En cuanto Kiomi y Zein desaparecieron por el pasadizo, el eco de sus pasos se apagó entre los corredores húmedos. El aire quedó quieto, cargado del olor metálico de la magia quemada y del polvo de los necro caídos. Lucian se adelantó, plantándose en el centro de la sala. La luz azulada de los cristales incrustados en las paredes dibujaba sombras largas que temblaban detrás de él.
Arnod lo observó sin pesta?ear. Con un gesto lento se retiró la capucha, dejando ver un rostro surcado por cicatrices antiguas, como grietas que nunca sanaron del todo. Una sonrisa ladeada, orgullosa, se le marcó de inmediato.
—Arnod… —murmuró Lucian, tensando el agarre sobre su bastón.
—Vaya —respondió el otro inclinando apenas la cabeza—, al menos alguien me recuerda. Me alegra… actual líder de los caballeros de Ilmenor.
Lucian comenzó a caminar despacio, rodeándolo, midiendo distancias, salidas, obstáculos, como quien estudia un tablero con una sola oportunidad de jugar.
—Eras un héroe entre mi generación —dijo, sin quitarle los ojos de encima—. Todos creímos que estabas muerto.
Arnod soltó una risita suave que resonó entre las paredes.
—No me digas que te tragaste esa versión —alzó las cejas con burla—. Estoy seguro de que conoces la verdad.
—Claro que la sé.
—?Y aun así decides ayudarlos? —preguntó Arnod, ladeando el rostro como quien evalúa una decisión absurda.
—Es mi deber.
—Ah, tu “deber”… —repitió Arnod con un tono casi nostálgico—. Así como fue el mío proteger al príncipe. Supongo que eso puedo respetártelo.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. La temperatura pareció descender unos grados mientras ambos se estudiaban, inmóviles, cada uno calculando el siguiente paso.
?Necesito hacer tiempo para que los ni?os salgan de aquí?, pensó Lucian mientras notaba el leve hormigueo de su maná acumulándose en la punta del bastón.
Arnod entrecerró los ojos.
—?Por qué un mago, Arnod? —se?aló el bastón con la barbilla—. Lo último que se le da bien a un caballero es la magia de magos, ?no?
Arnod respiró hondo, sin negar ni afirmar.
—?Quién sabe? —respondió con una sonrisa tranquila.
Arnod bajó la mirada a su propio bastón, acariciándolo con los dedos como quien toca un recuerdo.
—Sé lo que intentas —dijo.
—?Qué cosa? —preguntó Lucian, fingiendo una inocencia casi teatral.
—Quieres hacer tiempo…
Un latido helado golpeó el pecho de Lucian.
?Mierda, me descubrió?.
—…Para poder salvarte —concluyó Arnod. Dio un paso hacia él—. Sabes lo poderoso que soy y tienes miedo. Lo noto porque te he observado desde peque?o. Siempre fuiste un cobarde… alumno de Araphor.
Lucian se quedó quieto un instante. Luego, una risa larga y despreocupada brotó de él, rebotando contra las paredes de roca.
—Tienes razón —dijo Lucian con una sonrisa ligera—. Como el cobarde que soy… ?no te importaría explicarme cómo funciona la magia? Ya sabes que los caballeros somos pésimos en eso.
Arnod arqueó una ceja, divertido.
—Claro —respondió encogiéndose de hombros—. Jugaré tu peque?o jueguito.
Comenzó a caminar en círculos, el eco de sus botas resonando entre la piedra. Cada paso parecía marcar el ritmo de su explicación.
—Primero… el maná. No hay que ser tan talentoso como yo para entenderlo. Sin maná no hay hechizos, no hay resistencia, no hay nada. Dependemos de él según la raza: humanos, elfos… —agitó la mano con desdén—. Las demás razas, inferiores. No cuentan.
Mientras hablaba, Lucian movió los dedos y el casco de su armadura apareció en un destello corto de luz azul. Lo sostuvo bajo el brazo, atento, como si escuchara una historia ya conocida.
