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Capitulo 7: Ecos del Alánum: El Silencio Antes De La Luz

  Un día antes de que el cielo de Managua se partiera en dos, el sol de la ma?ana en Valle de las Neblinas apenas logró perforar la bruma característica que envolvía al colegio Rubén Darío. Las monta?as que rodeaban el valle parecían centinelas silenciosas, testigos de una paz que estaba a punto de expirar. En el aula de sexto grado, el ambiente estaba cargado con ese olor a tiza, madera vieja y el murmullo inquieto de los estudiantes que presagiaban algo inusual. Era un calor pegajoso, el tipo de clima que hace que los uniformes se adhirieron a la espalda y los pensamientos se volvieron lentos, pero esa ma?ana, una corriente de aire distinta se filtraba por las rendijas de las ventanas de madera.

  El profesor Enrique, con su habitual rigidez y una expresión que parecía tallada en piedra volcánica, golpeó el escritorio con una regla de madera para exigir silencio. El estallido seco resonó contra las paredes descascaradas, cortando de tajo las risas y los susurros sobre el partido de fútbol del recreo. A su lado, permanecía una ni?a que parecía un peque?o témpano de hielo en medio del trópico. Su presencia era una anomalía visual, un punto de calma gélida en medio del caos vibrante de la clase.

  —Clase, atención —sentenció el profesor con voz monótona, ajustándose los anteojos que resbalaban por su nariz sudada—. A partir de hoy, recibimos una nueva estudiante. Se ha mudado recientemente desde Bluefields. Su nombre es Sasha López. Espero que la traten con el debido respeto.

  Sasha apareció unos once o doce a?os, un poco mayor que el promedio del salón. Tenía una postura erguida, casi militar, que contrastaba con la laxitud de los demás ni?os. Vestía el uniforme con una pulcritud casi irreal; ni una sola arruga estropeaba su falda azul, y su camisa blanca parecía emitir un brillo propio bajo los fluorescentes parpadeantes. Aunque su expresión era de una gentileza absoluta, con una sonrisa suave que buscaba encajar, había algo en ella que no pertenecía al calor de Matagalpa. Era como si trajera consigo el invierno de un lugar que los mapas locales no registraban.

  En el último pupitre, Alan sintió una presión familiar en la base del cráneo. No era un dolor de cabeza común; era un zumbido eléctrico, una se?al de alarma que su cuerpo había aprendido a reconocer desde que la gema se convirtió en parte de su ser. Sus manos, usualmente cálidas, empezaron a irradiar un calor sutil que hacía que el barniz de su pupitre se sintiera tibio al tacto.

  —Alan, ten mucho cuidado con ella —la voz de Laila resonó en su mente, perdiendo por completo su tono burlón para volverse un susurro de advertencia que erizó cada vello de su cuerpo—. Siente su vibración. Esa ni?a emite una energía helada, tan pura y antigua que me quema los sentidos. Hay algo en su arquitectura espiritual que me resulta terriblemente familiar, como un eco de un glaciar que no debería existir aquí.

  Alan ajustó sus lentes, que se le resbalaban por el sudor de la frente, observando cómo Sasha caminaba hacia un asiento vacío. La ni?a se movía con una gracia que le recordó, por un instante, a la forma en que él mismo se sintió cuando el fuego fluía por sus venas: una seguridad absoluta en cada paso, como si el suelo se adaptara a ella y no al revés.

  —No es solo ella, Laila —respondió Alan en sus pensamientos, tratando de mantener su rostro inexpresivo mientras el resto de la clase la seguía con la mirada—. Ayer sintió un escalofrío horrible... como si algo sagrado se hubiera ensuciado. Como si una mancha de tinta negra hubiera caído sobre algo blanco y puro en algún lugar lejos de aquí. Es una sensación de pérdida, como si el mundo hubiera dado un paso hacia la oscuridad sin que nadie se diera cuenta.

  —Lo sentiste porque el tejido de la magia está vibrando, cachorro —continuó Laila, inquieta, moviéndose mentalmente en los límites de la conciencia de Alan—. Hay una perturbación en el aire, una distorsión en la frecuencia de las gemas. Siento que el equilibrio está a punto de dar un vuelco violento, como si una nueva luz estuviera intentando encenderse, pero rodeado de una sombra que no logro identificar. Algo está cambiando en este mismo instante, algo grande. El aire huele a ozono ya escarcha vieja.

