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Capítulo 3: El Silencio Que Me Habita

  El crepúsculo se desplegaba en tonos anaranjados y púrpuras sobre la aldea, ti?endo los techos de paja con luces cálidas mientras las primeras estrellas asomaban tímidas sobre las monta?as. Alrededor de la peque?a fogata, el grupo se reunió como tantas veces lo hacían, aunque esta vez el ambiente era distinto: expectante, cargado de silencio curioso y respeto.

  El sol ya había bajado lo suficiente como para que el calor fuera más llevadero. Las mujeres se habían reunido en el mismo espacio donde solían contar historias, algunas sentadas en el suelo, otras sobre troncos caídos o piedras planas. La brisa fresca traía consigo el aroma de la tierra y de la le?a quemada de las fogatas peque?as.

  Erik, sentado entre Mika y Suri, miraba las llamas con una expresión distante. Su voz, cuando habló, era suave, casi como si susurrara a través del tiempo:

  —Ya les conté cómo era mi mundo… las ciudades, los caminos, los coches, los aparatos extra?os.

  —Mi vida era… bastante normal, hasta cierto punto. En mi caso… —Erik bajó un poco la mirada—, mi familia estaba formada por mis padres, mis abuelos y mis dos hermanas.

  Hubo un leve murmullo entre las jóvenes.

  —?Hermanas? —preguntó Arlea con interés.

  —Sí. Sofía la mayor y Valeria menor que yo —asintió Erik—. Crecí con ellas hasta que… bueno desaparecieron.

  Todas se acomodaron con atención. Mika le tomó la mano con sutileza, y Suri, como siempre, lo miraba con devoción. Becca se inclinó ligeramente hacia adelante. Hada, con los brazos cruzados, disimulaba su emoción. Las mayores intercambiaron miradas en silencio.

  —?Y tus padres? ?Qué hacían? —preguntó Mika, interesada.

  —Mi padre se llamaba Julián —comenzó Erik—. Era profesor de historia en una escuela. Eso significa que ense?aba a otros sobre lo que pasó en el pasado de la Tierra… guerras, culturas antiguas, imperios, revoluciones. Tenía una voz tranquila, pero firme. Siempre me hablaba como si estuviera contando una historia de aventuras.

  —Como Jaia cuando nos cuenta sobre los tiempos antiguos —susurró Suri, y algunas sonrieron.

  —Algo así —respondió Erik con una leve sonrisa—, pero en mi mundo hay registros escritos de muchas cosas del pasado, llamados libros y los profesores ense?an sobre ellas para que no se olviden.

  Las mayores parecieron interesadas en esa idea, pero las jóvenes todavía procesaban el concepto.

  —?Entonces es como alguien que te guía? —preguntó Hada.

  —Sí, algo así. Pero los profesores no solo guían, sino que también explican cómo hacer las cosas para que las personas aprendan por sí mismas.

  —Era un hombre serio, pero cuando quería, podía contar historias de una forma increíble. No sé cómo lo hacía, pero siempre lograba atraparme con sus relatos.

  —?Historias como las que nos cuentas? —preguntó Becca con curiosidad.

  Erik sonrió de lado.

  —Más o menos. Pero las suyas eran más sobre el pasado, sobre cómo la gente vivía en otras épocas. Siempre decía que "para entender el presente, hay que conocer el pasado".

  —Sabias palabras —comentó Jaia con un leve asentimiento.

  —Sí… Me ense?ó a mirar más allá de lo evidente… a buscar el porqué de las cosas. A veces me regalaba libros viejos que encontraba en sus viajes.

  Se detuvo un momento. El crepitar de la fogata llenó el silencio. Luego, su voz bajó un poco más:

  —Mi madre se llamaba Clara. Ayudaba a un sastre, cosiendo ropa, arreglando botones, hilvanando telas. Era firme pero muy dulce. Me ense?ó a cuidar de los detalles…

  —?Y qué es un sastre? —preguntó Hada, aunque su tono indicaba que la palabra le resultaba inquietante.

  Erik le sonrió.

  —Bueno un sastre es la palabra que se le dice a las personas que trabajan con telas. Y ella era ayudante de un sastre.

  —?Como yo! —exclamó Lera con entusiasmo.

  —Sí, aunque ella solo hacia ropa y muchas cosas de tela.

  —Entonces, ?era como una artesana? —preguntó Becca, usando el término más cercano que conocía.

  —Exactamente.

  Las demás asintieron lentamente, comprendiendo mejor.

  Los ojos de Suri brillaron con emoción al escuchar eso.

  —?Entonces tu mamá hacía lo mismo que Lera!

  —Sí, ella también disfrutaba hacer ropa.

  Lera asintió, recordando que Erik ya había mencionado algo sobre su madre y las telas. Las demás escuchaban fascinadas.

  —Entonces… —Hada, con su tono característico, rompió la seriedad del momento—, ?Qué tan molestas eran tus hermanas?

  Algunas rieron suavemente. Erik sonrió un poco.

  —Mis hermanas eran lo mejor de mi vida —empezó con una sonrisa algo melancólica—. Sofía la mayor, Tenía quince a?os, pero ya parecía una adulta a veces. Siempre fue muy inteligente y... un poco mandona —dijo, lo último con una risa que provocó algunas sonrisas entre las chicas—. Le gustaba mucho leer libros y corregirme todo, aunque en el fondo era muy protectora.

  —Pero si me veía triste, dejaba todo de lado solo para hacerme reír. Era... fuerte, como ustedes. Pero también tenía su lado divertido.

  —?Y te llevabas bien con tus hermanas? —preguntó Lera, curiosa.

  Mika lo miraba fijamente, sin apartar los ojos.

  —A veces nos peleábamos por tonterías. Una vez escondí su libro favorito y ella puso sal en mi comida por venganza —algunas chicas rieron sorprendidas—. Pero siempre terminábamos arreglándonos. Ella siempre me ayudaba con algunas tareas.

  —Entonces con ellas te llevabas bien —pregunto Suri.

  —No siempre —respondió Erik con una sonrisa nostálgica—. Como cualquier hermano y hermanas, peleábamos mucho. Sofía era la más estricta, siempre quería ser la "jefa" de todos.

  —Y tu otra hermana —pregunto Arlea con suavidad.

  Erik respiró hondo.

  —Valeria era distinta. Tenía seis a?os, y todo en ella era dulzura. Jugábamos a que ella era una princesa y yo su guardián. Me hacía coronas de papel, me pedía cuentos inventados cada noche. A veces me despertaba de madrugada solo para decirme que había so?ado pesadillas —la voz de Erik se suavizó—. Creo que era la persona más inocente que conocí.

  Suri se frotó los ojos rápidamente, y Becca le puso una mano en el hombro.

  —También era una ni?a inquieta, curiosa. Siempre andaba corriendo de un lado a otro, haciendo travesuras sin parar.

  Mika sonrió levemente.

  —Me recuerda a alguien… —murmuró, mirando de reojo a Hada, quien la fulminó con la mirada.

  —?Oye!

  Las chicas rieron suavemente, aliviando por un momento la melancolía del ambiente.

  —Nos gustaba jugar juntos. Sofía siempre inventaba historias y decía que teníamos que seguirlas como si fueran reales.

  —?Cómo era? —preguntó Mika con curiosidad.

  —Era la típica hermana mayor… decía que tenía que dar el ejemplo, pero no perdía oportunidad de molestarme.

