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Capitulo 4: Despierta quien ama

  La tela de la entrada cayó a medias detrás de Mika con un leve susurro. El interior de la caba?a estaba apenas iluminado por el resplandor de una vela de resina. Olía a madera tibia, a tela seca.

  Erik estaba recostado de lado, dándole la espalda a la entrada, con el cuerpo apenas envuelto en una manta liviana. Su respiración era tranquila pero profunda, como la de alguien que ha llorado sin querer que lo oigan. No se movió, pero al oír su nombre, lo reconoció al instante.

  Erik giró lentamente la cabeza.

  Y la vio.

  Mika no había dado un solo paso después de entrar. Estaba allí, apenas dentro, con los ojos grandes, brillantes por la emoción. Sus pies descalzos tocaban el suelo de madera. No dijo nada. No hizo ningún ademán. Solo lo miraba… con esa expresión que lo atravesó como una flecha: preocupación. Amor.

  él no esperaba verla. Pero en ese instante, entendió que ella… sintiendo con el corazón más de lo que él decía con palabras. Y aun así, estaba allí.

  Erik no habló. Solo la observó, en silencio. Como si verla en pie frente a él, con esa mirada de ternura temblorosa, fuera suficiente para sostenerlo por dentro.

  Mika respiró hondo.

  Iba a decir algo… pero no sabía qué.

  Y entonces, dudó.

  Bajó un poco la mirada. Dio medio paso hacia atrás. Como si pensara irse, como si dijera sin voz: "No quiero molestarte si necesitas estar solo..."

  Pero en ese mismo instante, Erik se movió.

  Giró un poco más el cuerpo, se recostó de espaldas y luego ladeó la manta a su lado, abriendo un espacio junto a él. No apartó los ojos de ella. Con un gesto lento y silencioso, extendió su mano en su dirección.

  La invitación era clara.

  Mika avanzó hacia la cama, pero se detuvo a medio camino.

  El calor del día aún estaba en su piel. Sentía el sudor seco pegado en todo su cuerpo… una incomodidad que contrastaba con la quietud del ambiente dentro de la caba?a. Erik seguía con la mano extendida hacia ella, pero notó su leve pausa, y la forma en que ella desvió la mirada hacia un rincón.

  Junto a un rincón, descansaban unos cuencos de madera llenos de agua fresca.

  Mika caminó en esa dirección, sin decir palabra. Empezó a desvestirse dejándose solo los calzones, y empezó a lavarse.

  Primero mojó sus manos, luego el rostro, el cuello. Su cuerpo, aunque ya visto por Erik en muchas ocasiones, se movía con una delicadeza que no era de pudor, sino de entrega tranquila. Lavó sus brazos, sus senos, bajó con calma por sus piernas, sin apuro. No por seducción, sino por necesidad… por limpieza, por cierre. Como si el agua le ayudara a desprenderse de la carga emocional de lo vivido.

  Erik no apartó la mirada.

  La miraba como quien ve algo sagrado. Como quien encuentra refugio.

  Hubo una ternura intensa en sus ojos. No había juicio. No había lujuria desbordada. Solo amor… y esa sensación de que Mika, tal como era, sin defensas ni palabras, era lo más hermoso que había en su vida.

  Cuando Mika terminó, no se secó del todo. Se pasó una tela apenas por los brazos y el rostro, y volvió hacia la cama, con los pies descalzos haciendo poco ruido sobre la madera.

  Se deslizó bajo la manta con suavidad, acercándose a él sin decir palabra.

  Erik sintió de inmediato el frescor de su piel algo mojada al rozar su costado caliente, y un leve estremecimiento le recorrió el cuerpo.

  Ella lo abrazó, despacio, acomodando su cabeza muy cerca de la de el.

  —Mmm… —murmuró, cerrando los ojos—. Estás calientito.

  Erik soltó una peque?a risa entre dientes y acarició su espalda con ternura.

  —Y tú estás helada —bromeó con dulzura.

  —Entonces me quedaré aquí hasta que estemos iguales —respondió ella, con un tono entre tímido y travieso, hundiéndose más contra su calor.

  Se quedaron así, entrelazados, respirando el silencio. No había necesidad de hablar. Lo que sentían estaba claro en el modo en que sus cuerpos se buscaban, se reconocían, se encontraban sin urgencia.

  Mientras tanto no muy lejos y casi al mismo tiempo.

  Hada caminaba en silencio, pensativa. Había algo en el relato de Erik que aún vibraba dentro de ella, como una cuerda tensada que no terminaba de encontrar descanso. Se detuvo frente a la entrada de su caba?a, pero no entró. Miró al cielo, respiró hondo… y sintió un impulso que no pudo ignorar.

  —“Solo unas palabras. Solo quiero saber si está bien.”

  Cambiando de rumbo, tomó el sendero que llevaba a la caba?a de Erik. El silencio de la noche la envolvía. Al acercarse, la luz de una vela aún brillaba débilmente dentro de la caba?a cuando se acercó. Y entonces, se detuvo en seco.

  Allí, dentro de la caba?a vio justo pasando por la puerta, vio a Mika.

  Iba con el cuerpo descubierto solo usando su ropa interior inferior, claramente hechos por Lera. Caminaba con tranquilidad, como quien ya pertenece a ese lugar. Su silueta se recortaba en la luz cálida de la vela mientras se acercaba a la cama de Erik.

  Hada boquiabierta, sin atreverse a hacer ruido. ?Mika? ?Ella…?

  Y luego oyó voces. Mika murmurando algo bajo, Erik respondiendo con suavidad. Risas suaves. Una conversación íntima, imposible de fingir.

  Hada se acercó despacio, y se asomó apenas por la ventana. El interior estaba cálido, iluminado por la llama serena de la vela. Erik estaba recostado con el torso descubierto, y Mika a su lado, ambos bajo la manta. Se abrazaban con ternura, como si ese momento valiera más que todo lo demás.

  Entonces los vio darse un beso, suave, largo… no de deseo apresurado, sino de cari?o profundo, de esos que se dan cuando ya no hay máscaras. Luego otro. Y otro más corto. Y una mirada que decía “te quiero aquí, ahora, y siempre.”

  Hada sintió el corazón oprimirse. No de rabia… sino de algo mucho más difícil de llevar: una mezcla de ternura, tristeza y resignación.

  Se apartó en silencio, dejando que la vela se apagara tras ella, mientras dentro de la caba?a el mundo se cerraba solo para dos.

  Hada caminaba en silencio, con los brazos cruzados. Su mente seguía atada a la imagen que había presenciado minutos antes: Mika casi desnuda en la caba?a de Erik, sus pasos seguros, íntimos, decididos. Había sentido una mezcla de sorpresa, y algo más. Un pellizco extra?o en el centro del pecho, que no sabía si era tristeza, admiración o un reflejo de todo lo que no se había atrevido a decir.

