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La vida también es humana

  Carlos golpeó suavemente el botón de la alarma y el pitido insistente se detuvo. Se quedó unos segundos mirando el techo, todavía sintiendo el leve cosquilleo del otro mundo en la piel, como si la noche pasada no hubiera sido solo un sue?o. Un pensamiento le recorrió la mente: debía disculparse con Rashak por haberse marchado tan de repente.

  Miró el calendario de su habitación. Miércoles. La semana aún estaba en marcha. El fin de semana prometía más tiempo para dormir y, sobre todo, para explorar sin preocuparse por la alarma ni por las clases, pero por ahora no podía evitar la rutina humana. Suspiró y se levantó, dejando que el uniforme escolar se acomodara sobre su cuerpo.

  Bajó a la cocina. El olor del café y el pan tostado le dio una sensación de normalidad que contrastaba con la intensidad del otro mundo. Miguel ya estaba en la mesa, hojeando un periódico, y Sara jugaba con una tostada, sin dejar de sonreír.

  —Buenos días —saludó Carlos, mientras se servía un poco de leche.

  —Eh, buen día —respondió Miguel, apenas levantando la vista—. Dormiste bien.

  Sara, por su parte, lanzó un peque?o suspiro y dijo:

  —?Otra vez so?ando despierto?

  Carlos se limitó a sonreír, algo distraído, y comentó:

  —Algo así. Nada que valga la pena explicar.

  Tras un desayuno rápido y algunas conversaciones triviales con sus hermanos, salió de casa. El aire fresco de la ma?ana le golpeó la cara y le recordó que, por más increíble que fuera el otro mundo, la vida humana no se detenía. Caminaba por las calles conocidas, escuchando los sonidos habituales: autos que pasaban, pasos de otros estudiantes y el murmullo de la ciudad despertando.

  No pasó mucho tiempo antes de que alguien se acercara corriendo desde la acera opuesta. Era su amiga más cercana, la persona con la que menos tenía que fingir, y una sonrisa amplia iluminaba su rostro.

  —?Carlos! —dijo, saludándolo con entusiasmo—. ?Qué temprano vienes hoy!

  Carlos correspondió la sonrisa, sintiéndose más ligero que con cualquiera de sus compa?eros. Con ella, no había máscaras, no había gestos que imitar ni palabras que escoger con cuidado. Solo podía ser él mismo, o al menos lo más cercano a ello que recordaba.

  —Buenos días —dijo, caminando a su lado—. Sí, hoy me tocó madrugar.

  —?Te pasó algo divertido ayer? —preguntó ella, con curiosidad genuina, mientras ajustaba la mochila sobre su hombro.

  Carlos no respondió de inmediato. Sus pensamientos aún estaban a medio camino entre el gremio, la bola de cristal y la placa que sostenía entre sus manos en la memoria de la noche. Pero la sensación de normalidad, la simpleza de esa pregunta, lo ancló de nuevo a la rutina.

  —Ya… ya veremos después —murmuró, con una leve sonrisa—. Pero sí… fue interesante.

  Mientras continuaban caminando hacia la escuela, Carlos sintió que, aunque debía regresar a la vida humana por ahora, algo dentro de él ya estaba preparado para lo que vendría. El otro mundo lo esperaba, pero también había momentos humanos que debía vivir, y quizá entenderlos a ambos sería la clave para no perderse a sí mismo.

  Carlos caminaba a paso ligero junto a Sandra, disfrutando de la facilidad de no tener que fingir nada con ella. Se permitió una sonrisa un poco traviesa mientras la miraba de reojo.

  —Oye —empezó, bromeando—, ?y por qué no viniste estos últimos dos días a clase? Me dejaste abandonado sin previo aviso, ?sabes? Creo que tendré que demandarte por maltrato.

  Sandra lo miró con los ojos entrecerrados, fingiendo indignación, y luego soltó una risa suave.

  —?Maltrato? —replicó con tono burlón—. Sería más bien maltrato animal, así que tendrás que consultarlo primero con la ley de la fauna antes de presentar la demanda.

  Carlos se echó a reír, caminando un par de pasos más rápido para alcanzarla cuando ella intentaba esquivarlo.

  —Ah, entonces tengo que contratar a un abogado especializado en derechos de mascotas. Perfecto, tengo contactos —dijo, manteniendo la broma mientras golpeaba suavemente su hombro.

  —?Bah! —dijo ella, riéndose y cubriéndose un poco con la mochila—. No tienes nada que hacer, así que olvídalo.

  El intercambio de bromas continuó mientras doblaban la esquina y el instituto apareció frente a ellos. El edificio, con su fachada gris y ventanas altas, parecía mucho menos intimidante que otras ma?anas. La risa de Sandra y su manera de caminar ligera hacían que todo se sintiera más fácil de soportar.

  —Bueno, me toca entrar —dijo Sandra, deteniéndose frente a la puerta principal—. Pero prometo que a la salida te explico todo lo que pasó y por qué no pude venir estos dos días.

  Carlos asintió, aún sonriendo.

  —Está bien, estaré esperando. No me hagas sufrir demasiado, ?eh?

  —Tranquilo —respondió ella con un gui?o—. Ya verás.

  Y con eso, Sandra se adelantó unos pasos y entró al instituto, mientras Carlos permanecía unos segundos en la puerta, observando cómo desaparecía entre la multitud de estudiantes que comenzaba a llenar el patio. La rutina humana lo reclamaba de nuevo, pero la sensación de que había algo pendiente, algo que descubriría más tarde, le daba una ligera chispa de anticipación en medio de la monotonía de la ma?ana.

  Carlos cerró la mochila con un suspiro y la acomodó sobre su hombro justo cuando escuchó pasos rápidos acercándose. Era Sandra, que venía con una sonrisa brillante y ojos curiosos.

  —?Hey! —saludó—. ?Qué haces solo en el recreo? Podríamos ir a comer algo juntos, ?no?

  Carlos se detuvo un momento, mirándola. Luego negó con la cabeza, un poco avergonzado:

  —La verdad… no traje nada para comer —admitió, rascándose la nuca—. Así que… supongo que estoy arruinado.