  Alan se acercó imperceptiblemente, manteniendo la mirada fija en su cuaderno, aunque sus ojos seguían de reojo los movimientos de la ni?a de Bluefields. Ella se sentó dos filas más adelante, y el aire alrededor de su pupitre parecía volverse más denso, más nítido.

  —Te haré caso, Laila —murmuró Alan tan bajo que solo él pudo oírse, ocultando su boca tras su mano—. Yo también noté que algo no cuadra con ella, aunque no sé qué es. No me acercaré. Primero quiero ver qué es lo que oculta bajo esa apariencia de ni?a buena. Nadie que venga de la costa trae ese frío consigo.

  Sasha se sentó, y por un breve segundo, sus ojos negros, profundos como pozos de obsidiana, se cruzaron con los de Alan. En ese instante, el tiempo pareció dilatarse. El ruido de los carros afuera y el goteo de un grifo cercano se desvanecieron. El aire en el salón de sexto grado descendió varios grados, dejando una fina y casi invisible capa de escarcha en el borde del pupitre del ni?o, una se?al silenciosa de que el destino ya los había sentado en la misma mesa. Fue un contacto breve, pero suficiente para que Alan sintiera que su fuego interno rugía en respuesta, como un animal acorralado defendiendo su territorio.

  Las horas transcurrieron con una lentitud desesperante. El sol avanzó en el cielo, proyectando sombras alargadas que se arrastraban por el piso de cemento del aula. El calor del mediodía en Matagalpa empezaba a filtrarse por las persianas del aula de sexto grado, mezclándose con la voz monótona del profesor Enrique, quien explicaba el ciclo de las plantas en la clase de Ciencias Naturales. El sonido de la tiza golpeando la pizarra rítmicamente era lo único que mantenía a algunos estudiantes despiertos.

  Alan, sin embargo, tenía la mirada perdida en el fondo de su cuaderno. El diagrama de una raíz le parecía un dibujo carente de sentido frente a las imágenes que asaltaban su mente cada vez que parpadeaba. Las líneas de su dibujo se transformaban en grietas sobre una tierra yerma, y el verde de las hojas se tornaba en el gris cenizo de sus peores pesadillas.

  No podía sacudirse la sensación de esos ojos rojos. En sus sue?os, esa mirada no era humana; Era un abismo de color carmesí que lo observaba desde la oscuridad de un sarcófago que desafiaba toda lógica, una estructura tallada íntegramente en un diamante negro que refractaba una luz maligna. El diamante parecía absorber la poca claridad del ambiente, devolviendo reflejos de un dolor antiguo. Y luego estaba esa risa. Una carcajada seca, antigua, que vibraba en sus oídos como el crujido de huesos rompiéndose bajo un peso infinito, una melodía de destrucción que parecía burlarse de sus intentos por llevar una vida normal.

  Sintiendo que el silencio en su cabeza era la oportunidad perfecta antes de que el timbre sonara y el caos de la salida lo distrajera, Alan se recostó un poco en el pupitre, finciendo que tomaba apuntes mientras conectaba con la presencia de la gata en su subconsciente. Podía sentir el ronroneo mental de Laila, una frecuencia protectora pero cargada de una tensión inusual.

  —Laila —llamó en un susurro mental—, hay algo que no me deja tranquilo desde ayer. Durante la pelea con ese monstruo gelatinoso, el que olía a podrido... mencionaste una palabra. Dijiste algo sobre un "Tiolax".

  Hizo una pausa, grabando el asco que sintió al enfrentarse a esa masa viscosa de la Darkzone. Recordó cómo el fuego de sus manos parecía luchar por purificar aquel hedor que se pegaba a su ropa ya su alma.

  — ?Qué es exactamente un Tiolax? —preguntó Alan, con una nota de genuina curiosidad mezclada con un temor instintivo—. Lo dijiste como si fuera lo peor que pudieras imaginar, como si incluso para alguien como tú, ese nombre fuera un insulto a la misma vida. Parecía... asustada. Y tú no te asustas con facilidad.