  Casi al llegar a su caba?a, una figura surgió entre la penumbra.

  —?Hada?

  Era Becca, como si también hubiera salido a buscar respuestas en la noche. La miró con atención.

  —?Estás bien?

  Hada dudó un momento antes de asentir con una leve sonrisa.

  —Solo necesitaba aire —respondió, pero su tono era hueco.

  Becca la observó con más atención, notando la tensión en sus hombros, la forma en que evitaba su mirada.

  —?Fuiste a verlo? —preguntó con suavidad.

  Hada no respondió al instante. Se mordió el labio, incómoda. Sus ojos bajaron al suelo.

  —No lo sé… Quería hablar con él. Solo hablar. Pero…

  —?Pero qué? —pregunto Becca.

  Hada respiró hondo. Tragó saliva. No quería decirlo. Sentía que hablarlo haría real lo que aún intentaba procesar. Pero Becca dio un paso más cerca, no con juicio, sino con una calidez que la invitaba a confiar.

  —Hada, dime. ?Qué viste?

  Ella dudó un momento más, hasta que sus palabras salieron en un susurro:

  —Vi a Mika … dentro de la caba?a, casi desnuda solo llevaba... sus calzones. Caminó tranquila hacia su cama. Se recostaron juntos. Se abrazaron. Se besaron… antes de apagar la vela.

  Becca no reaccionó al instante. Solo respiró despacio. Como si la pieza que faltaba en un rompecabezas hubiera encajado finalmente.

  —No me lo esperaba —susurró Hada, con un nudo en la garganta.

  Becca la miró por un largo instante, luego desvió la vista hacia los árboles oscuros.

  —Yo… también los vi —dijo entonces, casi en secreto.

  Hada la miró.

  —?Ahora, tu también?

  —No en la madrugada. Cuando él despertó. Mika se acercó rápido. Luego… lo besó. No fue largo, pero fue real. Pensé que solo fue por el susto. Pero ahora entiendo que no.

  Hubo un silencio entre ambas. Uno de esos silencios que no incomodan, sino que abrigan. Compartido. Honesto.

  —?Te duele? —preguntó Hada.

  Becca tardó en responder.

  —Sí. Pero no es que me moleste. Me duele no saber si algún día él podría sentir algo por mí también. Y al mismo tiempo… me siento feliz por ellos. Es confuso.

  Hada asintió, sintiendo el mismo torbellino en su interior.

  —?Crees que si alguna de nosotras le dijera lo que siente, también podría corresponderla?

  —No lo sé —dijo Becca, con sinceridad—. Pero si no lo intentamos, nunca lo sabremos.

  Se quedaron ahí un rato más, compartiendo una misma incertidumbre. Pero también, sin decirlo, compartiendo la decisión de no rendirse.

  Unos metros más allá, Lera estaba sentada atrás de la caba?a de Hada, recogida en sí misma, sin intención de espiar, pero con los oídos atentos a cada palabra. Había salido a caminar, queriendo pensar a solas, pero al ver a Hada y Becca juntas, se detuvo. Y entonces… escuchó su conversación.

  Sus ojos brillaban en la penumbra. No de enojo ni tristeza, sino de comprensión dolorosa. Ya lo sabia de ellos dos. Cerro los ojos tratando de recordar aquella noche en que durmió junto a Erik por accidente —embriagada por los vapores que ella misma había provocado sin querer—, no pasó nada. Y sin embargo, ahora entendía lo que aquella cercanía despertó en ella. Ese calor compartido. Esa pregunta sin respuesta: ?y si me atreviera a decirle también?

  Pero Mika ya lo había hecho. Mika había llegado primero, silenciosa y decidida.

  Lera apoyó la frente en sus rodillas, cerrando los ojos. No había rabia, solo aceptación. Tal vez, pensó, aún tenía una oportunidad. Pero lo sabría sólo si hablaba. Solo si dejaba de esconder lo que sentía.

  A lo lejos, Arlea seguía caminando. Sus pasos eran lentos, meditativos. Una vez que llego a su caba?a se sentó en su cama, con la espalda recta, la vela encendida lanzando sombras suaves sobre las paredes de madera. A su alrededor, el silencio parecía pesar más que de costumbre. Esa noche, algo había cambiado.

  La historia de Erik aún le latía en el pecho como una resonancia lejana. Había escuchado cada palabra con atención, no solo con sus oídos, sino con los ojos, con la piel. Le había dolido. Y a la vez… la había conmovido más de lo que quería admitir.

  Se quitó su ropa con lentitud —parte de su rutina para dormir y lavarse el sudor seco del día —, y mientras lo hacía, su mente volvía, como un dardo, al momento antes del almuerzo. Mika, distraída, nerviosa, casi culpable.

  Arlea frunció los labios.

  —?Qué estás ocultando, Mika?

  No lo dijo con enojo, sino como una pieza más del rompecabezas. Sabía que algo había raro entre ellos. Desde hacía unos días, los gestos de Mika eran distintos. A veces evitaba a Erik, otras lo buscaba con la mirada cuando creía que nadie la veía. Y él… él la miraba con una ternura especial. Contenida, pero visible para quien supiera observar.

  Se recostó de lado, pero no apagó la vela. Se quedó mirando la llama.

  —No me han dicho nada. Tal vez porque saben que yo sí haría algo —murmuró, más para sí que por que alguien la oyera.

  Pero no había rabia en su voz. Solo determinación.

  —Si es cierto… si tú ya estás con él, Mika… entonces me alegro por ti. Pero yo también tengo derecho a sentir. Yo también tengo mucho que ofrecerle.

  Su pecho se tensó por un instante, al imaginarlos juntos. No le dolía. Pero tampoco era indiferente.

  —No quiero arrebatarle nada a nadie. No soy así —se dijo, cerrando los ojos—. Pero si alguna vez él me mira de verdad… yo no voy a mirar a otro lado.

  Se giró en la cama, apagó la vela con un leve soplo, y en la oscuridad, sonrió.

  —Cuando llegue el momento, no serán palabras. Será un beso. Frente a todas.

  Y así, Arlea se quedó dormida, no con celos, ni con dudas, sino con una decisión tranquila que se tejía como un hilo invisible entre la intuición y el deseo.

  La noche había extendido su manto sobre la aldea, y las estrellas titilaban como si susurros antiguos las mecieran. Jaia caminaba con paso firme pero suave, llevando de la mano a Suri, que se apoyaba en ella como si flotara a medio camino entre la vigilia y el sue?o. Sus pies arrastraban un poco el paso, y su mirada, aunque aún brillaba con ese calor infantil, empezaba a nublarse bajo el peso del cansancio.

