Tiene hambre. Probablemente hace días que no come nada.
1PM. Mercado de Nash Village a las afueras del Distrito 9.
Ya se cansó de eso. Mejor fue al mercado.
Sol, calor, callejones, ruido, mucha gente. Dijo que no lo haría, pero ya no tiene nada que perder. Igual que siempre, su moral y sus principios parecen cambiar cuando el estómago duele. Se acerca al puesto de manzanas. Con su gran habilidad —la única que le queda— logra robar una en medio de la multitud. Nadie se da cuenta.
Justo cuando se va, sigiloso, casi feliz, pensando que esta vez sí, una voz familiar le corta el aire:
—Al fin te encuentro, imbécil.
Apenas reacciona. El hambre y el cansancio le pesan como piedras. Gira y ve una figura enorme. Un hachazo. Directo a su cráneo.
Eso es todo lo que recuerda antes de despertar vendado en una celda con piso de tierra.
El dolor llega primero. Luego la memoria.
Ya sabe dónde está. La estúpida celda de baja seguridad, la llaman. No es la primera vez que pisa este lugar, pero sí la primera en tan malas condiciones. No tiene techo. El sol entra y quema directo, como si quisiera terminar el trabajo que el hachazo empezó.
—No puedo creer que me atraparan tan fácil —murmura, y el sonido de su propia voz le resulta extra?o—. Ya era hora. Pagaré por todo lo malo que he hecho. ?Y todo por una manzana que ni probé?
Se ríe. Una risa seca, sin gracia.
No busca escapar. Para él, esto ya es ese momento donde no persiste nada. En su caso, ya perdió todo.
Se acerca a la reja. No hay nadie más encerrado. El guardia, a lo lejos, duerme como un tronco. Podría escapar. Las llaves están ahí, colgadas del cinturón. Podría.
Pero no lo hará.
—No tengo a dónde ir —dice, y se deja caer contra la pared—. Supongo que esperaré a que se haga de noche. Así por lo menos seré miserable y con menos calor. Si es que no muero desangrado primero.
—?Ladrón!
Abre un ojo. Le duele hasta el alma.
—?Eh?
—Sí, tú, ladrón. ?Levántate!
—Ya. Déjenme en paz.
El guardia escupe al suelo antes de hablar:
—Vaya porquería de persona resultaste ser. Cinco distritos piden tu cabeza. Otros cuatro te quieren enjaulado. Qué mala idea llevar ese carnet encima. De verdad que eres estúpido.
De verdad que soy estúpido, piensa Kick mientras el tipo sigue hablando. Eso estaba pensando cuando me gritaban. O tal vez solo quería ser atrapado. Que me detuvieran
—Insultos del comisario... —murmura.
—Ya te puedes callar. Trato de morir en paz.
Aparecen más guardias. Lo esposan. Lo golpean. El primero, un pu?etazo en el estómago vacío. El segundo, un rodillazo en la cara.
—Pero qué...
—?Con que morir en paz, verdad? —el comisario se inclina, su cara sudorosa demasiado cerca—. Ma?ana temprano te colgaremos en público. Así nos ahorraremos toda la burocracia. ?Y todo por una manzana?
Escupe la última palabra como si fuera veneno.
—Qué estúpido.
Eso solo confirmaba mi estupidez, piensa Kick mientras lo arrastran de vuelta a la celda.
Lo dejan encerrado. Herido. Sangrando. Pero a él no le importa nada. Ya perdió todo. Incluso a sí mismo.
Aunque no quisiera, sus miedos no iban a dejar que terminara así. Para su propia desgracia, seguiría con vida al menos una noche más.
Un recuerdo bonito en forma de sue?o.
Once a?os atrás. Regresaba de la primaria. Entrenaba con uno de sus hermanos mayores —los gemelos, los militares, los que sí sirven para algo—. Parkour por todo el granero. Acrobacias que terminaban en risas. Una mini lección de esgrima con palos. Comida en el tejado, viendo el sol esconderse detrás de las monta?as. Disfrutar con la familia.
En medio de la noche, despertó.
Sin remordimiento. Pero preguntándose:
?Cómo fue que me desvié tanto?
Ahora sí es un recuerdo. Un recuento.
Siete meses atrás.