  En el rincón más profundo de su psique, sintió cómo Laila se erizaba. La imagen mental de la gata se volvió nítida: sus ojos dorados brillaban con una intensidad febril y su cola se agitaba con nerviosismo. El espíritu guardián, que usualmente tenía una respuesta mordaz para todo, guardó un silencio sepulcral que duró varios segundos, un vacío que hizo que el vello de los brazos de Alan se erizara. El silencio de Laila era más aterrador que cualquier grito.

  —No deberías invocar ese nombre tan a la ligera en un lugar lleno de gente, cachorro —respondió Laila finalmente, y su voz sonaba inusualmente ronca, cargada de un pavor que Alan nunca le había escuchado—. Hay cosas en la oscuridad que son soldados, y hay cosas que son... errores de la creación. Un Tiolax no es algo de lo que se hable en una clase de ciencias entre ni?os que solo se preocupan por sus notas.

  Laila parecía dudar, como si estuviera decidiendo cuánta verdad podía soportar la mente de un ni?o de diez a?os antes de que el miedo lo paralizara por completo, antes de que su inocencia terminara de resquebrajarse.

  —Si de verdad quieres saberlo —continuó ella, dejando la frase suspendida en el aire con un suspenso que pesaba más que el calor del aula—, tendrás que esperar a que estemos solos. Porque una vez que comprendes lo que es un Tiolax, el mundo nunca volverá a parecerte un lugar seguro, ni siquiera bajo la luz del sol. Hay verdades que son como cicatrices, Alan.

  El timbre de la escuela finalmente sonó, un estruendo metálico que sacó a Alan de su trance. El caos estalló: ni?os corriendo, gritos, el arrastrar de sillas. Sasha López se levantó con la misma calma con la que había llegado, saliendo del aula sin mirar atrás, dejando un rastro de frescura que se disipó rápidamente ante el bochorno exterior.

  El regreso a casa fue un trayecto silencioso. Alan caminaba por las calles empedradas de Valle de las Neblinas, pasando frente a la iglesia y el peque?o parque central, sintiendo que el aire pesaba más de lo normal, como si el simple nombre de aquella criatura hubiera dejado un rastro de ceniza en su lengua. Las sonrisas de los vecinos le parecían distantes, como si ellos vivieran en un mundo de colores brillantes mientras él empezaba a ver el mundo en tonos de gris y fuego. No fue hasta que cerró la puerta de su cuarto y se aseguró de que Alexis todavía no había regresado del trabajo, que se desplomó en su cama y dejó que el silencio de la habitación fuera invadido por la presencia de la gata. Las sombras de los árboles se proyectaban en su pared, moviéndose como garras.

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  —Bien, Alan. Ya estamos solos —dijo Laila, cuya voz mental ahora carecía de cualquier rastro de humor—. Querías saber qué es un Tiolax. Prepárate, porque la verdad no es higiénica. No hay poesía en la oscuridad pura.

  Alan se encogió de hombros, aunque sus manos temblaban un poco sobre las cobijas. Se sentó con la espalda contra la pared, buscando un punto de apoyo firme.

  —Escucha bien —continuó ella con tono solemne, una voz que parecía venir de tiempos antes de que el hombre caminara sobre la tierra—. Yo nunca he visto a uno cara a cara, y agradezco a Xary por eso cada noche. Pero el Alánum solía describirlos con una precisión que te revuelve las entra?as. Un Tiolax no es un animal, ni un demonio común; es un ser de pesadilla absoluta que se alimenta de lo que nos hace humanos. Comen emociones. Come sue?os. Dejan a sus víctimas como cáscaras vacías, huecas por dentro, mientras ellos se dan un banquete con sus esperanzas. Son el vacío que camina.

  Alan tragó saliva, sintiendo un frío arrepentido en el estómago, un vacío que no tenía nada que ver con el hambre, pero Laila aún no terminaba.

