"En un pueblo dentro de los territorios del se?orío de Texcoco"
"Ichkayoli"
—La humedad en el aire se podía respirar. Incluso escurría por las porosas paredes, que estaban llenas de musgo verde y oloroso.
La oscuridad era densa y silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Los únicos sonidos eran ecos inquietantes que rebotaban una y otra vez en las paredes, provocados por nuestros huaraches hundiéndose en el lodo.
Solo llevábamos antorchas y unos viejos macuahuitl con obsidianas rotas.
Sabíamos que no serían suficientes para enfrentar el gigantesco monstruo del recinto, pero no teníamos más opciones.
Debíamos cumplir la encomienda impuesta por el tlatoani —el emperador—; de lo contrario, nuestras vidas y principalmente las de nuestras familias —que estaban aprisionadas— correrían peligro.
Cada paso que dábamos estaba calculado con extremo cuidado. No podíamos permitir que la bestia nos descubriera. Esa era nuestra principal ventaja.
El plan era simple: atacar por sorpresa y salir lo más rápido posible.
Por desgracia, los planes nunca salen como fueron planeados. Y como prueba de ello: el camino frente a nosotros se divide en tres. Y lo peor era que cada sendero parecía más horripilante que el anterior.
Suspiré profundo a la vez que cerraba los ojos. Con este nuevo obstáculo, debíamos hallar otra forma de encontrar a la bestia ancestral.
Entonces recordé. Yo guardaba en mis pertenencias un fragmento de piel de la bestia: podíamos usar el olor... Sí, el hedor de la bestia sería nuestra guía.
—Cállate, Ichkayoli... Me da miedo cuando hablas así.
—Sí, a mí también.
Dijeron mis hermanos de armas, mis amigos.
—Miedosos —me quejé, pues solo en nuestras mentes esa bestia era ancestral y peligrosa.
Mi nombre es Ichkayoli. Joven se?or de este recinto, y estos ni?os miedosos son mis noticnihuan —mis amigos—.
Este gordito de aquí se llama Kochtli —conejo—. Dicen que nació cansado, y usaron ese nombre para que creciera ágil. Y funcionó, no solo es rápido, también es fuerte.
Y este de aquí es Youali —ni?o nocturno—. Dicen que escogieron ese nombre porque nació a medianoche, cuando la luna estaba en lo más alto.
Como pueden ver, estamos jugando a explorar. No... quise decir: estamos explorando un recinto subterráneo de los dioses —un lugar plagado de bestias salvajes y horripilantes—. Solo deidades poderosas como nosotros pueden completar un recinto así de peligroso.
Cuando de pronto, se escucharon pasos muy profundos en el recinto.
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Pesados, lentos y constantes.
Youali se escondió detrás de Kochtli. Nada nuevo: siempre ha sido un miedoso. Kochtli, nuestro escudo por voluntad propia. Sí —yo estaba detrás de ellos también—.
La criatura se acercaba con un ritmo muy sigiloso, como si supiera que estábamos allí. Bueno... con el ruido que hacíamos, era evidente que lo sabía.
Las manos de Youali comenzaron a temblar y después fueron sus dientes.
—Youali, calla tus dientes. Me pones nervioso —susurró Kochtli.
—No puedo. Se mueven solos.
Los pasos sigilosos repentinamente se desvanecieron en la oscuridad. El peligro parecía haberse alejado.
Suspiramos y relajamos los hombros.
Los dientes de Youali se detuvieron.
Habían sido falsas se?ales —Eso creímos—.
De pronto, el monstruo milenario salió de la oscuridad.
Todo fue tan rápido, que si no fuera por mi poder otorgado por los dioses, no hubiera estado preparado para la batalla.
Esa cosa se movía más rápido que las flechas.
La criatura era... un...
peque?o cerdito.
?Aawww?
?En qué estaba? Oh, sí, voz de guerrero ancestral.
—?Su primera víctima fue el poderoso se?or del monte, Kochtli!
Pero la bestia no sabía que el se?or del monte era una deidad poderosa, y nunca sale herido. Es rechoncho, sí, pero ágil: esquivó el ataque justo antes de ser tocado.
El cerdito, ?no!, la bestia milenaria giró y volvió a lanzarse. Sus instintos asesinos mostraban que estábamos destinados a ser enemigos.
Pensaba que podría ganarnos fácilmente. Grave error.
Concentramos todo nuestro tonalli —poder interior— y recibimos a la bestia de frente.
Kochtli atacó desde la derecha. Youali por la izquierda. Yo desde el centro.
Golpeamos con los palos de encino en puntos vitales: frente, cuello y costado.
Su vida —su teyolía— lo abandonó en solo un instante.
?Habíamos vencido al puerquito!
En ese momento, alcancé a ver algo colgado en una enredadera en la pared detrás de nosotros, algo inusual.
—?Oigan, qué es eso? —Kochtli se?aló algo brillando en la boca del peque?o animal. Se acercó y lo tomó, mientras yo alcanzaba aquello en la enredadera.
Kochtli levantó lo suyo sobre su rostro. Era un collar con una gema azul brillante.
Tomamos al puerquito y lo cargamos en brazos. Era momento de llevar el cuerpo de la bestia ancestral al tlatoani. De otra forma no liberarían a nuestras familias.
De pronto, cuando cargábamos a la criatura, algo respiró muy pesado dentro de la mazmorra. Había algo más allí, y nos observaba con intención asesina.
Entonces apareció una bestia cinco veces más grande.
Gritamos y corrimos a la salida —que por suerte estaba a solo unos pasos detrás de nosotros—.
La mamá puerco nos persiguió furiosa.
No lo lograríamos... No cargando a la bestia ancestral.
La mamá puerco era muy veloz.
Solo estábamos a tres pasos, pero la mamá puerco estaba cada vez más cerca y sobre nosotros.
?Aaaaaa?
Quemamos nuestro tonalli para obtener más velocidad, y cruzamos la puerta del recinto sagrado.
La mamá puerco chocó contra el muro invisible que impide a las bestias salir. Regresó gru?endo, con un pu?ado de cerditos detrás.
Caímos al suelo riendo con orgullo, pues los guerreros siempre viven al borde de la muerte.
—Pensé que nos iba a atrapar.
—Sí, yo también.
Es verdad que estuvo cerca, pero el sello sagrado en la puerta no iba a permitir que nos atrapara. Todos saben que las bestias no pueden salir fuera de los recintos.
—Qué collar tan raro. Miren, chicos.
—Sí, parece piedra de ópalo.
—Miren lo mío, chicos —dije, mostrando el peque?o vestigio rojo que tomé de la enredadera.
Parecía un peque?o tejocote con raíces blancas: un vestigio de teyolía.
Dicen que aumenta la vida humana. Pero los ni?os no podemos usarlo, así que lo llevaré a casa.
Kochtli levantó el collar lo más cerca al sol. Parecía que intentaba ver su interior. Y al ver la piedra, quedé deslumbrado. Era hermosa.
Me acerqué para verla también de cerca. Al hacerlo la piedra brilló de una forma muy rara, que incluso sentí calidez dentro de mí.
—Déjame ver Kochtli —dijo Youali, pero cuando él se acercó, la piedra perdió su brillo.
—Toma, Ichkayoli, el collar te reclama como su due?o. No puedo hacer nada.
—?En serio?
—Sí, tómalo.
Tomé el collar en mis manos y después de sentir la fría gema al tacto entre mis dedos, lo puse en mi cuello.
La gema azul, al tocar mi pecho… latió.
No como una piedra.
Más bien como un corazón vivo.
Y algo —vivo y consciente— despertó dentro de mí.