  Sandra soltó una risa ligera y divertida, casi burlona, y puso una mano sobre su hombro.

  —No te preocupes —dijo—. Yo te prestaré algo para que comas. Vamos, no pasa nada.

  Carlos sintió un leve alivio y asintió rápidamente.

  —Gracias… de verdad —respondió—. No sabía qué iba a hacer.

  Comenzaron a caminar juntos por los pasillos del instituto, buscando un lugar tranquilo para sentarse. La multitud del recreo llenaba los corredores de voces, risas y pasos rápidos. Cada grupo parecía tener su propio peque?o mundo, pero Carlos estaba demasiado concentrado en Sandra para notarlo del todo.

  Finalmente llegaron al patio. La luz del sol de media ma?ana caía sobre los bancos de madera y las peque?as áreas verdes. Había estudiantes sentados en grupos, conversando o jugando con alguna pelota, pero todavía quedaban espacios libres. Buscaron un banco vacío y se acomodaron, sacando los bocadillos que Sandra había traído y sonriendo ante la situación.

  Mientras empezaban a comer, Sandra suspiró y miró a Carlos con una expresión un poco seria, aunque suave.

  —Bueno… te contaré por qué no fui al instituto estos dos días —empezó—. Mi madre no pudo llevarme.

  Carlos arqueó una ceja, curioso.

  —?Volvió a pasar otra vez? —preguntó, recordando algo que ella le había comentado en el pasado.

  Sandra asintió, comiendo un peque?o bocado antes de continuar.

  —Sí… sucede de vez en cuando. Mi madre desaparece y reaparece sin avisar, como antes. Tal vez una semana al mes, o algo así. Es raro, pero ya me estoy acostumbrando.

  Carlos tragó saliva, procesando la información.

  —?Y esta vez?

  Ella bajó un poco la voz, como si no quisiera que alguien más escuchara.

  —Volvió ayer por la noche… y no habló con nadie. Simplemente entró a su habitación y se encerró. No dijo nada, no me miró, nada. Solo… desapareció de la vida diaria por unas horas.

  Carlos asintió lentamente, sin saber muy bien qué decir. Las historias de desapariciones y silencios eran comunes en libros y animes, pero escuchar algo así en la vida real le resultaba extra?o, inquietante incluso.

  —Vaya… —murmuró, finalmente—. Eso suena difícil.

  Sandra encogió los hombros, tomando un sorbo de su bebida.

  —Lo es, pero ya aprendí a no preocuparme demasiado. La escuela sigue, los amigos están… y supongo que hay cosas que no puedes cambiar.

  Carlos asintió de nuevo, contemplando su propia vida. Mientras Sandra hablaba, no podía evitar pensar en el contraste con su otra realidad. En un mundo donde podía explorar, probar habilidades y enfrentarse a lo desconocido, todo parecía tangible, controlable. Aquí, en el mundo humano, incluso algo tan simple como la vida familiar podía ser impredecible y desconcertante.

  Sin embargo, el simple hecho de estar ahí con Sandra, riéndose y compartiendo un peque?o almuerzo improvisado, le dio una sensación de calma que necesitaba antes de regresar a la rutina de clases aburridas y pasillos llenos de gente. Y mientras escuchaba a Sandra explicar lo ocurrido, Carlos decidió que, aunque el otro mundo lo llamara con urgencia, también podía aprender algo valioso aquí: paciencia y observación. Dos habilidades que, probablemente, le servirían mucho más de lo que imaginaba.

  Carlos terminó de escuchar a Sandra y, aunque no sabía exactamente qué decir para hacerla sentir mejor, intentó consolarla como pudo. Le puso una mano suave sobre el hombro y sonrió con calma, buscando transmitir algo de apoyo sin palabras:

  —Bueno… tal vez no puedes controlar todo lo que pasa —dijo con voz baja—, pero no tienes que cargarlo sola. Siempre tienes a alguien que te escucha.

  Sandra asintió ligeramente, con una expresión que mezclaba gratitud y un toque de tristeza. Por un momento permanecieron en silencio, compartiendo ese espacio de tranquilidad, hasta que el timbre sonó, marcando el final del recreo y obligándolos a regresar a sus respectivas clases.

  —Tenemos que volver —dijo Carlos suavemente, levantándose y ajustándose la mochila sobre el hombro—. Pero… bueno, gracias por contarme.

  Antes de separarse, Sandra dio un paso hacia él y le dio un abrazo rápido, cálido y reconfortante.

  —Nos vemos a la salida —susurró, separándose y caminando hacia su aula.

  Carlos asintió, con un peque?o gesto de despedida, mientras la observaba alejarse por el pasillo. Luego giró y se dirigió lentamente a su propia clase, notando cómo el murmullo de estudiantes llenaba el aire mientras regresaban a sus asientos.

  Al sentarse de nuevo en su lugar habitual, junto a la ventana, Carlos suspiró. Las clases volvieron a desarrollarse con la misma monotonía de siempre: el profesor de turno hablaba sin levantar mucho la voz, explicaba fórmulas, reglas gramaticales o historia, y asignaba tareas con la seguridad de que muchos estudiantes apenas prestarían atención. Carlos tomó apuntes mecánicamente, pero su mente seguía vagando, recordando la sensación de la bola de cristal, la placa de aventurero, y los planes que tenía para esa noche.

  El día continuó de la misma manera: risas ocasionales por alguna broma del gracioso de la clase, compa?eros intercambiando sus opiniones y comentarios, el zumbido constante del ventilador, el sonido de los lápices golpeando el papel. Todo era repetitivo, predecible. Todo lo que había vivido como Carlos en el mundo humano contrastaba con la intensidad y colorido del otro mundo.

  Finalmente, la última hora llegó. El profesor escribió los últimos ejercicios en la pizarra y explicó con desgana, consciente de que la mayoría de los estudiantes estaban contando los minutos para el final de la jornada. Carlos apenas levantó la mirada, copiando con cuidado y contando mentalmente los segundos que lo separaban del timbre.

  —Listo, clase terminada —dijo el profesor, dejando que los estudiantes recogieran sus cosas.