  —Y luego está su rastro. El olor de un Tiolax es algo que no se olvida, Alan. El Alánum decía que es como si hubieras mezclado carne de zorrillo podrido con excremento y azufre de hidrógeno, todo eso envuelto en más carne de zorrillo descompuesta. Es el hedor del estancamiento de la vida, de lo que nunca debió nacer pero se niega a morir. Pero lo más aterrador no es cómo huelen, sino de dónde vienen. Los Tiolax son los carceleros eternos. Son los guardianes de la prisión de Noctyss en la Isla de la Reina Muerte... también conocida en los textos prohibidos como la Isla Shinigari. Un lugar donde incluso la luz tiene miedo de entrar.

  Alan sintió una oleada de náuseas reales. La descripción del olor, sumada a la idea de criaturas que devoran sue?os custodiando la prisión de la Maldad Primigenia, fue demasiado para su mente de diez a?os. La imagen de la gente de su pueblo perdiendo sus sue?os, convirtiéndose en estatuas vacías, lo golpeado con fuerza. Se cubró la cara con la almohada, soltando un gemido ahogado de puro arrepentimiento.

  —?Por qué preguntó? —se recriminó a sí mismo, con la voz amortiguada por la tela—. Laila, de verdad no desearía haber abierto la boca. Hay cosas que es mejor no saber hasta que uno es lo suficientemente fuerte para enfrentarlas.

  Se quedó mirando el techo, procesando la aterradora información. Sus ojos seguían el rastro de una peque?a grieta en el yeso. En ese momento, recordó cómo la gente del pueblo parecía olvidar mágicamente los cráteres, la nieve y los monstruos en cuanto el peligro pasaba, como si una mano invisible borrara la pizarra de sus memorias para manteners cuerdos. Los adultos seguían hablando de la cosecha y del clima, ignorando los fragmentos de realidad que se rompían a su alrededor.

  "Ojalá eso que le borra la mente a la gente para que no vean lo sobrenatural funcionara conmigo por una vez", pensó Alan con una amargura desesperada. "Daría lo que fuera porque esa fuerza me borrara el recuerdo del Tiolax de la cabeza ahora mismo. Querría ser solo un ni?o que se preocupa por su tarea de matemáticas".

  Pero el calor de la gema en su pecho le recordó que él ya no era parte de esa "gente común". él estaba destinado a recordar, incluso las cosas que preferiría olvidar para siempre. El fuego no solo queda para destruir, también ilumina lo que otros prefieren mantener en la sombra.

  Alan se quedó un buen rato con la vista clavada en el techo, tratando de que la imagen de los devoradores de sue?os y el hedor a azufre y muerte desaparecieran de su mente. El silencio de la casa se sentía opresivo. Sus pensamientos, buscando un refugio más seguro, volaron hacia Managua. Se preguntó cómo le estaría yendo a Alexis en el bochorno de la capital, tan lejos de estas monta?as y sus secretos. La imaginó lidiando con el tráfico, las cuentas del acopio y ese calor que ella tanto detestaba, un calor normal, un calor humano. "Al menos ella está a salvo de todo esto", pensó con un suspiro de alivio, sin sospechar que el destino ya estaba tejiendo la roja que la atraparía a ella también apenas unas horas después, cuando la luz de la capital se encontrara con la oscuridad del abismo.

  A pesar del trauma que le había dejado la descripción del Tiolax, una palabra seguía zumbando en su cabeza: el Alánum. El nombre sonaba antiguo, resonando con una autoridad que Alan no podía ignorar. Tenía una curiosidad abrasadora por saber qué era ese objeto que Laila citaba con tanto respeto, pero apretó los labios, hundiéndose más en su cama. Tenía miedo de que, si preguntaba, la respuesta fuera otra descripción de pesadillas o prisiones eternas que le quitarían el sue?o por una semana.

  Sin embargo, Laila no necesitaba que él hablara. El vínculo entre ellos era una calle de dos vías donde el silencio no existía. Podía sentir la duda de Alan vibrando en su mente como una cuerda de violín tensada al máximo, mezclada con el rastro amargo del miedo anterior.

  —Está bien, cachorro. Deja de martirizarte con los carceleros de Noctyss —dijo Laila, suavizando su tono con la esperanza de que un poco de conocimiento mítico lo distrajera del horror. Su voz ahora tenía un matiz pedagógico, casi maternal—. Ya que te mueres la lengua, te lo diré: el Alánum no es una criatura, es un libro. Pero no uno que encuentres en la biblioteca de tu escuela ni en las estanterías de algún coleccionista rico.

