—Rex —sopló la mujer, con las cejas un poco arrugadas—. ?Qué estás diciendo?
El hombre se encogió de hombros nuevamente, lo cual comenzó a molestarla. Se preguntó si estaba jugando con ella; después, otra idea le pasó por la cabeza, haciéndola formar media sonrisa.
—?Estás ebrio?
—No.
—Pues —descruzó los brazos—, no creo que las recompensas crucen fronteras. Tendríamos que llevarnos a los hermanos Severino.
—?No podemos simplemente decir que los capturamos y ya?
—?Y luego qué? ?Telegrafiar el premio?
Rex afirmó con la mirada.
—Las recompensas son caprichos —pensó Verónica—, publicadas por, no sé, hacendados con varias granjas que quieren que les dejen de robar sus vegetales. Imagino que si capturan a los ladrones en otro pueblo, no pagarían nada.
—?Qué hay de recompensas como las de Stiel Gunn & Co?
—Me dan desconfianza.
—Sólo sé que conseguiremos el dinero —finalizó Rex.
Verónica sintió que había hecho malhumorar al forajido.
—No estaba peleando —explicó.
Rex sabía esto. Lo desconcertó escuchar a Verónica decir que aquello podía ser considerado era una pelea. Para las atrocidades a las que estaba acostumbrado, un intercambio de palabras era inofensivo. Aunque, también, pensó en el estilo de vida de la se?orita. Seguro ahí las tensiones nunca se alzaban más que un intercambio de palabras.
—Debería volver con mis colegas —decía Víctor, sacando monedas de su bolsillo.
—Espera, quiero saber más de ti.
Sin embargo, por más cautivadora que fuese la invitación a seguir charlando, al sentir la cantidad de monedas en su mano, Víctor fue afrontado por una cruda verdad: estaban oficialmente quebrados. Era un hecho con el que habían lidiado todo el día.
Lo que sea que costara la cerveza de Enya, o “Liza” como la conocía él, eran las últimas monedas, no sólo de Víctor, sino del grupo completo. Al parecer, falló en disimular su consternación, pues Liza preguntó si estaba todo bien.
—Sí, sí —persistió Víctor—. Solo permíteme pagarte la cerveza y me iré.
—?Sabes qué? Es tonto. Puedo pagar mi propia cerveza —respondió preocupada.
Enya olvidaba que las personas trabajaban para costearse la vida. Había gente, como aquel atento caballero, que seguro ahorraba con dedicación salario tras salario para salir con sus amigos. No sólo eso; seguro tenía que medirse en cuestión de diversiones. La cerveza, para ella, era un coqueteo; un lujo lejos de una obligación real. Si una aceituna era la diferencia entre vaciarle el bolsillo a un inocente o permitirle pagarse la cena con sus amigos, Enya se mantendría lejos de causar tal desgracia.
Para ella, las personas eran diferentes que la bóveda de un banco.
—?No, no! —contestó Víctor—. Sólo es una cuestión de efectivo, no te preocupes. De hecho, tendré más dinero ma?ana.
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—?Por qué? ?Qué pasará ma?ana?
—Simplemente tendré más dinero.
—Pero, ?por qué? —sonrió—. ?Robarás una joyería?
Víctor alzó una ceja. Enya sintió la necesidad de avivar el humor nuevamente. Le preguntó a Víctor si quería quedarse ahí, con ella, a lo que el hombre titubeó. Tenía que regresar con sus amigos.
—?Podemos reunirnos ma?ana?
—Ma?ana me voy de la ciudad. Tengo que viajar con mis hermanos.
Decidieron entonces despedirse. Enya soltó una última broma, agradeciendo a Víctor por la aceituna gratis mientras la tomaba del tarro de cerveza.
“Eres una cosa tremenda” fue lo que Verónica le dijo, sin saber éste por qué.
La luna estaba alta en el cielo de la epónima ciudad, pintándola de un resplandor azul. Las tiendas habían cerrado y los hermanos Severino se preparaban para su atraco. Salirse con la suya pendía de un hilo, pues era cuestión de si Rex tenía razón sobre su corazonada o no.