  Carlos respiró aliviado. Recogió su mochila con calma, asegurándose de tener todos sus apuntes y el móvil, y salió del aula entre el murmullo de sus compa?eros que hablaban sobre planes para la tarde. Caminó por los pasillos con paso relajado, disfrutando de la rutina humana que, aunque monótona, le daba cierto sentido de normalidad.

  Al llegar a la puerta principal, se detuvo un instante y miró hacia el patio, buscando a Sandra. La vio acercándose con su mochila sobre el hombro y una sonrisa ligera en el rostro. Carlos la saludó con un gesto y, mientras se reunían, notó que la transición entre ambos mundos estaba latente en cada sensación: el aire fresco de la tarde, el sol bajando lentamente, y el ligero cosquilleo de anticipación que le recordaba que esa noche volvería a ser Loranm.

  Juntos comenzaron a caminar por el camino de regreso, entre conversaciones triviales y risas suaves, mientras Carlos sentía cómo la monotonía del mundo humano se mezclaba con la expectativa de la aventura que lo esperaba al caer la noche. Cada paso era un recordatorio de que, aunque la escuela podía ser aburrida y repetitiva, aún había algo que le daba sentido a sus días: la conexión con los demás y la certeza de que, más tarde, volvería a un lugar donde todo era posible.

  Carlos caminaba junto a Sandra por la acera, dejando que el aire fresco de la tarde les golpeara suavemente el rostro. La conversación fluía tranquila, entre risas leves y comentarios sobre la escuela, cuando ella, sin mucha ceremonia, sacó un cigarro del bolsillo de su chaqueta y lo encendió.

  Carlos la miró de reojo, un poco sorprendido, y dijo con tono serio pero calmado:

  —Sabes que no me gusta que fumes…

  Sandra lo miró, ladeando la cabeza con un gesto de reproche mezclado con diversión:

  —No te molestes —respondió—. Tú también fumabas cuando estabas estresado. No es nada nuevo.

  Carlos arqueó una ceja, recordando vagamente aquellos días y el aire de rebeldía adolescente que compartían algunas veces. Sandra le ofreció el cigarro con un gesto despreocupado.

  —?Quieres probar? —dijo con una sonrisa traviesa.

  Carlos negó con la cabeza de inmediato.

  —No, gracias —respondió, firme.

  Ella aceptó la negativa con naturalidad y dio una larga calada a su propio cigarro, dejando que el humo se disipara lentamente a su alrededor.

  —Oye… —comenzó Sandra, rompiendo el silencio—, ?qué tal van las cosas con tu familia?

  Carlos encogió ligeramente los hombros, caminando con paso tranquilo mientras pensaba en cómo responder.

  —Como siempre —dijo finalmente, de manera vaga—. Un par de conversaciones con mis hermanos, algunas palabras con mis padres… pero poco más. O están trabajando, o estudiando, o durmiendo. Apenas hablamos. Cada uno va a lo suyo.

  Hubo un silencio breve mientras ambos caminaban. Carlos a?adió, con un tono que mezclaba tristeza y resignación:

  —Supongo que ya me acostumbré…

  Sandra soltó otra calada de su cigarro, observando cómo el humo se dispersaba con el viento.

  —Vaya rollo —dijo finalmente, exhalando suavemente—. Yo hasta el lunes de la semana que viene no tendré móvil y estoy que me muero de aburrimiento en casa. Me la paso jugando con la Nintendo Switch todo el día. Y como no me apetece estudiar, pues no hago otra cosa que eso…

  Carlos asintió lentamente, escuchándola y dejando que la monotonía de su mundo humano se mezclara con la charla despreocupada de su amiga. Aunque aburrido, aquel tipo de conversación le daba un respiro, un momento de normalidad antes de regresar a la rutina del instituto y de, por la noche, volver a ser Loranm.

  El camino continuó con el murmullo de sus voces, los pasos resonando sobre la acera, y el sol cayendo lentamente en el horizonte, pintando de naranja y rosa los edificios alrededor. Era un momento sencillo, cotidiano, pero suficiente para que Carlos sintiera que, incluso en su mundo humano, había algo que valía la pena.

  Carlos y Sandra caminaban despacio por la acera mientras el sol comenzaba a descender, proyectando sombras alargadas sobre la calle tranquila. A medida que se acercaban a la zona donde vivía Sandra, Carlos se detuvo y la miró de reojo.

  —Oye… —dijo, con un leve tono de advertencia—. Creo que ya deberías terminarte el cigarro. Estamos cerca de tu casa y seguro que no querrás que tu madre te vea fumando.

  Sandra asintió, sin dejar de sonreír, y se apoyó contra la pared justo al lado de Carlos. Sostuvo el cigarro con tranquilidad mientras daba una última calada lenta.

  —Ojalá que las cosas fueran más sencillas —susurró, casi más para sí misma que para él—. Algo emocionante de vez en cuando, pero no tan agotador… que los días no fueran una carrera constante y que todos los momentos fueran como este. Dos amigos caminando tranquilamente por la calle, sin nada que hacer, sin preocupaciones…

  Carlos la miró y asintió, comprendiendo perfectamente lo que decía.

  —Sí… si fuera así, la vida sería más fácil de llevar —dijo, con un leve tono de nostalgia—. Sin prisas, sin estrés… pero, al mismo tiempo, creo que sería demasiado monótona. Muy aburrida.

  Sandra soltó una risa ligera, exhalando el último humo del cigarro antes de pisarlo con cuidado en la acera, apagándolo por completo.

  —Tienes razón —dijo, girándose hacia él con una sonrisa traviesa—. No todo puede ser perfecto.

  Entonces se apartó un poco, mirándolo directamente y extendiendo los brazos hacia él, haciendo un gesto exagerado y divertido.

  —?Adiós? —preguntó, como si necesitara confirmación.

  Carlos sonrió, se giró y la abrazó con suavidad.

  —Hasta ma?ana, enana —susurró, con un toque de calidez en la voz.

  Sandra soltó una risa suave y respondió, con los ojos brillantes:

  —Hasta ma?ana.

