home

search

Cap 05 - Cenizas

  "En un peque?o pueblo dentro de las tierras del se?orío de Texcoco"

  "Chimalkali"

  —?Haces ropa para Ichkayoli?— pregunté mientras mi mujer tejía, sonriendo pensativa.

  Lleva semanas trabajando en esa prenda, pero aún no la terminaba. Es comprensible, ya que solo trabaja en ella a ratos, cuando Ichkayoli no está en casa.

  —?Vamos, ensé?ame! Es el regalo para Ichkayoli, ?Verdad? —dije, abrazándola por la espalda.

  —Es un tilmatli, y necesito terminarlo —respondió apresurada al sentir mis manos masajeando sus hombros y bajando lentamente.

  Al ver de cerca la prenda, noté que estaba casi completa. No tuve opción más que alejarme. Si seguía actuando como un chico recién desposado, solo la retrasaría. Y se ha esforzado mucho, como para no poder entregar ese preciado regalo tejido desde su corazón.

  ?Que se le va a hacer! —pensé, suspirando.

  Yo, en cambio, tenía mi regalo listo desde hace días. Tuve la libertad de hacerlo sin levantar sospechas, cuando trabajaba otras piezas de mi trabajo.

  Al no tener nada que hacer, decidí regresar a mi trabajo.

  Me acerqué donde tenía mis herramientas, y me preparé para trabajar en una gran olla, cuando un fuerte tronido se escuchó.

  Mi mujer se quedó quieta y con el rostro pálido, así que regresé con ella para calmarla.

  —Tal vez alguien está usando magia explosiva en el bosque. Espera aquí. —dije, tomando mis dagas, aquellas melladas y viejas dagas que han estado conmigo desde mi juventud —el último obsequio de mi abuelo antes de morir—. Entonces salí de casa.

  Una vez fuera, mis temblorosas manos dejaron caer mis dagas, al no poder creer que el pueblo ardía en llamas.

  El calor que desprendían las casas, me hizo sentir ardor en la piel, y el humo picaba mi nariz y ojos.

  Mi corazón actuaba como agua golpeando rocas. No entendía de razones, no permitía que yo lo dominara.

  Pensando más claro, supe que era ilógico que tantas casas del pueblo ardieran al mismo tiempo y en solo un momento.

  ?Esto fue provocado! ?Pero quién haría algo tan atroz?

  Unos ruidosos pasos desde la distancia cimbraban el suelo. Aquello debía ser el culpable.

  Cuando se mostró saliendo desde detrás de las casas, sudor frío bajó por mi frente.

  Era un gigantesco Yohualitzcóatl — una bestia del mictlán—.

  No podía creerlo. Esas cosas solo existen en historias y leyendas para los ni?os que se niegan ir a dormir.

  Esa bestia era del tama?o de una gran casa; caminaba en cuatro patas a la vez que se arrastraba, y sus escamas parecían rocas de obsidiana brillantes y oscuras.

  Tenía grietas rojas por todo su cuerpo, como si el fuego en su interior la estuviera rompiendo al tratar de salir.

  Su aliento, era ceniza viva, que al caer sobre las casas, las hacía arder al instante.

  Su sola presencia me hacía sentir más pesado, como si arrastrara la esencia del Mictlán consigo, dondequiera que fuera.

  Con la piel erizada, guardé mis dagas en mi cintura por la espalda, y quise regresar adentro por mi mujer, pero entonces, aparecieron dos sujetos, eran: Ameyanektli y Tekoyolistli, antiguos magos conocidos.

  —?Hola hermano mío, Chimalkali! ha pasado un tiempo.

  —Malditos cerdos, ?cómo es que una bestia del mictlán está bajo su control? —pensé.

  —?Qué es lo que buscan, mis hermanos? —dije, fingiendo una sonrisa amarga.

  —Estamos buscando, ?al Citlaltecuhtli.

  —?El Citlaltecuhtli? ?Qué estupidez!

  Al decir esas palabras, una imagen vino a mi memoria, con el extra?o collar de la piedra azul, que mi hijo estaba cargando entre sus otros tantos collares.

  —?No, es imposible! —dije en mis adentros.