  Sera la primera vez que Suri dormiría en su propia caba?a. Hasta ahora siempre había dormido en la caba?a central y algunas vecez con alguna de las chicas o con las mayores que la cuidaban. Pero algo había cambiado. La historia de Erik la había tocado, removido. Y, aunque no entendía todos los detalles, su corazón peque?o sentía un lazo profundo, como si las heridas del joven fueran también un poco suyas. Lo quería. Lo amaba con esa pureza que no necesita palabras ni tiempo, solo presencia.

  —?Crees que Erik esté bien? —murmuró Suri, frotándose un ojo mientras se aferraba con más fuerza al brazo de Jaia.

  —Sí, peque?a —respondió con una voz pausada, serena, como si tejiera calma con cada palabra—. Erik es fuerte. Ha pasado por cosas muy duras, pero... ya no está solo. Ahora te tiene a ti, a las demás y también tiene a Mika.

  Suri bajó la mirada al oír ese nombre. Una peque?a sonrisa se formó en su rostro.

  —Mika lo quiere mucho, ?verdad?

  Jaia asintió con una sonrisa tranquila.

  —Sí. Mucho. Y eso lo ayuda más de lo que imaginas.

  Suri no dijo nada más. Solo dejó escapar un suspiro mientras sus ojos se cerraban casi sin querer. Jaia la alzó en brazos con facilidad, su cuerpo menudo casi no pesaba, y la llevó los últimos pasos hasta la caba?a. La habitación de Suri estaba sencilla pero acogedora: una camita peque?a con mantas de lana tejidas a mano, una mesa con algunos de sus cosas preferidas, una peque?a estantería de madera donde descansaban flores secas y piedritas que había recogido del bosque frutal y del rio.

  Con delicadeza, Jaia le fue quitando su ropa y la sentó en un taburete junto a un cuenco de agua, mojando un pa?o suave para lavarle el cuerpo.

  —Ya casi está —dijo con ternura, mientras Suri se dejaba hacer, medio dormida—. Así dormirás limpia y cómoda.

  Le lavó los pies con mimo, secándolos con una tela, y luego la ayudó a colocarse una de sus braguitas limpias para que durmiera, y después le ayudo a meterse entre las mantas.

  Suri se acomodó de lado, abrazando su diadema de madera —la que Erik le había regalado— como si fuera un tesoro. Sus labios se movieron despacito.

  —Yo quiero mucho a Erik… —murmuró, con la voz ya quebrada por el sue?o—. Mucho, mucho…

  Jaia le acarició el cabello con ternura, sentándose en el borde de la cama.

  —Y él te quiere a ti, Suri. No lo dudes. Tú le das luz, como el solcito por las ma?anas. Vas a ver que ma?ana todo será más claro. Ahora duerme, mi ni?a.

  Suri ya no respondió. Su respiración se volvió profunda y rítmica. El sue?o la había abrazado al fin, suave y reparador.

  Jaia se quedó un momento más, observando el rostro dormido de la peque?a. En silencio, se inclinó y le dio un beso en la frente antes de levantarse y apagar la vela.

  En la penumbra, la calma reinaba.

  Y por primera vez, en su propia caba?a, Suri dormía tranquila. Porque sabía, en el fondo de su peque?o corazón, que Erik ya no estaba solo, las tenia a ellas que lo quieren mucho.

  Mientras tanto en la caba?a de erik en la oscuridad del entorno, Mika se acomodó mas cerca, con suavidad, apoyando una pierna sobre las suyas, el pecho contra su costado, la frente en su hombro. El calor de él la invadía como una ola tibia. Erik la rodeó con ambos brazos, tirando de ella como si temiera que se desvaneciera.

  Así, entre la fragilidad y la entrega, se quedaron en silencio un largo rato.

  El corazón de Erik latía con fuerza. Mika podía escucharlo. No solo con sus oídos, sino con su piel. Con su pecho. Con su alma.

  él cerró los ojos.

  —Gracias por estar a mi lado —dijo con un hilo de voz.

  Mika alzó la cabeza y lo miró.

  —No iba a dejarte solo esta noche. No después de lo que contaste. No después de ver tus ojos así.

  él tragó saliva. Quiso hablar, pero se rindió. En cambio, pasó una mano por la espalda de ella, sintiendo su piel aún algo húmeda. Mika se aferró a su cuello y apoyó los labios en su clavícula, suave. Un beso apenas. Luego otro. Y otro, más arriba. Erik giró el rostro, buscando el suyo, y cuando sus bocas se encontraron, fue con ternura urgente. Sin prisas, sin explosión. Un beso que decía: “Estoy contigo.”

  Mika lo rodeó con sus brazos y piernas. Se acurrucó en él como si fuera su refugio. él la abrazó como si fuera su ancla.

  Así, entre susurros, caricias, ambos se quedaron dormidos. Con el cuerpo entrelazado, el alma un poco menos rota.

  Y, por primera vez en mucho tiempo, Erik durmió profundamente. Porque ya no estaba solo.

  La luz matinal se filtraba por los huecos de la ventana de madera, dorando los bordes de los muebles y calentando suavemente el aire en la caba?a. El silencio era sereno, apenas roto por el trino lejano de algunos pájaros.

  Mika fue la primera en despertar.

  Estaba abrazada a Erik, su pierna enredada en la de él, el rostro apoyado en su hombro. La respiración de Erik era lenta y profunda, y su expresión… era distinta. Dormía con una paz que ella no recordaba haberle visto nunca. Ya no había tensión en su mandíbula, ni arrugas de angustia entre sus cejas. Solo calma. Silencio. Luz.

  Mika lo contempló en silencio, con una sonrisa suave y tranquila, como si mirarlo le devolviera algo perdido en sí misma. Le acarició el pecho con la yema de los dedos, lentamente, como si dibujara sobre su piel un recuerdo nuevo.

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  Se inclinó hacia él y le dio un beso leve en los labios, apenas un roce.

  Erik frunció el ce?o con suavidad, como si un pensamiento dulce hubiera interrumpido su sue?o. Y luego, sin abrir aún los ojos, esbozó una sonrisa.

  —Mmm... así sí da gusto despertar… —murmuró con voz adormilada.

  Mika rio en silencio, apoyando su frente en la de él.

  —Buenos días, dormilón.

  Erik entreabrió los ojos, aún medio perdido en el sopor. Al verla tan cerca, con esa sonrisa que parecía pertenecerle solo a él, se sintió lleno. Quiso devolverle el beso.

  Se acerco hacia ella, apenas unos centímetros separaban sus labios...

  Y entonces, un ??paf!! sordo sobre la cama los sacudió a ambos.

  —?Ah! —saltó Mika, sobresaltada.

  Erik parpadeó. Algo peque?o, tibio y bastante molesto se había lanzado sobre ellos como una piedra suave. Ambos giraron de inmediato.

  —??Suri?! —dijeron los dos al unísono.

  La ni?a estaba con los brazos cruzados, sentada sobre las piernas de Erik, mirando a ambos con el ce?o fruncido y los labios apretados en una mueca que no podía disimular del todo su enfado… ni su ternura.