  —?Molestar cómo? —quiso saber Suri, con una sonrisa que delataba su interés.

  Erik suspiró con diversión.

  —Oh, de muchas formas. A veces escondía mis cosas solo para verme buscarlas, otras me decía que algo era suyo cuando en realidad era mío. Pero siempre me protegía si hacía falta.

  —Como una mamá extra —comentó Becca.

  —Nos llevábamos bien la mayoría del tiempo —prosiguió Erik—, Valeria solo nos miraba con sus grandes ojos, esperando que alguien la ayudara a conseguir lo que quería. Solo quería hacer lo mismo que nosotros… aunque muchas veces terminaba llorando cuando no podía.

  Las chicas escuchaban con atención. Podían imaginarse a Erik corriendo por algún tipo de casa grande con sus hermanas, peleando por cosas peque?as, riendo y disfrutando de una infancia que ahora parecía tan lejana.

  Suri, sentada miraba a Erik con ojos grandes, muy atentos. Lera se había inclinado un poco hacia adelante, sus codos sobre las rodillas, como si no quisiera perder ni una palabra.

  —Valeria —continuó—. Siempre estaba riendo, hacía preguntas todo el día, cosas simples como “?por qué el cielo es azul?” o “?a dónde van las aves cuando llueve?”. Me seguía a todos lados. Jugábamos a escondernos en casa o a inventar canciones tontas... Yo la llamaba mi “solcito”. —Erik tragó saliva—. Me gustaba hacerla reír... su risa era como una campana.

  —Era… un torbellino. No paraba quieta ni un segundo. Le gustaba jugar, correr por toda la casa y hacer travesuras.

  —?Qué tipo de travesuras? —preguntó Hada con una sonrisa curiosa.

  —Una vez —Erik soltó una leve risa al recordarlo—, pintó las paredes de la casa con colores y dibujos que había hecho, y cuando mi madre la descubrió, dijo que estaba decorando para que fuera más bonito.

  Hubo risas entre las chicas.

  —Otra vez, cuando salimos de paseo a la casa de mis abuelos, trató de atrapar una oveja peque?a, porque quería abrazarla. Pero ella no pensaba igual y terminó persiguiéndola por todas partes, haciéndola llorar.

  Las risas aumentaron.

  Erik sonrió con ternura al recordar.

  —?Tu madre se enojaba? —preguntó Lera.

  —Oh sí, mucho —rio Erik—. Pero nunca duraba mucho su enojo.

  Las mujeres lo miraban con atención, absorbiendo cada palabra. Para ellas, escuchar sobre una familia con padre, madre era como oír sobre un mundo completamente distinto.

  —Lo mejor era cuando íbamos a ver a mis abuelos —continuó Erik con un brillo en los ojos—. No vivían con nosotros, sino en un lugar más apartado. Cada verano o cuando uno de nosotros cumplía a?os, mis padres nos llevaban hasta allá.

  Las mayores asintieron.

  —El hogar de los ancianos es donde la familia se une —dijo Jaia con suavidad.

  Becca, acurrucada con las rodillas al pecho, lo miró curiosa.

  —?Y qué hacían allá? —preguntó de pronto—. ?Jugaban en la casa de tus abuelos?

  Erik sonrió, con una nostalgia suave en la voz.

  —Sí... en la casa de mis abuelos había un estanque grande, al fondo del terreno. Cuando íbamos en verano y hacía mucho calor, Sofía y yo llevábamos a Valeria y pasábamos la tarde nadando ahí. Mi abuela nos daba fruta fresca después, y nos sentábamos en la sombra de un árbol enorme. Era un ritual de cada verano…

  Las chicas quedaron en silencio un instante. La expresión en sus rostros cambió sutilmente, algunas mirándose entre sí, hasta que Hada frunció levemente el ce?o.

  —?Nadaban...? —murmuró, pensativa—. Entonces sí sabías nadar…

  —Claro que sí —respondió Erik, algo desconcertado—. ?Por qué?

  Lera fue la que dio un peque?o suspiro, y con su tono calmo comentó:

  —Porque cada vez que te invitamos a nadar con nosotras al lago, siempre encontrabas alguna excusa. Dijiste que no te gustaba, que el agua estaba fría, o que preferías ayudar con otras tareas…

  Las demás asintieron. Incluso Suri lo miró con una ceja alzada, cruzando los brazos.

  Erik, notando el ambiente algo tenso, alzó las manos y habló con calma:

  —Es verdad… no les mentí exactamente, pero sí… evité ir con ustedes. —Se acomodó un poco donde estaba sentado y bajó la mirada un segundo antes de continuar—. En mi mundo, cuando las personas nadan, usan prendas especiales... trajes de ba?o. No es común, ni bien visto que las chicas naden sin ropa delante de los chicos o demás personas, y mucho menos que los chicos las miren…

  Hubo un murmullo entre las chicas. Algunas se miraron entre sí con sorpresa, otras con una pizca de diversión. Alisha incluso esbozó una sonrisa suave.

  —Entonces… ?no te sentías cómodo porque nosotras nadamos sin nada puesto? —dijo Arlea, con una mezcla de curiosidad e incredulidad.

  —No me parecía correcto, verlas así —respondió Erik con sinceridad—. Sino por lo que me ense?aron mi madre y mi abuela. No está bien que un hombre vea el cuerpo desnudo de una ni?a y una mujer... y menos aún si son varias chicas. Me habría sentido... irrespetuoso, aunque ustedes no lo vean así. Me pareció mejor evitarlo.

  Suri bajó la mirada, como sintiéndose mal por no haber comprendido antes. Pero al levantar los ojos, Erik le gui?ó un ojo con ternura.

  —Pero eso no significa que no me agrade su compa?ía. Al contrario… todas ustedes son muy importantes para mí. Y también respeto que naden como se sientan mas cómodas, solo que a veces necesito un poco más de tiempo para acostumbrarme a la forma de vida tan natural que llevan.

  Hubo un breve silencio, hasta que Lera se inclinó hacia adelante, apoyando un brazo sobre su pierna doblada.

  —Entonces… —dijo, con una leve sonrisa que asomaba— si hiciéramos esas “prendas especiales” para nadar… ?vendrías con nosotras al lago a nadar?

  Las chicas estallaron en risas, algunas a carcajadas, otras cubriéndose la boca con las manos. Hada incluso aplaudió como si se tratara de un juego divertido.

  Erik rió con ellas, un poco avergonzado pero sin esconderse.

  —Si usan trajes de ba?o, prometo ir —dijo, encogiéndose de hombros.

  Suri brincó con alegría.

  —?Entonces yo quiero uno también! ?Y tú también, Mika!

  —Claro —respondió Mika con una risita—. Pero no prometo que me quede bien.

  —?No importa! —gritó Suri, riendo— ?Será el primer “ba?o traje” de la aldea!

  Las risas continuaron, disolviendo la tensión y reforzando el lazo entre ellos. Las mayores intercambiaron miradas serenas. Jerut dijo en voz baja, casi solo para Jaia:

  —Poco a poco… él ya está dejando atrás el peso de su mundo, y ellas lo están ayudando más de lo que saben.

  Y Jaia, sin despegar los ojos del fuego, respondió:

  —Y él, a su manera, también está ense?ándonos algo que olvidamos hace mucho tiempo.

