Adrian dejó atrás a Selene e Iris en la entrada de la biblioteca. Sus voces y la risa juguetona de Iris se fueron apagando mientras él caminaba en dirección contraria, de regreso al ala este. No quería investigar más pasillos ni ver más rostros vacíos; necesitaba la soledad de su habitación.
Al entrar en su dormitorio, la puerta se selló tras él con un clic magnético casi imperceptible. El silencio de la estancia era denso, procesado por los paneles acústicos ocultos tras el papel pintado victoriano. Se sentó frente al escritorio de roble y, con un simple toque en la madera, el sistema de retroiluminación táctil se activó, sustituyendo la luz mortecina de un candil que chisporroteaba por un haz de luz blanca y fría que emanaba directamente de la veta del mueble.
No necesitaba libros de texto ni manuales de criminología. Colocó sus manos sobre el cuaderno rojo y cerró los ojos. Al instante, el mundo físico se desvaneció, sustituido por una neblina densa y gélida. Adrian no estaba imaginando. Estaba dentro.
Poseía un don que ocultaba al resto del mundo: podía proyectar su conciencia en la mente de los depredadores. No era solo análisis; era una conexión sobrenatural. A través de los ojos del asesino, Adrian entendió la lógica del monstruo. El modus operandi era aterradoramente sencillo y cruel.
El asesino observaba durante meses a dos personas con un vínculo emocional inquebrantable. En este caso, Elena y su hermana mayor, Clara. Dos mujeres adultas e independientes, pero que lo eran todo la una para la otra. Los tiempos estaban calculados al milímetro: capturaba a Clara en un punto ciego de su rutina, sedándola, para luego atraer a Elena a un lugar aislado.
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El asesino no buscaba solo un cuerpo; buscaba un testigo. Ataba a Elena y la obligaba a mirar mientras ejecutaba a Clara con una lentitud insoportable. Adrian sintió la lengua del asesino humedecer sus labios secos. Sintió el hambre, una necesidad física de ver el dolor reflejado en los ojos de la hermana superviviente.
—Mírame —susurró el asesino en la visión de Adrian.
Su objetivo real no era matar a una persona, sino destruir a la otra en vida, llevándola al nivel máximo de la locura. Disfrutaba, se excitaba viendo el rastro de terror y pánico que recorría la mirada de Elena. Ahí es donde el asesino comprendía que solo él tenía el poder de elegir quién moría y quién quedaba con vida; esa capacidad de decisión le otorgaba una sensación de poder casi divina. Quería crear a alguien que cargara con la imagen del asesinato cada segundo del resto de sus días: un testigo eterno de su crueldad.
De repente, la conexión se volvió demasiado real. Antes de que Adrian pudiera retirar su mente, el asesino detuvo el arma. Lentamente, giró la cabeza hacia arriba, hacia la nada donde Adrian observaba. Por un segundo eterno, el monstruo sintió la presencia intrusa. No vio su rostro, pero sus ojos vacíos buscaron la conciencia de Adrian con una intensidad que casi le detiene el corazón.
Adrian desconectó de golpe.
Se quedó allí, tumbado en la penumbra del suelo de su habitación, con el corazón golpeando sus costillas. Acababa de descubrir la regla más peligrosa de su don: los asesinos podían sentir su presencia. Tenía que pulir sus habilidades o terminaría siendo consumido.
Sin embargo, mientras recuperaba el aliento, una certeza amarga se instaló en su pecho. En el fondo, sabía que esa era la única manera de convertirse en el mejor cazador. Para vencerlos, tenía que pensar, actuar y sentir como ellos, utilizando esa misma oscuridad en su contra. Lo que Adrian no sospechaba, mientras se limpiaba el sudor de la frente, era que no era el único con ese poder. Existía otra persona igual a él, pero esa persona no jugaba en su bando.
Se puso en pie. Ma?ana, en el Salón de los Espejos, Dragonhall conocería por fin de lo que era capaz un Vane.