Arnod, aprovechando su propia voz, alzó su bastón. Los huecos vacíos de la calavera tallada comenzaron a iluminarse con un brillo espectral. Frente a la calavera se dibujaron dos círculos mágicos, uno flotando sobre el otro, girando lentamente.
El suelo tembló.
Los primeros necro rompieron la tierra, trepando desde grietas oscuras con sus dedos huesudos. Uno, luego otro, luego una docena más. El aire se volvió pesado, cargado de un olor a tierra húmeda y podredumbre vieja.
—Como ves, existen los círculos mágicos —continuó Arnod, se?alándolos con orgullo—. Cuantos más círculos, más poderosa es la magia. El límite conocido es diez… pero algunos creen que puede haber más. Una teoría revolucionaria, si me preguntas.
Lucian se colocó el casco sin prisa, como quien se alista para una rutina conocida.
—Vaya. ?Y eso es todo? —preguntó con un tono tan calmado que rayaba en burla.
—No seas tan desesperado —Arnod chasqueó la lengua—. Falta la última lección: tu límite es tu imaginación. Puedes tener poder, fortaleza, conocimiento… pero si no crees que puedes hacerlo, jamás lo lograrás.
—Wow —respondió Lucian con un sarcasmo tan nítido que casi podía cortarse—. Gracias por la clase.
?Los ni?os ya están bastante cerca de la salida?, pensó mientras desenvainaba su espada. El metal emitió un sonido claro que resonó en toda la cámara.
Lucian apuntó la hoja hacia Arnod.
—Bueno… ?empezamos?
…
Al otro lado de los túneles, cerca de la salida de la monta?a, Kiomi corría con Zein en la espalda. El aire helado le raspaba la garganta, y cada paso retumbaba en el pasadizo estrecho. La humedad del suelo le mojaba las botas, pero no frenó.
???QUé MIERDA FUE ESO?!?
Su respiración iba entrecortada.
???Y por qué diablos estoy cargando al recipiente de un demonio milenario en mi espalda?!?
Intentó no mirar hacia atrás. Cada vez que lo hacía, sentía que la oscuridad misma la seguía.
Zein por fin abrió los ojos.
El parpadeo torpe, la respiración pesada y la mirada perdida hicieron que Kiomi frenara en seco. Lo bajó con cuidado, casi dejándolo caer sobre sus propios pies.
—?Estás bien? —preguntó, inclinándose hacia él.
—Sí… —Zein se sobó la cabeza, tambaleando—. ?Qué…?
—?Sientes algo raro? —lo interrumpió rápido—. ?Te duele algo? ?Te sientes… distinto?
Zein negó con la cabeza, confundido.
—No… ?por qué?
Kiomi soltó un suspiro tan largo que el eco rebotó por el pasillo.
Le explicó todo mientras retomaban el paso: Arnod, el escape, pero sin mencionarle lo de la figura negra. Zein escuchaba en silencio.
Los túneles se extendían interminables. Antorchas iguales, muros iguales, olor a humedad idéntico. Ambos atribuyeron la repetición a su propio cansancio… hasta que ya no pudieron ignorarlo.
Primero una vibración, luego un estruendo profundo sacudió el pasadizo. Un pu?ado de piedras cayó del techo y una antorcha se desplomó justo frente a Zein, quemándole el aire de la cara.
Siguieron corriendo.
Pero la antorcha volvió a aparecer.
Giraban una esquina: la antorcha.
Subían un peque?o tramo: la antorcha.
Abrían una puerta distinta: la misma maldita antorcha tirada en el suelo.
Al principio parecía coincidencia.
A la cuarta vez, dejó de serlo.
Kiomi abrió otra puerta con fuerza… y ahí estaba de nuevo, esperándolos.
—?Maldición! —explotó, pateándola. La llama tembló, como si también se burlara de ella.
Otro temblor recorrió la monta?a.
Un rugido lejano, metálico, como si la piedra crujiera bajo un poder que no debería existir.
—Lucian… —susurró Kiomi, apretando los dientes.
Zein respiró hondo, mirando alrededor con desesperación creciente.