  Jerut asintió suavemente, como reconociendo el valor de esas memorias. Alisha, con los brazos cruzados, miraba a Erik con ternura.

  Fue entonces cuando Hada, apoyando la barbilla sobre sus rodillas recogidas, habló con voz suave:

  —?Y tus abuelos, cómo eran?.

  Erik parpadeó, como volviendo a un recuerdo cálido que lo sorprendía por su nitidez.

  —Mis abuelos eran increíbles —dijo con una sonrisa suave—. Ellos eran los padres de mi madre. Vivían en una casa sencilla, al borde de una zona con colinas y campos de cultivos, algo parecida a las afueras de la aldea.

  Suri se acercó un poco más, apoyando la cabeza sobre su brazo extendido como una ni?a esperando un cuento.

  —?Cómo se llamaban? —preguntó en voz baja.

  —Mi abuela se llamaba Teresa, y mi abuelo, Julián... igual que mi padre, en realidad. él era ingeniero, pero se había retirado hace muchos a?os, y pasaba mucho tiempo haciendo cosas con las manos. Era de los que no podía estar quieto. Siempre tenía cosas que arreglar o construir: molinos de viento peque?os, mecanismos con cuerdas y poleas… Me ense?ó a usar algunas herramientas, a medir, a observar el entorno.

  Arlea murmuró con admiración: —Eso explica muchas cosas…

  —Mi abuela, en cambio, era más… misteriosa —dijo Erik con una sonrisa más amplia—. Era como una especie de médica tradicional. Usaba plantas, infusiones, piedras calientes, y cosas que parecían magia. Me curó fiebre, cortadas, incluso un susto, con rituales que yo no entendía, pero siempre funcionaban.

  —Mucha gente del pueblo iba a verla cuando tenía algún dolor o enfermedad leve.

  Las mayores se miraron entre sí. Alisha asintió, como si entendiera a la perfección de qué hablaba.

  —Entonces tu abuela era como nosotras —dijo Alisha, con una peque?a sonrisa—. Eso explica por qué te curaste tan rápido. Llevas su sangre.

  Erik se rio bajo.

  —Tal vez… Mi abuela siempre tenía remedios para todo. Cuando mi hermana Valeria lloraba por una espina o una caída, ella sabía exactamente qué hoja usar para aliviar el dolor. O qué té darme cuando no podía dormir.

  —Nos sentábamos todos bajo el árbol grande frente a la casa. Comíamos pan casero, dulces con miel, bebíamos jugos. A veces, me dejaba ayudarle a recolectar hierbas. Esos fueron… uno de mis momentos más felices.

  —Y tu abuelo… —empezó Becca, curiosa—, ?también te cuidaba?

  —él era más reservado la mayor parte del tiempo — respondió Erik —Cuando cumplimos cinco a?os, mi abuelo nos tallaba una medalla de madera. Decía que era como un escudo para el alma, un símbolo de que siempre tendríamos un hogar. La mía… tiene un árbol. Uno grande, con raíces fuertes. Con mi nombre tallado en el centro. Dijo que me la talló así porque yo era serio… firme… y porque esperaba que creciera fuerte, como el árbol.

  Jerut lo miró de reojo, luego soltó una risilla pícara.

  —Mmm… pues hay que reconocer que sí creciste fuerte. Bastante fuerte —dijo, mirándolo sin disimulo—. Aunque me pregunto si también tan firme como decía el árbol, ?eh?

  Erik parpadeó, y su rostro se ti?ó de un rubor notorio. Tosió disimuladamente y bajó la mirada, más halagado que incómodo.

  —Yo… bueno… eso era solo un símbolo —balbuceó—. No es que… digo… no tiene que ver con…

  Jerut soltó una carcajada abierta.

  —?Ay, ni?o! No pongas esa cara. Solo estoy bromeando… más o menos.

  Unas cuantas chicas rieron. Suri no entendió del todo, pero se acurrucó más cerca de Erik como si lo protegiera.

  Alisha, que había estado escuchando, levantó una ceja y dijo con voz serena:

  —Jerut, compórtate. No queremos que el árbol de Erik se arranque de raíz del susto.

  Eso provocó más risas y Erik escondió el rostro entre las manos.

  —Por favor, no más árboles, ni raíces, ni firmezas…

  Jerut rió por última vez.

  —Tranquilo, tronco joven. Solo estoy comprobando que tu abuelo sabía tallar buenos augurios.

  Las risas aún flotaban en el aire después de la broma de Jerut, pero poco a poco todo fue calmándose. Erik, aún con las mejillas encendidas, suspiró profundamente mientras volvía en si. Dejando una calma serena alrededor del fuego.

  —?Y tus hermanas también tenían esas medallas? —preguntó Becca, con genuino interés.

  —Sí. Las de Sofía y Valeria eran distintas.

  —A Valeria, la más peque?a, le talló una estrella. Decía que siempre iba a brillar, aun cuando todo estuviera oscuro. Y a Sofía, le hizo una medalla más… elaborada.

  Se detuvo un momento, como si buscara las palabras adecuadas.

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  —De Sofía… —Erik sonrió, bajando un poco la mirada—, era la más hermosa. Era un poco más grande, con muchos detalles. Tenía una flor enredada en una rama, y la parte de abajo estaba grabado su nombre. Mi abuelo decía que era una flor fuerte, que crecía aunque todo a su alrededor se secara. Cuando cumplió quince, mi abuelo le izo una caja especial que él mismo hizo, con compartimentos secretos. Ella la usaba como un cofre de secretos, escondía algunas cosas que no quería que viéramos.

  Las chicas rieron con dulzura. Suri lo miraba con una mezcla de fascinación y ternura.

  Las tres mayores se miraron entre sí.

  Jerut fue la primera en hablar, en voz apenas audible.

  —Esa descripción... de la medalla.

  —?La reconociste? —susurró Alisha, con el entrecejo fruncido.

  —Tal vez. Me recordó a la que Ayla guardaba entre sus cosas más queridas. Nunca nos dejó tocarla, pero a veces la sacaba, la limpiaba… como si llevara recuerdos muy lejanos.

  —Yo también la recuerdo —dijo Jaia, pensativa—. Siempre dijo que era lo único que tenía de su familia. Que se la dio alguien muy importante en su vida.

  —Y el nombre de una de las hermanas… —murmuró Alisha.

  —?Qué pasa con él? —preguntó Jerut.

  —Era también el nombre de... según Ayla, la inspiró a ser fuerte… la que formo esta comunidad.

  —?Crees que…?

  —No sé qué creer.— respondía Jaia.

  Jerut bajó la voz aún más, con una mezcla de duda y desconcierto.

  —Ayla era mucho mayor que Erik. Es imposible que él y ella tengan alguna relacion.

  —?Y si no lo es? —preguntó Jaia sin mirarlas.

  Las tres guardaron silencio, mientras sus miradas volvían a Erik.

  El fuego crujió, y las chispas subieron como peque?as luciérnagas efímeras. Ninguna quiso decirlo en voz alta, pero las tres sintieron el mismo escalofrío. Una intuición profunda, sin lógica aparente, pero imposible de ignorar.

  Mientras tanto, Erik, ajeno a todo eso, seguía con su relato hacia las chicas que no perdían la ocasión de preguntarle mas cosas de su familia.

  Entre las preguntas que flotaban como hojas al viento, fue Hada quien se animó a alzar la voz esta vez, casi sin querer romper la quietud del momento.