  Se separaron lentamente, todavía sonriendo, y Carlos la vio entrar por la puerta de su casa mientras la luz del atardecer ba?aba la calle. El momento era simple, tranquilo y humano, un peque?o respiro entre las responsabilidades del instituto y las aventuras que lo esperaban cuando volviera a ser Loranm. El mundo parecía contenerse por un instante, permitiéndole disfrutar de algo tan cotidiano y a la vez tan significativo.

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  Carlos retomó el camino a casa con un ligero hormigueo de emoción recorriéndole la espalda. Cada paso lo acercaba a la rutina humana que debía atravesar antes de volver al otro mundo, pero a la vez le recordaba lo que le esperaba por la noche: calles de madera iluminadas por faroles, el gremio, la bola de cristal y todas las posibilidades que su forma de Loranm le ofrecía. Respiró hondo, dejando que esa anticipación lo llenara de energía mientras doblaba la última esquina que daba a su calle.

  Al llegar, entró directamente a la cocina, evitando cualquier distracción innecesaria. Allí estaba su padre, Keniichi, revisando unas facturas mientras tomaba un sorbo de café. Al verlo entrar, levantó la mirada y esbozó una sonrisa.

  —Hola, Carlos —dijo, con voz calmada pero firme—. ?Qué tal el instituto hoy?

  —Como siempre —respondió Carlos con un encogimiento de hombros, tomando asiento en la mesa.

  Kenichi suspiró ligeramente y le lanzó otra pregunta, esta vez con un tono más serio:

  —?Ya estudiaste inglés y lengua?

  Carlos dejó caer la mirada, dejando escapar un leve suspiro de desgana.

  —Más tarde… después de comer —contestó, arrastrando un poco las palabras, evidenciando la pereza que sentía.

  Su padre frunció el ce?o y dejó el vaso sobre la mesa con un ligero golpe.

  —Carlos… —empezó con voz firme—. Me acaba de llegar una notificación del instituto. Dicen que no estuviste atento en clase y que te llamaron la atención. No puedes seguir así. Debes sacar buenas notas, aprender a concentrarte, y hacer un par de cosas más si quieres tener un buen futuro. No puedes ser tan vago. Debes organizarte, poner esfuerzo y pensar en lo que quieres lograr.

  Carlos permaneció sentado, escuchando la bronca mientras su padre enumeraba los puntos, algunas veces asintiendo con la cabeza y otras mirando al plato vacío frente a él. Finalmente, suspiró y decidió cortar la tensión de la mejor manera que podía en ese momento: sacó un sobre de comida instantánea de su mochila.

  —Voy a preparar esto —dijo, intentando sonar neutral—. Así cenaré y luego me pongo con los deberes.

  Kenichi lo observó un instante, y aunque todavía tenía una expresión de leve preocupación, no insistió más. Carlos preparó el sobre con cuidado, el olor de la comida caliente llenando la cocina y creando una sensación de normalidad que contrastaba con la intensidad de lo que había vivido durante la noche anterior.

  Durante la cena, su padre comenzó a hablar de manera más ligera, intentando suavizar el ambiente después de la bronca. Preguntó por la escuela, cómo se llevaba con los compa?eros, y finalmente tocó temas personales, como si tenía novia o si había alguien que le gustara.

  Carlos respondió de diversas maneras: algunas con seriedad, otras con ironía y alguna que otra con guasa, haciendo que Kenichi sonriera un par de veces ante sus respuestas ingeniosas. La conversación fluyó con tranquilidad mientras la cena llegaba a su fin.

  Cuando terminó de comer, Carlos se levantó, dejó el plato en el fregadero y se despidió de su padre:

  —Bueno, me voy a mi habitación. Buenas noches, papá.

  —Buenas noches, Carlos —respondió Kenichi—. No olvides estudiar luego.

  Carlos asintió mientras subía las escaleras, llegando a su habitación. Cerró la puerta, dejando atrás la luz cálida de la cocina, y comenzó a cambiarse de ropa. El uniforme escolar quedó doblado sobre la silla, y él se puso ropa cómoda para dormir. Cada movimiento era lento, casi ritual: al prepararse, sabía que pronto cerraría los ojos y despertaría como Loranm, listo para explorar el otro mundo.

  Se recostó en la cama, ajustando la manta sobre su cuerpo, y dejó que sus pensamientos se dispersaran entre la expectativa y la ansiedad: qué lugares recorrería, qué habilidades probaría, y cómo esa noche podría superar sus propios límites. El mundo humano se apagaba poco a poco mientras la puerta hacia la fantasía se abría otra vez, prometiendo aventuras y sorpresas que lo esperaban al otro lado del sue?o.

  Carlos permaneció un rato inmóvil en la cama, incapaz de dejar de pensar en lo que le esperaba. La emoción de volver al otro mundo le aceleraba el pulso y hacía que sus párpados se resistieran a cerrarse. Sus manos jugaban con la sábana, giraba de lado a lado y contaba mentalmente los segundos hasta que, finalmente, el sue?o lo venció.

  Cuando abrió los ojos de nuevo, el ambiente era completamente distinto. Estaba tirado en el suelo de su habitación, con la cara apoyada contra la madera fría. Respiró hondo, sintiendo la familiar mezcla de energía y quietud que solo el mundo de Loranm podía ofrecerle. Lentamente se incorporó, poniéndose de rodillas y luego de pie, y sus ojos recorrieron la habitación: las paredes de madera, la ventana con cortinas que dejaban entrar una luz tenue, la mesa con algunos pergaminos y frascos, y el aroma ligero de hierbas secas en el aire.

  Carlos notó que no tenía la llave en la mano. Su corazón dio un peque?o brinco al recordar que la necesitaba para entrar o salir de ciertos lugares del mundo. Miró a su alrededor y finalmente la vio en el suelo, medio oculta por la alfombra. Se agachó y la recogió, guardándola cuidadosamente en su bolsillo.

  —Bien —murmuró, respirando hondo—. Ahora… debo ir al gremio y disculparme con Rashak.

  Sin perder tiempo, salió de su habitación y bajó las escaleras con pasos ligeros. Al llegar al vestíbulo del gremio, la dependienta ya estaba allí, ocupada con algunas tareas de limpieza y anotaciones. Al verlo, le sonrió y dijo:

  —?Buenos días!

