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Capitulo 3: Donde el hielo despierta

  Las monta?as al este, antes guardianas del horizonte, hoy parecían contener la respiración. No era solo la nieve, ni el silencio que lo cubría todo. Había algo más. Algo que no se veía, pero se sentía en los huesos. Como si el mismo mundo se preparara para un nuevo luto.

  A lo lejos, una silueta inmóvil se recortaba contra el paisaje: Drunken. Llevaba horas ahí, igual que los últimos días. Inmóvil, como si esperara una se?al que solo él pudiera entender. El aire lo envolvía distinto, como si incluso la brisa evitara rozarlo. Había algo en su silencio que no era contemplación. Era peso. Era miedo. Pero no el miedo común, no el que viene con monstruos o amenazas visibles. Era más profundo. Más viejo. El tipo de miedo que nace cuando uno recuerda demasiado.

  Lunvaris.

  Esa palabra cargaba una historia. Y aunque nadie la decía en voz alta, todos sabían que el destino estaba marcado. Que para encontrar respuestas, debían de ir allí. Incluso si eso significaba abrir heridas mal cerradas. Incluso si eso significaba enfrentarse al búho de hielo en ese momento.

  Desde la distancia, Lirael observaba en silencio junto con Othriel, quien estaba limpiándose las manos aún manchadas de grasa de la nave averiada.

  —No ha dicho casi nada desde que llegamos —Dijo ella, sin apartar la vista de Drunken— Aunque no me sorprende, lunvaris no es solo un lugar para él, es una condena.

  —Estamos por terminar con la nave —respondió Othriel, mientras sacudía el viento de su abrigo— Si el búho no aparece pronto, podríamos tener una ventaja. Pero me preocupa lo otro, ?Crees que debamos hablar con él?

  —Parece que alguien ya se te adelantó —respondió Lirael con una leve sorpresa en la voz—Aunque no pensé que fuera ella.

  Odette. La misma que había evitado a Elyndra desde aquel encuentro incomodo. La que pasaba su tiempo conversando con Eldric, Shaknir y las gemelas, intentando entender lo que había ocurrido en este mundo congelado. Pero ni todo ese contexto, lograban quitarle la sensación de no pertenecer. Y quizás por eso fue ella quien decidió acercarse a Drunken. Porque en el fondo sabía que había cosas que solo se podían entender desde la incomodidad de no querer estar en un lugar.

  Se acercó a él con tranquilidad, casi sin hacer ruido sobre la nieve endurecida.

  —?Te angustia volver a Lunvaris? —preguntó, sin filtros ni cortesías. A veces, hablar sin rodeos era la única forma de no congelarse por dentro.

  Drunken tardó en responder, como si las palabras tuvieran que cruzar un desierto interno antes de salir.

  —Todo me angustia —dijo por fin— Pero Lunvaris... Lunvaris es otra cosa. Ahí quedó una parte de mí que ya no volvió.

  El viento siguió soplando. Allá, en la distancia, las monta?as parecían observarlos. Y aunque no lo sabían aún, cada palabra dicha bajo ese cielo empezaba a preparar el terreno para lo que vendría.

  —Aunque debo preguntarte algo más... —Drunken rompió el silencio con la mirada fija en el brazalete que Odette llevaba en la mu?eca— Ese artefacto tuyo... Qué es exactamente? En todos estos a?os no he visto a nadie materializar un arma con solo tocar un brazalete.

  La pregunta no era inocente, pero tampoco invasiva. Era una forma de cambiar de tema, y ambos lo sabían. Jugaban un juego silencioso, uno donde querían saber más del otro, sin traicionar demasiado de sí mismos. Y sin embargo, había algo en ese momento, en esa charla a la intemperie, que los empujaba a abrirse.

  Odette no respondió de inmediato. Sus dedos rozaron el brazalete, como quien acaricia un recuerdo. Luego, con un gesto suave, repitió lo que había hecho en la cueva. La espada surgió lentamente, como si la misma escarcha obedeciera su voluntad. El aire vibró con un leve zumbido cuando el filo se formó por completo, condensado desde el frío mismo.

  —Una reliquia —dijo mientras miraba la espada— O un arma, depende de a quién le preguntes. Antes, cada soldado portaba uno de estos durante la guerra contra los Lirvantes. Las armas convencionales no servían contra ellos, sus cuerpos no reaccionaban al metal común ni a la pólvora.

  Guardó silencio un instante, como si las memorias se amontonaran demasiado rápido.

  —Por eso se crearon estos artefactos y las piedras de resonancia, algunas hechas por el humano y otras fueron encontradas. Cada una respondía a un elemento distinto. Algunas generaban fuego, otras controlaban la tierra... pero las más efectivas siempre fueron las de rayo y hielo. Los Lirvantes eran especialmente vulnerables a esas dos. La piedra que tengo en este momento responde al hielo. Cuanto más intensa la energía en la piedra, más poderosa se vuelve el arma.

  Drunken la observó, no con desconfianza, sino con una mezcla de asombro y respeto. Como si por fin una pieza más encajara en el rompecabezas que era Odette, tenía un arma mas para utilizar en su batalla interminable.

  —No solo genera la espada —continuó Odette, sin dejar de mirar el arma helada en su mano— También puede crear proyectiles. Pero... eso consume la piedra mucho más rápido. Y por lo que tengo entendido, ya no quedan más.

  Drunken la escuchaba en silencio, sin interrumpir, dejando que las palabras fluyeran a su ritmo, una idea le había surgido en su cabeza, pero no era momento de efectuarla, cada cosa a su debido momento.

  —Pero hay algo más —agregó, esta vez con una sonrisa leve, casi nostálgica— Algo único. Este brazalete me lo dio mi padre. Y ya tenía una piedra dentro... pero no era como las otras. Era distinta.

  Alzó la mu?eca con suavidad, como si ese gesto pudiera invocar el recuerdo.

  —Brillaba con un verde intenso, casi vivo. Me dijo que era la única piedra de sanación que existía. No fuego, no hielo... sanación. En plena búsqueda por los vestigios, un milagro.

  Drunken no dijo nada al principio. Su mirada seguía fija en el brazalete, pero no era solo curiosidad lo que lo mantenía en silencio. Era una sensación... algo que lo rozaba por dentro, como una palabra al borde de la lengua.

  Las horas se deslizaban como escarcha en un cristal. Drunken había pedido ayuda a Othriel con algo que, si bien retrasó varias horas la reparación de la nave, parecía, según él, un precio justo por lo que estaban a punto de intentar. Nadie preguntó qué era exactamente, pero bastó ver la determinación en sus ojos para entender que no era negociable.