  —Erik… ?tus abuelos por parte de tu padre también vivían en la ciudad?

  Erik negó suavemente con la cabeza, y su voz se volvió más baja, cargada de un matiz distinto.

  —No… mi padre nunca los conoció. él… fue huérfano.

  Varias chicas fruncieron el ce?o, confusas.

  —?Huérfano? —repitió Lera, ladeando la cabeza.

  —?Qué es eso? —preguntó Suri, subiendo la mirada hacia él.

  Erik miró el fuego un momento, como si buscara las palabras. Luego suspiró con calma.

  —Un huérfano… es alguien que crece sin padres. Que los pierde… o que nunca los conoció. Mi papá fue criado en un lugar especial para ni?os como él, donde los cuidaban adultos, pero no eran su familia verdadera.

  El silencio volvió a instalarse unos segundos. Fue Becca quien, mirando al suelo, susurró:

  —Yo tampoco recuerdo a los míos. Era muy peque?a cuando nos dejaron.

  —Yo nunca los vi —dijo Hada en voz baja—. Solo sé que existieron porque Alisha me lo contó.

  Mika asintió. Su expresión era dura, aunque sus ojos brillaban.

  —No saber quiénes fueron… se siente como tener una historia incompleta —murmuró.

  Suri, al notar el tono, se acercó más a Erik. él le puso un brazo alrededor con ternura automática. Se había vuelto su escudo emocional más de una vez.

  —A veces me pregunto cómo hubieran sido —dijo Arlea, pensativa—. Tal vez eran como tus padres. Tal vez nos hubieran ense?ado cosas. Tal vez… no sé. No es justo no recordarlos.

  Las mayores no dijeron nada de inmediato, pero en sus rostros se dibujó una sombra suave, cargada de memorias. Alisha fue la primera en hablar, su voz como un hilo delgado y cálido.

  —Nosotras sí los recordamos… algunos momentos, al menos. Eran personas buenas, fuertes… pero vivieron en tiempos duros. Muchos murieron jóvenes. Muchos desaparecieron en el bosque prohibido. Las heridas de ese tiempo fueron las que nos hicieron quedarnos solas.

  —Yo recuerdo a la madre Lera cantando —dijo Jerut, con los ojos entrecerrados—. Tenía una voz preciosa. Y al padre de Becca, valiente, testarudo, no lo vimos más cuando se metio al bosque a cazar. Pero me acuerdo de su risa.

  —Ayla y nosotras los criamos como si fueran nuestros hijos e hijas a sus madres chicas —agregó Jaia—. Decía que los que no están siguen en nuestras manos. En lo que hacemos. En cómo cuidamos. En cómo amamos.

  Erik asintió. No quería forzar palabras, pero sentía que las emociones de las chicas eran tan parecidas a las suyas que ya no le dolía tanto compartir su propia ausencia.

  —Entonces… —dijo Becca, en voz baja— tu padre también supo lo que era estar solo.

  Erik asintió lentamente.

  —Sí. Por eso, cuando él formó una familia, nos cuidaba con todo el corazón. Amaba a mamá profundamente, y a mis hermanas y a mí, nos hacía sentir que éramos su tesoro más grande.

  Hada bajó la vista, pensando en ese hilo de abandono que, sin embargo, no había roto la capacidad de amar. Mika se cruzó de brazos, apretándolos con fuerza contra su pecho, con expresión dura pero con los ojos brillosos.

  Suri, con una seriedad poco usual en ella, apoyó la cabeza contra el brazo de Erik.

  —Entonces… ?eso sentías tú también cuando pensaste que estabas solo?

  Erik la rodeó con el brazo y asintió, sin necesidad de decir más.

  Las mayores, desde su rincón, intercambiaron miradas llenas de pensamientos antiguos. Alisha fue la primera en hablar, su voz apenas audible para las más cercanas.

  —A veces el amor más fuerte nace del dolor más profundo…

  Jaia asintió con gravedad.

  —Y cuando alguien que ha conocido la pérdida elige amar… es cuando más valor tiene ese amor.

  Erik levantó la mirada hacia ellas y asintió lentamente. Por un instante, todos compartieron esa sensación extra?a y hermosa de pertenencia. De haber encontrado algo que no sabían que necesitaban.

  Como si bajo ese cielo nocturno, las heridas antiguas de cada uno se volvieran parte de una sola historia que ahora sí tenía consuelo.

  —Después de todo lo que viví con mi familia… empezó a cambiar todo.

  Su voz era tranquila, pero había algo espeso en ella, como si cada palabra la sacara del fondo de un pozo.

  —La ciudad donde vivíamos era grande, muy activa. Pero de un momento a otro, empezaron a llegar noticias... rumores primero. Luego, certezas. Conflictos en otras regiones. Manifestaciones. Alarmas. La gente empezó a tener miedo. Se notaba en las calles. En los rostros. En cómo empezaron a vaciarse los negocios… y llenarse los autobuses y trenes. La guerra se aproximaba.

  Las chicas lo escuchaban con atención. Algunas se miraban entre sí, imaginando lo que describía como una tormenta que avanzaba imparable.

  —Mi abuelo, había dicho muchas veces que si las cosas se ponían difíciles, debíamos irnos donde ellos vivían. Mi abuela preparó medicina natural para llevar, y mamá ya había preparado mochilas algo mas grandes para llevar mas cosas. Se habían preparado.

  Erik respiró profundo antes de continuar.

  —Pero mi papá no quería irse aún. Decía que aún teníamos esperanza de que todo se calmara. Hasta que una tarde, hubo un apagón. Todo quedó a oscuras. No volvió la electricidad. No volvieron las noticias. Ni el agua. Ni los alimentos.

  —?Y qué hicieron? —preguntó Lera, casi en un susurro.

  —Cuando la situación en la ciudad se puso peor… mis abuelos insistieron en que nos fuéramos donde ellos. Mi madre hablaba con ellos por el teléfono. Nos dijeron que donde vivían todavía estaba tranquilo, que los cultivos seguían creciendo, habría comida suficiente para todos.

  —Papá dudaba, pero mamá… mamá no podía quedarse. Sobre todo por mis hermanas y yo.

  Erik guardó silencio un segundo, antes de que su tono cambiara.

  —Yo tenía siete a?os. Aún no entendía del todo. La gente empezó a correr al mercado y pelear por un poco de comida. Vi hombres gritarse, mujeres empujarse, ni?os llorar. Hubo días en que papá ya no nos dejó salir de casa. Incluso empezamos a tapar las ventanas por la noche.

  —Pero todo cambió de golpe. La gente empezó a hablar de guerra. Mis padres se veían cada vez más preocupados. Una noche, papá decidió que era hora de dejar la ciudad. Empacamos lo esencial y nos fuimos a casa de mis abuelos.

  —Antes de salir de la ciudad… todo empeoro. No había comida. El agua llegaba solo pocos días, y mi papá decía que ya no se podía confiar en nadie. Había saqueos, peleas, robos. Las sirenas sonaban más seguido. Había explosiones a lo lejos, y los edificios se vaciaban de gente. Entonces… decidieron irse.

  Erik cerró los ojos un instante, como si el recuerdo le doliera físicamente.

  —Recuerdo alarmas, luces rojas en el cielo, ruido de helicópteros. Todo fue humo. Gente gritando, llorando.

  Las chicas lo miraban atentas. Hasta Suri, tenía los ojos fijos en él.