  Carlos correspondió con la misma cortesía, respondiendo:

  —?Buenos días!

  Sin detenerse mucho, le entregó la llave que había guardado.

  —Gracias —dijo ella—. La recibo con cuidado.

  —No hay problema —respondió Carlos, guardando la sonrisa mientras se dirigía hacia la puerta de salida, decidido a llegar al gremio.

  Al llegar, la chica que lo había atendido antes estaba detrás del mostrador, organizando algunos pergaminos y notas. Al verlo, levantó la mirada y le saludó con cordialidad:

  —?Hola de nuevo!

  Carlos se acercó, intentando iniciar conversación, pero un peque?o detalle lo detuvo: no recordaba su nombre. Respiró hondo y preguntó con un tono respetuoso pero un poco nervioso:

  —Eh… disculpa, ?cuál es tu nombre?

  La dependienta sonrió con amabilidad:

  —Mi nombre es Elira.

  Carlos asintió, agradecido por la información, y continuó:

  —?Sabes si Rashak está aquí ahora?

  Elira lo miró y contestó:

  —Posiblemente llegue en unos cinco minutos. Puedes esperarlo aquí si quieres.

  Carlos hizo un gesto afirmativo, tomando una respiración profunda. La anticipación lo recorrió de nuevo, y mientras esperaba, sus ojos recorrieron los detalles del gremio: las paredes de madera, los tablones con anuncios, las peque?as armas y pergaminos expuestos. Cada rincón le recordaba la sensación de pertenencia que sentía como Loranm, y la urgencia de disculparse con Rashak lo mantenía firme en su lugar, listo para actuar en cuanto él llegara.

  Carlos permaneció apoyado cerca del mostrador, esperando. Los cinco minutos se le hicieron largos, no porque el tiempo pasara lento, sino porque su mente no dejaba de moverse. Mientras tanto, Elira seguía organizando pergaminos y anotaciones, y de vez en cuando intercambiaban algunas palabras.

  —Así que… ?es tu segundo día como aventurero? —preguntó ella, sin dejar de ordenar.

  —Algo así —respondió Carlos—. Todavía estoy intentando no perderme en todo esto.

  Elira sonrió.

  —Es normal. Al principio todos estamos un poco desubicados. El gremio ayuda a poner orden… o al menos lo intenta.

  Carlos asintió, observando el interior del lugar con más calma que la noche anterior. Ahora, con la luz del día entrando por las ventanas, el gremio parecía distinto: más vivo, más real. Aventureros entrando y saliendo, algunos con armaduras gastadas, otros riendo en peque?os grupos, todos con una historia que él todavía no conocía.

  Entonces, la puerta se abrió.

  Rashak entró con paso relajado, mirando alrededor como si el lugar le perteneciera. Al ver a Elira, levantó una mano a modo de saludo.

  —Buenos días.

  —Buenos días, Rashak —respondió ella.

  Carlos se giró de inmediato.

  —?Rashak!

  El hombre lagarto lo miró un segundo y luego sonrió ampliamente.

  —Vaya, si es el novato madrugador.

  Carlos no perdió tiempo. Dio un peque?o paso al frente e inclinó ligeramente la cabeza.

  —Quería disculparme por irme tan de repente anoche. No fue muy educado por mi parte.

  Durante un segundo, Rashak lo observó en silencio… y luego soltó una carcajada grave. Se acercó y le dio un par de golpes amistosos en la espalda, lo suficientemente fuertes como para hacerle perder el equilibrio un instante.

  —No te preocupes por eso —dijo—. A cualquiera le pasa. Eso sí… la próxima copa la pagas tú.

  Carlos parpadeó, sorprendido, y luego se rió.

  —Entonces tendré que hacer algún trabajo primero —respondió—. Porque ahora mismo estoy bastante… en bancarrota.

  Elira intervino, apoyando los codos en el mostrador.

  —Si es por eso, puedes mirar las misiones de rango F y F+ del tablón. Con eso suele bastar para conseguir algo de dinero rápido.

  Los ojos de Carlos se iluminaron.

  —?En serio? —miró a Rashak con entusiasmo—. ?Crees que podríamos ir a alguna misión juntos?

  Rashak lo observó de arriba abajo, evaluándolo como lo haría un hermano mayor antes de dejarte hacer algo peligroso. Finalmente, asintió.

  —Claro. Así de paso ves cómo funcionan las cosas de verdad. Ven.

  Lo guió hasta el tablón de misiones, una gran pared de madera cubierta de pergaminos sujetos con clavos y cuerdas. Carlos se acercó casi pegando la cara, leyendo uno tras otro con emoción contenida.

  —Recolectar hierbas medicinales… —Escolta de mercancía en tramo corto… —Ahuyentar bestias peque?as cerca del camino…

  La mayoría eran trabajos sencillos. Los pagos, sin saber todavía cuánto valían, parecían modestos: una o dos monedas de plata, a veces algunas de bronce.

  —Oye —dijo Carlos, rascándose la mejilla—. Rashak… pregunta un poco tonta, pero… ?cómo funciona el dinero aquí?

  Rashak soltó una peque?a risa y cruzó los brazos.

  —Nada tonto. Mira, es simple.

  Las monedas de bronce son lo más común: comida barata, una noche en un motel sencillo, cosas así.

  Diez monedas de bronce hacen una de plata. Con plata ya puedes pagar misiones, equipo básico o una buena comida.

  Y luego está el oro. Cien monedas de plata hacen una de oro. Eso ya es dinero serio. La mayoría de aventureros no ve muchas en su vida.

  Carlos miró de nuevo el tablón, reinterpretando los pagos con esa nueva información.

  —Entonces… dos monedas de plata no es gran cosa, pero tampoco está mal para empezar.

  —Exacto —respondió Rashak—. No te harás rico, pero aprenderás y no pasarás hambre.

  Carlos respiró hondo, sintiendo cómo la emoción le recorría el pecho. No era solo el dinero. Era la idea de salir, de hacer algo real en ese mundo, acompa?ado, sin saber todavía hasta dónde podía llegar.