  Mika se sentó con una sonrisa indulgente y le acarició el cabello.

  —Peque?a salvaje… —murmuró, divertida.

  —?Erik me mentiste, eres un mentiroso! —protestó la ni?a, haciendo un puchero.

  Erik se incorporó con dificultad, sujetándola con cuidado.

  —?Mentiroso, yo?

  —?Sí! ?Tú siempre me decías que no podía dormir contigo, me decías que no es adecuado! ?Siempre! ?Y ahora veo que Mika sí puede! ?No es justo!

  Mika parpadeó, atrapada entre la risa y la sorpresa. Erik tragó saliva, intentando mantener la calma.

  —Suri… es que Mika y yo... —comenzó a decir, con tono paciente.

  —?Qué? ?Mika qué? —interrumpió Suri, desafiante.

  —Mika duerme conmigo porque... bueno, porque ahora somos pareja —dijo finalmente Erik, con una sonrisa incómoda.

  —?Pareja? —repitió Suri, arrugando la nariz—. ?Eso es como tu esposa?

  Mika se atragantó suavemente con la risa y apartó la mirada. Erik asintió.

  —Sí, algo así.

  Suri lo miró en silencio unos segundos, como evaluando con mucha seriedad.

  —Entonces... si Mika puede dormir contigo porque es tu esposa, yo también seré tu esposa. ?Así podré dormir contigo también!

  Erik abrió mucho los ojos.

  —No, Suri… no se puede, tú eres una ni?a.

  —?Pero no me parece justo! — dijo Suri haciendo un puchero.

  Erik sonrió, acariciándole la cabeza con ternura.

  —Suri, escucha. Eres muy peque?a todavía. Pero cuando seas más grande... digamos, dentro de unos diez a?os, si sigues queriendo eso… entonces lo hablamos, ?sí?

  La ni?a lo miró fijamente, como si lo evaluara con toda la seriedad del mundo.

  —?Diez a?os? —repitió con tono pensativo.

  Suri frunció los labios un momento más y luego suspiró.

  —Bueno… está bien. Pero ?que quede claro! ?En diez a?os, podre dormir contigo y seré tu segunda esposa!

  —Diez a?os a partir de hoy —dijo Erik, divertido.

  —?Entonces ya está! —declaró con el orgullo de una ni?a que acababa de cerrar un pacto importante—. ?Seré tu segunda esposa! ?En diez a?os, dormiré a tu lado!

  Erik y Mika apenas alcanzaron a reaccionar antes de que Suri se levantara y saliera corriendo disparada de la caba?a, como si se le hubiera encendido un cohete en los pies, gritando para si misma que es la segunda esposa de Erik.

  Mika se dejó caer de espaldas sobre el colchón, tapándose el rostro con ambas manos.

  —Ay, dioses…

  Erik se quedó sentado un momento más, mirando la puerta oyendo los ecos de la ni?a celebrando a los cuatro vientos.

  —…creo que acabo de cometer un error diplomático —murmuró.

  Mika se giró hacia él lentamente, con una ceja arqueada.

  —?"Error"? Le acabas de prometer a Suri que puede ser tu esposa . ?Sabes qué significa eso para ella?

  —Lo sé, lo sé… —Erik suspiró—. Pero con diez a?os de margen, se le olvidaría. Es una ni?a. A esa edad cambian de intereses cada cierto tiempo.

  —Suri no es cualquier ni?a —replicó Mika con suavidad, aunque claramente con una pizca de molestia en el tono—. Tiene muy buena memoria. Ha veces puede repetir y recordar las cosas con solo oírlas o verlas una sola vez.

  Erik parpadeó.

  —?En serio?

  —Sí. Ella recuerda cada cosa que oye y ve. Cada palabra que le importa. No va a olvidar esto, Erik. No en diez a?os. No en cien.

  él se dejó caer al lado de ella, tapándose los ojos con el antebrazo.

  —Entonces… ?me equivoqué?

  Mika se quedó en silencio un segundo. Luego habló más tranquila.

  —No lo sé. No fue cruel. Solo... inocente. Y lo hiciste con cari?o. Eso ella lo sintió. Pero sí creo que tendrás que hablar con ella más adelante. Para que entienda y qué significa realmente esa promesa.

  Erik asintió sin mirarla, su voz suave.

  —Lo haré. Cuando sea el momento. Por ahora… quería que se sintiera querida. Protegida. Importante. Creo que, por un rato, lo logré.

  Mika lo miró, con una leve sonrisa. Lo conocía lo suficiente para ver que, aunque a veces se perdía entre palabras o decisiones rápidas, su corazón siempre estaba puesto en los demás.

  —Sí —susurró ella—. Lo lograste.

  Se giró, le dio un beso en la mejilla y luego se acurrucó contra él.

  —Pero por si acaso… dentro de diez a?os, más te vale tener un buen discurso preparado.

  Erik soltó una risa baja, medio desesperada.

  —Dentro de diez a?os espero que me haya muerto casando, o que se me haya caído la caba?a encima.

  —No lo digas ni en broma —le advirtió Mika, abrazándolo más fuerte.

  —Está bien, está bien. Me quedo vivo. Pero tú hablas con ella, ?trato?

  Mika le dio un peque?o golpe en el pecho y ambos rieron, acurrucados en la cama.

  Todavía acostados, con las mantas a medio cubrirlos, Erik volvió a cerrar los ojos tras el inesperado salto de Suri. Mika, ya más tranquila, se acercó un poco y acarició su mejilla. Pero de pronto frunció la nariz.

  —Ay... —susurró, apartando la mano de golpe—. ?Me pinche!

  Erik abrió un ojo.

  —?Eh?

  —Tu barba —dijo Mika, se?alándolo con un dedo acusador—. Me pinchó la mano.

  Erik se llevó la mano al mentón y notó lo áspero bajo sus dedos. Solo una delgada línea de vello rebelde, apenas visible, pero que picaba como si fuera alambre oxidado.

  —Ah… sí, no me afeité desde ayer —dijo con voz suave.

  —Te hace ver mayor… y un poco salvaje —comentó ella, sonriendo divertida—. Pero me raspa.

  Erik aun con su mano en su barbilla.

  —No me gusta. A casi ningún hombre le gusta, la verdad. Solo crece por fastidiar.

  —Entonces deberías quitártela antes que se te declare rebelde. —ambos rieron por unos segundos.

  Mientras se desperezaban ambos, Erik buscó sus pantalones doblados junto a su lado de la cama. Intentó ponérselos con disimulo, cuidando que Mika no viera demasiado. Ella lo notó, por supuesto.

  —?Aún te da vergüenza que te vea? —preguntó al fin, con voz suave, sin burla.

  Erik se detuvo un segundo. No respondió de inmediato. Se terminó de ajustar los pantalones y luego se giró, sin su polera aún, rascándose la nuca.