Estuvo infiltrado catorce semanas en una mafia en crecimiento. No preguntó cómo terminó ahí. Simplemente estaba. Trataba de salvar a veintitrés chicas. Menores. Víctimas de trata. Todas en un gran tráiler con matrícula de la metrópolis, de esas que brillan en la oscuridad.
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Robó el tráiler. Persecución por la carretera en plena madrugada. Su objetivo: llegar a un punto donde la policía pudiera superar a los mafiosos en número. Controlar la situación.
El plan falló.
Terminó estrellado debajo de un puente, cerca de la orilla del mar. No sabe cuántas murieron en el impacto. Diecisiete, dicen los informes que nunca leyó pero que lleva tatuados en la memoria. Las otras, no lo sabe.
La policía se acercaba entre las llamas. La mafia se retiró a lo lejos, observando. él estaba herido, con fragmentos de metal en la pierna y algo roto dentro del pecho que no era un hueso.
Con lágrimas en los ojos —las primeras en a?os— empezó a huir.
Un amanecer hermoso cubría una horrible escena.
Las investigaciones concluyeron que él era el culpable.
Despierta sobresaltado.
El recuerdo le quema más que el sol. Frío, desnutrido, herido por todos lados. Es casi gracioso que apenas le empiece a doler la cabeza. Tirado en la tierra, sin nadie con quien hablar, nada que decir. Sus pensamientos juegan en su contra. La tierra seca pegada a su cuerpo. El frío de la noche —porque ya es de noche, ?cuánto durmió?— parece lo único bueno.
Esperar ahí es su destino. Eso pensaba. Eso piensa.
Pasan las horas. No hay mucho que hacer en estas condiciones. Solo esperar.
7 a.m.
—Desgraciado, levántate. Te llegó la hora.
Una sonrisa cínica se dibuja en su rostro aporreado. Pero la taquicardia no miente. Las pulsaciones son de infarto.
Camina rápido hacia la fila de los horcados. Los guardias lo empujan, lo insultan. En la fila, le hacen firmar un papel.
"El Sr. Kick Ender acepta los cargos de robo y otras multas relacionadas en todo el continente. Acepta la pena de muerte..."
—?Qué mierda es esto? ?En serio tengo que firmar? ?Por qué nadie más lo hace? Parece que se burlan de mí.
—?Cállate!
Un golpe en la cabeza. Siente el sabor de la sangre.
—Disculpe, Sr. Kick —dice otro, con tono casi aburrido—. Pero debido a su perfil, es la forma más rápida de evitar horas de explicaciones judiciales.
—Solo firma —gru?e el primero—. O te dejo en la celda hasta morir de hambre.
—Ok, ok. Está bien. ?Pero por lo menos me traen un pan? ?Algo?
—Firme. Por favor.
Kick mira el papel. Su nombre. Su firma. Su sentencia.
—Ya que... —murmura—. Estúpida celda. ?Ni piso tiene?
Cómo me duele el cuerpo. Y solo puedo oler mi propia sangre.
—?Al fin! Ya firmaste.
La fila avanza. Sube las escaleras hacia la plataforma. Las sogas cuelgan como serpientes muertas. El público grita como una manada. Es horrible.
Es el siguiente.
—?Muerte, muerte!
—?Tiren la palanca!
—?Síiii! ?Que pague! ?Escoria! ?Hijos de... muerte, muerte!
—?Los que siguen!
Ok. Tengo mucho miedo. ?Qué mierdas hago? ?Qué mierdas hago?
El nudo roza su cuello.
Creo que moriré infartado antes de que me ahorquen.
Y entonces, en ese segundo donde el tiempo se estira como chicle, Kick hace algo que ni él esperaba.
Abre la boca. Siente el calor en la garganta. Y lanza una llama.
No es gran cosa. Una llamarada peque?a, de esas que apenas calientan. Pero las vigas de madera seca del cadalso no opinan lo mismo. El fuego prende rápido. El guardia que sujetaba la palanca suelta todo, se aparta. El público grita, pero ahora es otro tipo de grito.
Kick aprovecha el caos. Se lanza a otra viga. Trepa. Llega al techo. Una flecha pasa silbando cerca de su oreja.
—Si me van a matar —grita—, ?por lo menos esfuércense!
Saltan más guardias. Pelea contra uno. Le quita la espada. Pero vienen más. Se le lanzan encima. Entre el poco parkour que recuerda y la desesperación, logra zafarse. Pero entonces aparece él.