  Miró el tablón una vez más, con una sonrisa que no pudo ocultar.

  —Entonces… —dijo—. ?Cuál elegimos?

  El primer paso fuera del gremio estaba a punto de darse, y Carlos lo sentía con claridad: esta vez no era solo un visitante nocturno. Era un aventurero que empezaba a caminar su propio camino.

  Rashak estiró el brazo y arrancó uno de los pergaminos del tablón con un gesto tranquilo, como si ya supiera de antemano cuál escoger. Lo desenrolló lo justo para leerlo por encima y luego se lo mostró a Carlos.

  —Escolta a un mercader hasta el pueblo vecino —dijo—. Camino corto, sin demasiados riesgos. La paga es de veinte monedas de bronce.

  Carlos leyó el pergamino con atención, aunque apenas entendía la mitad de los detalles. En cuanto captó la idea general —salir del pueblo, viajar, cumplir una misión real— sus ojos brillaron. Asintió con fuerza, casi exageradamente, y sin darse cuenta su cola comenzó a moverse de un lado a otro, rápida, traicionando por completo su entusiasmo.

  —?Sí! —respondió—. Vamos.

  Rashak no pudo evitar reírse al verlo.

  —Relájate un poco —dijo con tono burlón—. Parece que te vaya la vida en ello.

  Carlos se dio cuenta entonces del movimiento de su cola e intentó controlarla, aunque apenas lo consiguió. Tosió, algo avergonzado.

  —Perdón… es que… nunca he hecho algo así.

  —Se nota —respondió Rashak, aún sonriendo—. Vamos, hay que avisar a Elira para que contacte con el mercader.

  Ambos regresaron al mostrador. Elira los vio acercarse con el pergamino en la mano y dejó lo que estaba haciendo para atenderlos. Rashak se lo entregó sin rodeos.

  —Tomamos esta misión.

  Elira lo desenrolló, leyó con rapidez y luego alzó la mirada, alternándola entre los dos.

  —?Irán juntos?

  Carlos se quedó inmóvil por un segundo. Luego giró lentamente la cabeza hacia Rashak, mirándolo con una expresión descaradamente suplicante, los ojos grandes, brillantes, casi implorando. No dijo nada, pero no hacía falta.

  Rashak suspiró teatralmente.

  —Sí, iremos juntos.

  Elira sonrió, una sonrisa genuina, mientras tomaba nota en uno de los registros.

  —Muy bien. Entonces queda registrada: Rashak, rango C+, junto a Loranm, rango F+, en misión de escolta.

  Carlos se quedó helado.

  —?C… C+? —repitió, girándose hacia Rashak con incredulidad—. ?Ese es tu rango?

  Rashak se encogió de hombros.

  —Algo así.

  Carlos explotó de inmediato.

  —?Eso es increíble! —dijo, casi saltando—. No hacía falta que aceptaras una misión de rango F+ solo por mí. En serio, de verdad, te lo agradezco un montón.

  Rashak soltó una carcajada y, sin previo aviso, le revolvió el pelo y las orejas con una mano grande y áspera, como haría un hermano mayor con un crío demasiado entusiasta.

  —Precisamente por eso —respondió—. Alguien tiene que asegurarse de que el novato despistado haga bien su primer trabajo.

  —?Oye! —protestó Carlos, aunque no pudo evitar sonreír.

  Elira carraspeó suavemente para llamar su atención.

  —Tendrán que estar en la puerta principal del pueblo en treinta minutos —dijo—. Busquen a un hombre con una carreta tirada por un draward. él será el mercader.

  Carlos frunció ligeramente el ce?o.

  —?Un… draward?

  Elira ladeó la cabeza, pensativa, buscando la mejor forma de explicarlo.

  —Es una bestia de carga —respondió—. Algo parecido a un lagarto grande, con rasgos de dragón. Son fuertes, resistentes y bastante dóciles.

  Carlos asintió, aunque en su mente ya se estaba formando otra imagen muy distinta: algo parecido a un velocirraptor, pero más robusto, con escamas más gruesas y quizá peque?as protuberancias dracónicas. La idea le arrancó una sonrisa involuntaria.

  Treinta minutos.

  No era mucho tiempo, pero tampoco poco. Lo suficiente para que la realidad de lo que estaba a punto de hacer comenzara a asentarse. Saldría del pueblo. Haría su primera misión. No sabía qué podía pasar en el camino ni hasta dónde llegaban los límites de ese mundo… y eso, lejos de asustarlo, hacía que el corazón le latiera con más fuerza.

  Por primera vez desde que había llegado allí, no se sentía solo ni perdido.

  Se sentía en marcha.

  El sonido le salió solo, traicionero y bastante más fuerte de lo que Carlos habría querido. Un rugido hueco, largo, que le recorrió el vientre y resonó justo en el silencio que se había formado entre los dos.

  Carlos se quedó rígido un segundo. Luego se llevó una mano al estómago y rió, nervioso, rascándose la nuca.

  —E-esto… supongo que es normal —dijo—. No he comido en… dos días, creo.

  Rashak lo miró un instante. Y después estalló en una carcajada tan fuerte que varias personas del gremio giraron la cabeza.

  —?Dos días! —repitió, dándole una palmada en la espalda—. ?Y sigues en pie? Definitivamente no eres normal, chaval.

  —O muy resistente… o muy inconsciente —respondió Carlos, aún algo avergonzado.

  —Ven —dijo Rashak sin darle opción—. Vamos a comer algo antes de la misión.

  Carlos abrió la boca para protestar.

  —Espera, yo no tengo dinero, así que—

  —Yo pago —lo cortó Rashak con naturalidad—. Además, la comida del gremio no está nada mal. Y no quiero escoltar a nadie con el estómago vacío.

  Carlos dudó un momento, pero el hambre volvió a apretar, como si quisiera opinar también. Al final asintió.

  —Gracias… en serio.

  Se despidieron de Elira con un gesto rápido y se dirigieron a una de las mesas del fondo del gremio. El lugar tenía un ambiente cálido: madera gastada, olor a comida caliente, voces mezcladas, risas de aventureros contando historias exageradas. Carlos se sentó con cuidado, observándolo todo como si aún no terminara de creerse que estaba allí.

