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Capítulo 3 — Huella

  Corven Blayke confiaba más en los espacios vacíos que en los ocupados.

  Era una costumbre adquirida mucho antes de la ALMA-9, cuando todavía creía que los sensores espirituales improvisados que había desarrollado eran solo una forma distinta de leer datos. No veía presencias. No escuchaba voces. Lo que percibía era otra cosa: desplazamiento sin causa, interrupciones sutiles en patrones que deberían permanecer constantes.

  La nave estaba demasiado quieta.

  No silenciosa —la ALMA-9 nunca lo estaba—, sino contenida. Como si algo hubiera ajustado la presión interna de un sistema que nadie recordaba haber instalado.

  Corven avanzaba por el corredor C-12 con las luces atenuadas, siguiendo una lectura que no aparecía en ningún panel oficial. El tramo llevaba sellado desde antes del cruce, aislado por mantenimiento preventivo. No había tránsito humano. No había drones activos. No había flujo térmico.

  Y, aun así, algo se movía.

  No dejaba calor.

  No alteraba la presión.

  No desplazaba aire.

  Pero interrumpía.

  Corven se detuvo y apoyó la mano contra la pared metálica. Cerró los ojos.

  Respiró.

  La nave respondió con un leve crujido estructural, casi imperceptible. Un sonido que no provenía de ningún sistema específico, sino del conjunto. Como si la ALMA-9 hubiera exhalado después de sostener el aliento demasiado tiempo.

  —No estás en el manifiesto —murmuró.

  Activó el visor auxiliar. Los sensores estándar devolvieron exactamente lo que esperaba: corredor vacío, temperatura estable, ausencia total de masa en movimiento. Nada que reportar.

  Corven sonrió sin humor.

  —Claro que no.

  Avanzó dos pasos más.

  La sensación se intensificó.

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  No era una presencia sólida. Era más bien una huella inversa, un espacio donde algo había pasado y aún no había terminado de irse. Como la marca que deja un cuerpo al levantarse de una cama demasiado blanda.

  El comunicador vibró en su mu?eca.

  —Blayke —dijo Isha, por el canal interno—. ?Estás solo?

  Corven tardó un segundo en responder.

  —Depende de lo que consideres “solo”.

  Silencio.

  —Eso no es gracioso —dijo ella finalmente.

  —No estaba intentando serlo.

  Isha suspiró al otro lado.

  —Tengo lecturas raras en comunicaciones. Latencias que no coinciden con el mapa interno de la nave. Necesito saber si hay… interferencias físicas.

  Corven miró el corredor.

  —No físicas —respondió—. Pero hay desplazamiento.

  —?Desplazamiento de qué?

  —Eso es lo interesante.

  Se arrodilló y pasó la mano a unos centímetros del suelo. No tocó nada. No sintió nada. Y, sin embargo, el visor mostró una breve distorsión: una caída de coherencia en los sensores de proximidad, como si algo hubiera ocupado ese espacio medio segundo antes.

  —Hay algo caminando por aquí —dijo Corven—. No pesa. No emite calor. No refleja se?al. Pero la nave lo está registrando.

  —Eso no tiene sentido.

  —Lo sé.

  La ALMA-9 volvió a crujir.

  Esta vez, Corven lo sintió en el pecho. No como vibración, sino como ritmo. Una cadencia lenta, irregular. Como si inhalaran y exhalaran.

  —?Escuchas eso? —preguntó.

  —No —dijo Isha—. ?Qué cosa?

  Corven se puso de pie despacio.

  —Nada que esté en los manuales.

  El desplazamiento avanzó.

  No hacia él.

  A través de él.

  Corven se tensó, instintivamente, pero no retrocedió. La sensación fue breve, como pasar por una zona de baja presión: un frío que no bajó la temperatura, una ausencia que no dejó vacío.

  Luego, se fue.

  Los sensores parpadearon.

  Durante un segundo, el corredor volvió a ser solo un corredor.

  —Se movió —dijo Corven—. Dirección desconocida. Velocidad constante. Como si estuviera… aprendiendo el camino.

  Isha no respondió de inmediato.

  Cuando lo hizo, su voz sonó más baja.

  —Corven… tengo algo más. Los sistemas de soporte están ajustando ciclos sin orden directa. Ventilación, presión, microcompensaciones estructurales.

  —La nave se está adaptando —dijo él.

  —?A qué?

  Corven miró las paredes, los paneles, las juntas selladas. Todo parecía igual que siempre. Y, sin embargo, ya no lo sentía como antes.

  —A algo que no reconoce como tripulación —respondió—, pero tampoco como amenaza.

  La comunicación se cortó con un chasquido seco.

  Corven se quedó solo otra vez.

  O lo que fuera que significaba esa palabra ahora.

  Activó el registro manual y marcó el corredor como zona de observación pasiva. No aislamiento. Sin signos de alarma. Todavía no.

  Porque si algo había aprendido de seguir huellas invisibles era esto:

  las cosas que no pesan suelen romperse cuando intentas contenerlas.

  La ALMA-9 exhaló de nuevo.

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  Anomalía Registrada #003

  Sensores registran desplazamiento sin masa ni temperatura en corredores sellados.

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