  —No es eso… bueno, sí. Un poco —admitió, evitando su mirada—. Es extra?o. No estoy acostumbrado.

  —Pero dormimos juntos. Abrazados toda la noche —le recordó ella, sentándose entre las sábanas.

  él asintió, sin poder ocultar una leve sonrisa avergonzada.

  —Lo sé. Pero aún así… hay cosas que… no sé. No quiero parecer vulgar contigo.

  Mika lo observó en silencio unos segundos más. No había enojo ni reproche en sus ojos, solo una ternura honda, mezcla de cari?o. Luego, bajó la mirada un instante.

  Ya te vi todo, Erik, pensó, recordando con nitidez aquella vez que lo siguió a la caída de agua.

  él no la había notado. Había creído estar solo. Y ella, llevada por la curiosidad —y quizás algo más—, se había quedado oculta tras unas rocas, sin atreverse a anunciar su presencia. Erik se quitaba la ropa sin apuro, dejó que el sol tocara su piel, se metió en el agua helada y se dejó caer bajo la cascada, libre, ajeno al mundo.

  Mika ya lo había visto todo. Su cuerpo, su fragilidad, su fuerza. Y desde entonces, nada en su interior volvió a ser igual.

  Volvió al presente y lo miró otra vez, ahora con más dulzura que antes.

  —No deberías sentirte así conmigo —dijo, con firmeza contenida en la suavidad—. Soy tu... pareja, Erik. Y confío en ti… tú también puedes confiar en mí, incluso con eso.

  Erik la miró por fin. No dijo nada, pero sus ojos hablaron más de lo que cualquier palabra podría. Había en ellos una mezcla de cari?o, incomodidad y un deseo mudo de superar esa distancia sutil que aún existía entre los dos.

  Mika se levantó lentamente, y caminó hasta él. Sin decir nada, le puso la mano en una de sus mejillas.

  —Cuando estés listo —murmuró, bajando la mano—. Pero espero que algún día esa vergüenza desaparezca. Porque ya te conozco, Erik. Más de lo que crees.

  Erik tragó saliva, sintiendo el calor subirle al rostro. No sabía si por la confesión tácita, o porque simplemente no estaba acostumbrado a que alguien lo aceptara así, tan completo, incluso en su torpeza.

  Ella le sonrió, dio un paso atrás y fue donde dejo su ropa doblada para vestirse, dejando la conversación allí… por ahora.

  Erik la miró con sospecha, pero no insistió. Se dirigió y se sentó frente un cuenco con agua y tomó un peque?o hueso trabajado que usaba como navaja. Con movimientos lentos y precisos, comenzó a afeitarse, concentrado. Mika, mientras tanto, se vistió con algo de rapidez, sin dejar de observarlo de reojo.

  Una vez terminado, Erik se pasó una tela que usaba para eso por el rostro, dejando la piel suave y limpia. Se levantó y se giró hacia ella.

  —?Mejor?

  —Mucho. Ya no me pincharás.

  Ambos sonrieron, sintiendo en ese peque?o instante una ligereza nueva, como si por fin, después de tantas heridas, la calma empezara a asomar por las rendijas del alma.

  El interior de la caba?a aún conservaba la frescura de la madrugada, pero afuera el sol ya comenzaba a escalar rápido. Los días de calor habían alcanzado su punto más alto, y todos en la aldea sabían que era mejor hacer lo importante antes de que el sol cayera a plomo sobre sus cabezas.

  Mika terminó de ajustar su pantalón. Miró de reojo a Erik, que se peinaba con los dedos mientras murmuraba algo sobre el calor. Ella sonrió, divertida, pero tenía en mente otro objetivo: salir sin ser vista.

  —Voy a salir primero —dijo en voz baja, alistándose con movimientos rápidos—. No quiero que ninguna de las chicas me vea salir de aquí a esta hora… no aún.

  —?Aún crees que no lo sospechan? —preguntó Erik, mirándola con una ceja levantada.

  —Sospechar no es saber —replicó ella mientras revisaba por la ventana peque?a—. Además, la única que lo sabe es Suri… y las mayores, por supuesto. Si las chicas se enteran ahora… me van a comer viva de preguntas.

  Erik asintió, comprensivo. Sabía que Mika no era alguien que disfrutara estar en el centro de atención. Mucho menos cuando se trataba de sentimientos o afectos. Su amor era reservado, intenso pero silencioso.

  —Está despejado —murmuró Mika, acercándose con cuidado a la puerta. Se volvió hacia él—. Te veré después… No te olvides de tomar bastante agua por este calor.

  —Lo hare —dijo Erik, y justo antes de que ella cruzara la puerta, agregó—. Mika…

  Ella se detuvo, giró el rostro. Erik se acercó y le rozó los labios en un beso corto, suave y sin palabras. Mika no respondió de inmediato, pero al separarse tenía los ojos brillantes, como si el calor que tanto odiaba no viniera del sol, sino de su pecho.

  —Nos vemos —susurró ella.

  Erik la vio desaparecer entre las sombras que proyectaban los árboles y los altos cultivos que bordeaban esa zona. Luego, se volvió a su ropa. Ya tenía los pantalones puestos y la polera ligera de piel en la mano. Se la pasó por la cabeza, sintiendo el roce molesto de sus cicatrices en la espalda, pero no les prestó atención. A estas alturas, dolían menos que los recuerdos.

  Pasaron varios días. Y el calor no dio tregua. Durante ese tiempo, Mika y Erik compartieron más noches juntos, aunque sin hacer público su vínculo. No hablaban del tema abiertamente, pero las miradas, los gestos y la complicidad eran cada vez más difíciles de esconder. Mika, que solía mantenerse alerta, más rígida o contenida, ahora caminaba con pasos más ligeros. Sonreía más. Dormía mejor. Las demás lo notaron. No dijeron nada al principio, pero todas lo vieron.

  Erik, por su parte, no cambió su trato con las demás. Seguía con sus deberes, cargando cántaros con Becca, los cultivos y la cocina con Arlea, los animales con Hada, telas y algunas herramientas con Lera y escuchando a las mayores. Pero había una suavidad distinta en su manera de responder. Una calma interior que antes no tenía. Y aunque no buscaba provocar nada en las otras chicas, bastaba su cercanía para remover algo en ellas. Las bromas aumentaron. Las conversaciones se hicieron más largas. Las miradas, más largas aún.

  Fue en ese ambiente, cuando las primeras semillas del atrevimiento empezaron a germinar. Como si, al ver a Mika tan serena, otras sintieran que también podían intentarlo.

  Una ma?ana Erik caminaba en dirección para ayudar a Becca con los cantaros y tomó el camino al río. El polvo se levantaba a cada paso, seco y fino, y su ropa, como siempre, comenzaba a pegarse a su piel. Al girar por el sendero que bordeaba el taller de Lera, la voz de la joven lo alcanzó con tono agudo y familiar.