—Debe haber una habitación por aquí que no nos lleve de vuelta a esto —dijo mientras abría puerta tras puerta. Cada una mostraba algo distinto, pero sin importar cómo: siempre terminaban frente a la antorcha caída.
Hasta que, al girar por un corredor más estrecho, encontraron una puerta distinta.
La madera estaba vieja, marcada con símbolos que no habían visto antes. Y al abrirla, lo supieron al instante: esta habitación no era como las demás. No se sentía repetida. No tenía la antorcha.
Reading on Amazon or a pirate site? This novel is from Royal Road. Support the author by reading it there.
Ambos cruzaron la habitación a toda prisa. La puerta del fondo parecía una salida real por primera vez en todo ese laberinto, así que Kiomi la jaló con fuerza… pero al instante, donde debía haber un pasillo, apareció una pared sólida, fría como piedra recién despierta.
Un estruendo retumbó detrás de ellos.
Cuando voltearon, la puerta por la que habían entrado ya no existía.
—?No, no, no, no! —Kiomi corrió hacia el muro nuevo y lo golpeó con los pu?os, como si pudiera obligarlo a arrepentirse.
—Hey… —Zein intentó acercarse, levantando las manos en un gesto torpe—. Al menos… estamos a salvo, ?no?
Otro estruendo contestó su intento de ánimo.
Las paredes comenzaron a moverse. Lentamente al inicio, con el ruido áspero de roca arrastrándose contra roca. Luego más rápido. La sala reduciéndose pulgada por pulgada.
Kiomi lo miró de reojo.
—Tenías que abrir la boca —soltó entre dientes.
Ambos se lanzaron a empujar las paredes, intentando retrasar lo inevitable. Cada palmo ganado se perdía al instante. La presión era constante, sofocante, como si la monta?a quisiera aplastarlos solo por existir dentro de ella.
Kiomi invocó sus cuerdas; las fibras se tensaron y endurecieron como metal forjado. Las colocó entre las paredes para hacer palanca. Resistían… pero solo un poco. El movimiento nunca se detenía, solo se hacía un poco más lento. Un respiro más. Nada más.
—Maldición… —escapó de ella, con la voz quebrándose apenas.
El espacio se redujo tanto que ambos podían sentir el calor de su respiración chocando. El aire se volvía denso, pesado, casi personal.
Zein, con el rostro apretado por el esfuerzo, soltó una risa nerviosa.
—?Por qué me odias? —preguntó de pronto.
Kiomi parpadeó.
—?Qué?
—Sí, ?por qué me odias tanto? —insistió sin dejar de sostener la pared—. Desde que nos conocemos me miras mal, me hablas como si te molestara respirar el mismo aire que yo… siempre ha sido así. Y… —tragó saliva, intentando mantener la voz firme—. No sé qué hice.
El silencio que siguió fue más fuerte que los estruendos de la piedra.
Kiomi desvió la mirada, apretando los dientes. Las paredes avanzaban y avanzaban, obligándolos a estar cada vez más cerca, como si las monta?as disfrutaran presionando verdades.
—No te debo explicaciones —dijo, cortante. Pero su voz ya no era tan aguda como antes.
—Vamos —Zein forzó una sonrisa triste—. Si vamos a morir aplastados… podrías al menos decirlo, ?no?
Kiomi respiró hondo. El temblor de la roca volvió a sacudirlos. Su mandíbula se tensó, pero esta vez no por la pared.
—No sé si sabes… —empezó, evitando su mirada—. Que no tengo una relación muy buena con mi madre. Y mi padre… él se fue.
—No… lo sabía— murmuró Zein
Con la voz temblando como si una presión contenida por a?os finalmente buscara escapar Kiomi siguió hablando —Pero a pesar de todo, últimamente nos estábamos llevando mejor. Parecíamos una familia normal otra vez. Hasta que de nuevo dejó de ir a nuestra casa. Siempre me decía que tenía trabajo de la iglesia, y yo le creí. No fue hasta que…—
—?Hasta que… qué?— preguntó Zein, inclinándose apenas hacia ella.
