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Recuerdos

  La luz del amanecer se filtraba por la ventana, ba?ando la habitación con un resplandor dorado. El aire olía a madera vieja, incienso y pan recién hecho que venía desde la cocina del templo. Kio se removió entre las sábanas, estirándose con pereza antes de abrir los ojos.

  ??Cuánto tiempo dormí?? pensó, aún con la mente medio sumergida en sue?os. La habitación estaba en calma, salvo por el canto distante de las campanas. ?Bueno… no importa?.

  Se sentó en la cama y soltó un largo bostezo, estirando los brazos mientras su cabello revuelto caía sobre los hombros. A través de la ventana, pudo ver la calle empedrada de Ilmenor, donde la neblina matinal aún flotaba entre los tejados.

  ?Cierto, esos ni?os salieron a ver la ciudad…? murmuró para sí, frotándose los ojos.

  Entonces, tres golpes suaves resonaron en la puerta. Antes de que pudiera responder, esta se abrió y Meliora entró con su paso ligero y una sonrisa que parecía brillar tanto como su cabello.

  —?Apenas te acabas de despertar, Kio? —dijo, apoyando una mano en la cintura.

  Kio solo la miró, aún medio dormida. No hizo falta respuesta: su expresión lo decía todo.

  Meliora suspiró y se acercó sin pedir permiso. Se sentó detrás de ella, tomó un peine de una mesa cercana y empezó a deshacer los nudos del cabello de Kio con movimientos cuidadosos.

  —De verdad… ?cuándo cambiarás estos hábitos tuyos? —dijo con voz tierna pero rega?ona—. Tienes un cabello hermoso, pero lo tratas como si fuera una escoba. —

  —Buenooo… —bostezó Kio, encogiéndose de hombros—. No soy de esas cosas. —

  Meliora rodó los ojos con una sonrisa y continuó peinándola.

  —Dime, Kio… ?por qué ellos? —preguntó Meliora con una curiosidad genuina—. ?Qué tienen de especial?

  —Tienen potencial —respondió Kio sin dudar, su voz más firme de lo habitual.

  Meliora alzó una ceja. —?Más que Araphor? —

  El aire pareció volverse más denso. Kio no respondió. Se quedó mirando hacia la ventana, donde el reflejo del sol la cegaba un poco.

  Meliora intentó romper el silencio con una risa ligera. —?Recuerdas aquella vez que Araphor vino después de uno de sus entrenamientos hacia nosotros? Y.. —

  —No quiero escucharlo —interrumpió Kio, su tono seco, casi cortante.

  Meliora se detuvo. Dejó el peine a un lado.

  Entonces, un golpe fuerte resonó desde el pasillo. Las dos se pusieron de pie al instante. Segundos después, un sollozo quebró el silencio.

  Meliora corrió hacia la puerta y la abrió. En el umbral, Lyra estaba en el suelo, con una mano en la cabeza y los ojos vidriosos.

  —?Lyra? —exclamó Meliora, arrodillándose junto a ella—. ?Qué pasó? ?Y tu hermano?—

  Lyra alzó la mirada, pálida, los labios temblando…

  Lyra apenas podía hablar; las palabras se le atoraban entre sollozos y respiraciones entrecortadas. Aun así, hizo todo lo posible por explicarle a Kio lo que había pasado con Zein y el guardia, tropezando con las frases mientras trataba de contener el llanto.

  Pero Kio, con los brazos cruzados y el ce?o relajado, no parecía darle importancia.

  —Por favor… —suplicó Lyra, tirando de su ropa con las manos temblorosas, intentando arrastrarla fuera del cuarto—. ?Ve a ayudarlo, te lo ruego! —

  —No le va a pasar nada —respondió Kio con calma, encogiéndose de hombros—. No sé por qué tanto escándalo. —

  —?Por favor…! —repitió Lyra, su voz quebrándose antes de desplomarse al suelo. Se cubrió el rostro, y las lágrimas comenzaron a resbalarle por las mejillas, dejando peque?os surcos sobre la suciedad y el polvo de su piel.

  Kio la observó un momento. En el temblor de sus hombros, en esa mezcla de miedo y coraje, había algo familiar. Algo que la hizo suspirar con una leve sonrisa.

  —Jaja… eres igual de llorona que él —dijo finalmente, agachándose para acariciarle el cabello—. Bien, iré por Zein.

