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La última esperanza.

  Los sonidos de la batalla se habían vuelto insoportables. Leye los escuchaba todos, aunque había pasado un buen rato desde que retirara su conciencia en el campo de batalla. Se había replegado a la tranquila cámara en la que reposaba su cuerpo rocoso.

  Allí, Vidul seguía cuidando de Naya con todas sus fuerzas, al borde del colapso, pero firme, aunque el núcleo sospechaba que ya había perdido toda esperanza. El aspecto de la arquera era fatal, con la piel del todo pálida y las ojeras negras. Parecía que en cualquier momento iba a dejar de respirar.

  Está enamorado de ella, comprendió Leye. Era la única razón para que permaneciera a su lado, en vez de ayudar a Nilu en las murallas. De algún modo debe saber que todo está perdido, y prefiere permanecer a su lado.

  él también había perdido toda esperanza. Sabía por los grotescos sonidos de los martillos aneitas ya habían logrado derribar una de las murallas laterales, y tal como lo había predicho, los pasillos interiores de la fortaleza se comenzaron a infestar de enemigos. Muchos de ellos morirían con las trampas que había construído en los días en que su maná era abundante, pero muchos otros, después de explorar los intrincados pasillos y pisos de la fortaleza, llegarían a la cámara.

  Por el momento, sólo unos pocos se habían infiltrado, ya que la mayoría estaba enfocado en las almenas superiores, también infestadas de invasores.

  El núcleo centró su atención en los ojos de Nilu, que como héroe vinculado a él, podía usar como observador pasivo. El guerrero estaba levantándose del suelo, rendido. Justo al frente, Yowo combatía con fervor contra el enorme general enemigo, que parecía una monta?a humana a su lado.

  El hombretón barría con su espadón a la guerrera, que con saltos de pantera lograba esquivar los ataques por poco. A pocos metros de ella, una elfa rubia y de figura voluptuosa mantenía a raya a los aneitas que intentaban llegar por la espalda de la guerrera con una espada brillante, pero cada vez eran más, y el núcleo sabía que pronto conseguirían doblegarla.

  Es el final, pensó Leye, mientras transportaba su conciencia a la perspectiva de Yowo. La guerrera seguía esquivando las potentes estocadas del gigante aneita, e incluso llegaba a propinar algún golpe al enemigo… pero este rebotaba contra su armadura gruesa con un sonido metálico. La chica podía ver por el rabo del ojo a los aneitas que se acercaban, consciente de que estaba del todo rodeada, pero seguía luchando con fervor.

  De pronto el enorme adversario habló.

  —Por todos los dioses, ríndete ya, mujer. Sabes que no te voy a matar.

  —?Nunca! Prefiero morir a manos de tus inútiles súbditos antes de dejarme raptar por un cerdo sanguinario de tu cala?a.

  El hombretón emitió una carcajada gutural, y siguió combatiendo. A pesar de sus palabras, lucía divertido, y sus ojos desbordaban sed de sangre.

  Leye resolvió salir de los ojos de Nilu, y regresó a la cámara. Aunque no se podía comunicar con sus héroes aliados desde que Naya cayera inconsciente, quería darle ánimo a Vidul, a pocos metros de su cuerpo, intentando reanimar a su compa?era.

  Pero era imposible. La arquera era la única que se podía comunicar con él de forma telepática. Pensó que no volvería a hablar con nadie más, cuando de repente un soldado aneita apareció frente a sus ojos.

  Por un momento el terror invadió su cuerpo rocoso, pensando que los enemigos habían encontrado el modo de burlar las defensas del fortín con sorprendente prisa, pero entonces un aura verdosa alrededor de la armadura del enemigo le indicó de quién se trataba. Era su madre.

  Un instante después el tipo se convirtió en una hermosa dama de cabello rojo envuelta en un vestido verde. Sus ojos amarillos con la pupila del todo vertical lo miraban con cari?o.

  —Hijo mío, hemos estado a punto de conseguirlo. Pensé que podría verte crecer, pero hasta aquí se han cruzado nuestros caminos.

  Leye se sintió muy apesadumbrado, al punto de no poder responder.

  Era verdad, comprendió. En un punto pensó que el ataque de los invasores fallaría, que las elaboradas defensas que sus héroes habían levantado, su maná abundante, y la llegada de los aliados ixtalitas cambiarían las cosas… pero era tarde. Por alguna extra?a razón, aquel poderoso ejército extranjero lo había encontrado justo al margen de convertirse en un ser autosuficiente, alguien capaz de controlar una ciudad a su alrededor. Si tan sólo hubieran pasado unos días más…

  Pero no tenía caso arrepentirse. Decidió pasar los últimos momentos de su existencia con una felicidad forzada. De nada servía llorar en un momento como aquel.

