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Prólogo

  "El juramento del guerrero Acolhua"

  —?Xinotl, levántate!

  —?Que alguien ayude a Xinotl!

  —?Está herido!

  Las voces de mis hermanos sonaban como truenos y rayos: ruidosos, llamativos, pero también agresivos.

  Más no podían alcanzarme, porque yo estaba refugiado en lo más profundo de una cueva. Sin importar cuánto rugiera la tormenta, jamás podría alcanzarme.

  —Yo no estaba del todo consciente— un macuahuitl golpeó mi cabeza y abrió mi nuca.

  Como consecuencia, la vida salía de mi cuerpo. La sangre —roja como pétalos de terciopelo— se derramaba sobre la tierra al descender por mi mejilla.

  Ardía, quemaba… pero no tanto como saber que había fallado a mis hermanos. Y con ello, completaba mi juramento Acolhua, el que dice:

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  Algunas batallas inician como hogueras grandes y frondosas, y enfurecen aún más hasta reducir a cenizas bosques enteros. Mas otras batallas nacen destinadas a fracasar.

  Lo sabemos desde antes de iniciar, pero aun así decidimos pelear.

  El cuerpo y la mente saben que morirán, pero los guerreros luchamos día con día, dando lo mejor por los que amamos, por los que apreciamos.

  Pues sabemos que el tiempo del hombre no se mide por lo vivido, sino por lo grandioso de sus hechos.

  La luminosidad brillará eternamente después de una muerte gloriosa. Y el Mictlán —el mundo de los muertos— nos recibirá con flores y cantos de caracolas y tambores, contrario a una muerte vacía, con oscuridad sobre una tumba que nadie recordará.

  La esencia del guerrero Acolhua: palabras que salen de la boca, pero provienen desde el corazón. Porque sabemos que somos frágiles y filosos como navajas de obsidiana, y como tal podemos ser rotos en cualquier momento.

  Pero, en lugar de sentir miedo, nos da fortaleza para esforzarnos más, hasta romper los límites humanos con nuestro Tonalli y arder como un trozo de madera con su propio fuego, hasta las cenizas.

  Titlatzkaniliz —nos encontraremos—, mis hermanos, en el Mictlán. Beberemos y comeremos hasta quedar satisfechos, porque los dioses lo miran todo y saben que hemos vivido como fue dispuesto para nosotros.

  La oscuridad se tragó mis carnes, mis huesos y mi sangre… ?pero mi voluntad y mi corazón solo les pertenece a los grandes se?ores!

  Oh, se?or Quetzalcóatl, guía su camino de tu tlākōlli —tu esclavo—. Manda uno de tus xoloitzcuintles para llevarme hasta donde están reunidos mis abuelos, y los padres de mis abuelos, y los padres de ellos, para así, completar mi juramento para con ustedes, eternos Se?ores celestes de luz y oscuridad.

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