  —?Eh, Erik!

  él se detuvo y la vio salir con las manos manchadas de un tinte oscuro y un delantal de cuero viejo cubriéndole hasta las rodillas. Su cabello, despeinado por el viento, estaba atado de cualquier forma en la nuca.

  —?Otra vez con esos trapos? —le dijo mientras se?alaba sus pantalones con una mueca—. Parecen sostenerse por voluntad divina.

  Erik sonrió.

  —Están bien todavía… más o menos.

  Lera se cruzó de brazos, como ofendida.

  —Ven a verme apenas oscurezca. Necesito tomarte bien las medidas, para unos nuevos. Esos van a rendirse en cualquier momento.

  Erik la miró con un gesto de duda.

  —?Medirme? Si los remiendas otra vez...

  Ella no dudó ni un segundo.

  —No es lo mismo remendar que hacer uno nuevo. Y estos serán como deben ser, no un parche sobre otro. Además, he estado probando una nueva combinación de tela y una costura especial. Quiero asegurarme de que todo encaje bien.

  Erik, sin sospechar del todo, asintió con una sonrisa.

  —Está bien, vendré después de terminar los deberes del día.

  —Te estaré esperando —le dijo Lera, y le sostuvo la mirada un poco más de lo necesario. Una mirada que intentaba decir más de lo que las palabras se atrevían.

  Cuando Erik se alejó, Lera exhaló largamente, como si hubiera contenido la respiración durante toda la conversación. Entró al taller y caminó hasta una mesa al fondo donde, cuidadosamente doblados, estaban los pantalones nuevos. Ya estaban listos.

  —No necesito medir nada… —murmuró, apoyando los dedos sobre la tela, como si de pronto su valor estuviera escondido en esas costuras.

  Era una excusa. Solo quería tenerlo cerca, solos, sin miradas curiosas, sin otras chicas interrumpiendo con bromas o tareas. Quería ver su reacción al recibir algo hecho con sus manos, pero sobre todo… quería decirle lo que llevaba tiempo guardándose.

  No esperaba una respuesta inmediata, ni siquiera algo claro. Solo quería que él supiera. Que sintiera lo que ella sentía cuando lo veía trabajar, cuando lo escuchaba hablar con Suri, cuando lo veía sonreír, distraído, como si fuera ajeno a todo lo que provocaba.

  —Hoy… —susurró, más para sí misma que para nadie—. Hoy voy a decírselo.

  Se aseguró de que todo estuviera ordenado, incluso si eso no era habitual en su taller. Luego se quedó en silencio, mirándose las manos manchadas de tintes, como si de pronto sintiera que esas mismas manos no fueran dignas.

  Pero después cerró los pu?os suavemente. Respiró hondo.

  —No se trata de ser digna. Solo de ser honesta.

  Y con ese pensamiento, se quedó allí con la esperanza de ser correspondida.

  Erik retomó su camino hacia el río, después de hablar con Lera. A lo lejos, la figura de Becca ya se movía cerca de los cántaros, pero antes de llegar, su vista se desvió al pasar por los cultivos.

  Entre los surcos verdes que luchaban por mantenerse vivos bajo el sol, una figura alta y firme se inclinaba con el ritmo constante del trabajo. Era Arlea, sosteniendo un cántaro con ambas manos, echando el agua con precisión junto a las raíces de las plantas. Su piel, dorada por el sol, brillaba con el sudor de la ma?ana, y su cabello largo le caía por la espalda, ya algo deshecha por el esfuerzo.

  Erik se detuvo por un instante, contemplando la escena. Recordó cuando le propuso construir un peque?o sistema de canales, con inclinación natural desde el arroyo para regar todo en menos tiempo. Arlea lo escuchó pacientemente… y luego se negó con una sonrisa firme.

  Ahora, al verlo, Arlea levantó la mirada y le sonrió con naturalidad.

  —?Buenos días, Erik!

  él le devolvió el gesto con una inclinación de cabeza.

  —Buenos días, Arlea. Ya estás desde temprano.

  —Como siempre. Las raíces no esperan —dijo mientras se secaba el sudor de la frente con la mu?eca.

  Erik se rió.

  —?Todavía no me dejas hacerte un canal?

  Ella entrecerró los ojos, divertida.

  —?Y perder la excusa para que vengas ayudarme y trabajar juntos? Ni lo sue?es.

  él negó con la cabeza, fingiendo resignación.

  —Algún día me vas a dar permiso.

  —Tal vez. Pero por ahora, mejor ve con Becca. Aunque… —miró los cántaros que aún tenía por llenar— cuando termines, podrías ayudarme también. Si no tienes algo mejor que hacer.

  Erik se detuvo unos segundos y luego asintió con una sonrisa genuina.

  —Claro. Cuando acabe con Becca, paso por aquí. No me gusta verte hacer todo sola.

  Arlea bajó la mirada un instante, apretando los labios con una expresión difícil de leer, entre agradecimiento y algo más.

  —Te esperaré, entonces —dijo, sin mirar directamente.

  Erik siguió su camino, y ella volvió a arrodillarse junto a las plantas, pero el agua que vertía ahora caía más lento, como si el pensamiento en su mente ralentizara sus manos.

  Arlea se quedó entre los surcos, con el cántaro aún en las manos. Observó a Erik hasta que su figura se perdió en el camino que llevaba al río. Su respiración aún agitada por el trabajo se volvió más suave, como si por fin pudiera soltar algo que llevaba apretando en el pecho.

  Lo había visto tantas veces ya, caminando por la aldea, cargando cosas muy pesadas para ellas, hablando con alguna de las chicas o ayudando a las mayores. Pero esta ma?ana había sido diferente. Tal vez por cómo la miró, sin prisa. Tal vez por lo natural que le salió ofrecerle ayuda, como si no le pesara en lo más mínimo. O tal vez… por lo que ella misma sintió cuando lo tuvo tan cerca.

  Nunca había creído en eso de los "latidos del corazón acelerados" que las mayores describían, ni en la necesidad de pensar en alguien más allá del respeto o el cari?o. Pero Erik… había movido algo que tenía nombre. Era como si la presencia de él la hiciera sentir más viva y más vulnerable al mismo tiempo. Era amor.

  —“?Será que yo...?”, pensó, mientras sus dedos pasaban lentamente por el borde del cántaro, sin echar el agua. “?Seré capas de confesarle mis sentimientos?”

  Sacudió la cabeza, un poco avergonzada de sí misma, y volvió a centrarse en los cultivos. Aún quedaba mucho por regar… y quizás, con suerte, Erik volvería al terminar con Becca.

  En el río, Becca estaba arrodillada cerca de la orilla, con los pies descalzos en el agua, las peque?as gotas brillaban en sus piernas por el sol. No pareció notarlo… o tal vez sí. Ya había empezado a cargar el primer cántaro cuando escuchó pasos acercándose. No necesitó girarse para saber quién era.

