La advertencia interrumpida
El soldado corrió por el corredor gritando:
-?Tengan cuidado! ?Vernak está loco, acaba de-
No terminó la frase.
(Pausa... El aire se tensó).
Una espada de fuego le atravesó la espalda. Cayó de rodillas, tembló una vez... y se desplomó.
Los demás se quedaron en miradas tensas, respiraciones confundidas.
Enseguida, comenzaron los murmullos.
-?Qué sucedió?
-?Quién lo mató?
-Tal vez nos traicionó... por eso murió así.
-Si cayó así... es porque lo merecía.
-No... no puede ser, yo lo vi vivo hace un instante.
-?Y si somos los siguientes?
La aparición de Vernak
Detrás apareció Vernak.
Ordenó:
-?Tiren y después quemen el cuerpo!
Se?aló el salón amplio y pidió sacar los cuerpos de allí.
Dos soldados se fueron.
Al sacarlos, todos reconocieron los rostros:
El ambiente se volvió incómodo.
Zharuk, el líder que parecía intocable.
Meldrion, el que siempre estuvo cerca del poder.
[La revelación del vacío de poder]
En ese momento entendieron:
Si ellos cayeron... no tenían oportunidad contra Vernak.
La pregunta, sigue el mismo camino.
Observa
La única soldada, Gel, observó cómo arrastraban y humillaban por el patio inferior del castillo a sus exjefes.
Se dijo:
No debo estar aquí.
Al rato, Vernak habló:
-?Qué tanto miran?
-?Salgan de aquí, atacan la aldea ahora!
Un soldado intentó explicar:
-Muchos de nosotros...
(Pausa... Vernak no respondió de inmediato).
Pero lo fulminó con la mirada.
-?Silencio! No necesito excusas, necesito sangre.
Otro soldado se atrevió a hablar:
-Mi se?or... en la última misión perdimos demasiados hombres. Y todas nuestras armas.
Vernak lo observar unos segundos, como si midiera su utilidad.
-?Armas?
(Pausa)
-Yo las crearé.
Dio un paso al frente.
-Pero mi magia no se desperdicia en incompetentes.
Traigan metal y algunas espadas. Todo lo que encuentren.
-Tienen cuatro días.
Su mirada se endureció.
-Y si alguno falla...
No necesito un arma para morir.
La conspiración
Dos días después.
En una casa de madera, de noche, y con sus velas encendidas....
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-Vernak mató a Zharuk ya Meldrion -susurró uno de los que planeaba rebelarse.
-Tal vez quería asegurarse de que no hubiera competencia... más vale mantenernos escondidos y aprender de esto -dijo otro, levantándose para mirar por la ventana.
-Si hizo eso con ellos... ?qué nos hará a nosotros? -preguntó un tercero, con voz temblorosa.
- Deberíamos buscar otro líder, sacarlo del castillo -propuso otro, bajando la mirada.
-Por el momento fingiremos obedecerlo -intervino alguien más-. Pero si mata a los que lo rodean, ?cómo sabemos que no nos usará y luego nos descartará?
-Por eso creamos este grupo -dijo el primero-. Pero no podemos seguir hablando en susurros aquí. Hablaremos de esto más adelante. Ahora, retíremonos.
Desde lo alto
Desde los cielos, una cóndor blanca sobrevolaba, buscando el metal que el nuevo líder había ordenado recolectar. Gel recordaba la sangre y los cuerpos chamuscados de Zharuk y Meldrion, y la mirada de aquel soldado... no pensaba ser la siguiente.
Al acercarse al pueblo, desde las alturas observó la frontera: fosos y trampas preparados. Más adentro, entre techos de madera, fogatas apagadas y pasajes estrechos entre chozas, evaluaba cada detalle mientras planeaba su siguiente movimiento.
Todo parecía quieto, pero sabía que incluso en la calma podía esconder peligro. Debía elegir el punto exacto, aquel donde la sorpresa fuera su única ventaja.
Se detuvo un instante en el aire. No para recordar, sino para controlar la respiración. El miedo seguía ahí, pero no mandaba. Sus alas se tensaron mientras descendía con cuidado.
