home

search

Capítulo 2: Despertar carmesí: aparece la primera Ranger…

  El sol del mediodía caía con una pesadez plomiza sobre las calles de Valle de las Neblinas, un pueblo atrapado entre cerros que, en ese momento del día, parecía exhalar un vapor caliente desde el empedrado. Alan cruzó el umbral de la escuela con los hombros hundidos y la mirada perdida tras el cristal de sus lentes. Estaba agotado, pero no era el cansancio reconfortante de quien ha corrido hasta la extenuación; era esa fatiga mental, viscosa y gris, que queda después de un día donde todo parece conspirar en tu contra.

  Su jornada había sido una sucesión de despropósitos que comenzó con el golpe en el callejón, pero el punto de quietud fue el primer bloque: la clase de inglés. El profesor Enrique, un hombre cuya rigidez superaba por mucho su pedagogía, insistía en convertir un aula de quinto grado en un enclave ficticio británico. Con una soberbia que rozaba lo absurdo, Enrique exigía una fluidez perfecta, castigando con miradas de desprecio cualquier titubeo y olvidando —o queriendo ignorar— que estaba en el corazón de Nicaragua. Allí, donde el espa?ol vibraba con su propia cadencia y los ni?os apenas lidiaban con la gramática de su lengua materna, la pretensión del profesor de que se comunicaran como profesionales de Oxford resultaba ser una tortura innecesaria que solo alimentaba la inseguridad de Alan.

  Al llegar a su casa, una peque?a construcción que aún conservaba el eco de tiempos mejores, empujó la puerta de madera que crujió con un lamento familiar.

  —Hermana, ya llegué… —soltó Alan, dejando caer la mochila sobre una silla de mimbre.

  El silencio fue la única respuesta. El aire de la casa se sentía estancado, cargado con el olor a café frío y madera vieja. Era evidente que Alexis ya se había marchado a trabajar; sus turnos eran largos y su ausencia se había convertido en una constante necesaria para mantener a flote aquel hogar fragmentado.

  Alan se sentó en el peque?o sofá de la sala, observando una fotografía gastada sobre la repisa. Desde la muerte de su padre, Jonny, el espacio en la casa parecía haber sido ensanchado de una forma dolorosa. Jonny no era solo un nombre; era el sonido del motor de su bus rugiendo antes de salir hacia Matagalpa, el aroma a cuero y el optimismo de un hombre que conocía cada curva de la carretera, hasta que una de esas curvas, en un accidente que Alan aún no logaba procesar del todo, decidió que no volvería más.

  Sin un padre y con la ausencia de su madre, Jennifer, que era un agujero negro en su memoria, Alan y Alexis eran dos náufragos en una isla de responsabilidades. Jennifer se había marchado hacía a?os, buscando una vida que no los incluyera a ellos. Los fragmentos de información que llegaban desde Estados Unidos hablaban de una mujer que había reiniciado su existencia, cuidando ahora a un bebé de apenas cinco meses; un hermano desconocido que vivía bajo un cielo diferente mientras Alan sobrevivía al olvido en el Valle de las Neblinas.

  Se llevó una mano al pecho, donde aún sentía el calor residual de lo que creía haber sido un sue?o, preguntándose si su vida, ya tan cargada de sombras reales, tenía espacio para los fuegos de los que hablaba aquella gata roja.

  Se quitó los zapatos con movimientos lentos, sintiendo que cada articulación de su cuerpo pesaba el doble. El hambre era un nudo sordo en su estómago, pero el sue?o era una marea mucho más poderosa que lo arrastraba hacia la habitación del fondo. Decidió que dormir un rato era la única forma de resetear ese humor agrio que le habían dejado el profesor Enrique y la soledad de la casa; Necesitaba cerrar los ojos y pretendiente, aunque fuera por una hora, que el mundo no exigía tanto de él.