  Cuando se pudo controlar respondió mentalmente.

  —Gracias por haberme dado la existencia, madre. Ver este mundo tan verde, estos pozos de maná, y tanta vida… todo ha valido la pena.

  Ella acercó su cuerpo personificado de mujer a la roca, y lo abrazó.

  —Sobrevivirás, hijo, pero yo ya no estaré aquí para aconsejarte.

  —?Cómo que sobreviviré? ?Es que no has visto lo que está ocurriendo a nuestro alrededor?

  —Sí, pero la certeza que sentías hace un rato respecto a tu salvación… no es falsa. Lo sé porque los dioses podemos ver el tiempo como un todo. Ha llegado mi momento, pero no el tuyo. Las palabras de despedida las tengo que dar yo, ya que no me volverás a ver en ninguna de mis formas… pero estaré dentro de ti.

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  Leye sintió una tristeza profunda, ya que no se imaginaba el mundo sin su madre. Desde el primer momento en que había aparecido frente a él, había sido un apoyo incondicional en medio de la incertidumbre, en medio de aquella inmovilidad que lo aquejaba, que lo hacía dependiente de un montón de desconocidos.

  —No, madre. Quédate conmigo. Falta poco para que me destruyan. Mientras hablo contigo, puedo ver a nuestros enemigos avanzando hasta aquí, a mis aliados muriendo. Luchemos juntos hasta el final.

  Ella sonrió.

  —A partir de ahora, podrás verme en cada decisión que tomes, en cada acción que emprendas. Seremos como dos seres simbiontes, aunque tú llevarás las riendas, pero percibirás mi conciencia dentro de ti, todo mi poder. Adiós, hijo mío. Recuerda que te amo.

  Después de decir esto, la mujer reptil, que seguía abrazada a su cuerpo de roca, poco a poco se empezó a evaporar. Los rayos verdes en los que se transformó su cuerpo impregnaron su cuerpo rocoso, llenándolo de vigor y energía. Su poder empezó a aumentar de forma descomunal.

  Entonces supo lo que debía hacer.

  La enorme cantidad de energía que recibió, la envió de inmediato a Vidul, que parecía a punto de desmayarse. El mago recobró el color de su piel en cuestión de segundos, y los rayos de maná que enviaba a su compa?era se intensificaron.

  Gracias madre.

  Ella ya no estaba allí, pero podía sentirla en su seno, tal como ella le había dicho que ocurriría.

  Debo actuar con prisa. Pensó. Transportó su conciencia a Yowo, que parecía a punto de desfallecer ante las estocadas del general aneita. Nilu y la elfa seguían luchando a su alrededor, conteniendo a los enemigos. Aunque estaban al límite, aguantaban. No era del todo tarde. Entonces le envió una buena parte de la energía que había recibido de su madre a Yowo.

  Confío en ti, aneita. Espero no que no me traiciones.

  Yowo pareció leer su mente, porque sonrío en el momento que su cuerpo se llenaba de vigor, transformado en adrenalina.

  Leye se incorporó de nuevo en su mente, para ver lo que ocurría. El enorme enemigo acorazado pareció comprender lo que pasaba, y comenzó a luchar con todas sus fuerzas. Había llegado el momento decisivo. Lo que ocurriera en ese combate decidiría su destino, y el de las generaciones venideras.

  ***

  Así que el huevo de piedra por fin ha resuelto confiar en mí. Pensó Yowo, mientras esquivaba los tajos de la enorme espada de Hunn.

  Debía sobrevivir por unos segundos, mientras las ingentes cantidades de maná enviadas por el núcleo permeaban cada una de sus células. Sus ojos de felina al acecho miraban de forma burlona al gigante. El enemigo percibía lo que le decían con toda claridad.

  Es tarde, grandulón.

  Lo era. Aunque a su alrededor había cada vez más aneitas, y a juzgar por los sonidos de los alrededores, muchos de ellos ya habían conseguido infiltrarse en la fortaleza, pasaría mucho antes de que consiguieran sortear los pasillos del castillo, infestados de trampas, para llegar hasta el núcleo. Ella los aniquilaría mucho antes de que eso ocurriera.

  Cuando el hombretón pareció necesitar un respiro, Yowo se atrevió a hablar.