  No tardó mucho en acercarse una camarera. Era una elfa de figura llamativa, orejas largas y afiladas que sobresalían entre mechones de cabello claro. Caminaba con soltura, como alguien acostumbrada a moverse entre mesas llenas de aventureros ruidosos.

  —?Qué van a pedir? —preguntó con una sonrisa profesional.

  Rashak apoyó un codo en la mesa y le devolvió la sonrisa con descaro.

  —Guapa como siempre —dijo—. Tráenos dos platos de kargath asado y una cerveza bien fría para mí.

  La elfa rodó ligeramente los ojos, aunque la comisura de sus labios se curvó apenas.

  —?Y para el chico?

  Rashak giró la cabeza hacia Carlos.

  —?Qué vas a beber?

  Carlos se encogió un poco sobre sí mismo.

  —Eh… zumo de uvas, por favor.

  Rashak alzó una ceja, divertido.

  —Eso será todo —a?adió antes de que Carlos pudiera arrepentirse—. Y como siempre, sigues siendo la mejor vista del gremio.

  —Claro, claro —respondió ella, anotando—. Ahora vuelvo.

  Cuando se alejó, Rashak soltó una risa baja.

  —Zumo de uvas —repitió—. Bebida infantil, ?no?

  Carlos se defendió enseguida.

  —Oye, que no todos necesitamos alcohol para pasarlo bien —dijo—. Además, tus piropos son tan ingeniosos que deberían pagarte por ellos.

  —Funcionan, ?no?

  —Si por “funcionar” te refieres a que no te haya tirado la bandeja a la cabeza, supongo.

  Ambos rieron, la tensión disipándose con facilidad. Pasaron un par de minutos hablando de cosas sin importancia, hasta que la camarera regresó con los platos. El olor fue lo primero que golpeó a Carlos: carne asada, especias fuertes, algo ahumado que le hizo la boca agua de inmediato.

  Rashak no perdió el tiempo. Agarró los cubiertos y empezó a comer con ganas.

  Carlos, en cambio, se quedó mirando su plato. La carne era gruesa, jugosa, con un brillo apetecible. Tragó saliva. Cuando por fin cortó un trozo y se lo llevó a la boca, sus ojos se abrieron al instante.

  —…Está increíble —dijo con entusiasmo genuino—. De verdad.

  Y empezó a comer sin pensar en nada más, con una alegría casi infantil, olvidándose por completo de la vergüenza, del tiempo, de todo.

  Rashak lo observó un momento y sonrió.

  —Así se hace —dijo—. Esa es la forma correcta de disfrutar la comida.

  Carlos siguió comiendo, sintiendo cómo el calor y el sabor le devolvían fuerzas. Por un momento, el mundo se redujo a la mesa, al ruido del gremio, a la sensación de estar exactamente donde debía estar.

  La comida desapareció de los platos más rápido de lo que Carlos habría imaginado. Cuando terminó, se recostó un poco en la silla, con el estómago lleno y una sensación agradable de calor recorriéndole el cuerpo. No recordaba la última vez que había comido algo así. No solo por el sabor, sino por el momento.

  Rashak fue el primero en levantarse.

  —Bien —dijo, estirándose—. Si no queremos llegar tarde, deberíamos ponernos en marcha.

  Carlos asintió y se levantó también. Notaba el cuerpo más pesado, pero de una forma cómoda, como si la comida le hubiera anclado de verdad a ese mundo. Salieron del gremio y comenzaron a caminar en dirección a la puerta principal del pueblo. El sol ya estaba algo más alto, iluminando las calles de madera y piedra con un tono cálido.

  Mientras avanzaban, hablaron de cosas sin demasiada importancia. Rashak le preguntó si siempre había vivido solo, de dónde venía, si sabía usar algún arma. Carlos respondió como pudo, esquivando algunas preguntas, improvisando otras. No mentía del todo, pero tampoco decía toda la verdad. Aun así, la conversación fluía con naturalidad, como si se conocieran desde hacía más tiempo del que realmente llevaban.

  Al llegar a la puerta principal, Rashak se detuvo y recorrió la zona con la mirada. Había movimiento: mercaderes entrando y saliendo, guardias conversando entre ellos, algún aventurero despidiéndose del pueblo.

  —Ahí —dijo de pronto, se?alando con la cabeza.

  Carlos siguió la dirección de su mirada y lo vio.

  El mercader era un hombre corpulento, de rostro redondo y mejillas enrojecidas, vestido con ropas caras aunque algo ajustadas. A su lado caminaba una joven antropomorfa, de rasgos animales evidentes, cargando con parte del equipaje. Detrás de ellos, un carruaje sencillo esperaba, tirado por un draward grande y robusto, de escamas oscuras y mirada tranquila.

  Rashak echó a andar sin dudarlo y Carlos lo siguió.

  —?Usted es el mercader de la misión de escolta? —preguntó Rashak al llegar.

  El hombre los miró de arriba abajo, evaluándolos durante un segundo.

  —Sí, sí —respondió—. ?Sois los aventureros?

  —Así es —afirmó Rashak—. Yo me llamo Rashak, y él es Carlos. Nos encargaremos de acompa?arlo hasta el pueblo vecino.

  El mercader suspiró, claramente aliviado.

  —Menos mal. Con los caminos como están, uno nunca sabe… se lo agradezco de verdad.

  Asintió varias veces, nervioso, y luego giró la cabeza con brusquedad hacia la criada.

  —?Tú! —le espetó—. Coge las maletas y acompa?a a estos dos. Date prisa, no quiero perder más tiempo.

  El tono fue seco, casi hostil. La criada bajó la cabeza de inmediato.

  —S-sí, se?or… —respondió, obedeciendo sin rechistar.

  Se apresuró a recoger parte del equipaje y se colocó junto a ellos. Carlos se quedó quieto un instante, observando la escena. Algo le incomodó profundamente. No era solo la orden, sino la forma en que había sido dicha, como si la muchacha no fuera más que una extensión del equipaje.

  Sintió un nudo en el estómago, muy distinto al de antes.