  A las tres de la tarde tenía que estar puntual en la tienda de don Julio. No era un trabajo formal; más bien consistía en acomodar cajas, barrer el frente y ayudar a los clientes con las bolsas más pesadas, pero esos pocos córdobas que ganaba al final de la semana marcaban una diferencia. Alexis nunca le pidió nada; De hecho, siempre le decía que se concentrara en sus estudios, pero Alan veía las ojeras de su hermana y las cuentas amontonadas junto a la radio. No quería ser una carga, un mueble más en una casa que ya había perdido sus pilares fundamentales. Si podía aportar aunque fuera para el pan del desayuno, sentía que el vacío dejado por su padre dolía un poco menos.

  Se desplomó sobre la cama sin siquiera deshacer las sábanas. El ventilador de techo giraba con un ritmo hipnótico, cortando el aire caliente con un zumbido metálico que terminó por arrullarlo. Mientras la luz del sol se filtraba por las rendijas de la ventana, dibujando líneas de polvo dorado en la habitación, Alan se sumergió en un sue?o profundo, buscando ese refugio donde las deudas, los profesores injustos y las carreteras peligrosas no podrían alcanzarlo.

  El descanso de Alan no requiere mucho. Apenas una hora después de haber cerrado los ojos, el silencio de la habitación fue demolido por un estruendo ensordecedor que hizo vibrar los cimientos de la casa. No fue el trueno de una tormenta, sino el sonido seco del hormigón estallando. Alan saltó de la cama, con el corazón martilleándole en los oídos, justo cuando una de las paredes de su cuarto cedió ante una fuerza bruta.

  De entre la polvareda surgió una aberración que desafiaba toda lógica biológica. Era una criatura masiva y antropomórfica, una pesadilla de músculos tensos que combinaba la piel rayada de una cebra con la osamenta blindada de un rinoceronte. Su cabeza, coronada por un cuerno deforme y ojos inyectados en odio, le recordaba vagamente a un minotauro salido de un videojuego oscuro o de un anime de terror. Sin mediar palabra, el monstruo lanzó un pu?etazo que habría reducido la cabeza de Alan a astillas; el ni?o, movido por un puro instinto de supervivencia, se dejó caer al suelo, sintiendo el aire del impacto pasar a milímetros de su rostro.

  —?Ayuda! —gritó, pero su voz se ahogó en el rugido del ser.

  Alan se puso en pie y echó a correr hacia la salida, atravesando la sala en un torbellino de pánico. Sus pulmones ardían y sus piernas temblaban, pero la criatura era una máquina de guerra incansable. Cada vez que Alan intentaba ganar distancia, el monstruo recuperaba terreno con zancadas poderosas que hacían saltar las tablas del suelo. Al salir al patio trasero, el pie de Alan se enganchó en una raíz saliente y el mundo volvió a volcarse. Cayó de bruces, golpeando la tierra con dureza, y al girarse, vio a la bestia alzándose sobre él con el pu?o cerrado, listo para dar el golpe de gracia.

  Justo cuando el metal de la muerte parecía inevitable, el aire frente a Alan se fracturó. Una pared de fuego líquido y naranja se materializó de la nada, rugiendo con una intensidad que hizo retroceder al monstruo entre alaridos de dolor. El calor era inmenso, pero no quemaba a Alan; lo envolvía como un escudo protector.

  En ese instante, la voz de Laila, clara y autoritaria, resonó en el centro de su cerebro, apagando el ruido del caos exterior.

  “?No es un sue?o, Alan! ?Si no actúas ahora, no habrá ma?ana para este mundo!”, sentenció la voz mental de la gata. “?Debes transformarte y reclamar la Chispa o, en su defecto, permíteme tomar el control de tu cuerpo para salvarte la vida!”.

  A case of theft: this story is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation.

  Alan, con las gafas empa?adas por el calor y el terror, miró la muralla de llamas que lo separaba de la bestia. Su mente racional seguía gritando que aquello era una alucinación producto del golpe de la ma?ana, pero el calor en su pecho era demasiado real, demasiado antiguo para ser ignorado.

  Alan retrocedió arrastrándose por la tierra, con la espalda pegada a un viejo tronco de níspero. El monstruo, recuperado del susto inicial, rugía tras la barrera de llamas golpeando el aire con una furia ciega que hacía que chispas de fuego saltaran en todas direcciones. El apretó los dientes, sintiendo el sudor frío correr por su nuca mientras la voz de Laila ni?o seguía presionando en los rincones de su mente.