  Lyra alzó la vista con los ojos enrojecidos, sorprendida, y Kio desvió la mirada antes de que pudiera notar la ternura en su expresión.

  ?No puedo creer cuánto se parecen estos dos hermanos a Araphor?, pensó mientras ayudaba a Lyra a ponerse de pie. ??Será por eso que él me encargó cuidarlos??

  —Meliora —dijo sin girarse—, aún tienes el vestido ceremonial, ?cierto? —

  Meliora la miró un instante y, al entender lo que planeaba, sus ojos brillaron.

  —Sí, claro que sí. —

  Kio entró al ba?o, se enjuagó el rostro con el agua fría del lavabo y tomó aire. Afuera, Meliora ya se movía con prisa, su emoción palpable mientras sacaba el vestido del arcón donde lo guardaba.

  Mientras tanto, en las calles de Ilmenor, la batalla llegaba a su fin. Zein yacía en el suelo, el cuerpo inmóvil, la respiración entrecortada. La sangre le corría por la frente y apenas lograba mantener los ojos abiertos.

  Lucian, con el rostro endurecido, levantó la espada y la apuntó hacia su cuello. El filo brilló al reflejar la luz del sol, y Zein, sin fuerzas, solo pudo cerrar los ojos.

  Lucian tensó el brazo para dar el golpe final, pero se detuvo. Algo en los cabellos de Zein lo hizo fruncir el ce?o: las puntas negras se habían tornado de un blanco pálido, casi brillante.

  Antes de que pudiera reaccionar, un haz de luz descendió del cielo. El resplandor fue tan intenso que cegó por completo a Lucian; un rugido de energía envolvió la calle como si el aire mismo ardiera.

  Cuando la luz se disipó, una figura se alzaba entre ambos.

  Era Kio.

  Llevaba puesto el vestido ceremonial, y con una sola mano sostenía la espada de Lucian, firme, como si el acero mismo temiera romperse bajo su toque.

  —Aléjate, Lucian —exclamó Kio, su voz resonando con una autoridad que hizo temblar el aire.

  Lucian se tensó al instante. El sudor le corría por la sien y bajó la espada apenas unos centímetros.

  —?Pero, Ki…! ?Su santidad! ?él…! —intentó justificarse, pero la mirada de Kio lo detuvo antes de poder terminar.

  —Te di una orden —dijo, su tono firme y helado—. Como Santa, deberías escuchar mi palabra. —

  El filo de la espada de Lucian aún rozaba el cuello de Zein, pero Kio la empujó apenas con la punta de sus dedos, apartándola con suavidad. Aquel gesto, contenido y preciso, bastó para dejar claro que no estaba pidiendo, sino ordenando.

  Por dentro, sin embargo, Kio sentía un peso incómodo en el pecho.

  ?Esto es más serio de lo que pensé…?

  Lucian apretó la mandíbula. No soportaba la idea de haber sido frenado frente a tantos. Con un rugido, intentó completar el golpe antes de que Kio pudiera reaccionar. Pero lo hizo.

  Kio cerró la mano sobre el filo con una fuerza imposible. El metal se fracturó como si fuera vidrio; trozos de acero saltaron al suelo, tintineando entre los escombros.

  El silencio que siguió fue absoluto.

  —Lucian Bellamy, líder de los caballeros sagrados de Ilmenor —dijo Kio con voz clara, sin apartar la vista de él mientras se interponía entre su cuerpo y el de Zein—. Quedas removido de tus deberes como caballero por tiempo indefinido, por tus acciones temerarias y poco éticas. —

  —?Pero…! —intentó replicar, incrédulo.

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  —Me acompa?arás a la iglesia. Ahora. —Su tono no admitía réplica.

  Kio se inclinó para recoger a Zein. El muchacho apenas respiraba, su rostro cubierto de polvo y sangre. Con cuidado lo alzó entre sus brazos, su cuerpo temblando ligeramente bajo el peso de la culpa.

  —Perdóname, Zein… yo debí—

  —Gracias… por venir… sabía que eras una buena persona —murmuró él con una sonrisa cansada, antes de perder el conocimiento.

  Kio lo miró un instante, la expresión endurecida.