El cazador. El de la multitud. El del hachazo.
Kick intenta esquivar. Le lanza una patada. Inútil. El cazador lo agarra del cuello y, con un golpe de la parte no filosa del hacha, lo entumece.
Arrestado. Otra vez.
La hora se cancela. Mientras deciden qué hacer con él, mientras lo arrastran de vuelta, un rumor crece entre la gente. Llegan noticias del exterior.
El pueblo está siendo invadido por el pueblo vecino.
Kick escucha el nombre. Lo conoce. Es el pueblo por el que intentaba averiguar lo de los recursos. El caso que intentaba resolver para evitar la guerra. Donde claramente tenían ventaja: armas, personal, entrenamiento.
No puede ser, piensa mientras lo esposan más fuerte. No hago nada bien.
Recibe otro golpe. Esta vez sí, se apagan las luces.
Noqueado. Pero no por mucho tiempo.
Unos minutos después, ya está atado otra vez. Ahora por el pueblo vecino, el que invadió. Encontraron el papeleo. La firma. La recompensa por su cabeza.
Lo toman prisionero.
El pueblo vecino arrasó. Ganaron rápido. Y Kick, resignado una vez más, solo obedece. Camina bajo el desierto encadenado, rodeado de tropas y artillería medieval. Descalzo. El sol quema la tierra seca. Hambriento. Dolorido.
Y entonces, justo cuando empieza a acostumbrarse a la idea de otra celda, otro juicio, otra espera...
El tercer pueblo aparece en una emboscada.
En medio del caos, Kick se sienta.
Literalmente. Se sienta en el suelo.
?Para qué? piensa. ?Para qué correr? ?Para qué pelear?
El hombre del frente —otro condenado, otro que iba a la soga— está muerto, le falta la cabeza. Su nombre da igual. El guardia con las llaves se desangra a dos metros.
Podría...
—Estoy seguro de que si hago lo que pienso hacer, me arrepentiré —murmura—. Mejor me quedo a morir.
La batalla sigue. El segundo pueblo —el invasor— va ganando la emboscada. Kick será llevado a otra celda. Intercambiado por dinero. Eso dice la lógica.
Pero entonces...
—?Qué es eso?
Una figura. Desde el cielo.
Un hombre con una armadura tecnológica que no es de este tiempo —o sí, pero de otro lugar del mundo, de la metrópolis, de las ciudades que brillan— cae sobre el campo de batalla. Explota una catapulta con un solo golpe. Luego otra. El humo lo cubre todo.
Se acerca a Kick.
—?No lo podías hacer más difícil? —dice.
La voz. Kick la conoce. No puede ser.
—?Cómo es posible? —pregunta, y su voz suena peque?a.
—?Cómo sabías?
—Eres estúpido. La ID de tu carnet fue subida al sistema desde ayer. Tu captura es pública por la recompensa. Todo el gremio la vio.
—?Y qué? —Kick escupe sangre—. ?Me vas a entregar tú? Al menos dame comida, idiota.
El hombre de la armadura sonríe. Pero no es una sonrisa amable.
—Qué idiota. Te salvas porque te lo debo. Otra vez.
Mira alrededor. El cuerpo del condenado sin cabeza está cerca. Las llaves de los collares metálicos también.
Actúa rápido. Libera a Kick. Toma el collar de metal que lleva en el cuello y se lo coloca al cuerpo sin vida.
—?Es en serio? —pregunta Kick, sin entender.
—Es mejor de lo que pensaba. Una oportunidad única.
Lo agarra del brazo. La armadura zumba, vibra, y despegan.
Vuelan. Por encima del desierto, de la batalla, de los muertos. Kick no pregunta a dónde. No tiene fuerzas. Solo siente el aire frío en la cara y piensa:
Otra vez vivo. Otra vez.
Llegan a un campamento. Peque?o. Escondido.
El hombre deja a Kick en el suelo. Hay comida. Mantas. Cosas.
—Espérame aquí —dice—. Voy por recursos. La carga de la armadura no da para llevar a dos. Vuelvo.
Y se va.
Kick se queda solo. Mira la comida. La toma. Come despacio, como si no creyera que es real.
Un día. piensa. Un día y ya pasó de todo.
No sabe si reír o llorar.
Al final, no hace ninguna de las dos cosas.
Solo come. Y espera.
Fin del Capítulo 1

