Capítulo I
El tiroteo de San Domingo
Rex Ford siempre dormía con la pistola en su mano —no bajo la almohada ni al lado de su saco de dormir. Ni cuando se quedaban en algún salón la dejaba en el buró junto a la cama; siempre en su mano. Pasaba la noche con la culata en su palma y el dedo cerca del gatillo.
—Un día te vas a volar la cabeza mientras duermes —le había dicho Verónica en alguna ocasión cuando preparaban su campamento—. O peor. Nos matarás a Víctor o a mí.
Pero Rex sabía que eso era imposible. Nunca había disparado su arma por accidente. Quizás fuera paranoico, pero desde la emboscada de Ben, no podía dormir tranquilo si no tenía su pistola a la mano. Después de todo, de haber sido así, no le habrían disparado en aquella ocasión.
Esta noche no era diferente. Víctor estaba terminando de apagar la fogata y Verónica ya había montado su tienda improvisada —solo era una lona alzada sobre su rostro, pero al menos, según ella, tapaba la luz de la luna y las estrellas lo suficiente. Rex se acomodó en su saco y miró hacia el oeste, inconscientemente frotando la empu?adura de su revólver con el pulgar. Sus ojos parecían querer salvar los miles de kilómetros entre él y Cambolana, el final de su viaje.
—Espero que San Domingo tenga establos decentes —dijo Víctor, por fin desenrollando su saco para dormir—. A los caballos les vendría bien una cepillada.
Esto sacó a Rex del trance en el que estaba. Seguido, sobre todo cuando se encontraban en medio de las planicies de Bravo, se distraía. Los paisajes eran demasiado amplios y a pesar de no poder ver la costa oeste, de cierta manera, sabía que estaba en esa dirección. Su venganza estaba en esa dirección.
—Es un pueblito ranchero —contestó Verónica desde su sitio—. Claro que tendrán establos. Lo que yo espero es que tengan una casa de ba?o. —Los se?aló sin siquiera mirarlos—. Ya apestan demasiado. Yo apesto demasiado.
Rex ni siquiera se molestó en contestar porque probablemente era cierto, pero Víctor alzó su brazo ligeramente para olerse bajo la axila. No era difícil olvidar que ambos estaban acostumbrados a la civilización y no a la intemperie. Víctor Guadalupe había sido un oficial en su pueblo natal de Los Llanos, y la se?orita Verónica María Lombarde venía de la gran ciudad.
—?Se te terminó el perfume? —le preguntó Víctor a Verónica sosteniéndose en sus codos.
—Hace como dos semanas. Gracias por notarlo —respondió la mujer todavía acostada.
—Duerman ya —habló Rex, cansado—. Ma?ana vemos qué tanto hay en San Domingo.
A pesar de que él no tenía la autoridad de Víctor ni los recursos de Verónica, los dos le hacían caso. Tal vez porque él era el único que sabía cómo viajar por las partes más silvestres de Bravo; tal vez todavía le tenían un poco de miedo por ser un forajido. Fuera lo que fuese, el alguacil y la citadina obedecieron y guardaron silencio, disponiéndose a dormir.
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Rex permaneció despierto un rato más, mirando al cielo. Le tomaría un rato conciliar el sue?o, pero al menos las estrellas le harían compa?ía. Una vez más, frotó la madera pulida de su pistola, asegurándose de que todavía estaba en su mano, y cerró los ojos. Secretamente también esperaba que San Domingo tuviera una casa de ba?o.
A la ma?ana siguiente, Rex parecía ser el último todavía durmiendo. Las cosas ya estaban empacadas. Víctor y la se?orita Lombarde sólo necesitaban que Rex despertara. La se?orita Lombarde agarró una piedra, la examinó, vio que era muy pesada y la regresó al piso. Luego, empezó a rebuscar entre sus cosas del bolso.
—?Qué haces? —le preguntó Víctor.
—Busco algo para lanzarle a Rex. Eureka.
Encontró un frasco de perfume vacío. La se?orita dio unos diez pasos en dirección opuesta a la cabeza de Rex. Víctor, repitiéndose, preguntó nuevamente qué hacía.
—Quiero despertarlo.
—Pues, sacúdelo.
—?Quieres que me apunte con su cosa esa en la cara? ?Lo has visto en las noches?
Víctor no contestó. La se?orita siguió hablando.
—Se levanta con la pistola en mano sudando. No me imagino cómo va a reaccionar si lo sacudo. Pero si tú quieres quedarte en su rango de puntería, adelante.
Víctor titubeó un momento. Decidió acompa?ar a la se?orita Lombarde en esos diez pasos de distancia de Rex. Los dos estaban a la espalda del hombre. Verónica lanzó el frasco de perfume. Sin abrir los ojos, con la mano que no sostenía la pistola, Rex lo atrapó.
—?Bien! Despertaste. Andando —comandó la se?orita.
Llegaron al pueblo de San Domingo. La se?orita Lombarde tenía razón, era un pueblo de rancho por lo que encontrar un establo fue inmediato.
—Una moneda por caballo. Una moneda por día —dijo la empleada.
—Tres caballos. Un día —contestó Rex, lanzándole tres monedas. La se?orita Lombarde se acercó al oído de Rex y dijo en voz baja:
—Nos estamos quedando sin monedas.
Debieron haber caminado un par de calles cuando Víctor y Verónica dedujeron que Rex había elegido estacionarse en San Domingo por una razón. Sabía perfectamente hacia dónde caminaba. Y si les sobraban sospechas, éstas se disiparon cuando una figura en el horizonte corrió hacia él y lo abrazó.
—?Rex! Pensé que era mentira cuando recibí tus cartas.
—Hola, Miroslava —dijo el hombre.
Sus dos acompa?antes se preguntaron si alguna vez habían visto a Rex sonreír de esa manera.
—Estos son mis… amigos. ?Sabes si hay algún lugar en el que nos podamos asear?
—?Tonterías! Pasen a mi casa.
La pueblerina lo tomó del brazo.
—Te va a encantar San Domingo...
Y la conversación entre los dos se desvaneció conforme se metían a la puerta. Víctor se acercó a Verónica.
—?Crees que sean viejos amantes o algo?
—?Para qué quieres saber?
La se?orita Lombarde puso los ojos en blanco y se adentró a la casa.
Por fin aseados, los tres se sentaron en la casa de Miroslava. Ella les había servido té y los trataba con una inesperada hospitalidad. Le ofreció un saco nuevo a Víctor, quien había roto el suyo en el campo. Al principio, éste se rehusó, pero Miroslava insistió diciendo que perteneció a su padre y que el viejo era un borracho gru?ón. Miroslava hablaba y hablaba.
—De hecho, tengo la intención de donar todo lo que perteneció a mi padre a la Iglesia. Sólo no he tenido el tiempo entre la escuela y los quehaceres. Parece que mis tardes consisten en llegar del salón y quedarme dormida justo en ese sillón de allí. Verónica, perdóname que no tenga nada para ti. No creo que seamos de la misma talla, pues soy demasiado peque?a.
—Estoy segura —dijo Verónica.