  —Mis padres prepararon las mochilas con algo de ropa, comida, mantas. Mientras viajábamos en el auto se arruinó en medio del camino… así que tuvimos que seguir a pie. Recuerdo esa noche antes de salir. Mama nos dijo que tomáramos lo esencial, y nosotros tomamos nuestras medallas. Eran como talismanes para nosotros.

  Erik bajó la mirada.

  —Sofía besó la suya antes de ponérsela alrededor del cuello. Valeria la abrazó como si fuera su juguete favorito. Yo… yo me la até con una cuerda al cuello. Sentí que mientras la tuviera, todo iba a salir bien.

  Fue entonces cuando Jaia, sentada junto a sus hermanas, alzó lentamente una mano y le hizo una se?a a Becca.

  —Becca, ?podrías darle esto a Erik? —dijo con voz suave.

  Becca pareció comprender de inmediato. Se levantó con cuidado y se acercó a Erik. En su mano tenía la medalla que perteneció a Suri. Erik vio la medalla de madera. Su medalla.

  —Mama Ayla me la dio días antes de morir —dijo Becca, conmovida—. Me dijo que Suri de bebe la tenia en sus manos cuando la encontró en el bosque… Que seguro le pertenecía a alguien que la había amado, alguien que prometió volver. Me pidió que la guardara hasta que Suri la necesitara.

  Erik tomó la medalla con manos temblorosas. La giró, tocó el tallado. A pesar del paso del tiempo y algo del desgaste, el tallado aún era visible.

  —Es la mía —susurró, como si hablara consigo mismo—. No hay duda. Aquí está la marca… —se?aló un peque?o rasgu?o en el tallado—. Sofía una vez me empujó mientras jugábamos y la medalla se golpeó contra una piedra.

  Las chicas sonrieron con tristeza.

  Erik se dio cuenta. Y por primera vez lo dijo.

  —Por eso… cuando vi mi medalla en el cuello de Suri…

  Suri se quedó mirando la medalla que Erik tenia en las manos.

  —?La medalla que me dejo Mama Ayla? —preguntó con un tono que demostraba nostalgia por ella.

  Erik asintió, mirándola.

  Becca, sentada alado de Suri, fue la primera en hablar.

  —Erik…, cuando viste la medalla con Suri… te asustaste tanto que te desmayaste. ?Por qué?

  él bajó la mirada. No respondió de inmediato. La luz del fuego dibujaba sombras sobre su rostro. Sus labios se tensaron.

  Lera ladeó la cabeza.

  —?Tanto significaba?

  Erik asintió, y apretó con suavidad la madera entre los dedos.

  —Representa todo lo que amaba: mi familia, mi hogar, mis recuerdos… Mis raíces. Pero… después de todo lo que pasó allá…. La vida se volvió tan dura, tan caótica… que incluso algunos de esos recuerdos... Olvidé cosas. Cosas importantes. Verla otra vez fue como… como si todo volviera de golpe.

  —?Te dolió recordar? —preguntó Hada, suave.

  Erik asintió, sin atreverse a mirar a nadie directamente.

  —Mucho. Es como si una parte de mí hubiera estado dormido… o congelada. Y al verla, casi todo regresó. El miedo. La pérdida. La soledad.

  Lera se le acercó despacio y apoyó su mano en su hombro.

  —Pero ya no estás solo —susurró—. Estamos contigo.

  —Y queremos ayudarte a recordar —dijo Hada, tocándole suavemente el brazo—. A veces, hablar es la única forma de liberar lo que duele.

  —Además… —a?adió Mika, con una sonrisa breve—. Si lo llevas solo, se hace más pesado.

  —Pero si lo compartes… —completó Becca—. Podrás respirar.

  Erik cerró los ojos un momento. Inspiró hondo. Al abrirlos, encontró el círculo de rostros mirándolo con ternura, paciencia… y algo más que no se atrevía a nombrar. Amor. Lo sentía. Lo sabía.

  —Gracias —murmuró, con la voz quebrada—. No sé qué haría sin ustedes.

  Las chicas no dijeron nada. Solo se acercaron más, rodeándolo con un abrazo suave, envolvente, cálido. Cada una lo tocó de alguna forma: una mano en el hombro, un brazo alrededor de la espalda, una cabecita apoyada en su pecho. Erik sintió cómo se deshacía poco a poco el nudo en su pecho.

  Y entre todas, Mika fue la última en acercarse. Se había quedado al margen, como dudando. Pero al ver el rostro de Erik, al notar su vulnerabilidad tan humana, tan viva… no lo pensó más. Se agachó a su lado, lo abrazó con firmeza y apoyo la cabeza muy cerca del rostro.

  —No solo estamos contigo —le susurró—. Te queremos… todas.

  Erik enrojeció de inmediato. Tragó saliva. Sentía el calor de todas y el peso inmenso de lo que acababa de escuchar.

  Y aunque no respondió con palabras, apretó con fuerza la medalla en su mano… y en silencio, lloró. No de tristeza. Sino porque, por fin, después de tanto… ya no tenía miedo de recordar.

  Había tanto que aún no comprendían sobre Erik y su mundo, pero por ahora, lo único que importaba era que él estuviera compartiendo su historia con ellas.

  El crepitar del fuego era lo único que rompía el silencio. Las chicas escuchaban atentas, abrazadas por una noche serena. Erik habló con la mirada perdida en las llamas.

  —Estábamos a mitad de camino hacia la casa de mis abuelos ya no podíamos seguir en la ciudad. Era peligroso, había peleas por comida… saqueos. Todos tenían miedo. Mi papá trato de arreglar el auto, pero a la mitad del viaje, se detuvo. Se apagó y no volvió a encender.

  —?Y caminaron desde ahí? —preguntó Suri con un hilo de voz.

  —Sí. íbamos a pie. Teníamos mochilas con lo justo: comida, algo de ropa, unas mantas… y nuestras medallas. Yo no me separaba de la mía. Mis hermanas tampoco. Era como una promesa. Mis padres llevaban lo mas pesado, nos guiaban. Cada vez había menos personas en el camino, y las que veíamos… no siempre eran amables. Tuvimos que escondernos de algunos. Mi papá decía que no todos querían robar, pero que el miedo volvía malas a muchas personas.

  —?Y tú qué hacías? —preguntó Suri, con los ojos bien abiertos.

  —Caminaba. En silencio. Escuchaba a mi papa decirnos qué dirección seguir, cuándo agacharnos, cuándo correr. Mamá cargaba a Valeria cuando no podía caminar más. Yo trataba de no llorar, pero… no era fácil.

  —?Qué comían? —preguntó Arlea, más por darle fuerzas a seguir que por curiosidad.

  —Fruta seca. Pan duro. Unas galletas especiales que hizo mi abuela y que mamá guardó. Tomábamos agua de los pozos que encontrábamos… o del río. Papá tenía una cantimplora con filtro. Nos turnábamos para beber.

  —Una vez vimos a un grupo de personas saqueando una casa. Mamá nos hizo esconder entre los arbustos y taparnos con ramas. Pasamos horas ahí, sin movernos, con Valeria dormida sobre el pecho de papá. Yo tenía miedo de respirar fuerte.

  —?Cuánto tiempo duró ese viaje? —susurró Mika.

  —Muchos días. Cada día más difícil que la anterior. Las noches eran frías y llenas de ruidos.