—Hasta que llegaste tú— escupió Kiomi, clavando las u?as en el borde del espacio que se encogía a su alrededor. —Supe que estaba cuidando y ense?ando a dos mocosos, poniéndolos por encima de su propia familia. Ya ni siquiera volvía a cenar. Ni a comer. Casi no la veo. Y todo es por tu culpa.—
Zein abrió la boca para replicar, pero ella lo cortó antes de que siquiera respirara.
—Y aparte… desde peque?a siempre, siempre he querido entrar a los Caballeros de Ilmenor. Lo he intentado tantas veces. Quise volverme discípula de Lucian, pero siempre me rechazaba…— El cuarto se reducía tanto que podían quedar suspendidos en el aire, apoyando los pies en la pared contraria para no tocar el vacío. —Y luego, cuando te vi como su discípulo, me pregunté: ?por qué yo no? ?Y él? ?Quién es él? Y no solo eso. También tú eres cuidado por la Santa. Dime, Zein… ?quién eres? ?Qué te hace tan especial?—
Zein se quedó callado. No porque no tuviera qué decir, sino porque estaba sopesando cada una de sus palabras. Para él podía sonar trivial, pero la forma en que Kiomi apretaba los labios, como si estuviera sosteniéndose para no quebrarse, le decía que para ella aquello era un peso enorme.
—Eso no es verdad— dijo Zein finalmente, con firmeza.
—?Cómo no va a ser verdad?— murmuró Kiomi, apartando la mirada como si temiera que verla a él la hiciera estallar.
—Lucian me habló de ti— respondió Zein. —Me dijo exactamente lo mismo que tú acabas de decir… excepto que también me explicó por qué jamás te aceptó como discípula. Y no fue por falta de talento. Me dijo que lo hacía para protegerte de este mundo. Y creo que entiendo a qué se refería… viendo la situación en la que estamos.—
El espacio se cerró aún más, tanto que solo podían mantenerse de pie, hombro con hombro, respirando el mismo aire tenso y tembloroso.
—Y Meliora habla mucho de ti— continuó Zein, esta vez con una suavidad que parecía ajena al peligro que los rodeaba. —No para de hablar de ti. Te ama y te quiere más de lo que imaginas. Ella se lamenta todo el tiempo por no poder estar contigo. Incluso he escuchado que piensa dejar la iglesia solo para poder volver a estar contigo más tiempo.— Sonrió apenas, buscando su mirada. —Y si crees que es por nosotros que no está contigo, te equivocas. Ella trabaja muy duro… y apenas una parte del día nos ense?a. Nada más que eso.—
Kiomi apretó los labios y desvió la mirada, sin pronunciar palabra. Pero su respiración cambió. Ya no era rabia. Ya no era orgullo. Era otra cosa: el temblor peque?o y silencioso de alguien que no sabe si aferrarse a lo que siente… o a lo que acaba de escuchar
Zein se quedó mirándola un momento, inclinando apenas la cabeza mientras ella evitaba su mirada.
—?Estás llorando?— dijo con una sonrisa burlona que apenas suavizaba el ambiente.
—No…— respondió Kiomi, girando el rostro hacia la pared mientras se pasaba el dorso de la mano por el ojo. —Claro que no.—
Para entonces la habitación ya era tan estrecha que apenas podían respirar sin rozarse. El aire parecía comprimirse junto a sus emociones, atrapando incluso lo que ninguno se atrevía a decir en voz alta.
—Me hubiera encantado escuchar tus palabras mucho antes— murmuró Kiomi, dejando escapar una sonrisa que, por primera vez, no escondía veneno. —Tal vez así no te hubiera odiado tanto tiempo.—
Un estruendo brutal sacudió la sala. Todo se detuvo al instante, el mecanismo chirrió, se trabó y, en un parpadeo, el cuarto dejó de estar encogido. Como si lo vivido hubiese sido una ilusión, ambos reaparecieron en el pasillo iluminado apenas por la antorcha.
Kiomi reaccionó primero. Se lanzó hacia Zein, lo tomó de la camisa y lo jaló hacia ella con brusquedad.