  —La profecía indica que ya nació, y los tlapouhques —maestros del futuro— dijeron que debía estar en alguno de estos pueblos. —dijo Tekoyolistli con el rostro serio.

  Mientras ellos reían con arrogancia y seguían hablando. Extendí mi mano a mi espalda, toqué uno de los catalizadores de mi cintura y absorbí tanto tonalli como pude del fuego que había en el pueblo.

  —?Aquí no hay nada de eso! Si detienen esto, les ayudaré a encontrar a ese que buscan.

  —?Oh parece que sabes algo!

  Te daré una oportunidad para hablar. Todo por nuestra antigua amistad.

  Ese maldito de Tekoyolistli sigue siendo el mismo. No puede ocultar su arrogante sonrisa al hablar. Y ese Ameyanektli también sigue igual de sigiloso, manteniendo su distancia y en silencio; escuchando atentamente pero sin distraerse de lo que ocurre a su alrededor.

  —?Hay gente inocente muriendo! —grité furioso y mientras me acercaba a ellos.

  —LA VOLUNTAD DE LOS DIOSES ES QUE TODOS MUERAN.

  —Malditos cobardes.

  Aún no tenía suficiente tonalli para enfrentar a estos monstruos, además no quería hacerlo con esa criatura en el pueblo.

  Pero sus palabras me descontrolaron tanto que envolví mi pu?o derecho en fuego, y sin aviso, lancé un golpe directo.

  Los magos reaccionaron muy rápido. Liberaron magia para proteger sus cuerpos. Pero eso no detuvo la fuerza del golpe.

  Fueron lanzados por los aires y después chocaron contra nuestra carreta —aquella que usamos para salir a vender—, la cual quedó hecha pedazos.

  No perdí tiempo. Entré lo más rápido que pude y tomé a mi mujer de la mano para huir. Sabía muy bien que no podría ganar esta batalla. No con aquella bestia suelta, y no mientras mi mujer estuviera aquí.

  Desde el interior, mi pobre y frágil esposa, no comprendía lo que estaba pasando. Estaba quieta, con el rostro pálido, lleno de miedo y sorpresa.

  —?Debemos irnos de aquí!— grité para hacerla reaccionar mientras jalaba su mano.

  Pero al salir, pude ver a Ameyanektli levantándose de entre los escombros, como si nada hubiese ocurrido, pero con el rostro muy molesto. La verdad no me sorprendió. Sabía que no caerían con una habilidad como esa.

  If you stumble upon this narrative on Amazon, be aware that it has been stolen from Royal Road. Please report it.

  Al comprender que no había forma en que pudiera huir con mi esposa, la abracé muy fuerte, después la besé y susurré a su oído.

  —?Recuerdas el plan de escape? Aquel que hicimos para huir con Ichkayoli si algo salía mal. Hazlo. Huye. Cuando estés a salvo, encuentra a Ichkayoli. —

  Para confirmar que había comprendido mis palabras, puse una de mis dagas en sus manos.

  —?Qué pasará contigo, Chimalkali? ?no vendrás?—

  El nudo en su garganta y su arrugada frente al pronunciar esas palabras, me desgarraron por dentro. Más no quise mentirle, no tuve el valor para decirle que posiblemente no saldría vivo de este lugar.

  —SOLO VETE.—

  Mi esposa nunca aprendió a usar magia de forma correcta. Nunca se le dio la oportunidad de aprender. Aún así, debo reconocer que tenía mucho talento. Gracias a eso aprendió varios hechizos útiles que le ense?é, y unos de ellos especialmente para este tipo de situaciones.

  Al escuchar mi voz con firmeza y ver mi rostro serio, ella recibió la daga. Dudó por un instante. Después hizo un puchero como si fuera una peque?a ni?a después de ser reprendida.

  Con lágrimas en los ojos y forzándose a ser fuerte, conjuró el primer hechizo llamado Tlatīlīliztli —ocultamiento—.

  Su cuerpo se desvaneció frente a mis ojos, al igual que su rostro con aquellas lágrimas que se sentían como navajas en mi pecho.

  Un instante después, pude escucharla conjurar Ayōtl —ausencia de sonidos—.

  De esa forma, su cuerpo dejó de producir todo sonido.