  Mientras tanto, los demás se turnaban para revisar los alrededores de la base. Eldric se encontraba en lo alto de la muralla que bordeaba la ciudad, los ojos fijos en el horizonte blanco, inmóvil, donde todo parecía estar esperando... como un animal paciente. Había algo más allá del paisaje gélido. Algo en el aire. Una tensión que no hacía más que crecer a medida que el día avanzaba. Tal vez era la ansiedad. Tal vez era intuición. Pero en el fondo de su pecho, Eldric lo sentía con la certeza de una premonición: el búho de hielo se acercaba.

  —?No te parece curioso? —Dijo Nyra, acercándose con pasos suaves— Hace unas semanas estaba limpiando la caba?a de Elira... y ahora estoy aquí, al borde del viaje más grande de mi vida.

  Eldric no apartó la mirada del vacío blanco.

  —Curioso...—repitió en voz baja, casi como un reproche a la palabra— No lo sé. Creo que de todas las formas posibles de describir esto, "curioso" es la más equivocada.

  Su voz era tensa, quebrada no por la rabia, sino por un cansancio que no sabía cómo poner en palabras.

  —Todo esto... todo lo que está pasando... no siento que me pertenezca. Odette, Elyndra y el nombre Cassandra, Drunken y su pasado con Elira, el búho... Es como si fuésemos piezas de un tablero que no entendemos. Y sin embargo... aquí estoy. Por ustedes, por lo poco que me queda, y por esta maldita sed de venganza que no se va.

  Nyra se quedó en silencio. No porque no tuviera nada que decir, sino porque las palabras de Eldric le dolían en un lugar que reconocía demasiado bien. Ella también había sentido ese nudo en el estómago al ver el rostro del hombre que lideró la masacre de su hogar. No sabía si él había sido quien clavó la espada... pero sí sabía que fue quien les abrió la puerta al infierno.

  —Te entiendo —respondió al fin, su voz suave, pero afilada como el hielo bajo sus pies— Y sé que llegará el momento. Lo que nos une aquí no es solo esperanza. Es el dolor, la rabia y la pérdida. Drunken... él tampoco ha dejado de sangrar, solo que aprendió a hacerlo en silencio. Y Elira... ella cargaba ese mismo silencio. Tal vez por eso murió.

  Eldric apretó los pu?os. Por un instante, el viento dejó de moverse. Como si el mundo los escuchara.

  —Cuando llegue ese momento... cuando alguno de los dos lo tenga enfrente... no dudaremos. Juntos o no. Lo mataremos. Porque solo así... ella podrá descansar.

  Nyra no dijo nada mas, sabía que lo que él decía venía dentro de su mas profundo ser, es por eso que, sin decir mas y dentro de su propio silencio, solo asintió dejó que el tiempo pasara, esperando lo inevitable.

  El sol comenzaba a ocultarse tras los picos nevados, deslizándose lentamente hacia su tumba diaria. Su luz, débil y desgastada, no traía consuelo. Los rayos atravesaban los cristales de hielo, ti?endo la nieve con destellos dorados, pero no era belleza lo que dejaban atrás, sino el eco de algo que se estaba apagando. Aquellos reflejos no eran la promesa de un nuevo día, sino el recuerdo de uno que se había perdido.

  La nieve brillaba con un fulgor antinatural, como si supiera que algo estaba a punto de suceder. Había una tensión en el aire, una presión difícil de explicar, que apretaba el pecho y entumecía los pensamientos. No se escuchaban aves, solo aquella melodía en el viento, errante y triste, como una advertencia que nadie quería oír.

  —Entonces llegamos tarde... —Dijo una voz áspera, arrastrada por el viento como si las palabras tuvieran que luchar por escapar de una garganta marchita. Cada sílaba parecía desterrada de algún rincón olvidado, impregnada de una frialdad antinatural que cortaba el aire.

  Khoron, como siempre, hablaba con esa implacable calma, su rostro rígido y distante. junto a él, el coloso permanecía en silencio, observando las manos petrificadas que centraban el lugar.

  —Eso significa que los cuatro han sido liberados... Justo en dos a?os, que irónico—Continuó Khoron, con una serenidad inquietante, como si no fuera una sorpresa, sino simplemente algo inevitable. Su mirada recorrió la estancia, buscando, casi como si esperara algo o a alguien más. En realidad, su única intención era comprobar si los vestigios estaban ahí.

  —Nuestro equipo llegará a la última ciudad del norte en menos de un día —comentó el coloso, su voz grave como el retumbar de una tormenta lejana. Su mente no se detenía en los vestigios, no se perdía en la obsesión de alguien más. Para él, el objetivo era claro: conquistar el norte, derribar todos los límites, aplastar lo que quedaba de resistencia. Pero había algo más en juego, algo personal. La conversación con Zheron había encendido una chispa, su encuentro con el espectro, ese ser inalcanzable, le desvelaba una sed de poder tan intensa que ni él mismo podía ocultarla. Si lograba derrotar a alguien como el espectro, quien parecía invencible, entonces nada quedaría que le desafiara, y tendría dominio absoluto sobre todo el continente.

  —Entonces llegaremos esta noche— Khoron interrumpió sus pensamientos, su voz dejando entrever que la decisión ya estaba tomada. El tiempo era un enemigo invisible, y ahora más que nunca, había que apresurarse.

  El coloso asintió sin dudar. La inmediatez de la misión era más importante que cualquier otra consideración. No había espacio para vacilaciones.

  —Bien, no hay tiempo que perder —Concluyó Khoron, su tono imperturbable. En su mente, los hilos del destino se entrelazaban con rapidez. Si la liberación había sido reciente, lo más probable era que el camino hacia ellos estuviera trazado, y ese camino los llevaría al norte, donde la conquista los esperaban.

  Sin más palabras, el coloso se dio la vuelta y con un par de pasos largos, salió en busca de la nave. Las sombras parecían moverse a su alrededor, como si incluso la oscuridad se preparara para lo que venía. Khoron al caminar hacia la salida, se detuvo para mirar la guerra hecha hielo. Algo dentro de eso lo desconcertaba, algo en la atmósfera parecía ser incomodo. Pero no había tiempo para dudas. El viento aullaba afuera, como una llamada distante, como si el mundo entero se estuviera preparando para el siguiente capítulo de este enfrentamiento.

  Y el transcurrir del tiempo, silencioso e implacable, dictó lo inevitable: el sol, rendido, se ocultó tras las monta?as, escondiéndose de lo que ya no podía evitarse, mientras la luna, majestuosa y serena, alzaba su trono en los cielos. Con su ascenso plateado, no quedaba más que aceptar la solemnidad de la noche. Había llegado la hora.

  La nave, finalmente culminada por las manos incansables de Othriel, yacía en silencio sobre el lecho metálico del hangar, como un coloso dormido que contenía en su interior la promesa de un nuevo destino. Las pruebas habían concluido. El combustible recorría sus arterias con un pulso firme, brillante, casi orgánico. No era solo un vehículo: era una declaración. Una grieta abierta en la superficie del mundo que ofrecía algo más que escape... ofrecía propósito.