—Aquí no pasó nada. Mis palabras nunca salieron de mi boca. ?Entendiste?— su mirada era amenazante, pero había un brillo distinto bajo esa máscara severa.
—Claro— dijo Zein sin discutir, dejándose soltar.
Ambos comenzaron a avanzar hacia la salida, aún procesando lo que habían vivido… y lo que casi habían dicho.
…
Mientras tanto, fuera del pasillo, Lucian ya estaba enfrentándose a Arnod.
Una horda de necros se abalanzaba sobre él constantemente; Lucian los cortaba, los destruía y los hacía caer en pedazos con la misma naturalidad con la que otros respiran. Pero no importaba cuántos derribara: eran demasiados, siempre más, un mar de cuerpos rojizos que no le permitían avanzar.
Arnod seguía invocando sin descanso, con los ojos enrojecidos por la frustración, formando criaturas cada vez más grandes y deformes. Sin embargo, algo en la escena lo inquietaba profundamente.
—?Por qué…?— murmuró, y luego gritó con rabia. —??Por qué no caes!? ?Eres débil y cobarde! ?Estos necros deberían ser poderosos! ?NO DEBERíAS SER CAPAZ DE ELIMINAR TANTOS!—
Uno de los necros logró abrirse paso y golpeó la espada de Lucian, haciéndola volar fuera de su mano. El arma chocó con el suelo, rebotó y quedó varios metros detrás de él.
Pero Lucian no se inmutó.
En vez de alarmarse, sonrió. Dio un paso adelante, acomodó los pies y adoptó una posición de combate.
Arnod palideció.
—Imposible… es imposible que puedas eliminarlos… a pu?o limpio…— murmuro, sintiendo por primera vez algo parecido al miedo.
En cuanto terminó de hablar, Lucian se lanzó directo hacia los necros. Se movía entre ellos como una sombra afilada: esquivaba el filo de sus espadas por centímetros y respondía con golpes secos al cráneo, lo suficientemente precisos para hacerlos estallar en una nube oscura. Cada impacto rompía hueso, carne y magia contaminada, limpiando espacio entre la multitud que se arrojaba contra él.
Arnod seguía invocando sin descanso, una oleada tras otra, pero por más necros que surgieran del suelo, ninguno era suficiente para detenerlo.
En un momento, uno de los necros alcanzó a girar y lanzar una patada brutal al torso de Lucian. El impacto lo empujó varios pasos hacia atrás. Pero en ese retroceso, su mano se cerró sobre la empu?adura de su espada caída. La levantó… y se quedó quieto.
Lucian no avanzó ni un centímetro.
Se mantuvo firme, con la espada sostenida detrás de él, oculta a la vista de Arnod, como si esperara el instante exacto para revelarla.
Frente a él, el nigromante invocaba más y más criaturas, llenando toda la sala hasta que parecía un océano rojo y furioso.
—Hace rato dijiste…— habló Lucian con calma —que mientras más círculos mágicos tenga un encantamiento, más poderoso es. ?No es así?—
—S-sí…— respondió Arnod, con una sonrisa que intentó parecer confiada pero que apenas se sostenía.
—Bueno…— continuó Lucian mientras sacaba lentamente la espada hacia un lado, mostrándola a la luz turbia del lugar —lamento decirte que no soy tan malo con la magia como te dije. Por algo me llaman Maestro de la Espada.—
La hoja reflejó un brillo azulado. Cinco círculos mágicos, perfectamente trazados, estaban grabados a lo largo del acero.
Cinco.
Arnod palideció al instante.
Trató de ocultarse tras los necros, ordenándoles formar una muralla de cuerpos frente a él. Pero su intento fue inútil. En el tiempo que le tomó sentir miedo, Lucian ya había cruzado la mitad de la distancia entre ellos.
Y cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde.
Lucian lanzó el corte.
La onda del golpe atravesó la defensa mágica de Arnod como si fuese papel, lo partió en dos desde la cabeza hasta el vientre… y continuó avanzando. El impacto se extendió por la monta?a entera, abriéndola en una línea perfecta mientras un estruendo sordo anunciaba el comienzo del derrumbe.
