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Reconexión a Red Doméstica

  Andrew sentía el ardor del agua. Aunque habían pasado meses, el calor siempre removía sus huesos infantiles después de una ma?ana de ejercicio. A su lado, Amigo B y Amigo A estaban, por una vez, simplemente hablando y no causando problemas con los demás.

  Sentado en los salientes, con la consola en la mano, Andrew reflexionó. Hace unas semanas no se hubiera atrevido. Pero cuando Gilipollas abandonó el grupo de forma tan evidente —tan seguro de que lo clavarían como un clavo desafiantemente salido—, el comandante Rex ni siquiera le lanzó una mirada. Cuando Gilipollas volvió, trajo varias bolsas de papas fritas para acompa?ar el ba?o ma?anero previo al desayuno. Al parecer, además de llamar fuera del campamento, los privilegios del top tres tenían otros beneficios. Aún no descubría de dónde había sacado esas papas fritas.

  Al ver la pantalla de su consola, sonrió. Todo ese esfuerzo mínimo había valido la pena. Con un movimiento ágil, sacó su cable personal y lo conectó al dispositivo. Andrew parpadeó; la sensación de conectarse a una máquina aún le parecía extra?a, pero esta vez se concentró. Le ganaría a Ashley. No tenía por qué ser tan buena en un juego de carreras; esto era cosa de ni?os.

  Bajó el volumen al mínimo, recordando cómo todos habían comenzado a quejarse como envidiosos. El comandante Rex se paró e impuso orden, pero desde entonces, los gritos de "rico" y otras burlas llovieron como si una consola fuera algo único. Claro, la suya era mejor, pero su madre literalmente la había traído de la ciudad. Si lo querían tanto, que sus padres fueran y compraran una.

  —Oye, Andrew, deberías guardar eso.

  —Sí, hermano, sé que eres rico, pero no lo pongas así —intervinieron Amigo B y Amigo A, metiéndose en sus asuntos.

  Además, todos los demás del top tres usaban sus privilegios. Se vería raro si él no lo hiciera. Amigo A, como una sombra, siempre lo seguía y también le llamaba "rico".

  —Vale, vale, vale... Díganme por qué soy rico, porque al parecer soy el último en enterarse —apretó su consola, perdiendo la carrera en ese instante. Sería mejor que dijeran algo con sentido, porque solo quedaban unos días en ese lugar.

  —Hermano, tienes implantes en el cuello. Nadie en la ciudad tiene eso —Amigo A rodeó su cuello con la mirada.

  Andrew agradeció que la consola fuera resistente al agua. Eso era mentira. Su madre los tenía... Algunas personas en la televisión también. Bueno, tal vez eran algo raros, pero eso no lo volvía rico. Simplemente, su madre se los había conseguido de ni?o. No recordaba mucho, pero estaba seguro de que había sido en un hospital. Según una foto, él tenía apenas cuatro a?os y Ashley dos cuando les pusieron "todo el equipo". Según su papá, él solo tenía lo básico.

  Un silencio áspero como papel de lija se extendió. Andrew sintió que debía llenarlo; su padre nunca permitía ese tipo de pausas incómodas. Tragó saliva, pero entonces el comandante Rex tocó la bocina para dar por terminado el ba?o. Sus amigos se fueron como si alguien los persiguiera. Después de todo, los beneficios eran para el top tres, no para sus amigos.

  Andrew no era como Gilipollas, una monta?a de músculo y resistencia. A él le había costado mucho, apenas, llegar al top tres. Había hecho las flexiones de la forma correcta y completado todos los ejercicios, pero Gilipollas e Idiota seguían por encima. Ya salido de la piscina y vestido con el mono militar marrón de rayas rojas, Andrew se recordó a sí mismo que debía mantener la vista en el objetivo.

  Tenía resistencia, y el objetivo era hablar con Ashley.

  En su camino a la formación guardó su consola. Además del cansancio y de los idiotas, este campamento no se parecía en nada a las películas. Solo era ejercicio, clases, comer, y luego otra vez ejercicio, repetido una y otra vez, con ba?os de agua caliente de por medio y trabajos de limpieza ocasionales.

  Ya frente a la cafetería —un simple edificio en forma de caja—, Andrew entró. Sus amigos tomaron una mesa y él, ignorando la fila, recogió tres bandejas. Cada una contenía únicamente pasta nutritiva y un jugo energético, aunque en la suya había también un café con leche. Andrew sabía que su madre había pasado por ese campamento a su edad, y que ella aún bebía café con leche.

  Sus amigos tomaron sus bandejas. El sonido de todos devorando la pasta insípida era ensordecedor. No tenía sabor, lo cual era extra?o en sí mismo. La bebida tampoco sabía a nada, pero al menos era refrescante.

  —Miren estas cosas —dijo Andrew, se?alando los cinco neuropuertos en su nuca, de distintos tonos de verde—. No sirven para nada. Son solo pedazos de metal; no me hacen más listo ni nada por el estilo.

  —Mira, hermano, no sé. Esa cosa es de ricos —repitió Amigo A, el típico "musculitos", aunque la afirmación no tenía sentido.

  —Además, tu mamá siempre vuelve. La mía no —agregó Amigo B, apoyando el sin sentido—. Mi papá dice que ella no ha regresado.

  Andrew apartó la mirada. Eso no es culpa mía, que mi madre sea más dura.

  —Pero yo veo a tu mamá siempre bebiendo jugo en el parque —objetó.

  —No, esa mujer no es mi mamá —replicó Amigo B, con amargura—. Es una loca. Según papá, las drogas le hacen eso a la gente.

  Andrew desvió la vista hacia donde estaba Gilipollas, comiendo un pedazo de pizza junto a Idiota. Podría acercarse, pero ya había probado esa pizza de la cantina, que sabía rancio. Su madre le había arruinado el gusto, aunque valía la pena al poder compararla con la pizza fresca de verdad.