  —Te daré sólo una oportunidad para que sobrevivas, bruto. Ríndete ahora, y dejaré que vivas como mi buey de carga personal. Con tus enormes manos, podrás reconstruir cada uno de los edificios de mi hermosa ciudad que tus hombres han destruído. De lo contrario, ha llegado tu hora.

  Mientras recuperaba el aliento, el hombretón sonrió.

  —?De qué diablos hablas, traidora? Es que no has visto a tu alrededor. Te tenemos rodeada. Aunque por algún motivo consiguieras vencerme, cosa que no va a suceder, tus aliados están rodeados. Todos ustedes morirán. Has elegido el bando equivocado, peque?a ramera.

  —?Estás seguro? Yo de ti miraría más allá.

  Los ojos de felina de Yowo habían alcanzado una perspectiva profunda gracias a la energía de Leye. A lo lejos, en los lindes de la urbe destruída, distinguió una figura que conocía bien de cerca: un cuerpo perfecto envuelto en un traje de plumas, cabello rojo abundante… Nava’rel había regresado. Y no estaba sola.

  Cientos de guerreros de piel morena envueltos en pantalones blancos y túnicas del mismo color emergían de la maleza, montados sobre felinos de tama?o medio y aspecto ágil, cayendo sobre la retaguardia de los sorprendidos aneitas.

  Así que las leyendas eran ciertas, después de todo. Pensó la espadachina, con una sonrisa, mientras veía la cara de desconcierto de Hunn. Las historias a lo largo y ancho del continente de Naxtul hablaban de un pueblo perdido en lo profundo de las selvas del sur, los nutch, que se habían aislado del resto del mundo trescientos a?os atrás, durante el apogeo de las guerras élficas. Ahora habían vuelto, y parecían estar de su lado, a juzgar por el fervor con el que combatían junto a la arpía.

  —Se acabó, hombretón, arroja tu espada al suelo, y así sabré que serás mi leal buey de carga, de lo contrario…

  —?Nunca! —. La rabia del aneita ahora era palpable. — ?Tú te irás al infierno conmigo! Es una lástima, tú y yo habríamos tenido muchas noches de placer, pero ya no podrá ser.

  El tipo se lanzó sobre ella como un toro enfurecido. Por un momento la duda intentó invadir su cuerpo, pero la confianza que la energía que Leye le había enviado la hizo reaccionar con agilidad, esquivando la embestida del hombretón, que fue a dar contra una de las paredes de la almena.

  Mientras el general enemigo la perseguía con tajos circulares, Yowo comenzó a leer cada uno de sus movimientos como un pergamino. Los aneitas estaban cada vez más encima, y Xyrna y Nilu los contenían como podían.

  Debo despertar ?Ahora!

  Yowo entró en un ligero trance, y su estado de flujo volvió.

  Como una depredadora, comenzó a contraatacar al gigante aneita, que por primera vez desde que había iniciado el combate se vio obligado a contener sus rápidas estocadas. Ahora no sólo leía y predecía cada movimiento de su rival, sino el campo de batalla a su alrededor. Los nutch de la selva profunda seguían avanzando, aniquilando a los aneitas con sables cortos y rápidas patadas que derribaban a sus enemigos al suelo. La arpía también llegaba a las gargantas enemigas con sus rápidas garras antes de que los acorazados pudieran reaccionar con sus martillos.

  Entonces una lanza arrojada desde el interior de las almenas golpeó el yelmo de Hunn. El hombretón se distrajo por una fracción de segundo… pero fue suficiente. Yowo acertó un limpio tajo de su espada corta en la garganta del enemigo, que con un gemido de cerdo se llevó las manos allí donde el arma había penetrado, intentando revertir lo inevitable, su muerte.

  El tipo se arrodilló, y con fuertes convulsiones cayó al suelo, dejando un charco de sangre a su paso. La interfaz de Yowo se llenó de notificaciones.

  ?Has alcanzado el nivel 101! Ahora puedes acceder a una nueva rama de habilidades: Orbes malditos. Estos orbes flotantes causarán da?o de magia negra a tus enemigos, a la par que combates.

  Esto se pone bueno. Solo espero alcanzar a probarlos.

  Entonces recordó que muchos enemigos estaban avanzando hacia la cámara donde Leye yacía en su cuerpo de roca, y corrió hacia el interior del castillo. Cuando estaba entrando por las almenas hacia un corredor que conducía directo a lo profundo de la fortaleza, sin embargo, algo en el cielo captó su atención. Un fuerte aleteo, y una figura gigantesca que cubrió el sol con su ingente mole.

  Por todos los dioses, un maldito dragón.

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