  Como último, estoy seguro que conjuró Ehekatl —Corrientes de aire—. Pues una ráfaga de viento sopló mi cuerpo. Con ello, debió salir huyendo con la fuerza y la velocidad del viento.

  Ahora, solo me quedaba pelear y detener a estos sujetos, al menos hasta que el tonalli que usó mi mujer se desvaneciera y de esa forma no pudieran hallarla.

  —Cuida a tu madre hijo mío. Por favor.

  ────────── ? ──────────

  Dentro de las tierras del se?orío de Texcoco

  "Cenote sagrado"

  "Ichkayoli"

  Mientras mi padre peleaba quemando su tonalli. Mi madre huía para sobrevivir. Yo era llamado para cumplir con mi propósito.

  Dentro del cenote, la oscuridad avanzaba, hasta que los chicos salieron de mi vista, dejando solo la luz que caía desde el hueco de arriba, para alumbrar mi cuerpo.

  —Oh Citlaltecuhtli

  Tú, que has caminado en los

  senderos de los mismísimos dioses.

  Tú, que has arado los cielos,

  de la misma forma como

  lo hace una imponente

  águila que surca las nubes.

  Ahora, vuelves a caminar

  entre los humanos una vez más;

  porque ese es tu destino.

  Mi cuerpo temblaba. La autoridad de esa voz hacía ecos dentro de mi cabeza. Provocándome mareos y miedo, pero también podía sentir calidez.

  —?Quién eres? ?Por qué puedo oír tu voz? ?Por qué me has estado llamando? —pregunté con los labios temblando, y llevando una mano al pecho.

  —Yo no soy más que un

  sirviente y mediador

  de los dioses en este mundo.

  Un mero instrumento al igual que tú,

  Juez de los humanos.

  Di un paso al frente con enojo y apretando mis pu?os.

  —?Un instrumento? ?Eso es lo que somos? ?Qué es lo que quieren de mí?

  —Los peces en los mares

  no saben en qué momento

  son alevines, ni tampoco

  saben porque son de esa forma.

  Pero sí saben que no deben salir del

  agua, saben que deben vivir,

  que deben reproducirse,

  para así cumplir con su

  propósito y finalmente morir.

  Ni tú ni yo somos diferentes

  a esos peces del mar, o las aves

  en los cielos, o los animales

  terrestres.

  Porque también tenemos un

  propósito. Uno que aunque

  parezca superior a todas esas

  criaturas, al final sigue

  siendo solo gracia de

  Los Se?ores Eternos.

  Demuestra que eres digno

  de ser aquel que decide lo

  que debe ser destruido...

  y lo que debe ser protegido.

  ?PRONUNCIA TU JURAMENTO

  ANTE Mí, CITLALTECUHTLI!

  ?REAFIRMA AQUEL JURAMENTO

  QUE HICISTE FRENTE

  A LOS MISMíSIMOS DIOSES!

  Imágenes de un chico desconocido, que caminaba entre las estrellas, fueron mostradas ante mis ojos.

  él Surcaba unos arcoíris de muchos colores, que parecían hechos de maíz quebrado en el viento.

  Mis ojos se cerraron, mi mente se apagó y dejó pensar. Solo había unas extra?as palabras en todo mi ser... Que se movían por mis pies; después en mis manos, mi estómago, mi pecho y como último, salieron de mi cuerpo, al ser pronunciadas por mis temblorosos labios.

  —Este es mi juramento.

  Yo, he sido elegido, no por ser el más fuerte. Porque el que nace poderoso, suele caer en la arrogancia.

  Distinto el que nace débil y humilde: pues ese reconoce su fragilidad y se esfuerza hasta volverse firme como las rocas, pero también fluido, como el agua.

  Y cuando alcanza la grandeza; se convierte en un poderoso de corazón noble... ?un incorruptible!

  He sido elegido, no por ser el más inteligente... porque la inteligencia sin virtud puede inclinar al egoísmo.

  Distinto el que nace altruista, de mente sencilla pero juicio claro. Pues ese puede distinguir el bien del mal con discernimiento, escuchando el corazón y no solo la mente.