  Alan se incorporó un poco, apoyándose en los codos, interesado a pesar de sí mismo. La idea de un libro sonaba mucho más segura que una criatura que huele a azufre.

  —Es un libro mítico y profundamente misterioso —continuó la gata, y en la mente de Alan descubrieron imágenes borrosas de pergaminos que brillaban con luz propia—. Según las leyendas de Solaria, el Alánum solo se revela ante aquellos que son verdaderos héroes. Se dice que sus páginas contienen la información sobre todo lo que es, fue y será. Cada ser vivo, cada reino y cada entidad en el vasto universo está registrada en sus hojas de pergamino eterno. Es la memoria del cosmos puesta en palabras.

  Alan abrió los ojos de par en par. La idea de un libro que lo supiera todo parecía le fascinante y aterradora a la vez. ?Acaso su nombre ya estaba escrito allí? ?Su destino estaba sellado en tinta que no se podía borrar?

  —Aunque puede ser terriblemente preciso, incluso cruel con sus verdades, el Alánum también ha dejado valiosos consejos a los grandes guerreros a lo largo de la historia —a?adió Laila, su voz mental adquiriendo un matiz de sabiduría antigua, una gravedad que llenaba la habitación—. No puedo revelarte mucho más porque ni siquiera yo entiendo todos sus pasajes, pero hay una frase escrita en él que nunca he podido olvidar. Es la forma en que el libro describe al verdadero héroe puro, y dice así:

  "Héroe valiente, deja su espada olvidada, aunque puede ser la herramienta mejor y más confiable… No te puede ayudar… Un gran guerrero debe ser capaz de escalar las torres más altas, mutilar a los malvados y los demonios, pero estos desafíos por más simples que parecen no lo son, son de lo más difícil creado en el mundo, pero el verdadero héroe puro logrará los desafíos teniendo en cuenta que el Caos, el Orden y el Mal son idénticos en su búsqueda de dominio, y luchar por un extremo único es siempre estúpido y destructivo."

  Alan guardó silencio, procesando las palabras. La cadencia del texto era extra?a, casi como un acertijo que se negaba a ser resuelto de inmediato. La idea de que el Caos, el Orden y el Mal eran "idénticos en su búsqueda de dominio" chocaba con todo lo que creía saber sobre el bien y el mal. Para él, el orden era bueno y el mal era... bueno, malvado.

  —Luchar por un extremo es estúpido… —repitió Alan en voz baja, reflexionando sobre la advertencia del libro. Se miró las manos, preguntándose si el fuego que portaba era una herramienta de orden o algo que podía salirse de control hacia el caos.

  —Exacto —concluyó Laila—. Recuérdalo bien, Alan. Porque llegará un día en que tendrás que elegir un bando, y ese día, la pureza de tu fuego dependerá de si entendiste lo que el Alánum quiso decir. No busques la victoria de un bando sobre otro, busca el equilibrio que permita que la luz siga existiendo.

  Alan se recostó de nuevo, sintiendo que el peso del Tiolax se aligeraba un poco, reemplazado por la inmensidad de un destino que apenas comenzaba a comprender. Se sentía peque?o, un engranaje diminuto en una maquinaria universal, pero por primera vez, sentía que tenía un mapa, aunque fuera uno difícil de leer. Ma?ana sería un día largo, y aunque él no lo sabía, la luz de su propia familia estaba a punto de entrar en el juego, trayendo consigo el mismo conflicto de extremos que el libro mítico tanto advertía. El silencio volvió a la habitación, pero ya no era un silencio de miedo, sino de preparación.

