetes de la estepa profunda, atrayéndolo a una trampa, sólo para recuperarlo. Para decirle que todo ello no era más que un juego. Una venganza por algún error que cometió.

  —Aquí estoy para ti, mi amor. —le dijo. Su voz dulce y melodiosa. Otro de sus hechizos irresistibles. Era una maga con disfraz de espadachina, una arcana repleta de sortilegios y trucos como aquel. — Dame un beso.

  —?Por qué me dejaste? Dijiste que me esperarías.

  —Tardaste demasiado. Era joven e ingenua.

  —Fue sólo una temporada. Las elfas tienen paciencia para estas cosas. Cuando volví, ya no estabas.

  La mujer guardó silencio, miró hacia un lado, culpable. De pronto sus ojos verdes como un bosque en lo más profundo de la tarde se tornaron rojos, como la boca de un volcán.

  —Tenía cosas que hacer, amor mío, pero aquí estoy para ti.

  Su voz ya no era la suya. Era gutural, espantosa. Sus dientes eran afilados, colmillos como de un vampiro. No eran los dientes rectos de su amor perdido.

  —Te busqué por mucho tiempo, pero no te encontré. —dijo la elfa, su voz monstruosa. — ?Ahora serás mío para siempre!

  Se arrojó sobre él. Ludan intentó escapar, pero no había salida. El pasillo ya no estaba, una pared alta y con manchas de salitre bloqueaba la única vía de escape. Volvió a mirar al frente, donde estaba aquel ente aterrador casi sobre él.

  Allí estaba su amante perdida con cara demoníaca, y los ojos rojos bien abiertos, una fiera ávida de sangre.

  él intentó desenfundar su espada, pero no estaba en su cintura. Era su final. Aquella cosa no era Xyrna. Era algo que había tomado su forma para atraerlo, para poseerlo.

  Con un brinco en el pecho y un grito que podría despertar a un dragón Ludan se despertó en medio de la oscuridad, presa del pánico.

  El viento frío de Ilar llenó sus pulmones. A su lado estaba Sarric. Nunca se había sentido tan aliviado de ver su rostro pálido, aunque sus colmillos le recordaban los de la Xyrna falsa que acababa de ver. Los vampiros no sudaban ni jadeaban, pero tenía los ojos desorbitados, respiraba con furia. El estrés de una lucha intensa se reflejaba en su cuerpo.

  Ha estado forcejeando, comprendió el elfo. Con algo… conmigo. No conmigo, con mi cuerpo, con lo que intentó apoderarse de él. Pero aquello había acabado. El alivio volvió a él a medida que respiraba profundo. Nunca se había sentido tan feliz de regresar a la realidad. Sentía el frío del valle llenar sus pulmones con cada inhalación. La fortaleza maldita que tenía preso a su subconsciente había desaparecido.

  —Todo está bien, amigo. —le dijo Sarric con voz suave.

  Ludan intentó hablar para agradecer, pero el agotamiento se lo impedía. El intento de posesión lo había dejado rendido. Su cuerpo temblaba.

  Maldición, pensó, había olvidado hacer los rezos correspondientes a la diosa de nuevo. Los recuerdos del día anterior llegaron a él como una cascada. Habían perseguido a los jinetes esteparios durante tres noches seguidas, siempre avanzando hacia el sur, a través de caminos cada vez más selváticos y difíciles de transitar para sus monturas.

  La persecución lo había dejado rendido. Apenas había conseguido alistar la carpa para que la lluvia y los fríos vientos no perturbaran su sue?o. Había olvidado los rezos.

  —Perdón, viejo amigo. — Pudo decir al fin. El vampiro tenía el aspecto rendido de alguien que había luchado contra tres gigantes, ojeras grandes pronunciadas bajo sus ojos.

  —Está bien, hermano. Has sobrevivido, es todo lo que importa. Pero aquella… cosa es cada vez más fuerte. No sé si puedas resistir a la próxima.

  This book was originally published on Royal Road. Check it out there for the real experience.

  —No habrá una próxima ocasión, lo prometo. Ayer estaba demasiado rendido, y olvidé recurrir a las protecciones.

  —También fue mi culpa. No te lo recordé. Hace mucho no pasaba.