  —Te equivocas, Zein… —susurró, más para sí misma—. Pero te juro que esta vez lo haré mejor. Los protegeré de verdad. —

  Con paso firme, emprendió el regreso hacia la iglesia. La luz del atardecer ba?aba las calles, y la multitud se arremolinaba a su alrededor. Murmullos, gritos, lágrimas. Algunos caían de rodillas al verla pasar, como si presenciaran un milagro.

  El nombre de la Santa corría de boca en boca, y los guardias tuvieron que formar una línea para contener a la gente que intentaba acercarse. Kio no los miraba. Solo apretaba más fuerte a Zein, como si su calor pudiera mantenerlo con vida.

  Al llegar a la iglesia, un grupo de monjas acudió enseguida. Tomaron al joven con rapidez, sus rostros serios y concentrados. Lyra intentó seguirlos, pero la detuvieron antes de que cruzara el pasillo. Solo alcanzó a ver cómo la figura de su hermano desaparecía entre las puertas del santuario.

  El silencio se instaló en la sala principal. El murmullo de la multitud afuera era apenas un eco lejano.

  Kio se giró lentamente hacia Lucian, que permanecía de pie, inmóvil, la mirada clavada en el suelo.

  Entonces, sin contenerse más, le apuntó con el dedo.

  —?Todo esto es tu culpa! —exclamó con rabia contenida, su voz quebrando el aire sagrado de la iglesia.

  —??Yo?! ??Qué tengo que ver yo con todo esto?! —rugió Lucian, el ce?o fruncido y los ojos ardiendo de rabia—. ?Tú eres la culpable! ??Quién demonios deja a dos ni?os paseando solos por una ciudad tan grande y peligrosa?! —

  Meliora, al notar cómo subía el tono, cubrió rápidamente los oídos de Lyra para protegerla del caos que se avecinaba.

  —??Ahora yo soy la culpable?! —replicó Kio, avanzando con pasos firmes hasta quedar frente a él—. ??Y quién carajo ataca a un ni?o desarmado y solo en una herrería, Lucian?! —le gritó, clavándole el dedo una y otra vez en la armadura, cada golpe resonando con furia contenida.

  —?Pensé que era un maldito demonio! —bramó él.

  —?Y ahora me sales con esas estupideces! —Kio movió el brazo con un ademán violento—. ??No te das cuenta de que estás traicionando los mismos ideales por los que peleaste hace cuarenta a?os, maldito idiota?! —

  —??Yo?! —Lucian apretó los pu?os—. ?No trates de cambiarme el tema! ?Fue por esa misma razón que Araphor murió! —

  —?Qué…? —la voz de Kio se quebró apenas un instante.

  —?Sí! Qué lástima que su gran maestra ni siquiera se enterara de su muerte —escupió Lucian con desprecio—. ?Tu maldita irresponsabilidad fue lo que lo mató! ?Tú lo mataste! —

  —No es cierto… —dijo Kio, el rostro endurecido por la confusión y la rabia.

  —?LO ABANDONASTE! —Lucian la empujó, incapaz de contenerse—. ?Lo dejaste a su suerte, igual que a ese pobre muchacho! —

  —Mientes… —susurró ella, temblando.

  —?Por eso pasó aquello hace cuarenta a?os! —replicó Lucian, el rostro tan cerca del suyo que se podía sentir el aire caliente entre ambos—. ?Por tu maldita forma de ser! ?Todos terminan alejándose de ti! —

  El silencio cayó de golpe. Lucian, al ver su propia furia reflejada en los ojos de Kio, retrocedió un paso, con el remordimiento ahogándole la garganta.

  —Kio… yo no quería… —murmuró, extendiendo una mano hacia ella, inútilmente.

  —No… tienes razón —dijo Kio, dándole la espalda y alejándose con paso lento, pero firme.

  Lucian la siguió con la mirada, hasta que se cruzó con Meliora, quien negó despacio con la cabeza, dejándole claro que ya no había nada que decir.

  Meliora acompa?ó a Lyra afuera de la sala donde atendían a Zein, mientras Lucian se quedó en medio de la iglesia, inmóvil, con la mirada perdida en el suelo. El eco de sus propias palabras seguía golpeándole la mente como un martillo.

  Pasaron varios días desde entonces. La multitud que antes abarrotaba la iglesia se había dispersado, dejando solo a unos cuantos creyentes rezando en silencio. Afuera, en el jardín, Zein practicaba magia: lanzaba peque?as esferas de agua y fuego que se desvanecían en el aire. Lyra lo observaba sonriendo, mientras Meliora la cepillaba con paciencia; de vez en cuando, la ni?a intentaba imitar los movimientos de su hermano, creando peque?as ondas de agua que apenas flotaban en el aire.