  A su lado, Nyra, Eldric y Almira la observaban con reverencia. Para Nyra y Eldric, era la primera vez que sus ojos se posaban sobre algo semejante. No era simplemente una máquina. Era una criatura hecha de voluntad, metal y esperanza. Su forma, aerodinámica pero elegante, parecía respirar con una luz tenue, palpitante. El casco oscuro reflejaba sus rostros como espejos de un futuro aún sin escribir, y por un instante, todos contuvieron el aliento.

  —?Iré por mi hermana! —exclamó Almira con una sonrisa sincera, sus ojos brillando con una mezcla de cansancio y emoción—. Seguro está dormida en la casa. Le encantará ver que reparaste la nave.

  Sus pasos se perdieron rápidamente en la oscuridad exterior, como un susurro que la noche aún no se atrevía a devorar del todo.

  Fue entonces cuando Drunken apareció.

  Cruzó el umbral del hangar con paso lento, pero firme. En su mano, un bastón de hielo que despedía un leve resplandor azulado, como si el mismo invierno se hubiera solidificado para caminar a su lado. Nadie dijo nada al principio. Solo lo miraron.

  Nunca lo habían visto con un bastón. Y mucho menos con uno así.

  Othriel lo vio y supo al instante lo que era. No necesitó preguntar. Y aunque en el aire flotaba la duda de los demás, él no explicó. Simplemente subió a la nave sin decir palabra, como si el tiempo ya no le perteneciera.

  El interior lo recibió con un zumbido tenue, casi como un suspiro de bienvenida.

  Y allí, en el primer compartimiento, la encontró.

  Serwin dormía. Recostada sobre uno de los asientos, con los brazos cruzados y el cabello cayéndole como sombra suave sobre el rostro. Su respiración era tranquila, como si, al menos por esa noche, el miedo le hubiese dado tregua.

  Othriel no quiso despertarla. Sabía que el sue?o, en ese momento, era un santuario escaso y sagrado. Se limitó a cubrirla con una manta ligera, y tras hacerlo, caminó hacia la cabina, donde la consola principal lo aguardaba esperando.

  Mientras tanto, en la muralla, era el turno de vigilancia de Odette. A su lado se encontraba lirael, quien observaba en silencio, los ojos fijos en un horizonte que no ofrecía nada. La luna, aunque presente, no brillaba como antes. Su luz era tenue, casi tímida, como si no quisiera ser testigo de lo que estaba por suceder.

  La noche era espesa, y el mundo entero parecía contener el aliento.

  Fue entonces cuando una antorcha se encendió en la distancia, danzando en la mano de Eldric. Su fuego trazaba un mensaje claro para todos los puestos de vigilancia: la nave estaba lista. Había llegado el momento.

  —Supongo que ya es hora— susurró Lirael, sin apartar la vista del fuego lejano— Nunca te lo pregunté... ?alguna vez fuiste a Lunvaris?

  Odette, sorprendida por la pregunta, giró ligeramente hacia ella.

  —Sí... de hecho, sé cómo llegar desde aquí— respondió, con una sonrisa melancólica— Curiosamente, el ejército dividía el mundo en zonas. Lunvaris era conocida como la Sección E. Nunca entendí por qué usaban letras si ya tenía nombre. Supongo que querían borrar su historia— Soltó una peque?a risa, la primera en días.

  A medida que hablaba, su voz recuperaba algo de calidez, como si las palabras reconstruyeran lentamente los fragmentos que Haleth había dejado tras de sí. El duelo aún era una sombra larga, pero cada paso dado era un intento por caminar fuera de ella.

  —Eres una caja de sorpresas— dijo Lirael con una leve sonrisa— Tal vez debería hacerte más preguntas cuando tengam...

  Se detuvo de golpe.

  Odette levantó una mano, tensa, los ojos clavados en la oscuridad.

  El silencio se quebró. A lo lejos, algo se movía. Un sonido grave, creciente. Como un murmullo mecánico que surgía desde el abismo mismo.

  —?Lo oyes?— susurró.

  Ambas se agacharon instintivamente. Y entonces, como una sombra arrancada del cielo, una nave cruzó sobre ellas a una velocidad brutal, dejando una estela vibrante de aire cortado. En su estela, algo descendió.

  —Ve por el vehículo. No llegaremos a la nave a tiempo. Lo único que importa ahora... es sobrevivir.

  Odette no dudó, su voz era firme, contenida, cortante como el hielo. Lirael asintió sin discutir. Ambas se deslizaron entre ruinas y escombros, sabiendo que el menor error podía significar el fin.

  Un impacto seco sacudió la tierra.

  Una explosión sorda estalló en el horizonte, levantando una nube de escarcha, piedra y polvo que engulló el mundo en un velo blanco. El estruendo fue tan profundo que pareció brotar desde el núcleo del planeta, reverberando en los huesos de Eldric y Nyra. Instintivamente, ambos se cubrieron, los oídos zumbando, los pulmones helados.

  Cuando el polvo comenzó a caer como ceniza suspendida, cuando el tiempo pareció retomar su curso... Lo vieron.

  Desde el cráter emergía una figura imposible. No era solo su tama?o lo que aterraba, sino la forma en que la realidad se retorcía a su alrededor. El aire lo evitaba. La luz parecía no atreverse a tocarlo. No caminaba: imponía su voluntad al espacio. Cada paso arrastraba un silencio más profundo, más antinatural que el anterior. Un silencio que dolía.

  El Coloso.

  Nyra dio un paso atrás, el instinto más primitivo activándose como una herida que nunca sanó. Lo había visto antes. Diez hombres. Diez gritos ahogados por la nada. Y ahora lo tenía frente a ella, ignorándola como si su existencia apenas mereciera ser percibida. Sus ojos, oscuros como el abismo, se enfocaron en la nave detrás de ellos. Ofendido. Como si su mera presencia fuese un sacrilegio.

  —?Ya se iban?— Dijo, su voz era una catedral vacía. Cada palabra vibraba como el eco de siglos olvidados. Burlón... pero no humano. El poder que se ocultaba en cada sílaba era lo que helaba la sangre.

  Eldric tragó saliva. El corazón le martillaba el pecho, no por adrenalina... sino por algo más primitivo. Miedo. Un miedo puro, ancestral. Como si todo su ser comprendiera que no estaban hechos para enfrentar aquello.

  Nyra, en cambio, sentía algo más encenderse en su pecho. Fuego. Determinación. Este era uno de esos momentos. Una bisagra en la historia. Derrotar al Coloso no era solo sobrevivir: era destruir un símbolo. Era romper la columna vertebral del Búho de Hielo.

  Pero Eldric no pensaba en eso, él solo pensaba en protegerla.

  —No tenemos opción... —murmuró. Su voz era apenas un cristal tembloroso en medio de la ventisca.

