La batalla comenzó con las luces del sol ma?anero brillando sobre la incipiente ciudad alrededor de Leye, la mazmorra-poblado que tanto le había costado alzar. Cada legua que los intrusos avanzaban, cada grito de sufrimiento de los defensores, borraba la alegría que el núcleo había con el crecimiento a su alrededor.
Leye podía ver el panorama completo de la refriega aunque su cuerpo rocoso estaba en lo más profundo de la cripta del castillo. Su conciencia impregnaba todos los rincones de la porción de selva que rodeaba a la mazmorra. A veces se posaba en los árboles cercanos a sus enemigos, para ver cómo sus formaciones organizadas avanzaban de forma lenta pero segura hacia el centro, sin importar que las flechas de las torres llovieran con desesperación sobre sus hombres acorazados. Algunas se clavaban en los ojos de los aneitas, sin que sus gruesos yelmos pudieran defenderlos, pero por lo demás apenas los afectaban.
Pronto se agotarán las provisiones, pensó Leye, con un sentimiento de impotencia en el pecho.
Nilu, el espadachín veterano, combatía en todos los flancos. Sin duda era el guerrero más poderoso de los defensores, y allí donde estaba, desequilibraba el combate a favor del bando aliado, aniquilando a los lentos aneitas con movimientos ágiles. Su velocidad en combate era tal, que podía hacerse cargo de cuatro o cinco enemigos al tiempo, lo que le daba un respiro a los defensores ixtalitas allí donde aparecía.
Pero no podía estar en todas partes. Si se enfocaba en la zona izquierda del poblado, donde había más pozos de maná, que obstaculizaban el avance de los enemigos, entonces estos avanzaban con más ímpetu por la derecha, donde la ruta hacia el castillo era más accesible.
En ese lado el defensor más férreo era Zar Quar, su segundo hijo, que resistía con fiereza con su mazo potente. Su yelmo lo hacía prácticamente inmune a las espadas y hachas enemigas, así como a las pocas flechas que los atacantes arrojaban. El ejército invasor apenas contaba con arqueros. Estaba compuesto principalmente de fuerzas cuerpo a cuerpo, lo que indicaba que despreciaban las armas a distancia.
Pero había un enemigo que destacaba entre los suyos por su enorme estatura y su forma de guerrear. Era un aneita de raza, de cabello corto y rubio, casi un gigante que mataba con su espada larga a los ixtalitas que se colocaban en su camino. Leye no tardó mucho en deducir que era el líder enemigo.
Aunque los suyos aguantaban, los invasores ganaban terreno conforme la ma?ana avanzaba. El terror lo invadió cuando los enemigos llegaron hasta las primeras chozas, y comenzaron a quemarlas con antorchas de fuego. Los aneitas lucían fastidiados por los obstáculos y arrasaban con todo como un huracán, con sus ojos llenos de sevicia.
El corazón del núcleo sólo podía observar cómo convertían en ceniza todo lo que había construido en los últimos meses. Tanto esfuerzo arruinado en sólo unas horas.
Ojalá estuviera aquí Yowo. Pensó Leye, casi arrepintiéndose. La aneita habría sido una implacable defensora en aquel momento, y aunque desconfiaba de ella tanto como de la más vil de las criaturas, sabía que si había alguna esperanza de sobrevivir, recaía en sus hábiles espadazos.
Pero era improbable que apareciera en aquel momento. Llevaba mucho tiempo sin sentir su energía, lo que indicaba que tenía que estar muy lejos de allí. También pensó en su primogénita, Nava’rel, a quien tampoco sentía desde semanas atrás.
Si bien era fuerte la última vez que la había visto, no podría hacer frente a un ejército así ni por asomo, aunque sus hábiles garras y sus inesperados ataques les podría dar alguna esperanza.
Leye trasladó su conciencia a una palmera cercana a la vanguardia aliada, muy cerca al templo de su madre. Allí estaba Vidul, que arrojaba hechizos con gran cobertura, creando una espiral de fuego bajo los escuadrones enemigos, matando a grupos enteros de soldados, que morían calcinados en sus armaduras como cerdos en calderas. Pero pronto los enemigos aprendieron a evitar los lugares donde el suelo empezaba a brillar, y los ataques del agotado mago dejaron de ser efectivos.
Aunque el arcano recargaba su energía en los pozos de maná, lucía tan demacrado que pronto se limitó a arrojar peque?as bolas de fuego a los aneitas, hechizos irrisorios que apenas dejaban manchas de óxido en sus armaduras negras.
Leye comenzó a usar sus poderes prescientes para ver cómo estaría el campo de batalla para el atardecer, aunque aquello le costó buena parte de sus reservas de maná. Intuía que ver el futuro cercano le ayudaría de algún modo a tomar mejores decisiones en las horas que venían.