  Tras el incidente, Kio había decidido entrenarlos en defensa mágica. Quería que supieran protegerse, aunque en el fondo sabía que no bastaba. Aún no había tomado a Zein como su discípulo; las palabras de Lucian seguían pesando demasiado en su mente.

  Entonces, Lucian apareció en el patio. El cansancio y el arrepentimiento marcaban su rostro. Kio, al verlo, detuvo el entrenamiento de inmediato y tomó a Lyra del brazo con suavidad. —Ven, te ense?aré algo nuevo— murmuró antes de alejarse, dejando a Meliora observando atenta, por si algo ocurría.

  Lucian se acercó a Zein lentamente.

  —Oye… ni?o. Perdóname —dijo con la voz baja, casi quebrada.

  Zein lo miró, inseguro, el cuerpo aún tenso.

  —Tú… eres un ni?o bendito, ?verdad? —preguntó Lucian.

  —?Qué? N-no, claro que no… no sé de qué hablas —respondió Zein, nervioso.

  —No te preocupes, no se lo diré a nadie —dijo Lucian con una leve sonrisa triste—. Es lo menos que puedo hacer. —

  El silencio se extendió unos segundos antes de que Zein tomara asiento en una banca cercana. Dio unas palmadas en el espacio a su lado, invitando a Lucian a sentarse también.

  —Está bien —dijo el chico finalmente—. Te perdonaré… con el tiempo. Pero quiero pedirte algo a cambio. —

  Lucian asintió, con un hilo de esperanza en la voz. —Claro, lo que quieras. —

  —Vuélveme tu pupilo —dijo Zein, sonriendo con determinación—. Eres increíblemente fuerte… quiero ser como tú, para proteger a mi hermana. —

  Lucian no pudo evitar sonreír.

  —Eres admirable, ni?o —dijo mientras le revolvía el cabello con afecto—. No como yo.

  —Escuché que te habías peleado con Kio. ?No eran conocidos? —preguntó Zein, curioso.

  —Bueno… —Lucian bajó la mirada con una sonrisa apenada—. Es una larga historia.—

  —Entonces está bien —respondió Zein, sonriendo—, tengo tiempo. —

  Meliora se acercó y se sentó a su lado, interesada por igual. Lucian respiró hondo antes de comenzar.

  Mientras tanto, dentro de la iglesia, Kio se había encerrado en su habitación con Lyra. Se sentó en el borde de la cama, el cuerpo inclinado hacia adelante, cubriéndose el rostro con ambas manos.

  Lyra se acercó con cautela y se sentó junto a ella.

  —?Todo bien…? —preguntó en voz baja, posando su peque?a mano sobre su rodilla.

  —No… —murmuró Kio sin levantar la cabeza.

  —?Quieres hablarlo? —insistió la ni?a suavemente.

  Kio levantó la mirada. Vio en Lyra un rostro preocupado, pero lleno de ternura y genuino deseo de ayudar.

  Y así, en lugares distintos, ambos —Kio y Lucian— comenzaron a relatar la misma historia del pasado.

  Cuarenta a?os atrás, Kio, Lucian y Araphor habían recibido una misión directa de “él”. Debían cazar a un grupo de demonios cerca de Ilmenor, en una cueva oculta entre las monta?as.

  El aire allí era espeso, cargado de humo y humedad. Tras eliminar a varias criaturas, avanzaron hasta el fondo… pero lo que encontraron los detuvo en seco.

  —?Ni?os? —preguntó el joven Lucian, confundido—. ?Qué hacen aquí crías de demonios?

  —No lo sé —respondió Kio con seriedad—. Pero no es seguro dejarlos vivos. —

  Levantó la mano. En su palma comenzó a formarse una esfera de energía que crecía lentamente, palpitando con un brillo letal.

  —Vamos, Kio —dijo Araphor, acercándosele con incredulidad—. No lo estarás diciendo en serio… ?o sí? —

  La mirada de Kio, firme y fría, no se apartaba de las crías de demonios acurrucadas al fondo. Aquella expresión la conocía demasiado bien; no había vuelta atrás.