Lucian simplemente guardó su espada con serenidad, como si solo hubiera terminado una tarea cotidiana.
Una densa cortina de humo se extendió por la sala. Los escombros caían alrededor de él, rodando a sus pies.
Poco a poco la neblina se disipó, dejando ver una figura grotescamente dividida sobre el suelo.
El cuerpo de Arnod, cortado en dos mitades.
Lucian se acercó a él con paso lento y firme.
—Me subestimaste demasiado —dijo Lucian con frialdad—. Eso fue tu perdición.
—Ja… jaja… ?JAJAJAJA! —Arnod estalló en una risa rota, demencial, mientras su cuerpo comenzaba a deshacerse en un polvo negro que se elevaba como humo—. Bravo, Lucian. Comunícales algo de mi parte a esos dos ni?os, ?quieres?
—Habla —respondió Lucian, quitándose el casco y dejando que el aire frío tocara su rostro—. Pero no les voy a comunicar nada.
—Qué cruel… —murmuró Arnod mientras su pecho empezaba a hundirse y desaparecer—. Dile a Kiomi que por mucho que corra… su pasado siempre la va a perseguir. Y tarde o temprano… la alcanzará. Y a Zein… dile que tiene más poder adentro de lo que imagina.
—?Nada más? —preguntó Lucian al ver las últimas motas del cuerpo levantarse con la brisa.
—Ah, sí… Dile a Zein… —Arnod se detuvo un instante, como si saboreara sus últimas palabras. Luego, una sonrisa macabra se dibujó en su rostro deshecho— …que su existencia solo traerá dolor y sufrimiento a quienes lo rodean. Me encantaría verlo.
Lucian no respondió. Simplemente observó cómo el polvo terminaba de deshacerse, llevándose con él la risa de Arnod, que se extinguió como un susurro maldito en el aire.
…
Tiempo después, Lucian caminaba por el sendero cargando a Kiomi en la espalda, aún inconsciente, mientras Zein lo acompa?aba a su lado. Habían dejado atrás la monta?a, ya silenciosa bajo el derrumbe, y el atardecer ba?aba sus rostros con un tono cálido y dorado que contrastaba con lo que acababan de vivir.
De pronto, un grupo de figuras apareció entre los árboles. Soldados de Ilmenor… y rostros familiares.
Lyra no esperó ni un segundo: corrió hacia Zein con tanta fuerza que casi lo tiró, abrazándose a él como si temiera que se disipara. Zein la sostuvo con un suspiro ahogado de alivio. Kio se acercó después y simplemente le revolvió el cabello con una ternura tranquila.
Kiomi abrió lentamente los ojos justo cuando Lucian la bajaba al suelo. Apenas pudo ponerse de pie cuando sintió que alguien se abalanzaba sobre ella.
Era Meliora.
Ella la abrazó con tanta fuerza que Kiomi se quedó rígida, sin saber qué hacer. Meliora le sostenía el rostro, revisaba sus brazos, sus manos, su cuello, murmurando sin parar entre lágrimas: que si estaba bien, que si le dolía algo, que si había tenido miedo. No podía dejar de tocarla, de comprobar que su hija seguía viva.
Y Kiomi… Kiomi no supo qué decir. Nadie la había abrazado así en mucho tiempo.
Meliora terminó por romper en llanto, escondiendo el rostro en su hombro. El cuerpo entero de Kiomi tembló suavemente al sentirlo, con una mezcla de vergüenza, alivio y algo que durante a?os se había negado a aceptar.
Por un instante, Kiomi levantó la mirada.
Zein la observaba desde a unos pasos de distancia.
No dijo nada.
Solo le dedicó una sonrisa cálida, sincera. Una que no pedía nada a cambio.
Kiomi, con los ojos aún brillantes, se apresuró a mirar hacia otro lado, tratando de ocultar la emoción que le hervía en el pecho.
Pero era tarde.
Zein ya la había visto.
Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos allí —Lucian, Zein, Kiomi, Meliora, Lyra— sintieron lo mismo, como un hilo suave que los unía bajo la luz del ocaso:
Habían sobrevivido. Juntos.