Pero la premonición no fue agradable. Vio todos los edificios quemados, y a las fuerzas enemigas alrededor de la ciudad-mazmorra como las tenazas de un gigantesco cangrejo de hierro.
Cuando volvió a fijar su vista en el presente, en el campo de batalla en el que se había convertido su mazmorra, vio que todavía faltaba mucho para la destrucción total.
Algunos saqueadores se acercaron al castillo de Leye. Estaban tan inmersos en el frenesí del ataque que no se fijaron en los centinelas-estátua que custodiaban la fortaleza. Los seres rocosos empezaron a disparar sus enormes flechas.
Los proyectiles que arrojaban eran gruesos y fuertes, e impactaban en los enemigos con una onda explosiva que los hacía volar por los aires. Contrario a las insignificantes flechas que los defensores lanzaban desde las torres, estás sí los asustaban, lo que los hizo replegar.
Pero sólo había cuatro centinelas de piedra, y estaban anclados a los pedestales alrededor de la fortaleza. Pronto los aneitas fueron lo suficientemente listos para ponerse fuera de su rango, avanzando poco a poco hacia el centro de la ciudad.
Entonces Leye comprendió que era cuestión de tiempo para que los enemigos llegaran hasta él, después de arrasar todo a su alrededor. Impotente, y totalmente dependiente de los defensores, el ser-núcleo entró en un estado de meditación profundo, que conservaba sus puntos de maná para que pudieran ser usados por los agotados héroes que se esmeraban por defenderlo, aunque ello le impidiera ver el campo de batalla.
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En unas horas despertaré para ver mi horrorosa visión de fuego materializada. Hasta entonces descansaré. Esto es demasiado para mis ojos. Pensó, con un suspiro que emanó ondas de maná en la cripta donde su cuerpo rocoso permanecía anclado al suelo selvático.
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Kulad nunca había tenido tanto trabajo. Los tejidos de anfibio entre sus dedos estaban estirados al máximo mientras arrojaba hechizos de sanación que emitían ondas verdes sobre las quemaduras de los soldados aneitas.
Los encantamientos eran efectivos, y muchos de ellos se sanaban casi de inmediato, para volver al saqueo de la extra?a ciudad de columnas blancas y chozas de madera que las huestes de Hunn habían encontrado en lo profundo de la selva, tras la persecución de los ixtalitas que los habían emboscado en la ribera del Tlexcel.
Aunque llevaba varios días sin dormir, el anfibio podía seguir curando a los aneitas gracias a las pociones de maná que los magos le daban. Pero aunque su cuerpo podía responder, su mente estaba al límite.
Correr por varias horas en la selva profunda no había sido nada sencillo. Los caminos eran demasiado angostos y embarrados, y las ramas de los árboles ara?aban su piel lisa al menor contacto. Era como si la propia selva de algún modo no se sintiera cómoda con su presencia, ni con la de aquel ejército invasor que perturbaba sus dominios como una gigantesca serpiente de hierro.
Al menos ya no voy atado como un saco de atún, pensó. Como lo había dicho el propio Hunn, ahora era un curandero oficial del imperio, y como tal sus manos iban libres. Pero sigo siendo un prisionero en toda regla. Supo con amargura, mientras comenzaba a curar las heridas de otro soldado que los cargadores habían llevado ante él, una costra en el hombro supurando entre sangre y sudor. A lo lejos se escuchaban los gritos de la batalla y el acero chocando contra el acero, y se veían jirones de humo elevándose al cielo a medida que sus aliados avanzaban en su ataque.
La quemadura del aneita se empezó a sanar ante los suaves rayos azulados que salían de sus manos lisas. De pronto el tritón sintió un impulso de salir corriendo de allí. De no ayudar más a aquellas alima?as, escurrirse entre los matorrales para que cualquier fiera de la selva profunda lo devorase.
Pero era inútil. Los guerreros auxiliares no le quitaban los ojos de encima, temerosos de que el propio general les arrancara la cabeza de un tajo con su espadón por dejar huir al valioso curandero. Además, no llegaría muy lejos antes de que los jinetes lo alcanzaran. No quería ni imaginar los castigos a los que lo someterían tras su travesura, una vez que destruyeran la ciudad selvática.
Quiero que pierdan. Pensó, mientras el soldado aliviado volvía al combate. Quiero que fracasen en su ataque, y que cada uno de ellos muera bajo las flechas de los defensores, en especial ese maldito de Hunn.
Pero aquello estaba muy lejos de ocurrir, comprendió con desazón mientras miraba el campo de batalla frente a él.
Aunque sólo tenía una visión parcial debido a su ubicación en la vanguardia de los invasores, sabía que con cada minuto que pasaba avanzaban inexorablemente al centro de la ciudad blanca.