  —Esto no puede estar pasando… es una locura —balbuceó Alan, cerrando los ojos con fuerza—. Pero si no hago algo, Alexis se va a quedar sola.

  El miedo a dejar a su hermana desamparada fue el interruptor final. Con un nudo en la garganta y una desconfianza que aún le quemaba la lógica, Alan soltó un suspiro entrecortado y se rindió al impulso que latía en su pecho.

  —Está bien… ?está bien! —gritó hacia el vacío de su propia conciencia—. Toma el control, Laila. Haz lo que tengas que hacer.

  En ese instante, la postura de Alan cambió drásticamente. Su espalda se enderezó con una rigidez militar y sus manos, que antes temblaban como hojas al viento, se abrieron y se cerraron con una fuerza antinatural. Sus ojos café se encendieron con un destello naranja profundo y, aunque la voz que salió de sus labios seguía siendo la de un ni?o de diez a?os, el tono era frío, antiguo y cargado de una autoridad absoluta. Alan seguía allí, pero ahora era un espectador en su propio cuerpo.

  —Elección sabia, peque?o portador —dijo Laila a través de la boca de Alan, mientras observaba al monstruo con una mezcla de desprecio y determinación.

  De la nada, un estallido de luz roja envolvió la mu?eca izquierda del ni?o. Al disiparse el brillo, un objeto de tecnología imposible quedó ajustado a su brazo: una pulsera metálica de color carmesí, robusta y elegante a la vez. En lugar de una esfera con manecillas, lucía una placa dorada con la forma de un sol radiante y, en su centro, incrustada como un corazón latiente, brillaba la gema rojo anaranjado que Diana había encontrado milenios atrás.

  Laila levantó el brazo izquierdo hacia el cielo y el aire alrededor comenzó a girar en un remolino de ceniza y calor.

  —?Poder elemental del fuego! —exclamó con una resonancia que hizo temblar las hojas de los árboles—. ?Transformación!

  La gema estalló en una frecuencia luminosa que obligó a la bestia a cubrirse los ojos. El fuego de la barrera no se extinguió, sino que fue succionado hacia Alan, convergiendo en un solo punto hasta formar un capullo de llamas sólidas y giratorias. La estructura ígnea se cerró herméticamente, creando un domo de calor pulsante que rugía como una turbina en el medio del patio. El monstruo, ahora dudoso, rodeaba el capullo con cautela, mientras desde el interior de aquella crisálida de fuego, el destino de Alan comenzaba a reescribirse bajo el pulso de una tecnología olvidada por el tiempo.

  El capullo vibraba, emitiendo un sonido rítmico; un latido de energía pura que parecía advertir que lo que estaba a punto de emerger no pertenecía a este siglo.

  El monstruo, ciego de furia, se lanzó contra el capullo de fuego con un rugido primario. Su cuerno intentaba perforar la barrera de llamas, pero cada embestida era repelida por llamadas de fuego líquido que brotaba del capullo, quemando su piel coriácea y obligándolo a retroceder con gemidos de dolor y frustración. La criatura pataleaba y bufaba, atrapada entre su instinto asesino y el calor insoportable que emanaba del centro del patio.

  De repente, el capullo dejó de rugir. Las llamas giratorias se abrieron en dos mitades perfectas, disipándose en el aire como si nunca hubieran existido. Donde antes había estado el ni?o Alan, ahora se erguía una figura completamente diferente, majestuosa y resplandeciente bajo el sol de la tarde. Era una mujer, aparentemente no mayor de veinte a?os, de estatura media-alta y una belleza que cortaba la respiración. Su piel, de un blanco inmaculado, contrastaba con su melena rojo anaranjado que caía en cascada por su espalda, vibrando con la intensidad de un fuego primigenio. Sus ojos, del mismo color naranja ardiente, tenían pupilas felinas que denotaban una agilidad sobrenatural. De sus sienes brotaban un par de orejas de gato y una cola del mismo tono flamígero se movía con gracia detrás de ella.