  —Ya era hora —dijo sin mirarlo, pero con una sonrisa en la voz.

  —Lera me detuvo un momento —respondió Erik mientras se acercaba—. Quiere hacerme pantalones nuevos.

  —Por fin alguien te lo dijo. Esos que llevas ya parecen corteza de árbol —comentó, esta vez sí volteando para mirarlo.

  —?Y qué te detuvo de ir con ella de una vez? —preguntó, tomándolo del brazo para que le ayudara con el cántaro más grande.

  —Bueno eso puede esperar hasta que termine los deberes de hoy. Preferí ayudarte primero.

  —Qué amable —musitó, mientras ambos levantaban el cántaro juntos. Entonces, casi sin pensarlo, a?adió con un tono apenas más pícaro—: Pero si te rompen los pantalones, no me culpes si las otras se quedan mirando.

  Erik parpadeó, sorprendido. Becca rara vez hacía ese tipo de bromas. La miró de reojo. Ella tenía una media sonrisa, sin mirarlo directamente, como si lo hubiera dicho sin importancia… pero sus mejillas tenían un ligero color rosado que no era solo por el sol.

  Erik soltó una risa suave, negando con la cabeza. Becca rió también, y por un instante el trabajo dejó de sentirse como carga. él le pasó el cántaro, y cuando sus manos se rozaron, algo quedó en el aire, leve pero presente.

  —Gracias por la ayuda y venir —dijo ella finalmente, bajando la mirada, un poco más seria ahora—. Con los días de calor ya pasando, esto fue muy agotador.

  —Nunca estás sola, Becca —respondió Erik, sincero—. Si me necesitas, sabes que vengo.

  Becca lo miró por un segundo más largo de lo usual. No dijo nada, pero algo en sus ojos dejó claro que esa respuesta la había tocado más de lo que quería admitir.

  Luego, sin más palabras, volvieron al trabajo, pero la tensión se volvió más suave, casi cómplice. Por primera vez en mucho tiempo, Becca dejó de sentirse solo como la líder firme que todos esperaban que fuera… y por unos minutos, fue solo una chica que disfrutaba de la compa?ía de alguien que hacía que el mundo se sintiera un poco menos pesado.

  El sol ya empezaba a calentar el ambiente con algo de fuerza, claro ya no como días atrás, y el sudor perlaba la frente de Becca mientras acomodaban los cántaros en la base de un gran árbol donde solían dejarlos antes de llevarlos a la aldea. Erik se quitó su polera, no lo hacia normalmente pero el ambiente ya era mas calurosa, revelando su torso marcado por las cicatrices y el trabajo constante. Becca fingió no mirar, aunque sus ojos se desviaban, discretos, de cuando en cuando.

  —?Sabes? —comentó ella, alzando una ceja mientras se estiraba—. Mika solía verse tensa, pero últimamente esta mas relajada.

  Erik ladeó la cabeza.

  —?Ah… sí? —respondió, acomodando un cántaro y sin saber muy bien por qué sentía que debía ponerse alerta.

  Becca se encogió de hombros, con una sonrisa entre traviesa y misteriosa.

  Erik parpadeó. Pero algo en la forma en que Becca lo dijo, en ese tono ligero y juguetón, lo descolocó. La miró de reojo mientras cargaba el último cántaro, sin saber si reír, sentirse incómodo…

  —Bueno… también dormir bien es importante —balbuceó, como si buscara justificar algo que no había terminado de entender.

  Becca rió por lo bajo, disfrutando del momento. No tenía prisa en que él se diera cuenta de que lo estaba tanteando. Verlo un poco torpe era una delicia poco común.

  —Claro que sí, Erik —respondió, con una mirada picarona. Y continuaron con los cantaros.

  El trabajo junto al río exigía cada músculo. Erik cargaba uno de los cántaros llenos cuando Becca, con las manos en la cintura y su trenza cayendo por su espalda, lo observó con una sonrisa apenas ladeada.

  —No está nada mal la vista esta ma?ana —comentó con aire distraído, mientras se agachaba junto a otro cántaro—. El río, el sol… y tú sin tu polera. Podría acostumbrarme a esto.

  Erik parpadeó, desconcertado. La miró, tratando de adivinar si lo decía en serio o era una broma.

  —?Eh? ?Qué? —murmuró, más torpe de lo que hubiera querido sonar.

  Becca soltó una risa baja y musical, como quien lanza una piedrita al agua solo para ver las ondas.

  —Nada, nada. Solo hablaba del paisaje —respondió, como si no le diera importancia, pero sus ojos lo siguieron con descaro mientras él se agachaba para sujetar otro cántaro.

  Erik carraspeó. Por alguna razón, se sentía más expuesto que de costumbre. La mirada de Becca era distinta… más profunda, casi divertida. Pero no era burlona. ?O sí?

  —Bueno, el paisaje también está… bien —dijo, intentando sonar casual, aunque se trabó un poco al hablar y se sonrojó apenas.

  —?También? —preguntó ella con una ceja arqueada, cruzándose de brazos.

  Su tono era ligero, pero su sonrisa sugería otra cosa —. ?"También"? ?Me estás diciendo que yo soy parte del paisaje bonito?

  Erik abrió la boca, pero no supo qué responder. Se sintió como si hubiese caído en una trampa de palabras, y Becca lo supo al instante.

  —No respondas —a?adió ella, dando una palmadita en su hombro mientras pasaba a su lado con la gracia tranquila de quien domina el terreno—. Me basta con saber que lo pensaste.

  él se quedó mirándola mientras ella avanzaba hacia el siguiente cántaro, su andar seguro, su silueta firme recortada contra el fondo de árboles. Algo en ella había cambiado. Ya no era solo la Becca líder, la figura fuerte y protectora. Había algo más… algo que no sabía cómo nombrar.

  —Dormiste bien, ?no? —preguntó ella sin mirarlo, mientras acomodaba el cántaro con una cuerda.

  —Sí, bastante bien… ?Por qué?

  Becca giró apenas el rostro y lo miró de reojo, con media sonrisa.

  —Nada… solo lo digo por cómo sonríes últimamente. Hay sonrisas que no se deben solo al descanso.

  Erik se quedó quieto. Abrió la boca para decir algo, pero no se le ocurrió nada que no sonara como una confesión.

  —Tú también sonríes bastante —replicó al fin, como si le devolviera el comentario, y se dirigió a otro cántaro algo mas alejado de ella.

  —Sí… pero yo no tengo a nadie que me ayude a dormir mejor —respondió, esta vez en voz más baja, casi como si no quisiera que él lo oyera del todo.

  Erik sintió un leve escalofrío en la espalda. Había algo en el aire entre ellos. Algo suave, cálido, inesperado. Pero no sabía cómo sostenerlo sin romperlo.