Lo peor de todo era que él mismo estaba ayudando a que aquellos infelices se salieran con la suya. Sin sus encantamientos de sanación era probable que el ataque fracasara, ya que los ixtalitas se defendían con fervor.
Tiene que haber algo de inmenso valor en aquella fortaleza, pensó Kulad, por la forma en que los edificios estaban levantados alrededor de esta, y por los gigantescos arqueros de piedra que lo defendían, cuyos enormes dardos arrasaban a los atacantes con explosiones de piedra y tierra.
No se la estaban dejando fácil a las fuerzas imperiales. Aún así, el resultado de la contienda era más que claro.
Entonces Hunn regresó hasta él. Contrario a lo que Kulad imaginaba, tenía buen semblante, a pesar de haber estado luchando toda la ma?ana.
—Cúrame, se?or de los mares. —le dijo con el ce?o fruncido. —El imperio no se puede permitir mi muerte en este momento.
El tritón no tuvo más remedio que hacer lo que el general aneita decía. Había visto cómo sus espadazos derribaban las chozas de la ciudad con una facilidad abrumadora, como un guerrero dragón.
En cuanto el hombretón se dio la vuelta para regresar al combate, el tritón pensó en usar una daga cercana para asesinarlo por la espalda. Un tajo limpio en la nuca podría cambiar el curso de la guerra. Pero no llegaría a acertar. Un guerrero de ese nivel tenía el instinto de protección demasiado activado, y una maniobra tan osada sólo conduciría a su muerte. Tarde o temprano otro ocuparía su lugar, y su la familia en el fondo del mar perdería toda esperanza. A a esas alturas ya varios de ellos habrían muerto por inanición, en especial los más jóvenes.
El tritón siguió curando a los aneitas a medida que transcurría la tarde, tanto los que resultaban heridos por flechas como por hechizos enemigos. Eran pocos los que llegaban por tajos de espada o por cualquier arma cuerpo a cuerpo. Aquellos, pensó, era probable que murieran en el frente.
Dos guerreros enemigos destacaban entre los demás por su ferocidad y por estar aniquilando más hombres de los que los invasores podían permitirse.
Uno era un luchador espadachín con el cabello oscuro hasta los hombros, y el otro era un ser con los músculos del todo desarrollados y la cabeza de un jaguar, que asesinaba a los aneitas como si fueran campesinos ordinarios con su mazo descomunal.
Kulad los alcanzaba a ver desde su tienda improvisada al borde de la ciudad boscosa, admirando sus habilidades de combate y su valor, aunque lucían cada vez más acosados.
La contienda alcanzó su punto álgido cuando el intenso sol de la tarde empezó a ceder, tornando los árboles a su alrededor del verde intenso a un naranja opaco. Kulad al fin tuvo un respiro. Al parecer los aneitas habían dejado de recibir heridas graves, y estaban luchando de forma más estratégica, aprovechando su superioridad numérica para comenzar a envolver poco a poco a los reducidos defensores, que estaban atrincherados entre los edificios como ratones.
Su destino estaba sellado. Su férrea defensa sólo conseguiría aumentar el enfado de Hunn, que ordenaría arrasar aquellos edificios hasta los cimientos en cuanto hubieran penetrado del todo las defensas.
Un fuerte estruendo lo sacó de sus pensamientos, y lo hizo fijar su vista en uno de los edificios más grandes de la ciudad, un enorme coliseo de mármol que se extendía en el flanco derecho. Los aneitas habían conseguido infiltrarse en el monumental edificio, y estaban comenzando a lanzar desde lo alto hachas contra los defensores. Aquello los empujó aún más hacia el centro de la ciudad, hacia la fortaleza que se alzaba como un gigante blanco, y dejando a su suerte una enorme cantidad de chozas y pozos de maná, que los aneitas quemaron con sa?a.
Pero la noche de la selva profunda llegó con celeridad, como si los dioses hubieran decidido dar una última velada de gracia a los defensores de la mazmorra selvática para despedirse de este mundo. Un torrencial aguacero comenzó a caer sobre el campo de batalla, lo que obligó a Hunn a ordenar el repliegue de las fuerzas.
El líder aneita se dirigió de nuevo hasta él mientras los soldados armaban carpas de lona bajo la intensa lluvia.
—Has hecho un buen trabajo, curandero. Podrás descansar buena parte de la noche, una vez que termines de tratar a los heridos.
Kulad agradeció aquel gesto. La lluvia para él no era un problema, ya que estaba acostumbrado a habitar las húmedas profundidades del mar. Quizá hasta alcanzara a dormir un poco, antes de ver el aterrador espectáculo que los esperaba después del siguiente amanecer.