  —Habíamos pasado la noche en una vieja estación de tren. No había nadie. O eso creímos. Mis padres estaban revisando la ruta, y nos dijeron que si todo iba bien, en unos días mas ya estaríamos con los abuelos.

  —Caminábamos por un sendero, cruzando una zona boscosa. Sofía iba adelante, marcando el paso. Papá venía detrás con Valeria, mamá a su lado. Yo estaba en medio, mirando al cielo. Era un atardecer bonito. Lo recuerdo bien… por eso me duele más.

  —Entonces… pasó.

  Erik se quedó en silencio. Las llamas bailaron, peque?as y tenues, en sus ojos. Mika deslizó su mano sobre la suya, sin decir nada. él la miró un momento, agradecido, y continuó.

  —Primero fue un zumbido, como si algo llenara el aire. Luego, una luz. Muy brillante. Cegadora. Como si el cielo mismo se abriera. Sofía gritó mi nombre. Me empujó detrás de unas rocas. Me tapé los ojos con los brazos. Sentí como los gritos de mi hermana desapareció de golpe.

  —Cuando abrí los ojos… ellos no estaban. Ni mis padres, ni mis hermanas. Grité. Corrí en círculos. Revisé cada rincón. No había huellas, ni pisadas. Solo el eco de mi propia voz y esa extra?a sensación en el aire que tardó horas en desvanecerse. ya no había nadie, todos desaparecieron.

  —?Todos? —dijo Becca, con un hilo de voz.

  Erik asintió. La palabra apenas salió de su boca.

  —Llamé a mamá, a papá, a Sofía, a Valeria… pero no había rastro. Nada. Como si nunca hubieran estado ahí.

  —?Qué hiciste después? —preguntó Mika, con los ojos brillantes.

  —Seguí caminando. Pensé que, si encontraba algún lugar conocido, podría llegar a la casa de mis abuelos. Pero… no sabía en qué dirección estaba. Me perdí. Caminé por varios días… semanas, quizás. Comía lo que encontraba, dormía donde podía.

  —?Y tu medalla…? —preguntó Hada, con dulzura.

  —Nunca me la quité. Si la perdía… perdía todo. Perdía a ellos.

  Las chicas se acercaron más. El silencio era denso, cargado de emociones. Suri le tomó la mano. Lera, incluso, se limpió una lágrima antes de que cayera.

  Erik respiró profundo. Había compartido el momento en que su familia desapareció, la luz cegadora, el caos... pero lo que vino después fue aún más largo. Más desolador. Por eso se tomó su tiempo antes de continuar. Las chicas, no decían nada. Solo escuchaban. Las mayores mantenían su distancia, pero todas estaban atentas.

  —No recuerdo cuánto tiempo estuve solo. Me escondía si escuchaba ruidos. Esperaba… solo esperaba verlos aparecer.

  —Y no aparecieron… —susurró Hada.

  —No —dijo Erik, con los ojos húmedos—. Después de eso… Caminé siguiendo caminos rotos, escondiéndome entre ruinas. Por suerte llovía a veces, así podía tomar algo de agua. Comía lo que encontraba. Hasta que empecé a ver a otros chicos como yo.

  —Algunos eran mas grandes. Diez, doce y quince a?os. Otros tenían mi edad o incluso menos. Todos andaban sucios, flacos, con la mirada vacía. Se movían rápido, siempre alertas. Me uní a un grupo casi sin darme cuenta. Solo me acerqué una noche, y uno de mas grandes me miró y me dijo: "No molestes y quédate callado." Y me quedé.

  Hada ladeó un poco la cabeza, mordiéndose el labio. Lera tenía los brazos cruzados, con gesto tenso.

  —Vivíamos al día. íbamos de ruina en ruina, a veces en casas semi abandonadas. Y los mas grandes tomaban lo que podía servir. Entraban a lugares donde aún vivía gente y se llevaban lo que pudieran. Algunos eran buenos escondiéndose. Otros eran más violentos.

  —Yo nunca robé. No podía. Mi padre siempre me decía que no importa cuán duro sea el mundo, uno debe hacer lo correcto. Que si perdemos eso… perdemos todo. A veces pasaba unos días con hambre por eso. A veces los demás chicos me miraban con desprecio. “Te vas a morir de hambre por tonto”, me decían.

  Mika desvió la mirada, los ojos llenos de algo que no dijo. Becca bajó la cabeza.

  Suri le apretó suavemente la mano. él sonrió con tristeza.

  —Algunas personas mayores nos ayudaban. Nos dejaban comida cerca, como si la olvidaran. Una mujer nos dejaba mantas cuando llovía, sin decir nada. Otro anciano nos ense?ó a reconocer plantas comestibles en los jardines abandonados. Nunca nos hablaban directamente. Tal vez les daba miedo. Tal vez solo querían hacer lo correcto.

  Arlea, que no solía interrumpir, murmuró:

  —Siempre hay gente buena, incluso en los peores momentos.

  Erik asintió.

  —Sí. Pero entonces aparecieron unos soldados. Fue al amanecer de un dia. Habíamos dormido bajo un puente, y de pronto se escucharon pisadas, motores, perros ladrando. Nos gritaron. Nos apuntaron con sus armas. Algunos chicos corrieron, otros se quedaron paralizados. Yo no me moví.

  —?Te lastimaron? —preguntó Mika, con los labios apretados.

  —No. Pero yo… yo tenía miedo. Más que nunca. No sabía que pasaría. Si volvería a ver a alguien conocido de mi grupo.

  —Pensé que nos iban a golpear. Pero uno de ellos… Me tomó del brazo con cuidado. Dijo: “Tranquilo, ya pasó.” Me cubrió con una manta. Me preguntó mi nombre. Fue el único que me habló con calma.

  —?Y los demás? —preguntó Arlea con ce?o fruncido.

  —Los demás parecían enojados todo el tiempo. Nos gritaban, nos empujaban. Recuerdo que una ni?a peque?a lloraba sin parar… y uno de ellos le lanzó una cantimplora con agua para que se callara. Todos pensábamos que nos iban a lastimar. Pero no lo hicieron. Solo nos llevaban en unos camiones... sin explicarnos nada.

  —En ese momento los odiaba. A todos los soldados. Me parecían crueles, vacíos, como si no les importara nada… —Erik hizo una pausa, y su expresión se suavizó—. Pero ahora que entiendo más… ya no los culpo. Eran jóvenes. Algunos tenían apenas unos a?os menos que yo ahora. Y les temblaban las manos. Tenían miedo. Lo ví en sus ojos. Miedo de morir, de no volver a sus casas, como si nadie supiera ya cómo hacer lo correcto.

  Mika lo observaba con atención. Arlea bajó la vista, conmovida. Lera suspiró profundamente.

  —?Qué fue lo que vino después? —preguntó Hada en voz baja.

  Hizo una pausa. La madera crujió bajo las brasas.

  —Después de que nos subieran al vehículo, todo cambió. Ya no había cielo abierto, ni gente amable. Solo ruido, órdenes bruscas y olor a metal oxidado. Estábamos en un camión cubierto, como una jaula con ruedas. íbamos unos veinte ni?os.

  —El camión avanzaba por caminos rotos. Cada tanto se detenía en pueblos abandonados, o en cruces de caminos. Y ahí… recogían a más ni?os. Como si fuéramos objetos olvidados. Algunos los encontraban llorando, otros los sacaban de casas donde vivían. Recuerdo una ni?a peque?a, no tendría más de cuatro a?os, gritando por su madre. Un soldado la subió en brazos. Ella pataleaba… y él solo dijo: “Ya se le pasará.”