-Si quiero sobrevivir... tendré que ser más rápida, más precisa... más fría -murmuró.
Lo que no se puede ignorar
Al aterrizar, avanzó con cautela. Caminó demasiado. Pensó por un momento que el lugar estaba vacío.
Entonces sonó la campana.
El ruido alertó a todos. De las chozas y de las casas de madera salieron sujetos corriendo y la rodearon.
-?Acaben con la intrusa! -gritó uno.
Un hombre se le lanzó con un hacha. Gel no retrocedió:
(pausa... Por un instante pensó en no hacerlo)
Le sujetó el arma, la giró y le dio un golpe seco en la cabeza.
El hombre cayó inconsciente.
Otros intentaron atacar por detrás. Abrió las alas y se elevó para escapar del cerco, perdiendo algunas plumas en el impulso.
Desde los techos comenzaron a dispararle flechas.
Una la alcanzó en el cuerpo.
El impacto la hizo perder altura.
No... todavía no...
Descendió de inmediato.
En el lugar la esperaban más habitantes con lo que tenían a mano: palos, cuchillos, hondas y herramientas. No eran soldados, pero eran muchos.
Gel retrocedió despacio.
?Por qué son tantos...?
Tal vez debí irme antes...
Notó el suelo de tierra suelta. Una idea cruzó su mente. y esperó. Dejó que se acercaran.
Solo un momento más...
Cuando estuvieron juntos, batió las alas con fuerza.
El polvo los obligó a cubrirse los ojos.
Nada más.
No gritaban.
No retrocedían.
Seguían avanzando.
Gel -No fue suficiente...
Por un instante sintió frustración.
No por el esfuerzo.
Por la certeza de que aún no bastaba.
Sin detenerse, llevó las garras a su costado y soltó varios peque?os objetos redondos que llevaba sujetos bajo las plumas.
Cayeron al suelo entre las figuras armadas.
Un segundo de silencio.
Luego estallaron.
No con fuego.
No con ruido.
Con humo.
Una nube espesa, oscura y densa brotó de golpe, extendiéndose a ras del suelo.
Gel volvió a batir las alas.
El humo se expandió como una pared viva.
Los sujetos comenzaron a toser.
-?No veo! -??Dónde están?!
Aun así, atacaban a ciegas.
Mientras esquivaba, sacó las peque?as dagas ocultas entre sus plumas. Sus movimientos fueron cortos, defensivos.
Gel pensó:
No quiero... pero no hay otra forma.
Desde los techos, los arqueros siguieron disparando.
Las flechas cruzaban el aire sin orden; algunas caían sobre su propia gente.
Gel no atacó para matar.
Se movió instintivamente, esquivando, descendiendo y alzándose solo para no caer.
Cuando las flechas se agotaron y el silencio cayó, Gel seguía en pie.
A su alrededor, los suyos yacían heridos... atravesados por flechas amigas.
Entonces los arqueros sintieron.
El remordimiento y la vergüenza pesaron más que el combate, y uno a uno bajaron sus arcos... y huyeron.
Cuando todo terminó, el lugar quedó en silencio.
Gel respiraba con dificultad. Le temblaban las alas.
?Ya... terminó?
Caminó herida entre las herramientas caídas. No miró los cuerpos por mucho tiempo.
No quería que fuera así...
[La inocencia rota (culpa de Gel)]
Al rato, un ni?o se aproximaba, tambaleando, con la túnica rota.
Se detuvo frente a un cuerpo.
No gritó.
Solo se arrodilló y apoyó la cabeza en el pecho frío de su padre.
El silencio era más cruel que cualquier palabra.
Después, las lágrimas caían sin fuerza, como si incluso llorar le costara demasiado.
Sus dedos peque?os se aferraban a la mano inmóvil, esperando un apretón que nunca llegará.
Gel sintió la culpa por dentro.
No era el llanto lo que la quebraba, sino la quietud: la forma en que el ni?o parecía aceptar que el mundo se había vaciado de repente.
Las lágrimas del ni?o le hicieron recordar a Gel el día en que su madre voló lejos con sus hermanos y ella cayó del nido, sola.
El regreso al castillo
En la actualidad, Gel tomó lo robado.