  Ludan suspiró. Era verdad. El asunto de la guerra lo tenía tan inmerso que todo lo demás había pasado a un segundo plano. Llevaba tiempo sin vivir aquella pesadilla. Sentía como si su cuerpo pesado y exhausto hubiera nadado cientos de leguas a través del mar de Elnia. Tal vez aquel día estaría perdido, no podría seguir persiguiendo a la horda, pero era el precio a pagar. Había sobrevivido a la posesión.

  Sarric sacó un palillo y comenzó a morderlo con ansiedad. Aunque los dos mercenarios eran demasiado hábiles para enfrentar enemigos exteriores, tenían un demonio que los acosaba desde el flanco interior, una criatura astral que perseguía al elfo desde mucho tiempo atrás, cuando había jugado con fuerzas que no debía.

  Poco a poco el elfo consiguió incorporarse. Era de noche profunda en el valle Eresin, el más meridional de Ilar.

  Sus carpas estaban camufladas contra un saliente rocoso rodeado de árboles y maleza alta. A lo lejos se escuchó el aullido de un lobo. Era luna llena. Aquello podría ser una de las razones por las que aquella entidad lo había atacado con tanto ímpetu.

  Ludan masticó unas galletas de maná para recuperar sus fuerzas. Al cabo de un rato pudo levantarse y salir a campo abierto. El aire gélido llenó sus pulmones, llenándolo de vida. Todavía no podía disimular entre la realidad y la pesadilla. Se echó agua en el rostro para asegurarse de que había despertado.

  Recordó la fatídica tarde en que aquel tormento había empezado, muchos a?os atrás.

  Si tan sólo hubiera mantenido mi boca cerrada…el recuerdo de los días anteriores al acoso demoníaco lo entristeció. Pero esa era su nueva realidad, y no podía escapar a ella.

  Poco tiempo después de que Xyrna hubiera desaparecido de su vida, el elfo se había refugiado en la cerveza y el vino para olvidarla, para soportar la realidad sin ella.

  Se pasaba los días en los bosques cazando cualquier criatura de baja cala?a, como ara?as gigantes o lobos huargo, para luego vender sus extremidades en el mercado del poblado o ciudad de turno. Luego gastaba todo el botín en las tabernas, refugiándose en las prostitutas y la bebida, hasta que se le agotaba el dinero, y tenía que volver al bosque.

  Una de esas tardes le había contado a un comerciante su aflicción por el amor perdido. La cerveza de espuma había subido a su cabeza, y el atento se?or lo había escuchado como un padre preocupado.

  Cuando terminó la historia con los ojos al borde de las lágrimas, el viejo robusto había tocado su hombro con apremio.

  —?Quieres que ella vuelva a ti?

  él lo miró con sus profundos ojos verdes llenos de tristeza.

  —Sí.

  —Hay una forma… —había dicho el veterano caminante. —pero tiene consecuencias.

  —No importa. —había respondido Ludan. Le parecía que habían pasado siglos desde entonces. —Lo que sea con tal de tenerla.

  —Entonces acompá?ame.

  El viejo elfo lo había conducido por un callejón hasta la caba?a de un viejo mago oscuro, tan viejo que apenas se podía mover con sus huesos acosados por la artritis.

  —Este es Mahred. —le había dicho el comerciante. —Sólo él tiene el poder de hacer que ella regrese.

  El anciano había mirado a Ludan con sus ojos llenos de pesar. Un elfo tan viejo había tenido que vivir más de mil a?os. La experiencia de sus ojos le gritó a Ludan que huyera, que se arrepintiera de lo que estaba a punto de hacer… pero en esa época él seguía siendo un elfo joven, testarudo.

  Insistió en que le ayudara a recuperarla.

  —Muy bien. —dijo el hechicero al fin, después de las debidas advertencias. — Sólo te costará diez monedas de oro.

  Aquello le había parecido una baratija en comparación de volver a tener a Xyrna en sus manos. Sabía que recuperaría la inversión en un sólo día de caza… lo que no sabía era que el verdadero precio vendría después.