  Becca tragó saliva, sus ojos clavados en el fuego. Lera cerró los pu?os sobre sus rodillas. Suri, se pegó más a Erik sin decir una palabra.

  —Los soldados no hablaban con nosotros. Solo nos gritaban que nos calláramos. Nos empujaban si tardábamos en movernos. Nos daban agua racionada. Una vez al día nos daban algo de comida o latas frías con comida vieja.

  —Cada vez que parábamos, el silencio en el camión se volvía más denso. Todos sabíamos que recogerían más ni?os. Algunos ya no lloraban. Solo apretaban los labios y miraban por las rendijas del metal, como si el mundo se hubiera acabado.

  —?Cuánto duró ese viaje? —preguntó Alisha con voz ronca.

  —No lo sé con certeza. Quizás un par de días. Tal vez más. Dormíamos amontonados. Las noches eran frías, los días sofocantes. Solo recuerdo el sonido del motor… y el de los gritos cuando los soldados se molestaban por cualquier cosa.

  —?Y ese soldado amable? ?No estaba contigo en ese viaje? —preguntó Arlea, casi con esperanza.

  —No. Nunca lo volví a ver. Tal vez fue asignado a otra unidad. O… no sé. Pero sin él, todos éramos solo objetos.

  Erik bajó un poco la cabeza. Sus manos, apoyadas sobre sus piernas, temblaban levemente.

  —Cuando por fin llegamos… fue un lugar muy grande, frío, de muros altos y rejas. Olía a humedad, a desinfectante y metal.

  —Los soldados nos hicieron bajar. Yo tenía mi medalla bien apretada contra el pecho. El lugar al que nos llevaron era enorme, de piedra vieja y rejas. Los adultos del lugar lo llamaban "La comuna de origen".

  Su voz se volvió más baja. El tono, como si hablara desde muy lejos.

  —Y detrás de los muros de piedra… había dos edificios grandes. Uno era el lugar donde viviríamos todos y el otro era un hospital. Nadie decía mucho sobre él. Solo sabíamos que los que entraban, a veces no regresaban. Y si lo hacían… ya no eran los mismos.

  Mika frunció el ce?o, y Lera bajó la mirada. Arlea apenas respiraba.

  —Allí viví unos a?os. Teníamos horarios estrictos. No podíamos preguntar. Todo era… frío. Demasiado ordenado. Como si no fuéramos personas, sino cosas que había que mantener en silencio.

  Erik apretó las manos sobre sus rodillas. Las chicas notaron que su respiración empezaba a agitarse.

  —Había días… días en los que solo quería desaparecer. A veces no había comida suficiente, a veces nos hacían hacer cosas por horas sin descanso. Y si uno enfermaba lo llevaban al hospital. Yo… yo nunca quise estar alli. Trate de hacerme invisible. Pero aun así...

  Su voz tembló. De pronto dejó de hablar.

  —?Erik? —preguntó Suri con voz suave, al notar el silencio tan brusco.

  él no respondió. Apretó los ojos, como si intentara borrar un recuerdo que no pedía ser recordado. Los latidos le martillaban en las sienes. Sus manos empezaron a temblar, su cuerpo se tensó de golpe y se puso de pie, llevo las manos a su pecho como si tratara de protegerse de algún mal aproximándose.

  —?No… no, yo no quier...! —soltó, con la voz quebrada—. ?No puedo seguir hablando de eso!

  Las chicas se levantaron casi al mismo tiempo.

  Mika fue la primera en pararse delante de el. Se le plantó de frente, lo miró directo a los ojos, y sin decir nada, lo rodeó con los brazos, presionando su cuerpo contra el suyo. Erik estaba ardiendo por dentro, pero el abrazo de Mika era como una raíz firme, cálida.

  —Estoy aquí —le susurró ella, apenas audible—. Estoy contigo. Todas lo estamos.

  Lera llegó un segundo después, y se colocó a su espalda, abrazándolo desde atrás. Su toque fue firme, contenedor. No necesitaba palabras; solo estar ahí.

  Hada se le unió por el lado izquierdo. Sus manos tomaron la de Erik con delicadeza, y la acarició con ternura. Sus ojos reflejaban una compasión silenciosa, madura.

  Suri, desde la derecha, también se abrazó a él. Peque?a, suave, se pegó a su costado como una enredadera inocente buscando abrigo.

  Rodeado, contenido por cuatro corazones que no buscaban nada más que calmar su dolor, Erik dejó caer los hombros. Respiró hondo, tragó saliva y, sin darse cuenta, sus piernas cedieron. Se sentó de nuevo en el tronco que usaba de asiento, tembloroso, con las manos aún aferradas a Mika.

  Fue entonces cuando Arlea se acercó, con pasos lentos, emocionada por la escena que presenciaba. No dudó. Se arrodilló frente a él y, con toda la ternura de su cuerpo grande y cálido, lo rodeó con sus brazos y lo atrajo hacia su pecho.

  —Ya pasó… —le murmuró con voz suave—. Ya no estás allí. Ya no estás solo, Erik. Nunca más lo estarás. Todas estamos contigo. Te queremos, ?sí? Te queremos de verdad.

  Erik cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, las palabras no dolían. No eran un recuerdo. Eran verdad. No había fuego ni gritos ni castigos. Solo la calidez de esos brazos que lo rodeaban, el aliento de Suri en su cuello, la presión suave de Hada en su mano, el calor firme de Lera a su espalda.

  Y él… él se dejó caer completamente en ese abrazo.

  —Gracias… —murmuró —. Gracias chicas.

  Las chicas no dijeron nada. Solo permanecieron así, en silencio, hasta que lo sintieron más firme. Cuando al fin se apartaron, Erik bajó la mirada. Como acto inconsciente, se llevó una mano a la espalda baja, donde bajo su polera, las cicatrices aún ardían al recordarlas. Las tocó con suavidad, como queriendo confirmar que aún estaban allí… pero sin saber que no estaba del todo solo.

  Las mayores observaban. Jerut, Alisha y Jaia habían presenciado la escena desde su lugar, sin interrumpir. Pero fue ese gesto de Erik —su mano acariciando las viejas heridas de su espalda, ocultas bajo la ropa— lo que les hizo intercambiar miradas cargadas de comprensión y dolor.

  Jerut apretó los labios. Alisha ladeó el rostro, pensativa. Jaia cerró los ojos brevemente, como quien recuerda cosas que preferiría no haber visto nunca.

  —Sus cicatrices —susurró Jerut—. En su espalda baja… las vi cuando lo curamos, pero ahora entiendo lo que significan.

  —No fueron heridas de la naturaleza —dijo Jaia con rabia contenida—. Eso fue… en su mundo por personas.

  Jerut asintió con gravedad.

  —Ese lugar del que habla… fue una jaula disfrazada. Pero este ni?o, este joven, ha cruzado algo que muchos no podrían soportar. Y aun así… no ha perdido su ternura.

  Las tres mujeres permanecieron allí, observando cómo Erik se recompuso gracias al amor de las chicas. Y en su interior, comprendieron aún más por qué, quizás, él había sido traído a sus vidas.