  Horas más tarde…

  Mientras la quietud de la noche descendía sobre el Valle de las Neblinas, el frío empezaba a reclamar los rincones que el sol de la tarde había abandonado. Las luciérnagas parpadeaban entre los cafetales, ajenas a las tensiones que se cocinaban en el pueblo. En una peque?a casa de madera y piedra situada en los límites del pueblo, donde el bosque empezaba a tragarse los senderos, Sasha López observaba la luna desde la ventana de su habitación. La luz lunar se reflejaba en su rostro, dándole una apariencia de porcelana antigua. Sus ojos, profundos y serenos, no veían el paisaje nicaragüense, sino que parecían rastrear hilos invisibles de energía que vibraban en el aire gelido, hilos que solo ella podía percibir.

  Sasha presionó la gargantilla que ocultaba bajo el cuello de su pijama, sintiendo el pulso rítmico de la Gema del Hielo contra su piel. La gema emitía un latido constante, una conexión con un poder que a veces la asustaba por su magnitud. Sus pensamientos volaron de regreso al aula de sexto grado, a ese momento de conexión eléctrica con el ni?o de los lentes. Había sentido una presencia inconfundible en la escuela; una vibración cálida, impetuosa y salvaje que solo podía provenir de la Gema del Fuego. Pero su mente se resistía a encajar las piezas de un rompecabezas tan peligroso.

  —?Podría ser él? —susurró para sí misma, con una nota de escepticismo que rozaba la negación—. No... ese ni?o, Alan, parece demasiado torpe, demasiado humano. Siempre está distraído, mirando al vacío. No quiero… no, no puedo… reconocer que alguien que se tropieza con su propia sombra pueda tener una relación con los legendarios Rangers Elementales. Sería un error del destino.

  Sasha se alejó de la ventana y se sentó en el borde de su cama, sintiendo cómo el frío de su propio poder la envolvía como una manta protectora. En su habitación, la temperatura era notablemente más baja que en el resto de la casa, pero ella se sentía cómoda, en su elemento. Se preguntó si el portador del fuego también experimentaba lo mismo que ella, si sentía esa dualidad de ser una ni?a normal y un arma de la naturaleza al mismo tiempo. ?Acaso la gema del fuego le susurraba a Alan los "Escritos del Fuego y el Rayo", revelándole los secretos de la combustión y la electricidad, tal como su propia gema le dictaba a ella los "Secretos del Hielo y la Nieve"? ?O él estaba aún a oscuras, luchando con un poder que no comprendía?

  Para Sasha, esa voz interna era su brújula, su única constante en un mundo que había cambiado demasiadas veces de forma violenta. Recordó lo difícil que fue al principio; La locura de los Rangers Elementales y las gemas le parecía un delirio nacido del trauma de Siberia, de aquellos días donde el cielo era gris y el hambre era un compa?ero constante. Pero con el tiempo, lo había aceptado por completo. La gema del hielo fue lo único que tuvo para defenderse de las sombras que la perseguían en las estepas, su única aliada constante durante esos meses de soledad, incluso antes de encontrar la calidez de sus padres adoptivos en aquel refugio cerca de la frontera sur de Rusia.

  Aquellos padres le habían dado un nombre y un hogar, le habían ense?ado que no todo el mundo era cruel, pero la gema le había dado la fuerza para llegar a ellos, la voluntad de sobrevivir cuando todo lo demás fallaba. Y ahora, en este país tan lejano y caluroso, en estas monta?as de Nicaragua que no conocían la nieve, sentía que el ciclo estaba por cerrarse. Si Alan era realmente el fuego, el destino los obligaría a chocar como dos fuerzas imparables o a fundirse en algo nuevo, pero Sasha no estaba dispuesta a mostrar sus cartas todavía. Ella era el hielo: paciente, observadora y letal si era necesario.

  —Ma?ana —murmuró, mientras un peque?o cristal de nieve, perfecto en su geometría, se formaba en la punta de su dedo y se desvanecía en vapor antes de tocar las sábanas—. Ma?ana veré si ese fuego es una antorcha que guía... o solo una fogata que se apaga con el primer viento de invierno. Ma?ana sabré si he encontrado a un aliado oa mi mayor obstáculo.

  Se acostó, cerrando los ojos mientras el eco de un pasado helado se mezclaba con el presentimiento de un futuro incendiario. El silencio en el Valle de las Neblinas era absoluto, pero bajo la superficie, el Alánum seguía escribiendo, y las páginas para el día siguiente ya estaban siendo dictadas por las estrellas.

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