  Temblando, desenvainó su espada y alzó su escudo. Pero su cuerpo no era suyo. Las piernas, el torso, los brazos... todo estaba tomado por el peso del terror.

  —Patético— dijo el Coloso. Una sola palabra. Una sentencia.

  Entonces cargó hacia ellos.

  No corrió. Aplastó. Como un relámpago que partiera monta?as, su avance quebró el suelo, curvó el aire, rompió el mundo. Nyra gritó, se lanzó hacia un lado. Eldric no. Paralizado. Las raíces del miedo atadas a sus huesos. La embestida era inminente.

  Pero entonces...Una flecha, un silbido rasgó el viento como un grito ancestral. Una chispa brillante cruzó el cielo helado. Y el impacto.

  ?CLANG!

  La flecha chocó contra el casco del Coloso con una fuerza que resonó como un gong de guerra. No fue herido. Pero se detuvo. Como si reconociera algo en el aire. Un aura. Una sed. Tal vez una promesa.

  Eldric cayó de rodillas, jadeando, como si sus pulmones se hubieran vaciado de golpe. Nyra giró bruscamente, buscando el origen del disparo. Y entonces, la vio.

  Serwin, quien estaba de pie sobre la entrada de la nave. El arco aún vibraba entre sus dedos. Su mirada, más afilada que cualquier hoja, ardía con una furia que habría congelado al mismo espectro del juicio.

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  Su alma temblaba. Su rabia ardía.

  —?Dónde está mi hermana?— escupió con una voz que era hielo y pu?al, fuego y condena.

  Otra flecha ya tensada. Sus manos firmes. Su pulso, inquebrantable.

  Y por primera vez...

  El Coloso giró el rostro.

  No hacia Eldric. No hacia Nyra.

  Hacia Serwin.

  —?Serwin! —La voz de Almira cortó el aire como una grieta recién abierta en el hielo.

  Avanzaba con pasos veloces, aunque desiguales, los ojos escudri?ando el terreno nevado con la desesperación de quien teme encontrar algo... o no encontrar nada. El silencio pesaba como una lápida. Hasta que algo lo quebró, un zumbido grave, casi imperceptible al principio, vibrante como un eco antiguo bajo tierra.

  Una sombra cruzó por encima de ella. Rápida. Ominosa.

  Una nave.

  Y con ella... algo más cayó.

  El impacto sacudió el suelo. Un estallido seco, metálico. Nieve y polvo se alzaron como una columna espectral. Desde el cráter emergía una figura.

  El arrastre de una espada descomunal que rozaba la piedra, dejando tras de sí una línea como una herida abierta. Luego, la silueta: pesada, deformada, cubierta por una armadura donde huesos humanos colgaban como trofeos. Costillas trenzadas como collares. Mandíbulas unidas por alambres negros. Fragmentos de cráneos incrustados en los hombros. Un altar andante hecho de muerte.

  Zheron había llegado a la ciudad.

  El aire pareció replegarse. Como si el mundo contuviera el aliento. La presencia de aquella criatura era algo que no debía existir... y sin embargo, estaba allí. Ante ella. A apenas unos pasos.

  El temblor en el cuerpo de Almira comenzó como un leve estremecimiento... y creció. No era solo miedo. Era impotencia. Era furia. Era amor. Porque no sabía dónde estaba su hermana. Y ese pensamiento, ese único pensamiento, fue lo que la mantuvo de pie.

  Desenvainó su espada lentamente. El frío de la hoja fue lo único que le ofreció claridad.

  Zheron avanzó con un paso lento al principio. Como quien no considera que aquello frente a él merezca prisa. Pero cuando cruzó el último metro... se volvió una tormenta.

  Su espada cayó con el peso de un meteorito, rompiendo el aire con un rugido.

  Almira reaccionó en el último instante. Rodó hacia un lado, el filo del arma desgarrando el lugar donde su sombra había estado segundos antes. Se alzó con la misma inercia y giró con un tajo horizontal, directo a las costillas expuestas de la criatura.

  Pero Zheron soltó su espada. No por descuido, sino Por cálculo.

  Esquivó el golpe con un movimiento antinatural, retomando el arma en el mismo giro, ahora preparado para responder a los siguientes ataques de Almira, que no se detuvieron ni un segundo. Espada contra espada. Movimiento contra reacción.

  El combate no era aún una prueba de fuerza. Era una danza de precisión. De reflejos.

  Almira sabía esto. Sabía que un solo golpe de Zheron. Solo uno. Sería suficiente para acabar con ella. No podía dudar, no podía pensar. Solo moverse, fluir y atacar.

  Pero incluso la velocidad tiene un límite. Y poco a poco, en el vaivén de espadas, en la presión constante, en el aliento que se hacía más corto... la desventaja comenzó a dibujarse, reflejando en ella una grieta.

  Y Zheron, como un depredador paciente, lo notó. No necesitó más que una mínima fisura para actuar.

  El golpe no vino de su espada, Vino de su pierna, Una patada brutal. Directa al abdomen.

  El mundo de Almira se contrajo en un espasmo. El aire huyó de sus pulmones como si la vida misma intentara escapar. Solo pudo retroceder, tambaleante, con una mano aferrada al costado mientras la otra sostenía el arma más por instinto que por voluntad. Tosió, y con la tos, llegó la sangre.

  Ese golpe no fue solo físico, fue una fractura invisible, su eje se rompió. El pulso se le volvió lejano. La visión, turbia. Cada intento de pensar era como arrastrarse por un pantano.

  Y entonces... su cuerpo ya no respondió.

  Cayó de rodillas. La espada resonó al tocar el hielo. Apenas si podía sostenerse. Los músculos le temblaban con un esfuerzo inútil. Y frente a ella, Zheron avanzaba con la tranquilidad cruel de quien disfruta cada paso hacia una presa rota.

  Se detenía solo para contemplarla, como si su dolor fuera un espectáculo, como si su sufrimiento fuera un tributo necesario antes del final.

  La balanza estaba rota, la lucha inclinada hacia el segador. Pero Zheron no era un insensato. había vivido demasiadas batallas para confiarse.

  Y por eso, cuando algo vibró en el aire, ya estaba moviéndose.

  Una lanza descendió como un relámpago, interceptando su espada en pleno avance.

  Y con ella... Shaknir.

  Sin una palabra. Sin una entrada gloriosa. Solo acción.

  Su presencia era contundente. Un golpe al equilibrio de la muerte misma.

  Pero no estaba solo.

  Un susurro agudo, breve, casi imperceptible: el sonido de una cuerda tensada liberándose.

  Una ráfaga precisa de flechas cortó el aire, obligando a Zheron a retroceder con un movimiento veloz. Se apartó justo a tiempo, el metal rasgando su armadura.

  En la distancia, entre las casas, se alzaba Elyndra. Su ballesta aún humeaba mientras ya recargaba con calma milimétrica.

  Zheron giró el rostro hacia ellos.