—?A qué hora nos vamos a ir ma?ana? —preguntó Enya a Liz mientras se ajustaba la cuerda a la cintura.
Liz, que estaba muy concentrada en el nudo del techo, se tomó unos segundos para contestar.
—?Qué? No sé. Temprano.
La menor hizo una mueca de decepción.
—?Y qué tan temprano?
—?Es por el hombre de la taberna? —quiso saber Liz, harta del tema.
—Es que era todo un caballero. Nunca había conocido a nadie tan caballeroso —dijo la chica, distrayéndose un segundo y soltando la cuerda.
—?Oye! Harás que nos caigamos —le reclamó Jerónimo, pegándole una palmada en la cabeza—. Agarra bien la cuerda.
Enya frunció el ce?o y se sobó la cabeza, pero asió firmemente la soga en lo que su hermana terminaba el nudo.
—Listo —declaró Liz, dando un par de tirones para probar la tensión—. Máscaras.
Los tres alzaron el pa?uelo de sus cuellos para cubrirse la mitad inferior del rostro y se miraron con determinación. Las joyerías eran mucho más fáciles de robar que los bancos, y con Mildred dándole a toda la ciudad la dirección equivocada, el atraco sería como quitarle un dulce a un bebé.
Los hermanos Severino se encontraban en el techo de un edificio que colindaba con otra joyería: Diamantes Holly. Como con todos sus robos, el plan consistía en bajar haciendo rapel, entrar por el tragaluz, meter todo lo valioso en sacos, y salir escalando para desaparecer antes del amanecer.
Jerónimo fue el primero en bajar, pues era el más fuerte y abrir los tragaluces era tarea fácil para él. Una vez que su entrada se abrió, los tres bajaron al establecimiento.
—Los oficiales estarán distraídos en Hepburn’s. Tenemos todo el tiempo del mundo —dijo Liz con una sonrisa casi felina.
En el exterior, y del otro lado de la calle, Rex, Víctor y Verónica vieron tres figuras bajando a la joyería que, según Rex, sería la más vulnerable.
“No hay casas alrededor, por lo que nadie oiría el ajetreo de un robo,” les había explicado Rex cuando la vieron en la tarde. “Además, está rodeada de edificios y andadores. Cobertura y rutas de escape.”
—?Y si te equivocas? —había preguntado Verónica.
—No robarán Hepburn’s. Tendrá demasiados ojos encima.
Y ahora los tres cazarrecompensas eran los únicos que sabían dónde estaban los hermanos Severino.
—?Vamos a entrar? —preguntó Verónica.
Víctor y Rex sacudieron la cabeza al mismo tiempo.
—No sabemos dónde está el dinero del banco —habló Rex—. Si los confrontamos ahora, perderemos el botín.
—Y no podremos devolverlo —a?adió Víctor, asegurándose de que sus compa?eros recordaran su moral—. Además, aunque tenemos el elemento sorpresa, si entramos por la puerta, toda la cobertura la tendrán ellos.
—?Entonces qué? ?Vamos a seguirlos por los techos? ?No tenemos cuerda! —siseó la mujer, preocupada al darse cuenta que, nuevamente, no tenían un plan.
Víctor guardó silencio por un momento, pensando en el mejor rumbo. No habían considerado a los techos como un factor para la persecución.
—Tal vez no haga falta —dijo por lo bajo—. Deben bajar al suelo en algún sitio, ?no? Y sabemos que subirán por el edificio oeste…
Rex entendió lo que su compa?ero sugería.
—Si seguimos los edificios, podremos emboscarlos cuando bajen a la calle.
—?Y cómo sabremos dónde van a bajar? —quiso saber la mujer.
Víctor miró a Rex, esperando que, quizás, su intuición pudiera ayudar también con eso. El pistolero lo meditó.
—Pues será en algún callejón o una puerta trasera —dijo al fin, lo suficientemente seguro.
—?Así nada más?
Rex asintió.
—No hace falta complicarse cuando crees que nadie te está siguiendo.

