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Bach y Gaggash

  —No sabía que los estorninos se comieran —dijo Bach en tono de reproche.

  —Todo lo que se mueva y no sea por el viento se puede comer. —Contestó Gaggash en tono burlón mientras recuperaba el ave muerta del suelo. Tomó una de las tantas idénticas dagas que formaban su cinturón y abrió en canal el pecho del ave, con maestría le quitó las entra?as, que Elur agradeció, y lo guardó en su bolsa. —Tienes que reconocer que no ha sufrido.

  Era cierto. La puntería de la orca era impecable. Ella era muy certera con la honda, pero la orca había abatido al pájaro de un golpe seco en la cabeza con una china que tenía en la mano.

  —Parece que nos desviamos hacia un bosque. Eso te gusta, ?no, perrito? —el huargo movió la cola —yo también lo prefiero. Me resulta muy duro oler a cerdo cocinado y no poder probarlo.

  Bach suspiró.

  —También el saber que hay camastros junto al fuego —continuó —y tener que dormir a la intemperie.

  —Pues haber bajado a la posada.

  —?A dónde?

  —A la casa, a cenar y a dormir allí.

  —Puede que lo haga.

  —?Tienes dinero para hacerlo?

  —?Qué?

  —Dinero. Es lo que utilizan los humanos para sus intercambios. No sabes ni lo que es.

  La orca calló. No sabía que era aquello, pero seguro que si iba a la casa ésa de los humanos y levaba ella la cena le dejarían quedarse a dormir. Quizá un par de jabalíes. O una elfa y un par de conejos.

  Dos horas más tarde el silencio no se había roto aún. Elur caminaba delante con paso ligero seguido por Bach, seguida por la orca, que de cuando en cuando fantaseaba con respecto a la fragilidad del cuello de la elfa que tenía delante. Se detuvieron en cuanto divisaron la caseta portátil de los hombres a medio montar. Parecía que hacía no mucho que se habían detenido. A Bach no dejaba de sorprenderle el hecho de que dos hombres a caballo nunca les sacaran una ventaja considerable. Por lo que tenía entendido los humanos hacían uso de los caballos para desplazarse de manera más rápida en sus viajes, o bien, de caballos u otras bestias, como ellos los llamaban, para transportar cargar pesadas. Sencillamente, Bach era incapaz de entender por qué en este caso los hombres no iban caminando junto a los caballos.

  —?Dormiremos aquí? —preguntó la orca.

  —Sí.

  —Bien. Voy a por algo de cena.