  Ya no era un cazador enfrentando a una presa.

  Ahora era una bestia acorralada.

  O eso era lo que ellos pensaban.

  Porque para Zheron, lo único que había sucedido... es que el escenario finalmente se había puesto a la altura de sus expectativas.

  La verdadera batalla... acababa de comenzar.

  Había llegado el momento.

  El miedo comenzaba a disiparse en el pecho de Eldric, no porque hubiera desaparecido, sino porque ya no importaba. Se volvió parte del paisaje, una constante que aprendía a ignorar. Ya no pensaba en lo que pasaría si fallaban. Pensaba en lo que debía hacer: darle tiempo a la nave para huir. A los demás, para vivir.

  Y con esa única certeza clavada en la mente, se preparó.

  El coloso no anunció su avance. Simplemente se movió, como una monta?a viva. Cada paso rompía el hielo bajo sus pies, rajando el suelo con grietas que parecían heridas abiertas en la tierra.

  Pero esta vez, todos estaban listos.

  Desde la retaguardia, Serwin disparó otra flecha. Sus ojos fijos, el pulso firme, sabía que no podía fallar otra vez.

  La flecha voló, un trazo negro en el aire.

  Y el coloso la detuvo como si no fuera nada. Un gesto simple, el proyectil estalló contra su palma, astillándose como si fuera de cristal. Pero ni se inmutó, solamente siguió caminando, mostrando como el estruendo de sus pasos eclipsaba todo lo demás.

  Nyra lo flanqueó por la izquierda, tan rápida como una sombra entre la ventisca. Sabía que no podían derrotarlo. Pero podían confundirlo. Desviarlo. Ganar segundos.

  Pero el coloso no era un bruto sin mente. Lo sabía, los veía y no tenía a Nyra en la mira.

  Tenía a Eldric.

  Porque había olido el miedo en él. Lo había sentido temblar antes, dudar y esto para el coloso, eso era debilidad, debilidad que debía ser aplastada primero.

  Con brutalidad inhumana, lanzó un golpe con su brazo derecho, directo a su craneo.

  Eldric rodó justo a tiempo, esquivando por centímetros. Pero no era un golpe aislado, el coloso ya estaba girando, de una forma que no debería ser posible para su tama?o. Una danza pesada. Precisa. Letal.

  El segundo impacto llegó como un trueno. Eldric alzó su escudo reaccionando a tiempo, pero esto no fue suficiente, parecía como intentar detener un alud con una tabla de madera.

  El golpe lo arrojó varios metros por el aire. Su cuerpo rebotó sobre el hielo, dejando marcas ensangrentadas. El escudo, astillado. El aire fue expulsado, arrancado de sus pulmones. Tosió niebla y sangre que salieron de su boca.

  —?Eldric! —gritó Nyra. Su voz se quebró, rasgando el aire como un hilo tenso que finalmente cede.

  Por un instante, el campo de batalla pareció detenerse. No por el frío que calaba los huesos. Sino por algo más hondo. Una certeza helada:

  No eran rivales para esa cosa.

  Tal vez nunca lo habían sido.

  Y todos lo sabían.

  Nyra, con la sangre latiéndole en las sienes.

  Serwin, calculando probabilidades cada vez más imposibles.

  Incluso Eldric, temblando entre la escarcha y el miedo, lo intuía en lo más profundo.

  Y sin embargo... aún estaban de pie.

  El coloso los observaba, sin humanidad, pero con una leve inclinación de la cabeza...

  Como un animal estudiando el último espasmo de su presa.

  No era confusión.

  Ni respeto.

  Era curiosidad.

  Pura, Cruel y Desalmada.

  Se preguntaba cuánto más durarían antes de romperse por completo.

  Se volvió hacia Eldric, que seguía en el suelo. El escudo roto colgaba de su brazo como un recuerdo inútil. El vapor de su aliento se disolvía al contacto con la sombra del coloso, como si incluso el aire rehusara tocar esa aberración.

  Y justo cuando decidió terminar con su vida...

  Algo brilló en el flanco.

  Nyra, quien se reincorporó como un rayo de movimiento, su hoja silbando en un corte lateral, apuntando a la única hendidura visible entre las placas de la criatura. El impacto resonó... pero fue como golpear una tumba de hierro.

  Ni un ara?azo.

  El coloso giró hacia ella. Lentamente. Con la quietud de una tormenta a punto de desatarse.

  —?Muévete! —gritó Serwin desde la retaguardia.

  Una flecha silbó, pero era común: la punta explosiva golpeó el torso del coloso, estallando en una onda sorda de luz y presión. Fue ahí cuando algo fue efectivo, el monstruo titubeó.

  Nyra retrocedió, el corazón como un tambor desbocado.

  Serwin descendía de las escaleras de la nave. Su arco en una mano, una flecha en la otra.

  No había más tiempo.

  Debían ganar segundos. Solo segundos.

  Para que Othriel pudiera encender la nave.

  —No lo venceremos con fuerza —dijo, situándose junto a Nyra.

  —Pero si lo hacemos perder el control...

  Dijo mientras tomaba otra flecha explosiva, la primera había sido eficaz, por lo que el hacer esa misma tecnica sería la mejor opción.

  Nyra por su parte también se dispuso a distraer al coloso, pero algo andaba mal, se colocaba en su flanco y el coloso no parecía responder. Hasta que por fin se dio cuenta de lo que estaba esperando, pero ya era muy tarde.

  —?Serwin, no! —gritó al darse cuenta, pero ya era tarde.

  La flecha había partido y con un suave movimiento, el coloso la atrapó al vuelo con una rapidez monstruosa, sin tocar siquiera la punta. Y sin pausa, la devolvió. No como un gesto de defensa. Como una trampa ejecutada con precisión.

  La explosión fue inmediata, pero para su fortuna, estalló a pocos metros de Serwin. Una onda expansiva lo envolvió. El aire crujió mientras que el suelo tembló. Su cuerpo fue lanzado hacia atrás como un mu?eco roto, su arco volando en otra dirección. Cayó con violencia, rebotando una vez antes de quedar tendida, inmóvil.

  El silencio posterior fue más fuerte que la explosión.

  Nyra corrió hacia Ella, pero no obtuvo respuesta.

  Solo el leve ascenso de su pecho confirmaba que seguía con vida, aunque inconsciente.

  Pero no había tiempo que perder, su vista volvió hacía el coloso, quien volvía a moverse.

  Mientras todo esto sucedía, Almira apenas lograba mantenerse en pie. Cada respiración era una lucha, cada segundo una peque?a victoria. Sabía que debía mantenerse calma, que cuanto más tiempo pasaran sin centrarse en ella, mejor sería para recuperarse. Pero esa tregua fue breve.

