Necesitaban repasar las pistas que tenían. Reservaron una habitación de hostal, esperando eventualmente ser capaces de costearla. El ex oficial sugirió ir en busca de aquella tal Mildred Bustamante mencionada por las personas del banco. Sin embargo, Rex lo consideró fútil. Aseguraba que los hermanos Severino atacarían la joyería en cuanto se izara el cielo nocturno, pues si durante el día habían cometido el error de dejarse ver, era porque pretendían infiltrarse esa misma noche.
La primera propuesta de Verónica, y lo que más convino a los tres, fue obtener el periódico de Antigua Luna.
—“Los hermanos Severino” —leyó en voz alta—, “famosos originalmente por pertenecer a un acto de circo familiar en Cambolana, terminaron dándole al público una última sorpresa al practicar la voltereta de convertir sus vidas en un acto de crimen”.
“Liz, Enya y Jerónimo Severino nacieron directo al mundo del espectáculo en una familia de acróbatas conocida como Los Voladores Severino. Entrenados desde peque?os, los tres se enorgullecían de erguir la tradición del entretenimiento, trepándose al trapecio cual segunda naturaleza. Quizá fue esta falta de miedo a las alturas lo que se convertiría en una motivación por desafiar las autoridades”.
“La muerte de la madre, administradora del circo y viuda del antiguo portador del nombre, confirmó las sospechas que de por sí se intercambiaban entre el público: los hermanos no eran personas honestas. Sobrando en juventud e inexperiencia, abandonaron la vida de circo para adentrarse a una cruzada de romper la ley”.
“Desde hace cinco a?os van de pueblo en pueblo y saquean todo lo que cabe en sus manos. ?Cómo escapan siempre de la autoridad? Nadie lo sabe. El menor es el único que ha sido arrestado de los tres, por lo tanto, el único que cuenta con un retrato publicado por las autoridades. Corpulento, porta un grueso bigote negro retorcido en ambas puntas y es completamente calvo de la cabeza. Fue liberado de prisión por sus dos hermanas mayores, Liz y Enya, hace dos a?os y medio”.
Verónica terminó de leer un par de párrafos más que enfatizaban el detalle explicado por Víctor. En efecto, se quedaban más de un día en la misma ciudad y robaban más de un negocio.
Sin embargo, Rex y Víctor habían dejado de prestar atención. Miraban a una distancia perdida de los ojos de Verónica. ésta se preocupó. Pensó que yacía alguien peligroso a sus espaldas, o quizá tenía una mancha en el rostro, pero al percatarse correctamente, notó que le estaban mirando las manos. Más precisamente, la contraportada de la prensa.
“Maestra en San Domingo pierde casa en incendio”.
Una fotografía de Miroslava, llena de vida al momento de ser tomada, los encaraba directamente. Verónica sintió que le faltaba el aire. Tragó saliva. Dobló el periódico con mucha delicadeza, como si no quisiera lastimar la figura de la fotografía, y decidió cambiar el tema lo más pronto posible.
—Sé quién es Mildred Bustamante —dijo.
Rex y Víctor intercambiaron miradas.
—?Cómo?
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Verónica hizo un ademán con el periódico.
—Ella firmó este artículo.
Víctor hizo un sonido de admiración.
—Una mujer de letras.
Rex gru?ó por lo bajo.
—?Y tenemos que ir a entrevistar a esta reportera?
—Bueno, ella sabe qué joyería estaban viendo —explicó Verónica, revisando el título del periódico para asegurarse de qué edificio buscar.
—?Cuántas joyerías puede haber en una ciudad?
La mujer solo sacudió la cabeza para indicar que la respuesta era obvia y emprendió el camino hacia el centro de Antigua Luna, donde si no encontraban las oficinas del periódico, al menos hallarían a quién preguntar.
A pesar de que Verónica se sentía como en casa caminando por las amplias calles de la ciudad, Víctor y Rex estaban fuera de su elemento. Víctor esquivaba a los peatones que bullían por el camino, pero Rex chocaba sus hombros contra varias personas, careciendo la costumbre de transitar por tan concurridos andadores. Se le veía un poco irritado.
Por fin llegaron a la plaza principal y, aunque también estaba atestada, encontraron un peque?o espacio donde el flujo transeúnte era menor.
—Hay mucha gente —se?aló Rex a modo de queja.
—Es la hora pico —se?aló Verónica, mirando a los alrededores en busca del edificio del periódico—. ?Alguien ve las oficinas?
Víctor y Rex también buscaron, alzando la mirada para examinar las altas fachadas de los edificios que rodeaban la plaza principal, pero ninguno leía el nombre del periódico de Antigua Luna.
—Bueno, se intentó —dijo Rex, rindiéndose con exageración.
Verónica puso los ojos en blanco y simplemente llamó la atención de un hombre que iba pasando,
—Disculpe, ?sabe dónde están las oficinas del periódico? —le preguntó cortésmente.
—?El periódico? —contestó el hombre—. Lo imprimen en el norte de la ciudad. Casi afuera.
El hombre se alejó sin siquiera dejar que Verónica le agradeciera, pero a la mujer no le importó mucho. Miró a sus compa?eros para indicar que seguirían caminando y avanzó hacia el norte.
El periódico de Antigua Luna estaba entre una lavandería y una farmacia, resaltado por las grandes letras en la cornisa que anunciaban su nombre. Efectivamente, estaba casi en los límites de la ciudad, teniendo una calle trasera que conectaba directamente con el camino hacia el Rumbo Largo. A través de las ventanas se podía ver el bullicio en su interior: una docena de personas trabajando en las tres prensas para tener listo el periódico del día siguiente.
—Mildred —dijo el due?o—, ?nada sobre los ladrones?
—No. No desde que preguntó hace cinco minutos —respondió ella, jugando con el lápiz entre sus dedos—. Ya le dije que será la historia de ma?ana.
—A los lectores les encantó todo lo que investigaste sobre esos hermanos. Quieren más. ?Por qué no vas al telégrafo a preguntarle a tu amiga de Cambolana? —insistió el se?or Harper.
Mildred soltó un peque?o bufido, pero se levantó. No iría a hablar con su amiga, pero iría a dar una vuelta y ya se inventaría una excusa cuando regresara. Necesitaba el aire fresco.
—No imprima la historia de la frutería hasta que regrese —le advirtió a su jefe.
A pesar de ser solo la reportera, Mildred tenía un porte de autoridad en el periódico que incluso el se?or Harper respetaba y obedecía. éste asintió y la dejó irse, esperando que volviera con noticias sobre los ladrones de Antigua Luna.
La se?orita Bustamante se puso su pamela sobre el mo?o alto de su cabello y se llevó la chaqueta en el hombro. Al abrir la puerta, casi se dio de bruces contra otra mujer.
—Ay, una disculpa —dijo Verónica, poniendo una mano entre ambas para no chocar.