  Casi no había terminado la frase y ya había desaparecido. Hacía bastante rato que tenía ganas de perder de vista a la elfa, y matar algo le sentaría bien. Por su parte Bach también iría a dar un paseo. Le apetecía correr, libre. A pesar de que todas las noches se alejaba unas horas, seguía resultándole agobiante el estar con alguien tantas horas al día y en muchos momentos sentía mucha tensión. Aunque para su sorpresa, en otros muchos la presencia de Gaggash no la incomodaba en absoluto, incluso podía llegar a agradarle. La orca podía pasarse horas en silencio, y eso era algo de agradecer. Corría. Elur la seguía. Libre. Se preguntó si en el poblado humano sería fácil encontrar libros. Estaba segura de que conseguir dinero sería fácil. Quizá lo difícil fuera entrar, quizá el emular a los humanos en su comportamiento no fuera suficiente. ?Habría más elfos allí? Elur corría junto a ella. Veloces. ?Y la bárbara? ?también ella entraría en la villa? ?habría más orcos entre los humanos? ?y si no les dejaban entrar? Se dio cuenta de que no tenía la menor idea con respecto a lo que la orca quería hacer. No sabía nada de sus intenciones, tal vez debiera desconfiar. Aunque, al fin y al cabo, la orca tampoco sabía nada de las suyas propias, y ella no estaba tramando nada. Detuvo su carrera en seco presa del espanto. Miró alrededor. Se encontraba en un claro de árboles insultantemente grande. Cientos. Miles. Comenzó a caminar entre los tocones. Haría un día o dos que los habían talado. Si escuchaba con atención el silencio, aún podría oír los gritos de aquella matanza en el viento. Algunos tocones eran de venerables ancianos, otros, de jóvenes árboles llenos de vida. Muy pocos volverían a rebrotar. Estaban muertos. Todo arrasado, hasta donde alcanzaba a vista. Le hervía la sangre. Comenzó a buscar se?ales, indicios. Hombres, de eso estaba segura. Algunas de las torpes herramientas que habían utilizado tenían óxido, con el horrible escozor que eso producía a los árboles. Si llegaba a mezclarse con la savia el árbol quedaría envenenado, aunque rebrotara ya jamás sería igual de sano. Era una matanza sin miramientos. Había aves nonatas entre los restos de los nidos por el suelo, madrigueras destrozadas... y huellas: llevaban a más terreno talado, y más, y por entre una senda aún arbolada a una caba?a de madera en la que Bach irrumpió hecha una furia lanza en mano. No había nadie. Sin duda hubiera sido más inteligente detenerse unos momentos a investigar primero y proceder con más cautela, pero estaba demasiado enfadada. Salió de allí buscando el rastro más reciente con el fin de encontrarlos. Tomaría prestado el hacha doble de la orca para talarlos por debajo de las rodillas. Salvajes. En su rápida y furiosa carrera con Elur, de pronto entendió que estaban dirigiéndose a su punto de partida: donde estaban acampando el hombre sin pelo y el chico. Se desvió a una zona algo elevada antes de llegar y, en efecto, allí estaban: desde allí vio que el hombre estaba enfrentándose a cuatro salvajes al mismo tiempo y protegiendo al chico. En el mismo momento en que el paladín atravesó el pecho a uno de los hombres otro cayó abatido por una flecha en un ojo. Bach volvió a disparar, y otra flecha abatió a otro hombre. Esto debió hacer que la vieran, porque otros dos aparecieron tras ella portando cuchillos, mientras que otras dos parejas cargaban contra el guerrero y el asustado joven. Elur derribó a uno de los atacantes de Bach e hirió mortalmente al otro, mientras que la elfa, sin inmutarse, seguía disparando con su arco hacia el campamento. El guerrero ya había abatido a otros dos, así que todavía quedaban tres, y uno de ellos estaba empe?ado en matar al joven. El primer hombre derribado por el huargo se arrastró hacia la elfa clavándole una faca herrumbrosa en el costado, acto por el que Bach falló su blanco y por el que el lobo le arrancó la mano antes de arrancarle el cuello. En el preciso instante en que ésta comenzó a correr hacia la lucha, donde el guerrero lidiaba aún con tres asesinos, otros dos llegaron corriendo. Cargó con su lanza contra el primero, que cayó muerto. Ixen tuvo tiempo de rebanar el cuello a otros dos y herir al tercero, ya que se distrajeron por completo ante la repentina visión de un enorme lobo blanco destrozando a uno de sus amigos. Ya sólo quedaba uno, herido. Trataba de huir espantado cuando Bach, desarmada, fue tras él, le agarró del enmara?ado pelo por detrás, lo arrastró hacia el árbol más cercano y le golpeó la cabeza contra el tronco varias veces hasta que se la reventó. Entonces lo soltó y lo dejó caer al suelo. Ixen la miraba con los ojos como platos. Domenico se debatía entre gritar, llorar y vomitar.

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  —Quería madera —dijo la elfa mientras recogía su arma.

  La expresión de los hombres no varió en lo más mínimo

  —Mucha.

  Para ellos dos la estampa era la siguiente: una extra?a mujer, menuda y esbelta, aparentemente frágil, aunque con una energía digna de un soldado y un aplomo digno de un decano. Domenico nunca había visto a una mujer en pantalones. No estaba seguro de si era una mujer, aunque estaba seguro de que un hombre no era. Elur hizo un gesto con la cabeza buscando la mano de Bach como felicitación mutua por lo recién acontecido y se sentó a su lado, de cara a los dos hombres, como si fuera a hacer las presentaciones. La estampa se había vuelto aún más impresionante. La melena infinita de la mujer y el pelaje del animal eran de un blanco impoluto que contrastaba inevitablemente con los ropajes en tonos verdes y tierra de ella y sus botas —y zarpas —llenas de barro. La nota de color la daba una capa que ella llevaba, de plumas oscuras que tornaban en violáceo en la parte superior, siendo más largas e irisadas en los hombros y el cuello. Ixen quiso dar un paso al frente, presentarse y darle las gracias, pero Domenico le agarraba la ropa como si se hubiera quedado duro. Lo miró mientras intentaba zafarse con delicadeza cuando, de estar duro, el muchacho pasó a temblar; se había hecho el terror en sus ojos.