  Shaknir comenzó con el contra ataque. Con un movimiento repentino, se lanzó nuevamente contra Zheron. Sus golpes eran precisos, limpios. La lanza en sus manos parecía no tener peso alguno, como si fuera una extensión natural de su cuerpo. Pero Zheron, con cada esquive, con cada bloqueo, empezaba a notar algo extra?o. Esa arma no era común. Y lo comprendió del todo cuando, en medio del combate, la lanza cambió.

  De un segundo a otro, una fuerte luz iluminó la lanza, la cual en un movimiento hermoso por parte de Shaknir, se dividió en dos espadas dobles.

  El estilo de Shaknir se volvió impredecible, más veloz, más afilado. Cada movimiento una amenaza distinta. Y entonces se sumó Elyndra, desde la distancia. Cada uno de sus disparos no buscaba da?ar directamente, sino complementar los ataques de Shaknir. Era como si hubieran entrenado juntos durante a?os: la coordinación era impecable. Cada ráfaga estaba calibrada no para interferir, sino para encerrar, para presionar.

  Zheron se dio cuenta de esto y comenzó a adaptarse, bailando entre ataques y proyectiles, dise?ó su respuesta. No atacó a Shaknir directamente. En cambio, forzó un retroceso con un golpe potente, ganando unos segundos. Y entonces se desvió.

  Corrió directo hacia Almira, que apenas se había reincorporado con dificultad, vio lo sucedido y entendió al instante. No tuvo elección, se lanzó de nuevo a la batalla. Sus movimientos eran distintos, menos precisos. Pero ella no peleaba como Shaknir. No seguía un patrón. No dejaba márgenes.

  Y eso cambió todo.

  Elyndra, desde la distancia, lo notó de inmediato. Los disparos que antes fluían como parte de una coreografía perfecta, ahora eran una amenaza para Almira. No podía anticipar sus movimientos, no podía arriesgarse a herirla.

  La batalla era intensa.

  Cada movimiento, cada paso, cada tajo... todo estaba medido al límite. No podían fallar. Un solo error significaba la muerte para alguno de ellos. Pero esa precisión, esa necesidad de perfección, comenzaba a volverse en su contra.

  Los contenía.

  Los volvía predecibles.

  Y Zheron lo notó.

  Era más ágil. Más rápido. Más fuerte. Su cuerpo no solo resistía, evolucionaba. Y en medio del intercambio frenético, vio la apertura que necesitaba.

  En un instante, bloqueó un ataque de Almira con brutal eficacia.

  Y usó su fuerza para empujarla hacia atrás.

  Se incorporó rapidamente, desequilibrada. No tuvo tiempo para recuperar la guardia.

  Y entonces, con un movimiento casi perfecto, Zheron se deslizó por el ángulo que ella había dejado expuesto. Su arma atravesó el hombro de Almira con una precisión quirúrgica.

  El dolor fue como fuego helado.

  Su espada cayó.

  Sus rodillas cedieron.

  El mundo se volvió distante.

  Y frente a ella, Zheron.

  Lo miró, sin poder moverse, sabiendo que ese rostro podía ser lo último que viera.

  Pero no fue así. Shaknir logró volver a tiempo.

  Una ráfaga cortó el aire. Su lanza obligó a Zheron a retroceder, justo antes de que pudiera rematar a Almira. él bloqueó, se defendió, pero no sin esfuerzo. Porque la rabia de Shaknir era volcánica. Lo que había visto no era una herida: era una traición a todo lo que intentaban proteger.

  El duelo continuó.

  Furioso. Cerrado. Letal.

  Con movimientos más erráticos, llevados por la ira que sentía en ese momento, cada golpe era dado como si fuera el último. Zheron, poco a poco, se fue adaptando a sus cambios repentinos entre lanza y espadas, debido a que, al volverse tan errático, se había vuelto más predecible.

  Y entonces, desde la distancia, Elyndra comprendió lo que Zheron intentaba hacer.

  No era solo eliminar a Almira.

  Era probar hasta dónde podían protegerla.

  Cuán rápido se romperían si él usaba sus cuerpos como carnada.

  La decisión fue inmediata.

  Elyndra descendió de su puesto.

  Rápida. Silenciosa.

  Y corrió hacia Almira, sabiendo que, si no llegaba a tiempo, el Segador encontraría la respuesta que buscaba.

  Era mas fuerte que todos ellos juntos, parecía que solo estaba jugando como un ni?o al ver un juguete nuevo, emocionado, pero hasta ahí, sabía que esa emoción terminaría muy pronto, pues uno a uno iban cayendo ante el, ante su poder.

  Entonces, algo cambió.

  El aire volvió a moverse, no como viento, sino como una conciencia antigua que despertaba entre la escarcha.

  La batalla había eclipsado todo. Tiempo. Dolor. Miedo.

  Y en ese olvido, algo crucial se había perdido.

  Hasta que la nieve empezó a caer de nuevo. Lenta. Silenciosa. Como un presagio.

  Una figura emergió entre las sombras. No corría. No dudaba.

  Simplemente caminaba.

  Caminaba hacia Elyndra y Almira.

  Ambas estaban de rodillas, preocupadas. Elyndra observaba la lucha con los ojos fijos, mientras Almira, vencida por el dolor, apenas podía sostener la mirada. La sangre se mezclaba con la nieve bajo ella, y cada aliento era un suspiro que podía ser el último. Pero en su mente, solo quedaba un pensamiento, frágil y puro:

  "Que mi hermana esté bien."

  Y entonces cayó.

  Su cuerpo se desplomó.

  La conciencia se desvaneció.

  Elyndra apenas reaccionó, tan atrapada en la tensión que no sintió la presencia hasta que ya estaba ahí, su mano se posó sobre la herida de Almira.

  Y el mundo cambió.

  Una luz verde estalló desde la palma de aquella figura, no como un simple resplandor, sino como una llama viva, líquida, profunda. La energía se derramó sobre la carne abierta y la selló como si nunca hubiera sido herida.

  No era ciencia. No era magia. Era algo más antiguo, más íntimo.

  Era vida, era un milagro.

  Elyndra alzó la vista y la reconoció de inmediato.

  —...Odette.

  Su rostro estaba tranquilo.

  Sereno. Inmutable ante el caos.

  No dijo una palabra hasta terminar. Y cuando lo hizo, su voz fue firme como una sentencia.

  —Pronto nos iremos de aquí. Quédate con ella.

  Dijo evitando su mirada. No podía verla. No aún.

  No después de pensar que esta situación le resultaba familiar.

  Fue entonces que la pelea se detuvo.

  Zheron y Shaknir, dos bestias danzando con acero, se separaron instintivamente. No por miedo. Sino por algo más profundo: asombro, lo que observaron ambos era algo imposible, había sanado la herida de Almira en casi un parpadeo.

  —?Cómo...? —murmuró Zheron, su respiración agitada— ?Cómo puedes hacer eso?