  Becca, por su parte, le dio la espalda y levantó otro cántaro con facilidad. No necesitaba que él entendiera todo de inmediato. A veces, una semilla bastaba. El resto lo haría el tiempo.

  —Vamos, antes de que el sol nos cueza la piel —dijo con su tono habitual, aunque sus mejillas llevaban un leve rubor.

  Erik la siguió, aún sin saber del todo qué acababa de pasar.

  Después de llenar los últimos cántaros y asegurarse de que todos los cuencos de las caba?as estuvieran con agua fresca, Becca se estiró hacia atrás con un suspiro satisfecho.

  —Trabajo bien hecho —dijo, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Luego miró a Erik de reojo—. Aunque contigo cerca, se siente menos trabajo y más… ?entretenido?

  Erik, aún con el torso desnudo, volvió a enrojecer ligeramente. El sol le había dorado los hombros, y algunas gotas de agua todavía le recorrían el pecho.

  —Gracias, supongo… —respondió, rascándose la nuca. Había empezado a notar que Becca estaba más bromista de lo habitual. O tal vez solo era más evidente ahora.

  —Por nada —replicó ella con una sonrisa algo pícara mientras levantaba un cántaro vacío para llevarlo a su lugar de guardado—. Siempre me gustó trabajar con herramientas útiles.

  él arqueó una ceja.

  —?Estás diciéndome herramienta?

  —?Qué? ?No! —dijo, riendo con una expresión traviesa—. Solo dije que eras útil… y que me gusta tenerte cerca. No pongas palabras donde no las hay, Erik.

  —Aunque tú estás más callado de lo normal. ?Estas bien?

  Erik la miró, algo confundido.

  —Estoy bien, creo.

  —Claro… —agregó ella, esta vez sin mirarlo directamente.

  Erik frunció el ce?o, sin comprender del todo. Becca lo notó y soltó una risita ligera.

  —Solo es una observación —dijo con inocencia fingida, y luego a?adió, un poco más seria—. Hada y yo, ambas pensamos que… bueno, que si alguien da un paso adelante, las demás no deberíamos quedarnos en silencio.

  Erik la miró, algo más alerta.

  —?A qué te refieres?

  Becca se encogió de hombros y se acercó un poco para darle una palmada suave en el hombro.

  —Nada. Solo pensamientos entre amigas. Tú solo… sigue siendo tú, ?sí?

  Antes de que él pudiera responder, Becca ya se alejaba, al despedirse, le lanzó una última sonrisa pícara.

  —Y no olvides ponerte tu polera. Las demás te estarán mirando más que al sol.

  Erik, desconcertado, se puso rápidamente su prenda. Sentía que algo en el aire había cambiado… y no era solo la temperatura.

  Mientras avanzaba por el sendero hacia los cultivos, se topó con Hada sentada bajo una sombra, rodeada de hierbas recién recogidas y dos de sus cabras mas peque?as. Ella levantó la vista y sonrió con esa calidez serena que le era natural.

  —Hola, Erik —saludó—. ?Becca te dejó ir por fin?

  —Sí, aunque no sin antes decirme cosas que aún no estoy entendiendo del todo —respondió él, medio en broma.

  —Suele hacer eso —dijo Hada con un brillo cálido en los ojos—. Pero no dice nada que no sienta.

  él asintió en silencio.

  —?Todo bien con tus animales?

  —Sí. Aunque creo que uno de los mas peque?os te quiere más a ti que a mí —comentó ella mientras acariciaba la cabeza de una cría—. Cada vez que pasas, se alborota.

  Erik se agachó a su lado, observando al animalito.

  —Debe ser que le caigo bien.

  —Como muchas aquí —dijo Hada, casi susurrando. él la miró, pero ella bajó la vista, fingiendo buscar algo entre las hierbas—. Fue una noche menos calurosa.

  Erik sintió una punzada de nerviosismo, pero también cierta ternura.

  —Sí. Lo fue.

  —Los días calurosos despiertan más que el cansancio. A veces también… el coraje.

  —?Coraje para qué?

  Ella lo miró por un momento, pensativa, y luego bajó la vista.

  —Para no quedarse atrás.

  Erik parpadeó, pero antes de que pudiera preguntar, Hada ya se levantaba, sacudiendo el polvo de su falda.

  —Ve con Arlea. Seguro ya te está esperando.

  —Gracias, Hada.

  —De nada, Erik —respondió ella.

  Erik se levantó, el pecho un poco más tenso. Las palabras de Becca aún le daban vueltas, y ahora las de Hada se sumaban, con la delicadeza que solo ella tenía.

  Erik la miró, notando la profundidad inusual en su voz. Pero Hada, tan prudente como siempre, no dijo más. Solo le acarició la cabeza a la cabrita que tenia en su regazo.

  —Si necesitas ayuda con los animales… —empezó él.

  —Te buscaré —interrumpió con una peque?a sonrisa, y cuando él se giró para seguir su camino, agregó en voz apenas audible—. Pero no te tardes en mirar bien lo que hay frente a ti.

  Hada lo vio marcharse por el sendero de tierra, su figura alejándose poco a poco entre los rayos del sol filtrados por los árboles. Erik caminaba con su paso firme de siempre, despreocupado.

  —?Por qué no lo ve? —murmuró para sí, apenas audible entre el canto de los pájaros y el balido de una de sus cabritas.

  Su respiración era serena, pero su pecho ardía con una mezcla de ternura y frustración. Había algo en Erik que le tocaba el alma de una forma distinta a las demás: no era solo su presencia, era su silencio, su dolor callado, su manera de cuidar a las demás incluso cuando parecía roto por dentro.

  Ella sabía que las otras ya se habían atrevido. Mika, por ejemplo. Y quizás ahora Becca. Pero ella… ella seguía observándolo desde la distancia, guardando sus sentimientos como si fueran secretos sagrados.

  —No soy valiente como ellas… —pensó, y bajó la vista—. Pero eso no significa que no lo sienta.

  Hada cerró los ojos un momento, y la imagen de Erik apareció tan nítida como si aún estuviera ahí, justo delante suyo, mirándola con esos ojos que a veces parecían entenderlo todo… y otras veces, no ver nada.

  —Ojalá… ojalá un día puedas ver mi corazón, Erik.

  La brisa levantó suavemente los mechones sueltos de su cabello largo y lacio, mientras se giraba lentamente hacia su refugio, sabiendo que había vuelto a dejar pasar la oportunidad. Pero también sabiendo que su tiempo llegaría. No hoy, quizás…

  Y cuando ese momento llegara, ella también daría un paso al frente. Porque no quería quedarse atrás. No con él.

  Mientras Erik caminaba hacia los cultivos, sin dejar de pensar en las palabras de ambas chicas. Una lo provocaba con descaro dulce. La otra, con silencios que hablaban.

  Y Arlea lo esperaba en los cultivos, al final del sendero.

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