  —??Y no me has esperado!?

  —Lo siento.

  —Podrías haber dado un grito. Hubiera venido a ayudarte.

  —No ha hecho falta.

  —Ya veo. ?Ha sido divertido, perrito? —Elur acudió a saludarla y movió la cola. —Veo que has hecho amigos.

  El paladín estaba como petrificado y el joven tenía ahora demasiado miedo como para poder respirar.

  —Soy Bach. éste es Elur. Ella es…

  —Gaggash

  En un segundo las dos mujeres se miraron de reojo. Acababan de darse cuenta de que no se habían presentado aún. Fingiendo normalidad, Bach se quedó esperando una presentación. Ixen dio un paso al frente. Rígido. Era imposible determinar si estaba tan rígido por el aspecto feroz de las mujeres o por el hecho de que eran mujeres. Dos.

  —Me llamo Ixen Xabalas. Soy paladín en jefe de la Orden Ador. él es Domenico —dijo soltándose del joven cuya mano quedó tiesa en el aire como si aún asiera algo —es un aprendiz de sacerdote.

  Miraron al muchacho. Nada. Seguía inmóvil. Las primeras gotas de lo que prometía ser otra tormenta de verano comenzaron a desdibujar el charco de orina que tenía debajo.

  —Hola

  Nada.

  —?Es siempre así? —Bach esperaba que el muchacho reaccionara.

  —No —abogó Ixen —es sólo un estudiante, supongo que nunca había pasado tanto miedo. —El ligero paternalismo con que ti?ó sus palabras consiguió disfrazar su propio miedo.

  —Pobrecito —Gaggash lo miraba con la cabeza ladeada —a lo mejor nunca antes han querido matarlo. En mi aldea desde ni?o...

  —Lo que no sé es por qué querían matarlo. Por qué querían matarnos.

  —A lo mejor sólo querían echaros del bosque —expuso la elfa.

  —?Echarnos? ?Por qué querrían hacer eso? Estos bosques no pertenecen a nadie, ni siquiera está muy claro a qué comarca pertenecen, y a nadie le interesa.

  —Quizá por eso lo estén talando.

  —?Cómo? —Ixen estaba completamente confuso.

  —Vamos a ser más a cenar, ?verdad? —interrumpió la orca, mostrando su interés en el tema del bosque.

  —A menos de una milla al nordeste de aquí hay un asentamiento

  —?Hay una base aquí? ?Soldados?

  —Bien, vale. —Bach se mordió levemente el labio inferior. —Es más bien una caba?a. Hay un taller anexo, muchos troncos apilados, demasiados; un par de carretas y un cobertizo, o algo así.

  —?Es un aserradero?

  —?Un qué?

  —?Sierras? ?Hay sierras?

  —Sí, muchas. Había muchos hierros —el cómo le hervía la sangre al recordarlo hizo que no se diera cuenta de que estaba quedando como una ignorante, que era, por cierto, uno de sus mayores miedos.

  —?Pues vamos! —dijo Gaggash —Cazaremos de camino. —Comenzó a caminar con Elur a su lado. Se detuvo y echó una ojeada hacia atrás. El muchacho seguía quieto, mirándola. Se dirigió hacia él seguida por el lobo, y cuando llegó a colocarse frente a él cogió el hacha que llevaba a la espalda y se lo colocó en diagonal en el cinto, mientras que con la mano izquierda cogió a Domenico, se lo echó al hombro y empezó a caminar. Elur la siguió de nuevo, moviendo la cola.

  Ixen miró a Bach como esperando una explicación.

  —Va a llover —fue todo lo que obtuvo de la elfa antes de que ésta le diera la espalda y se pusiera a caminar tras la orca.

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