  Nunca lo había visto. Ni en la guerra, ni entre las filas de Khoron, ni siquiera en los archivos olvidados de su mundo.

  No una curación así. No esa fuerza. No esa paz.

  Pero fue lo que vino después lo que grabó la escena en su memoria para siempre.

  Odette se levantó, sin prisa, con la serenidad de quien ya ha tomado una decisión inquebrantable.

  Miró a la criatura. No con miedo, sino con una calma terrible, como si ya supiera el final de aquella historia.

  Y sin una palabra, extendió su mano.

  Una espada apareció. No cayó del cielo ni emergió del suelo, simplemente fue con un movimiento delicado, algo que parecía que el mundo había olvidado. Como si respondiera a lo que estaba a punto de sucede.

  El filo brillaba con un resplandor casi divino.

  Era fuerza. Era hielo. Era voluntad pura, concentrada en acero.

  Y entonces, atacó.

  No hubo grito.

  No hubo aviso.

  Solo movimiento.

  Un relámpago entre la nieve.

  Un huracán contenido en un cuerpo humano.

  Cada paso dejaba una estela congelada. Cada giro era un eco de antiguas batallas que nadie más podía recordar, que nadie existía ya para recordar.

  Zheron reaccionó por puro instinto. Paró un tajo que habría dividido su cuerpo. Retrocedió. Rodó. Contraatacó.

  Y aun así, estuvo a punto de caer.

  Odette no peleaba como los demás.

  No seguía escuela ni forma.

  Su era un estilo que antes habían visto:

  Era orgánico.

  Perfecto.

  La espada parecía moverse por sí sola, pero cada gesto era una extensión de su voluntad. Como si su cuerpo hubiera nacido con el don de manejar la espada perfectamente, una coordinación que nadie mas tenía.

  Zheron jadeó, forzado a retroceder de nuevo.

  Bloqueó un golpe, desvió otro. No había patrón. No había duda.

  Era como intentar razonar con una tormenta.

  Odette giró, cambió de ángulo, quebró su guardia con una facilidad humillante.

  No buscaba simplemente vencer.

  Estaba mostrando algo.

  Algo que había estado dormido mucho tiempo...

  y que ahora había despertado.

  El Segador apretó los dientes. Su orgullo herido era nada comparado con la certeza que lo invadía.

  Pero no se dejaría vencer tan fácilmente, esta vez los juegos se habían terminado.

  Reaccionó más rápido. Más brutal.

  Una tormenta sin pausa, sin respiro.

  Cada impacto hacía temblar el suelo helado bajo sus pies.

  Cada estocada tenía el peso de generaciones detrás.

  Zheron gritó, no de dolor, sino de rabia, de negación.

  Odette esquivó un tajo dirigido a su cuello y respondió con un giro impecable.

  Zheron apenas bloqueó, retrocedió, y volvió con un corte bajo que la obligó a saltar.

  Donde Odette era la perfección inmutable de un estilo que se había pulido con cada lucha, Zheron era adaptación brutal y un aprendizaje de cada enfrentemiento que ha tenido.

  Y en ese instante, mientras la hoja rozaba su cuello por tercera vez sin marcar carne,

  Zheron lo entendió.

  El clímax había llegado.

  Serwin yacía inconsciente, apenas a unos metros de la nave. Los motores rugían con furia contenida, ya encendidos, listos para despegar.

  Pero nadie se iba a ir sin ella.

  Othriel salió de la nave, y la tomó en brazos sin pensarlo dos veces. Su respiración era agitada, su mirada, firme.

  No iba a dejarlos morir allí. Mucho menos a Serwin.

  —?Creen que permitiré que se vayan como si nada?— rugió el coloso, su voz desgarrando el aire como una tormenta.

  El odio le hervía bajo la piel. Estaba a punto de acabar con ellos. Verlos escapar ahora era intolerable.

  Pero justo cuando se preparaba para embestir, una ráfaga de hielo golpeó su armadura.

  Un chasquido. Un crujido.

  Y la escarcha se extendió por su cuerpo como veneno.

  Sus movimientos se volvieron torpes. Más lentos.

  Por un momento, se detuvo, confundido.

  Eldric y Nyra miraron hacia la fuente.

  Allí estaba él. De pie junto a la entrada de la nave, su bastón en alto, cada disparo forjado con un esfuerzo casi sobrehumano yacía Drunken.

  —?Eldric... Nyra...!— gritó entre jadeos —Vuelvan a la nave... ?Ahora!

  Los cristales de hielo estallaban contra la piel del coloso, congelando partes de su estructura, debilitando sus movimientos.

  No lo detendrían, pero lo ralentizarían lo suficiente.

  Eldric se alzó desde la nieve. Sus músculos gritaban. Sus huesos dolían. Pero sus pasos fueron firmes.

  Nyra lo siguió.

  Ambos corrieron hacia la nave sin mirar atrás.

  El coloso no los detuvo. Solo los observó.

  Hasta que dejó de resistirse.

  Su cuerpo comenzó a brillar. Un rojo enfermizo recorrió sus venas como lava viva. El hielo se evaporaba al contacto.

  Los proyectiles de Drunken ya no surtían efecto.

  —Mierda...— murmuró Drunken, retrocediendo.

  El coloso rugió, y en un último estallido de furia, se lanzó hacia la nave.

  —?Othriel, ahora! — gritó Eldric.

  La nave ascendió con violencia, dejando un torbellino de viento y nieve a su paso.

  El coloso se lanzó, pero fue demasiado tarde.

  Sus garras rozaron el metal, pero no fue suficiente.

  Y desde el suelo, solo pudo observar cómo escapaban.

  Cómo se le escapaban.

  —Espera ?Y los demás? ?No podemos dejarlos ahí! -gritó Nyra, el alivio transformado en desesperación en ese momento.

  Drunken no respondió de inmediato. Su mirada seguía fija en la figura abajo, ese monstruo que aún brillaba con furia, impasible ante el frío.

  —Encontrarán la forma —dijo al fin, sin apartar los ojos— Estoy seguro. Por ahora... no podemos fallar la misión.

  Su voz temblaba. No de miedo, sino de convicción rota.

  Nyra apretó los pu?os. Quería creerle.

  Pero allá abajo...

  Ellos estaban con el tiempo en contra.

  La batalla entre Odette y Zheron alcanzaba un nuevo umbral de brutalidad. Cada choque de espadas resonaba como un trueno congelado.

  Ella era una tormenta recién nacida: veloz, precisa, imparable.

  Zheron, en cambio, empezaba a sentir el desgaste. Aunque al principio había jugado con sus enemigos, la llegada de esa mujer desconocida lo había descolocado.

  Su cuerpo aún respondía, pero su mente... dudaba.

  Retrocedió dos pasos. Observó, midió y calculó la situación donde se encontraba.

  Y justo entonces, un estruendo rompió el aire.

  Desde el fondo de la calle, el rugido de un motor resonó con furia.