  Los rezos duraron todo el día siguiente. El anciano cantaba y oraba en una lengua olvidada, tan vieja que ni los propios elfos la recordaban. Ludan sólo recordaba que había fumado tabaco buena parte de la sesión, y que lo había dejado casi inconsciente, y había repetido unos rezos a entidades que no pertenecían al panteón común de los dioses élficos.

  Después vino el ritual de sangre. El recuerdo era tan perturbador que solo recordarlo lo hacía estremecer. Volvió al presente. Poco a poco su cuerpo empezó a recuperarse del ataque astral, hasta que al fin pudo recuperarse. Las galletas de maná eran mágicas.

  El amanecer de Ilar lo ayudó a disipar los recuerdos amargos. Los rayos del sol se filtraron a través de los robles que rodeaban el claro donde habían acampado.

  En la distancia se podía distinguir con claridad una nube de humo que ennegrecía los colores índigo y violeta del amanecer.

  —Parece que nuestros amigos siguen haciendo de las suyas. —dijo el vampiro, mientras mordía el palillo. —?Cómo te sientes para cabalgar?

  —Creo que puedo hacerlo. Sólo dame unos minutos.

  Cuando se sintió mejor, empezó a flexionar sus piernas y a estirar los brazos, mientras el vampiro levantaba las carpas con la facilidad que daba la práctica diaria.

  Al cabo de un rato continuaron su viaje hacia el sur de Ilar por un camino secundario. Después de un rato de avance, comenzaron a ver las evidentes se?ales del paso de los jinetes klurzitas. Cientos de pezu?as estaban marcadas en los caminos embarrados, y no había edificio levantado tras su avance, ni criatura viva, salvo los cuervos carro?eros que se alimentaban de cadáveres de ovejas y vacas.

  Los invasores habían obtenido tanto botín, que se daban el lujo de dejar los cadáveres del ganado repletos de flechas a lo largo del camino.

  Aún así, los dos mercenarios se las habían arreglado para no darles un buen rato.

  Aprovechando el rastro etéreo que quedaba en el aire, tras el paso de los jinetes klurzitas, Ludan y Sarric se habían convertido en una piedra en el zapato para la Horda Maldita.

  La nube mágica de colores verdosos les permitía infiltrarse en lo más profundo de la noche en el campamento enemigo, para envenenar sus pozos y asesinar a los chamanes y caudillos que se descuidaban y se alejaban del grueso de la tropa. Luego desaparecían como entidades etéreas.

  Aquello sin duda había ralentizado su avance. Las hordas de las estepas, si bien eran poderosas y rápidas para avanzar en campo abierto, también tenían una debilidad: sus hombres eran supersticiosos hasta la médula, desde su general hasta el más humilde de sus peones.

  Tal como yo. Pensó Ludan, con un estremecimiento, causado más por el recuerdo de la pesadilla que acababa de tener que por el frío del camino Ilarita por el que avanzaba. Aunque los elfos eran una raza pragmática, en ocasiones su inteligencia se veía nublada por un halo de chamanismo arraigado en su mente, herencia de sus antepasados más primitivos.

  Mientras el calor comenzaba a ascender a medida que avanzaban hacia el sur, el elfo recordó de nuevo aquella fatídica tarde en la que el ritual de magia oscura había finalizado. Se sentía débil como un bebé cuando había salido de la taberna, pero el anciano le había asegurado que había sido un éxito.

  —A partir de ahora, hemos puesto a trabajar fuerzas que están más allá de nuestra comprensión. Ella no tardará mucho en empezar a buscarte como una loca. Yo de ti me escondía. —había dicho el viejo en tono de burla, mientras Ludan abandonaba su antro lleno de pócimas y pergaminos.

  El pensamiento inicial de Ludan fue que lo habían estafado. Aquella artima?a no podía funcionar, pero al cabo de una semana, las cartas de la elfa empezaron a llegar.

  Perdóname amor mío. Decían las misivas. No supe lo que tenía hasta que lo perdí.

  La primera vez que la recibió, cuando estaba en el oeste de Orendil, su país de origen al otro lado del mar, el alma volvió a su cuerpo. Sin duda esa era su caligrafía.

  Las cartas no paraban de llegar, y estaba claro que se encontrarían de nuevo cuando ella regresara del lejano norte, donde se había dirigido para ver las auroras boreales que había querido ver desde ni?a.