Antes de alzar el vuelo, miró una última vez atrás: varios ni?os permanecían junto a los cuerpos de sus padres, algunos llorando en silencio, otros sin lágrimas, como si aún no entendieran lo que habían perdido.
Entonces se elevó y se alejó hacia el castillo.
Al llegar, aterrizó cubierta de polvo y sangre seca.
Vernak ya los esperaba. Fuera del castillo sentado, y arriba de él, estaban dagas y cuchillos en el aire, inmóviles, que flotaban como una advertencia para quien hubiera desobedecido.
Los soldados dejaron caer el botín: puertas arrancadas, moldes, armas viejas. Algunos se desplomaron de agotamiento; otros sangraban. La guerra aún no había comenzado... y ya estaban rotos.
Solo un grupo peque?o presentó oro y espadas.
La sentencia de Vernak
Vernak los observó sin decir nada.
Sus ojos se detuvieron en el oro.
-No pedí oro
Pedí armas.
Pedí metal.
Nadie se atrevió a responder.
Uno de los soldados dio un paso al frente, temblando.
-Mi se?or, pensamos que con oro podríamos-
(Pausa)
Vernak inclinó apenas la cabeza.
La daga se dirigió al sujeto y le atravesó la garganta.
Cayó sin terminar la frase.
Vernak ni siquiera lo miró.
-Pensar no estaba dentro de sus órdenes.
El resto retrocedió instintivamente.
Uno a uno, cayeron de rodillas.
-Perdón... -susurró uno.
-Fallamos... -dijo otro, con la voz rota.
-Castíguenos... pero déjenos vivir...
Dos permanecieron en pie.
Revelación:
Uno alzó la barbilla.
-Usted no gobierna, solo castiga.
El otro escupió al suelo.
-Usted solo usa el miedo, si él no es nada.
Por primera vez, Vernak sonrió.
Las armas se movieron solas.
Los que suplicaban cayeron primero.
El error fue creer que implorar era distinto a desobedecer.
Luego, Vernak caminó hasta los dos que aún lo miraban.
Vernak:
-No uso el miedo. Lo provoco.
(Pausa... un segundo de silencio mientras los rebeldes sienten el peso de sus palabras)
Prendió la espada de fuego e hizo el resto.
Vernak se dio la vuelta mientras el humo ascendía.
-Recuerden esto.
Vernak se acercó hasta detenerse.
Cuando vio todo el metal reunido...
Recordó el frío del metal cuando fue encadenado...
Ahora ese mismo metal le pertenece.
Cada puerta, moldes, hierro oxidado, armaduras viejas era un insulto.
Veía la burla de su caída, recuerda las cadenas que lo atraparon y fue arrojado contra la pared; También el haber tardado en crear cuchillas simples.
La humillación de haber estado indefenso lo cubró.
[La forja del nuevo poder (Vernak)]
Ahí ocurre el silencio interno.
No necesita decirlo en voz alta.
La ira lo consumía cada vez más; comprendió que el mismo metal que lo humilló sería la raíz de su poder.
Esto... es lo que me faltaba.
Su corazón comenzó a latir rápido.
Los soldados lo miraban, conteniendo la respiración...
Un segundo más de silencio.
(La transformación mágica)
Y entonces ocurrió.
Absorbió el hierro, lo devoró por completo.
Los soldados se quedaron inmóviles: nunca habían visto a Vernak así.
Las armas ya no requerían tiempo.
Ya no necesita esperar.
Ya no necesita robar más.
Material para solistas.
(La revelación colectiva)
De repente, el cuerpo de sus soldados comenzó a brillar.
Al poco tiempo, miraron sus nuevas armaduras con ojos tensos.
Algunos sostenían espadas.
Otros, lanzas, hachas, cuchillas curvas, arcos de metal vivo.
Incluso había armas que ninguno reconocía, formadas para matar a distancia o atravesar defensas.
Vernak no los había armado.
Los había convertido en un ejército.
Nadie habló.
Nadie agradeció.
Los observaron con orgullo: no necesitaba felicidad.
Alzó la mano y se?aló el norte.
-No necesitan mapas.
El futuro ya sabe dónde encontrarlos.