  El sonido metálico de una espada saliendo de su vaina cortó el silencio. Araphor avanzó, y el filo descendió con violencia. El impacto nunca llegó: Kio detuvo la hoja con su mano desnuda.

  —?Saca a las crías de aquí, Lucian! ?Ahora! —gritó Araphor, forzando su espada para liberarla del agarre de su maestra.

  Lucian se apresuró a acercarse a los peque?os, que temblaban de miedo, sus ojos brillando bajo la tenue luz azulada de la cueva.

  —No quiero pelear contigo, Araphor… —dijo Kio con la voz tensa, el brillo de energía creciendo aún en su palma—. Déjame matarlos y terminemos con esto. —

  —?Matar ni?os? —rugió Araphor, enfurecido—. ??Por unas malditas órdenes?! —

  —No sabes en qué pueden convertirse dentro de unos a?os —respondió ella, sin apartar la vista de los peque?os.

  Araphor no soportó más. Su espada trazó un corte diagonal, rápido y decidido. Kio giró apenas el cuerpo, esquivando el ataque con una facilidad irritante, casi soberbia.

  Lucian se lanzó enseguida con un golpe descendente, la hoja de su espada ardiendo con magia de fuego. El estruendo fue ensordecedor; la cueva tembló, y una grieta se abrió en el techo, dejando caer fragmentos de roca.

  Cuando el polvo se disipó, Kio seguía de pie. Intacta. Ni una sola herida. Solo la espada apoyada en su hombro, y esa mirada… serena, pero triste.

  Un instante después, su pu?o atravesó el aire y golpeó el pecho de Lucian con una fuerza devastadora. La armadura se astilló como vidrio, y él salió despedido hacia una columna de piedra, dejando un eco seco y metálico en toda la cueva.

  La espada de Araphor cayó a los pies de Kio. La levantó con calma, girándola entre los dedos, como si pesara más el recuerdo que el acero.

  Araphor, tumbado en el suelo, jadeando y sin fuerzas para levantarse, solo pudo mirarla acercarse, su mirada buscando respuestas.

  —Todo esto… ?solo por unas órdenes? —preguntó, con un hilo de voz.

  Kio permaneció en silencio. Sus pasos resonaban en la cueva húmeda mientras se acercaba, espada levantada sobre su cabeza. Por un instante, su mirada se cruzó con la de Lucian, joven e inmóvil frente a ella, decidido a proteger al maestro que aún llamaba suyo.

  —?Lucian, apártate! —gritó Araphor, con la voz quebrada, luchando por respirar—. ?Que te apartes!

  —?No! —respondió Lucian con determinación—. ?Si has de morir, moriré contigo!

  Araphor sintió cómo su corazón se aceleraba, impotente ante la terquedad de su discípulo.

  —?Kio, vamos! No lo hagas, te lo ruego. Es solo un ni?o… por favor —suplicó, la voz cargada de miedo y desesperación.

  El estruendo de sus palabras se mezcló con los pensamientos que invadían la mente de Kio. Voces, recuerdos, decisiones pasadas y temores del presente la empujaban al límite. Recordó otro momento, hace a?os, cuando había sentido lo mismo, atrapada entre deber y humanidad. Su pecho se apretó, y por un instante la espada pareció pesar toneladas.

  Sus manos comenzaron a temblar, apenas visibles bajo el resplandor de la magia residual en la cueva. El acero cayó detrás de ella con un golpe sordo. Kio se encorvó un momento, mirando sus propias manos temblorosas, y luego levantó la vista.

  Frente a ella, Araphor y Lucian la miraban con miedo, desconcierto y algo de súplica.

  Respiró hondo, y con un movimiento decidido, se giró y salió de la cueva. Sus pasos eran firmes, aunque dentro de ella algo se quebraba con cada paso que la alejaba.

  —?Kio! —gritó Araphor, levantándose como pudo, con Lucian apoyándolo—.

  —Perdóname, Araphor… —dijo Kio, evitando mirarlo—. Yo ya no soy más tu maestra. No nos volveremos a ver jamás. Adiós.

  Y sin volver la vista atrás, Kio continuó caminando, dejando atrás el eco de la cueva, los susurros de órdenes y la mirada de aquellos que una vez fueron su mundo. Araphor y Lucian permanecieron allí, inmóviles, mientras el sonido de sus pasos se desvanecía entre la penumbra, llevándose consigo la certeza de que algo irremediable había cambiado para siempre.

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