  He sido elegido por Los Grandes Se?ores, no por ser de corazón temeroso, porque el miedo engendra traición a la carne y aún más al propio espíritu.

  Diferente es el hijo de la voluntad: que enfrenta bestias sabiendo que puede caer, pero aun así se levanta cuantas veces sea necesario.

  ?Yo soy el Citlaltecuhtli!

  ?Soy el Se?or que ha caminado en las estrellas y con los mismísimos dioses!

  ?Soy aquel, que decidirá si el hombre merece seguir dirigiendo su camino o debe iniciar una vez más!

  —?Oh Citlaltecuhtli, cumple

  con tu destino!

  ?Cumple con tu propósito!

  Supera las siete pruebas y

  toma la decisión, que solo

  a ti te corresponde.

  —Yo, Ichkayoli, el Citlaltecuhtli, juro cumplir con mi juramento, juro hacer la voluntad de los dioses.

  —Tu primera prueba

  Comienza aquí, Citlaltecuhtli.

  Toma las vidas de esos ni?os

  y despierta tu poder.

  Un macuahuitl cayó desde lo alto del cenote a mis pies. Y aunque mis manos temblaban, y algo dentro de mi sabía que estaba mal. Otra parte de mí no lo podía resistir, y me obligó a tomarlo.

  La luz de aquella deidad comenzó a cimbrarse, en el momento en que volteé la mirada donde estaban los chicos; quiénes estaban confundidos y con los rostros llenos de miedo.

  —Sí, hazlo Citlaltecuhtli.

  —Yo... debo tomar sus vidas —mis labios se movieron por sí solos, al apretar el macuahuitl con ambas manos, y cuando estuve a punto de lanzarme sobre ellos...

  Algo me detuvo... algo abrió mis ojos. Regresándome a la realidad.

  —?No! Yo no asesinaré a mis amigos. No asesinaré a nadie.

  —Tu destino es inevitable

  Citlaltecuhtli.

  Tu primera prueba, consiste

  en eliminar todo aquello

  que puede detenerte.

  Aquello que nubla tu juicio.

  —!No! ?Me niego!

  —Muchos otros morirán frente

  a tus ojos y no podrás

  hacer nada, incluso otros más

  morirán por causa tuya.

  —?No permitiré que nadie muera! ?no frente a mis ojos!

  —?INSENSATO! INCLíNATE ANTE

  EL ORDEN QUE NO SE QUEBRA,

  INCLíNATE ANTE LO SAGRADO

  QUE NO DISCUTE.

  QUIEN PAGA POR VOLUNTAD

  ALIGERA SU ESPíRITU; QUIEN

  SE NIEGA... ENGROSA LA DEUDA

  QUE HABRá DE RECLAMARLO.

  CITLALTECUHTLI

  —Tú, SE?OR DE LAS ESTRELLAS—

  APRENDERáS CON DOLOR, POR EL

  CAMINO MáS CRUEL, Y DESCUBRIRáS

  QUE ES MEJOR SACRIFICAR UNOS

  CUANTOS PARA QUE MUCHOS

  OTROS SE SALVEN.

  DESCUBRIRáS QUE ESTáS

  OBLIGADO A MANCHAR

  TUS MANOS CON SANGRE,

  TARDE O TEMPRANO.

  APRENDERáS QUE NO TODO SE

  PUEDE SALVAR.

  NO TODO MERECE SER SALVADO...

  NO TODO DEBE SER SALVADO.

  —?Yo, los protegeré a todos!

  —?NECIO! TU POSTURA ES LA DE UN COBARDE.

  Y GRACIAS A ESA COBARDíA,

  MORIRáN TODOS AQUELLOS

  QUE AMAS.

  LOS PERDERáS A TODOS.

  MI PALABRA ES VERDAD Y LA VERDAD ES ABSOLUTA.

  HE DADO MI PRESAGIO

  PARA TU DESTINO.

  —?Yo, sé los demostraré! ?Los voy a proteger a todos! ?Voy a proteger este mundo sin sacrificar a nadie!

  La oscuridad se desvaneció, permitiendo que la luz iluminara el cenote por completo, una vez más.

  A solo unos pasos de mí, estaban los chicos.

Recommended Popular Novels