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Capítulo 15 - El visitante

  


  


  El golpe en la puerta fue educado.

  No fuerte.

  No urgente.

  Tres nudillos, separados, como si quien los diera tuviera tiempo de sobra.

  Dorian levantó la cabeza de inmediato. No porque el sonido fuera alarmante, sino porque no encajaba. El castillo no hacía ruidos así. Crujía, respiraba, se quejaba... pero no imitaba la cortesía humana.

  —?Escucharon eso? —dijo Grek.

  Elarith ya estaba de pie. El ojo en su mano ardía con un calor bajo, constante, como una advertencia que no sabía formularse en palabras. Kael no se movió. Seguía sentado contra la pared, abrazándose las rodillas, con la mirada fija en un punto inexistente.

  El golpe volvió a sonar.

  —Toc, toc.

  Ahora sí hubo silencio.

  Un silencio espeso, incómodo, como si el castillo estuviera escuchando también.

  —No abramos —murmuró Grek—. Nada toca puertas aquí.

  —Tal vez alguien más llegó —respondió Dorian. Su voz sonó firme, pero no convencida—. Un viajero. Un mensajero.

  Nadie dijo eso no pasa. Nadie necesitó hacerlo.

  Elarith avanzó un par de pasos. Cada uno se sentía mal calculado, como si el suelo estuviera un centímetro fuera de lugar.

  —?Quién es? —preguntó, sin acercarse demasiado.

  Del otro lado, una voz masculina respondió de inmediato.

  —Perdón la molestia. Me perdí antes del anochecer. Vi luz.

  La frase era correcta. Demasiado correcta.

  Como sacada de una historia sencilla, de las que empiezan bien y terminan mal.

  —Aquí no hay luz visible desde afuera —dijo Grek, casi en un susurro.

  —No —respondió la voz—. Pero se siente.

  Dorian frunció el ce?o. Algo en su pecho se tensó, una presión que ya conocía. El visitante no gritaba. No suplicaba. No exigía. Eso era lo que lo inquietaba.

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  —?Está herido? —preguntó.

  —No grave. Solo cansado.

  Silencio otra vez.

  Kael levantó la cabeza. Sus ojos estaban vidriosos, pero enfocados por primera vez en horas.

  —No —dijo—. No me gusta.

  Nadie le pidió que explicara.

  Elarith apoyó la mano sana sobre el picaporte. El ojo palpitó, pero no mostró nada. Eso fue peor. Cuando el ojo callaba, significaba que lo que venía no tenía forma clara aún.

  Abrió.

  El hombre que estaba del otro lado parecía... normal.

  Demasiado.

  Ropa de viaje gastada. Barba corta. Manos limpias para alguien que decía estar perdido. Sonrisa cansada, sincera. No olía mal. No olía a nada en particular.

  —Gracias —dijo—. De verdad.

  Entró sin esperar invitación, pero sin imponerse. Como si supiera que iba a pasar.

  —Soy Aron —a?adió—. No quiero causar problemas.

  Grek lo observó de arriba abajo. Algo en la forma en que el hombre respiraba le molestaba. Era regular, medida. Como un actor marcando tiempos.

  —Este lugar no es seguro —dijo el kobold—. No debería quedarse.

  Aron asintió, con una comprensión que parecía ensayada.

  —Nada lo es ya, ?cierto?

  Dorian sintió un escalofrío. No por la frase, sino por cómo la dijo. Como si estuviera continuando una conversación previa.

  —Puede descansar un poco —intervino Elarith—. Luego se irá.

  —Claro. Descansar —repitió el visitante—. Eso buscan todos cuando llegan a un lugar así.

  Dorian soltó una risa seca que terminó en tos.

  —No creo que "descansar" sea la palabra correcta.

  —No al principio —concedió el hombre—. Primero viene el alivio. Después, el silencio.

  Grek levantó la vista.

  —?Alivio de qué?

  El visitante se tomó un segundo. No parecía dudar: parecía escuchar algo que los demás no.

  —Del ruido —dijo al fin—. Del peso. De esa sensación de que el lugar te está... escuchando.

  Nadie habló.

  Elarith sintió que el ojo en su mano se contraía, húmedo, atento.

  Kael frunció el ce?o.

  —Eso no lo dijimos.

  —No —admitió el visitante—. Pero se nota.

  Hizo un gesto vago con la mano, como quien describe un olor persistente.

  —El castillo guarda esas cosas.

  La pausa que siguió fue larga. Incómoda.

  —?Has estado aquí antes? —preguntó Grek.

  El hombre sonrió, sin humor.

  Miró el techo. Las grietas. Las sombras que no coincidían con las velas.

  —Aquí... —repitió—. Sí.

  Dorian apretó los pu?os.

  —?Y cómo saliste?

  La sonrisa del visitante se afinó apenas.

  —No lo hice.

  El silencio cayó como algo pesado, tangible.

  No hubo gritos.

  No hubo amenaza.

  Solo la certeza incómoda de que alguien había cruzado la puerta desde el mismo lado que ellos.

  —Eso no tiene sentido —dijo Elarith.

  —Tiene —respondió Aron—. Solo que todavía no quieren verlo.

  Kael retrocedió un paso.

  —Deja de hablar como si supieras cosas que no—

  Aron alzó una mano, despacio. No para callarlo, sino para detener algo invisible.

  —A veces no hace falta ver —dijo—.

  A veces basta con oír cómo el castillo repite lo que ustedes creen haber guardado.

  Hizo una pausa.

  Luego, con cuidado, como probando una herida:

  —El pasillo.

  El reflejo que no coincidía.

  La respiración que no seguía tu ritmo.

  Kael se quedó helado.

  —No —susurró—. No...

  —No porque lo haya visto —aclaró Aron, por primera vez serio—.

  —Sino porque todavía está aquí.

  Dorian avanzó un paso.

  —?Quién carajos eres?

  Aron lo miró entonces con algo distinto.

  No miedo.

  Reconocimiento.

  —Alguien que escuchó cómo te quebrabas...

  y entendió que el castillo aprende rápido.

  El ojo en la mano de Elarith ardió de golpe.

  Aron inclinó la cabeza, curioso.

  —Ah.

  Eso ya despertó.

  El castillo crujió.

  No como madera.

  Como una garganta aclarando la voz.

  Y en ese instante, todos entendieron lo mismo:

  El visitante no había llegado al castillo.

  El castillo lo había dejado entrar.

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