  Un vehículo se aproximaba, derrapando en la nieve, y se detuvo junto a Almira y Elyndra.

  Era Lirael, quien había alcanzado el vehículo y ahora solo tenía un objetivo: escapar.

  —?Suban! —gritó al abrir la compuerta trasera.

  Elyndra no dudó. Apenas podía mantenerse en pie del miedo que esa criatura le provocaba, pero encontró fuerzas para lanzarse al interior cargando a Almira.

  Esperaban que los otros hicieran lo mismo.

  Que escaparan. Que sobrevivieran.

  Pero el mundo de Lirael se detuvo.

  Sus ojos se cruzaron con la figura frente a ellos.

  Su sangre se congeló.

  No podía ser.

  él era el que se enfrentó a Haleth.

  él fue el causante de aquella masacre.

  Y ahora... estaba frente a ella. Vivo.

  La esperanza que había mantenido enterrada se quebró como un cristal bajo el peso de la realidad.

  —?Maldito...! ??Cómo te atreves a aparecer aquí?! -gritó, era el grito de alguien que llevaba lágrimas en sus entra?as.

  Pisó el acelerador con furia, el vehículo avanzó a toda velocidad directo contra él.

  Zheron apenas giró el cuerpo, esquivándola como si fuera viento. El vehículo se deslizó y frenó de golpe justo frente a Shaknir, quien ya tenía claro qué debía hacer.

  Sin pensarlo, subió.

  Zheron los observaba con atención. Su mirada cambió. Había reconocido el vehículo.

  La memoria le devolvió una imagen: los encapuchados escapando.

  Todos, excepto uno, quien se quedó atrás para que pudieran huir.

  —Ya veo... — Murmuró— Así que eran ustedes los que viajaban con ese hombre.

  Mis condolencias. Fue un rival digno.

  Como lo es esa chica... y, tal vez, un poco, el joven.

  La burla en su voz era hielo y veneno.

  —?Odette! ?Tenemos que irnos ya! — gritó Shaknir desde el interior del vehículo, con el motor aún rugiendo.

  Ella lo escuchó. Lo supo. No era momento para su orgullo.

  Era momento de vivir.

  Y entonces, su arma cambió.

  Una transformación veloz, orgánica, como si su alma se alineara con el brazalete.

  Se formó un proyectil de hielo puro, tan denso y afilado que el aire a su alrededor crujió.

  Odette lo disparó con una determinación brutal.

  Zheron levantó su espada. No alcanzó a esquivar, solo pudo cubrirse. El impacto lo arrastró dos metros hacia atrás, la nieve explotando bajo sus pies.

  Ese instante fue suficiente, había ganado el tiempo que necesitaba. Subió al vehículo, y la puerta se cerró con un estruendo metálico.

  El vehículo arrancó, alejándose del monstruo... al menos por ahora.

  Pero no todo eran buenas noticias.

  Un sonido sutil. Un crack quebrado y triste.

  El brazalete de Odette se había roto.

  —?Crees que ellos lo hayan logrado? — Susurró Shaknir, con la mirada fija en el brazalete agrietado de Odette.

  Pero ella no respondió, no tenía esa respuesta, no sabía si alguien también se había enfrentado a ellos.

  Pero antes de que la angustia pudiera asentarse, algo cambió allá arriba.

  Un haz de luz rompió la penumbra del cielo.

  Era la nave de Othriel.

  Volaba en un ascenso firme, dejando tras de sí un rastro brillante entre la nevada.

  Desde la distancia, el grupo en tierra la divisó con claridad.

  A salvo.

  Habían escapado.

  Y desde lo alto, en la cabina de mando, Nyra también los vio.

  —?Ahí están...! - Dijo al borde del llanto, aliviada.

  Serwin, aún inconsciente, descansaba al fondo, mientras Drunken y Eldric contenían la tensión en sus cuerpos.

  Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de Othriel.

  Allí, entre la inmensidad helada y la oscuridad que los había rodeado,

  habían sobrevivido.

  Ambos grupos.

  Y esa noche,

  entre ruinas, espectros del pasado y el peso del dolor...

  Sobrevivieron.

  El silencio cayó como una losa sobre la ciudad congelada.

  Dos figuras permanecían entre los escombros, sus sombras alargadas por la luz sin vigor de la luna. Zheron, el Segador, respiró con furia contenida, sus manos, aún temblorosas, apretadas en pu?os. Las cicatrices invisibles de la batalla ardían más que las heridas físicas. Nadie había desafiado su hoja de esa manera. Nadie humano.

  —?Maldición! —Su grito desgarró la noche, un sonido primitivo que resonó entre las monta?as como un lamento de bestia herida.

  Y las monta?as respondieron.

  Desde las cumbres lejanas, una silueta oscura se alzó contra el cielo. Alas enormes, desplegadas como un manto de muerte, cortaron el viento helado. El Búho de Hielo y junto con él, Khoron había acudido al llamado.

  La cacería comenzaba.

  Khoron llegó junto al Coloso, su presencia tan fría como el paisaje que los rodeaba. El gigante no se movió, sus ojos fijos en el horizonte donde la nave había desaparecido.

  —?Lo ves ahora? —murmuró Khoron, su voz un susurro de escarcha—. él nos guio hasta aquí.

  El Coloso no respondió. Pero en su silencio, había una verdad incómoda.

  —El libro... —continuó Khoron, los dedos rozando el filo de su daga—. él lo tiene. ?O prefieres seguir jugando a perseguir sombras?

  El aire se tensó. Algo más peligroso que la ira brilló en los ojos del Coloso: la duda.

  El viento aulló entre las ruinas heladas, arrastrando consigo el eco del grito de Zheron. Khoron observó cómo el Segador clavaba sus dedos en la nieve, como si intentara arrancarle al suelo su frustración. Sangre oscura goteaba de sus nudillos agrietados.

  —Por lo pronto... ahora sabemos a dónde van —murmuró Khoron, su voz tan afilada como el filo de su daga—. Prepárate. Será un viaje largo... y dudo que Zheron quiera acompa?arnos.

  El Coloso giró lentamente la cabeza hacia él. Sus ojos, dos pozos de oscuridad bajo el yelmo retorcido, brillaron con algo que no era ira, sino reconocimiento. Ambos sabían la verdad: Zheron ya no cazaba por órdenes. Lo hacía por vergüenza.

  Y eso lo volvía impredecible.

  Khoron se retiró hacia las sombras, sus pasos dejando marcas efímeras en la escarcha. Detrás de él, el Coloso permaneció inmóvil, contemplando el horizonte donde la nave había desaparecido. El Búho de Hielo surcaba el cielo en círculos cada vez más amplios, como si olfateara el rastro de su presa.

  El viaje había comenzado.

  Pero esta vez, no eran solo cazadores...

  Eran fantasmas del pasado, listos para cobrarse una deuda.

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