  Su atuendo era una declaración de audaz de poder elemental. Un ba?ador ce?ido, de una naranja vibrante y sin mangas, apenas lograba contener la magnificencia de su busto voluptuoso. Un cinturón rojo se ajustaba a su cintura estrecha, luciendo el símbolo de un sol radiante: una representación orgullosa de su dominio sobre el fuego. La parte inferior, de estilo tanga, acentuaba la firmeza y la forma esculpida de su trasero, dejando al descubierto unas piernas largas, poderosas y perfectamente bronceadas que terminaban en unas botas rojas, altas hasta las rodillas. Un antifaz rojo, similar al de Robin de los Jóvenes Titanes, cubría la parte superior de su rostro, a?adiendo un toque de misterio a su mirada felina.

  La mujer emanaba un aura de pasión contenida, de seriedad enfocada, pero con un toque elegante en cada movimiento. No había rastro de la torpeza de Alan, solo una confianza innata que parecía dominar el espacio a su alrededor. Observó al monstruo con una calma gélida, su pecho subiendo y bajando con un ritmo constante.

  —Soy la Ranger Elemental de Fuego —dijo con una voz que, aunque profunda y femenina, resonaba con un eco extra?amente familiar, una mezcla de acero y llamas—. Y tú, criatura de la oscuridad, ha cometido un grave error al venir a este mundo.

  La Ranger Elemental de Fuego no esperó un segundo más. Con un movimiento fluido, cerró sus pu?os y, al instante, el aire a su alrededor se estalló. Las llamas se enroscaron en sus manos como guantes de energía viva, rugiendo con cada centímetro que avanzaba hacia el monstruo. Se lanzó al ataque, pero algo en su ejecución delataba una contradicción interna: aunque la técnica era devastadora y sus golpes llevaban la fuerza de un volcán, su coordinación era errática. Se movía con la elegancia de una guerrilla milenaria, pero tropezaba con la falta de equilibrio de quien aún no domina su nuevo centro de gravedad, dejando aperturas peligrosas en su defensa.

  La criatura aprovechó un descuido y lanzó un zarpazo que la Ranger esquivó por puro instinto, realizando una pirueta hacia atrás que terminó con un aterrizaje forzoso. La bestia, bufando vapor, se abalanzó sobre ella en un último intento de embestida. La mujer, movida por un impulso que combinaba la experiencia de Laila y la desesperación de Alan, se deslizó bajo las piernas de la criatura mientras esta pasaba por encima. Con un giro rápido de su cadera, apoyó la palma de su mano derecha, abierta y cargada de una incandescencia blanca, directamente sobre la columna vertebral de la bestia.

  El tiempo pareció detenerse.

  —?Arde! —sentenció la voz de la Ranger, resonando con una potencia sobrenatural.

  Al contacto de su mano, la espalda del monstruo se agrietó como tierra seca. Un segundo después, una columna de fuego colosal brotó desde el suelo, tragándose por completo a la criatura. El pilar de llamas carmesí ascendió hacia el cielo de Valle de las Neblinas, desintegrando la carne y el hueso de la aberración en una danza de cenizas que desaparecieron antes de tocar el suelo. El rugido del fuego fue tan intenso que las ventanas de la casa vibraron hasta casi estallar.

  Sin embargo, el esfuerzo fue demasiado. En cuanto la columna de fuego se extinguió, la luz de la gema en su mu?eca parpadeó violentamente. La figura imponente de la guerrilla comenzó a temblar, rodeada por jirones de humo denso y azulado. En un instante, la silueta voluptuosa y poderosa se desvaneció, dejando en su lugar la peque?a y frágil figura de un ni?o de diez a?os.

  Alan, de vuelta en su cuerpo, no tuvo tiempo ni de respirar. Sus ojos se pusieron en blanco mientras el humo se disipaba y, como una marioneta a la que le cortan los hilos, cayó pesadamente sobre la tierra del patio. El silencio volvió a reinar en la casa, roto únicamente por el crujido de la pared de ladrillos destruidos y el latido electrónico, casi imperceptible, que seguía emanando de la pulsera roja en su brazo.

Recommended Popular Novels