  Rashak notó su silencio y, tras dar unos pasos, se giró.

  —Vamos —le dijo en voz baja—. Ya hablaremos luego.

  Carlos reaccionó y echó a andar, colocándose junto a ellos. Mientras seguían a la criada hacia el carruaje, no pudo evitar volver la mirada hacia ella. Caminaba rápido, en silencio, con los hombros tensos.

  El camino acababa de empezar, y Carlos ya tenía la sensación de que no todo sería tan sencillo como había imaginado.

  Carlos subió a la parte trasera de la carreta, colocándose entre la madera del vehículo y las cajas de mercancía. Rashak ya estaba allí, apoyado con naturalidad, y la criada se situó un poco más adelante, de pie, con las manos juntas y la mirada baja. El draward empezó a moverse con un tirón suave, y el traqueteo lento del camino marcó el inicio del viaje.

  Durante unos segundos nadie dijo nada. El sonido de las ruedas sobre la tierra y el resoplido grave del animal llenaban el silencio.

  Carlos se acercó un poco a Rashak y bajó la voz.

  —Oye… —murmuró—. ?Por qué se deja tratar así?

  Rashak no respondió de inmediato. Miró al frente, asegurándose de que el mercader no estuviera prestando atención, y luego suspiró.

  —Porque probablemente tiene un contrato de esclava —dijo con calma, como quien explica algo habitual—. Los que lo tienen no pueden desobedecer directamente a su amo. Ni enfrentarse a él.

  Carlos frunció el ce?o.

  —?Y si lo hacen?

  —El contrato los mata —respondió Rashak sin rodeos—. Un paro del corazón. Instantáneo.

  Carlos se quedó helado.

  —?Qué…?

  —Pasa más de lo que crees —continuó Rashak—. Cuando caen pueblos peque?os, cuando hay bandidos, guerras, deudas imposibles… la gente desaparece. Algunos acaban con contratos. Es una forma “legal” de esclavitud.

  Carlos apretó los pu?os sin darse cuenta. Su mirada se desvió hacia la criada. Ella caminaba con pasos medidos, sin mirar a nadie, como si intentara hacerse invisible.

  Sin pensarlo demasiado, Carlos dio un paso hacia ella.

  —Oye… —dijo con cuidado—. ?Estás bien?

  La criada se sobresaltó levemente y levantó la vista, sorprendida. Sus ojos se clavaron en los de Carlos, abiertos, inseguros. No respondió.

  Carlos tragó saliva.

  —No quiero problemas —a?adió rápido—. Solo… ?tienes alguna herida? ?Te duele algo?

  Ella dudó. Giró la cabeza un instante hacia delante, donde el mercader ya se había acomodado en el asiento y daba indicaciones sin mirar atrás. El sonido de su voz llegó amortiguado. Luego volvió a mirar a Carlos.

  —N-no… —respondió en voz baja—. No tengo heridas.

  Carlos soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

  —Me alegro… —dijo—. ?Cómo te llamas?

  La criada parpadeó. Parecía una pregunta extra?a para ella.

  —…Lira —respondió tras un segundo.

  —Soy Carlos —dijo él, se?alándose—. Encantado.

  Ella asintió apenas, sin devolver el gesto.

  Carlos dudó un momento más y luego preguntó, con tono suave:

  —?Cómo llegaste hasta aquí?

  Lira bajó la mirada. Sus dedos se entrelazaron con fuerza.

  —Mi pueblo… —empezó, pero se detuvo—. Fue tomado. Hace tiempo. No recuerdo cuánto.

  No dio más detalles. No parecía que pudiera, o quisiera.

  Carlos no insistió. Miró al camino que se extendía delante de ellos, sintiendo una presión extra?a en el pecho. Ese mundo seguía siendo fascinante, enorme, lleno de cosas nuevas… pero también tenía grietas profundas. Cosas que no encajaban con la imagen ideal que había imaginado.

  Rashak lo observó de reojo.

  —No es algo que puedas arreglar tú solo —dijo en voz baja—. No todavía.

  Carlos asintió lentamente.

  El viaje continuó, la carreta avanzando entre árboles y caminos abiertos. Y mientras el pueblo quedaba atrás, Carlos tuvo claro que ese no era solo un mundo de aventuras. También era uno que pondría a prueba hasta dónde estaba dispuesto a llegar… y qué estaba dispuesto a aceptar.

  Carlos apoyó la espalda contra uno de los laterales de la carreta y dejó que el traqueteo constante del camino marcara el ritmo de sus pensamientos. El viento le golpeaba el rostro con suavidad, llevando consigo el olor de la tierra y de los árboles que iban quedando atrás. El pueblo ya no se veía. Solo el sendero que se extendía hacia delante, largo y estrecho, como una línea que no permitía demasiadas desviaciones.

  Miró de reojo a Lira. Caminaba en silencio, obediente, con la mirada fija en el suelo. No parecía herida, ni débil… y aun así estaba atrapada. No por cadenas visibles, sino por algo mucho peor. Una orden. Un contrato. Un límite invisible que podía matarla si daba un paso fuera de él.

  Carlos apretó los dientes.

  Había pensado que este mundo era libertad. Magia, aventuras, elecciones reales. Algo distinto a las aulas grises, a las rutinas vacías, a fingir ser alguien que no sabía si era de verdad. Pero ahora entendía que no todo era tan simple. Que aquí también había reglas injustas. Cosas que no se podían ignorar sin más.

  Rashak tenía razón. No era algo que pudiera arreglar ahora. Quizá nunca.

  Pero la idea de aceptar aquello sin más le revolvía el estómago.

  Levantó la vista hacia el camino, hacia lo desconocido que les esperaba más adelante. No sabía qué ocurriría en esa misión. No sabía qué era capaz de hacer… ni hasta dónde llegaban realmente sus límites en este mundo.

  Solo sabía una cosa.

  No quería apartar la mirada.

  Y mientras la carreta avanzaba, alejándose definitivamente del pueblo, Carlos sintió que ese viaje no era solo hacia otro lugar…

  sino hacia una decisión que, tarde o temprano, tendría que tomar.

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