  A pesar de la distancia, le seguía escribiendo con insistencia. Cuando estaba sólo a unos días de marcha en barco, sin embargo, un enorme sentimiento de culpa empezó a crecer en las entra?as del elfo.

  ?Era ella realmente quien lo quería? ?O acaso era lo que la controlaba? ?Valdría la pena estar con una dama dominada por un embrujo o un demonio?

  él la seguía amando, pero fuera lo que fuera, no volvería a tener a la misma Xyrna que había conocido, aunque su cuerpo le perteneciera.

  Nunca llegó al puerto de Gaelar, donde habían acordado verse, y donde sin duda ella había llegado el día y la hora acordados. Arrepentido de sus acciones, Ludan volvió a cabalgar al interior del país para buscar al viejo en su choza, donde por fortuna permanecía.

  —?Es posible revertir el efecto, mi se?or? No quiero tener una esclava sexual. Quiero una elfa que quiera estar conmigo por lo que soy.

  El anciano había suspirado.

  —Sí, es posible, pero aquello que hemos invocado regresará. Los hechizos son antiguos y poderosos. Ya no podrás deshacerte tan fácil de aquello.

  —No me importa. Haz que ella ya no me busque más, mi se?or, por los dioses antiguos y nuevos, te lo ruego.

  Los ritos para revertir el efecto habían sido más intensos, plegarias intensas a la diosa, y sacrificios de muchas criaturas inocentes.

  Después de eso Ludan había pasado un buen tiempo en cama, a punto de morir, pero a la postre se recuperó. Pronto las cartas de Xyrna dejaron de llegar.

  —?Ha funcionado!—le dijo en júbilo la tarde en la que volvió a donde el mago. —?Ya me ha dejado de buscar!

  —No cantes victoria, hijo mío. La pesadilla está a punto de empezar.

  En efecto, las noches de Ludan nunca habían vuelto a ser las mismas. La paz lo había abandonado. Por suerte el viejo hechicero había demostrado ser un buen tipo, a pesar de trabajar con magia negra, y le había dado unos rezos para mantener a raya las fuerzas de la oscuridad que ahora lo atormentaban.

  Pero tal como la noche anterior, si por algún motivo, Ludan olvidaba invocar a los dioses para la protección de su alma, las cosas se ponían feas.

  Pero esas mismas fuerzas invisibles, en las que los jinetes de las estepas tanto creían, y respetaban, eran la que le habían permitido a los dos socios mantener a los jinetes con temor día y noche.

  Aunque no comprendían su idioma, era evidente por su lenguaje corporal que el terror se había infiltrado en su campamento como una epidemia.

  Las muertes repentinas los tenían aterrados, así como las se?ales falsas y verdaderas que los dos compa?eros colocaban en los caminos, despistando a los jinetes para hacerlos avanzar por caminos errados.

  Una vez aislados, los emboscaban y aprovechaban sus habilidades superiores de combate para aniquilarlos en la más profunda oscuridad. Sólo dos guerreros estaban consiguiendo ralentizar el avance de unos cincuenta mil hombres a las fronteras de Anen.

  Aún así, su sabotaje no era suficiente. El grueso de la tropa, con su líder al mando, estaba cada día más cerca del país que los dos mercenarios habían jurado proteger.

  Era cuestión de tiempo para que penetraran en sus fronteras, y con la mayoría de las fuerzas en Ixtul a cargo de la invasión… sólo los dioses sabrían que ocurriría después. Las cosas no tenían buena pinta, y menos si un demonio seguía acosando a Ludan durante las noches.

  Los dos compa?eros siguieron avanzando inexorablemente al sur. Pasara lo que pasara, tenían que tener su espada, y sobre todo su ingenio, bien listos para los acontecimientos de los siguientes días.

  Si tan solo lográramos matar a su líder… Era un asunto difícil, pero no imposible. Cada día estaban más cerca de él, y con su muerte, aquella masa de jinetes se volvería un desorden mucho más fácil de manejar. Sólo tenían que confiar en el rastro etéreo que quedaba en el aire tras el avance de los enemigos, y en su astucia obtenida tras siglos de guerra.

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