  Erik respiraba con más calma. Sus ojos estaban aún algo húmedos, pero el temblor de antes había desaparecido. Las chicas lo rodeaban sin apurar sus palabras, dándole el tiempo que necesitara.

  Entonces, el crujido de pasos sobre las hojas secas anunció la llegada de alguien más. Era Jaia.

  La mujer mayor caminó con esa elegancia firme que la caracterizaba. Se sentó a su lado, no para interrogar, ni para juzgar, sino como si simplemente quisiera estar a la misma altura del dolor que acababa de presenciar.

  —Erik —dijo con suavidad—, si no estás listo para hablar de esa parte de tu vida… no tienes por qué hacerlo todavía.

  él levantó la vista, algo sorprendido por su tono tan cálido.

  —No tienes que sacarlo todo de golpe —continuó—. Hay heridas que duelen incluso cuando ya están cerradas… y algunas, como las tuyas, aún están aprendiendo a sanar. No es una carrera. Nadie te pide que corras.

  Erik sintió que esas palabras le llegaban a lo más profundo, como si ella entendiera algo que ni él mismo sabía poner en palabras. Asintió despacio, aún sintiendo el calor de las chicas a su alrededor.

  —Gracias, se?ora Jaia… —susurró con voz ronca.

  La anciana le puso una mano en el hombro con firmeza maternal, y luego se levantó, dándole una última mirada de respeto antes de retirarse con discreción.

  Erik se quedó en silencio un momento más, y luego miró a las chicas que lo rodeaban. La mayoría aún lo observaba con preocupación y ternura. Suri le sujetaba la mano con fuerza, como si aún temiera que se pusiera mal de nuevo. Mika estaba cerca, atenta, y Arlea lo miraba con ojos brillantes, más serios que de costumbre.

  —Siento si… si las asusté hace un rato —dijo Erik, con la voz más clara esta vez—. No fue mi intención. A veces, ni yo entiendo por qué me siento así. Solo… fue mucho, y de golpe.

  —No tienes que disculparte —dijo Lera suavemente.

  —Nosotras estamos contigo ahora —agregó Hada.

  —Y cuando quieras contar lo que sea —dijo Becca, con voz firme pero cálida—, te vamos a escuchar.

  Suri asintió con la cabeza y se acerco para abrazarlo.

  Tras el abrazo conjunto y las palabras de Jaia, Erik aún permanecía sentado, con Suri abrazándole con la mirada fija en el.

  —Gracias… de verdad —murmuró, alzando la vista una vez más para verlas—. No sabía cuánto necesitaba esto… No prometo contar todo de inmediato, pero lo haré. Cuando esté listo.

  Becca asintió con suavidad. —Y nosotras estaremos listas para escucharte.

  —Tómate tu tiempo —agregó Hada, poniéndose de pie—. No te debemos ninguna parte de ti que aún no puedas compartir.

  —Lo importante es que no estás solo —susurró Lera.

  —Sí —dijo Suri, aún abrazada —. Y nunca más lo vas a estar.

  Una a una, las chicas comenzaron a acercarse a Erik para despedirse. Ya no quedaban risas ni bromas, solo un silencio delicado que acariciaba la noche. Hada le apretó la mano entre las suyas con firmeza y mirada profunda. Lera no dijo nada, pero lo rozó con el brazo al pasar, una caricia disfrazada de accidente. Arlea se detuvo un momento más largo de lo necesario, sus ojos fijos en los de él, como si quisiera grabarlos en su memoria.

  Becca se le acercó por último, con su rostro inexpresivo, pero cuando apoyó una mano en el hombro de Erik por un breve segundo, él entendió sin palabras. Incluso Suri, que siempre hablaba, solo lo abrazó y murmuró:

  —Te quiero mucho, Erik.

  Y se fue corriendo hacia donde estaba Jaia, antes de que él pudiera responder.

  Se marcharon sin confesiones, pero el aire quedó cargado de ternura y afecto. El tipo de amor que se sostiene en silencio, esperando un día poder hablar.

  Erik se quedó un instante más, solo, respirando hondo. Luego se puso de pie y giró, comenzó a caminar hacia su caba?a. Iba con los hombros más bajos que de costumbre, arrastrando los pasos como si el peso de los recuerdos recién abiertos lo tirara hacia atrás. En su mirada había una bruma que no venía del frío de la noche.

  Mika seguía junto a las brasas, fingiendo ocuparse del fuego. Pero no lo estaba apagando. Sus ojos estaban fijos en Erik.

  Sintió que alguien se acercaba por detrás. Era Alisha, que la observó en silencio por un instante, con esa mirada que ya lo sabía todo.

  —A veces, lo único que puede calmar el alma —le dijo con voz suave—, es estar alado de quien uno ama. Si eso sientes… ve con él. Nosotras apagamos esto.

  Mika se giró bruscamente, sorprendida.

  —No hace falta decir nada —intervino Jerut, que también se había acercado—. Lo vemos en tus ojos. No te avergüences. No ante nosotras.

  Mika bajó la mirada, con las mejillas ardiendo. Las mayores no la juzgaban. Solo le daban permiso. Libertad.

  Y una se?al.

  Se alejó en silencio, con el corazón desbocado, sin que las otras chicas lo supieran. Se dirigió a la caba?a de Erik.

  Las mayores la observaron desaparecer entre las sombras, ninguna habló por un rato. Sólo escucharon el viento, suave, tibio, recorrer la aldea.

  Fue Jerut quien rompió el silencio:

  —?Crees que corresponderá a todas o se quedará con solo una?

  Alisha sonrió con una ternura enigmática.

  —No lo sé. Pero sí sé esto: todas le están dando algo de ellas. Y él está devolviendo eso con la única moneda que conoce. Cuidado, agradecimiento y presencia.

  Jerut, mirando hacia las estrellas, concluyó:

  —Amar no siempre es elegir. A veces es simplemente no soltar.

  Mika caminaba con paso firme, cruzando entre las caba?as. No le importó si alguien la veía. Por primera vez, no le preocupaba el juicio de las otras. Esa guerra interna, ese fingir indiferencia, ese miedo a quebrar algo entre las chicas... había terminado. Esta noche no era sobre ellas. Era sobre él.

  Y sobre ella.

  El suelo estaba tibio bajo sus pies, pero ni siquiera lo sentía. Cada paso era un latido más fuerte. En su pecho, la ansiedad y la ternura se mezclaban, y sus pensamientos eran un río silencioso:

  —"Quiero que sienta que estoy aquí. Que no está solo. No quiero hacer preguntas. No quiero que hable. Solo quiero... estar. Que mi calor lo cubra. Que se duerma en paz, al menos esta vez."

  La caba?a de Erik apareció entre los árboles como una promesa. La luz tenue de una vela escapaba por la rendija de la ventana. Mika se detuvo por un momento, respirando hondo. Su cuerpo temblaba un poco. No por el frío. Sino por la certeza.

  Porque sabía que esta noche cambiaría algo. Que al cruzar esa puerta, ya no habría marcha atrás. Que no serían solo miradas o caricias discretas. Sería presencia. Amor contenido que por fin encontraría forma.

  Cuando estuvo frente a la tela que hacía de puerta, se quedó allí, inmóvil por unos segundos. El mundo parecía contener el aliento.

  Apretó la manta entre los brazos.

  Y entonces, lo dijo.

  —Erik… —Fue un susurro cargado de amor.

  Y con eso, apartó la tela y entró a la caba?a.

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