  Al final, todos fueron a hacer calentamientos a la plaza central. Se quedaron esperando en silencio hasta que vieron llegar varios camiones. Todos se pusieron firmes al aparecer el comandante Rex.

  Un hombre bajó del auto más lujoso que Andrew hubiera visto en su vida. Era más bajo que el comandante Rex, pero estaba rodeado de hombres con traje y llevaba un sombrero vaquero.

  —Se?or, es un honor estar en su presencia —declaró la voz fuerte y clara del comandante, mientras éste se inclinaba levemente ante el recién llegado. El hombre solo los observó.

  —Entonces, unos noventa. Esta generación está muy bien. Mantén los números —dijo el hombre, escudri?ando el lugar con unos ojos que brillaban, cambiando entre un azul y un marrón intensos.

  —Jóvenes —comenzó, y su voz resonó con autoridad mientras se acercaba lentamente entre las filas—. Muchos están aquí por obligación de sus padres. Otros porque quieren respeto, un reto. Pero les aseguro que están frente a una gran oportunidad.

  De pronto, se detuvo frente a Andrew.

  —Entonces tú eres el mocoso de Graves. No estás mal, ni?o. Tienes una mirada muy cool —afirmó el hombre, revolviéndole el pelo a Andrew—. A este ni?o trátenlo bien. Quiero ver hasta dónde llega.

  El hombre se retiró con su séquito, haciendo un leve gesto de asentimiento al comandante Rex. Algo le decía a Andrew que "tratarlo bien" no sería algo bonito, especialmente cuando vio la sonrisa que Rex le dirigió. Una sensación de sudor frío lo recorrió. Además, su madre también tenía un sombrero de vaquero como ese hombre. ?Serán amigos?

  Andrew observó cómo el auto de lujo se alejaba, pero varios hombres comenzaron a bajar de los camiones con porterías, gradas y lo que supuso que eran balones.

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  —En esta última semana se realizará un peque?o torneo deportivo —anunció el comandante Rex con su tono habitual, fuerte y claro.

  Andrew comenzó a oír murmullos y burlas a sus espaldas. Sintió el deseo imaginario de una bota presionando su columna, especialmente ahora que debían "tratarlo bien". Aun así, no podía evitar sorprenderse por la velocidad con la que instalaban las gradas.

  —Habrá nueve equipos, y el premio serán vales de alimento de Bio-Gourmet.

  Esto causó un revuelo inmediato entre los chicos. Andrew ya no podía ignorarlo. Mientras algunos mostraban incredulidad y otros ni siquiera reconocían la marca, él sí podía. Todo el mundo hablaba de bolsas de comida o descuentos, pero Bio-Gourmet era la marca que su madre usaba para comprar platillos especiales. Según su papá, se los daban a ella por ayudar en "asuntos de adultos".

  Si conseguía esos vales, Ashley tendría una comida bastante rica. Además, nada decía "buen hijo" como llevar comida deliciosa a casa.

  —?Ok, chicos! Es hora de ganar esto —dijo, tomando por los hombros a Amigo A y Amigo B.

  Andrew agradecía que el Enano hubiera sido expulsado por llevarle la contraria a la profesora MacDouglas. Solo era cuestión de decir sí o no; no era tan complicado. Cuando retomaron la rutina habitual —incluso siendo domingo—, Andrew sintió que podía con todo.

  El pitido inicial marcó el comienzo de lo que Andrew juró que sería su semana de gloria. Con la imagen de los platos de Bio-Gourmet brillando en su mente como un trofeo, entró al campo sintiéndose un general. Pero los otros ni?os eran como un muro de risas tontas y miradas que lo esquivaban. No seguían sus jugadas; ni siquiera lo escuchaban. Eran estúpidos. Todos estúpidos.

  Para el quinto día, la rabia le hervía por dentro. Cada vez que Amigo B tropezaba con su propio pie, a Andrew le entraban ganas de empujarlo. Cada vez que Amigo A, con su sonrisa de idiota, perdía el balón por querer ser el héroe, Andrew apretaba los pu?os hasta que le dolían. El equipo jugaba como si pateara basura.

  Cuando sonó el silbato final, confirmando su eliminación, algo se rompió en su pecho. Mientras los otros equipos perdedores se reían y empujaban bajo las gradas como si nada importara —Gilipollas incluso había traído comida y bebidas, usando los vales en esa misma mierda—, Andrew se arrastró hasta una esquina alejada, con cinco sándwiches de tocino y un refresco. Se sentó en el concreto frío, las rodillas pegadas al pecho.

  Ya no estaba solo frustrado. Estaba ardiendo.

  ?Odio esto?, masculló contra sus rodillas, pero por dentro gritaba más fuerte. ?Odio a todos. Al tonto de B, que no sabe caminar. Al creído de A, que arruina todo. A los otros, que se ríen. Ojalá se atraganten con su estúpida comida normal. Ojalá el balón les golpee la cara tan fuerte que les sangre la nariz. Quiero ver cómo se caen. Quiero que sientan por un segundo lo que es querer algo de verdad y que un montón de idiotas te lo arrebaten.?

  Observó al grupo desde su rincón, con los dientes apretados. No eran sus compa?eros. Eran enemigos. Y en su cabeza, una y otra vez, los veía tropezar, caer y llorar, mientras él, al fin, se quedaba con lo que merecía.

  La fiesta donde todos incluso los ganadores se unieron duro varias horas donde Andrew se obligó con los dientes apretados y ganas de escupir fuego pero se mantiene cerca de amigo A y B que se disculpa, no les responde no tiene energía de jugar al amigo, Gilipollas se acercó y bueno fue un gilipollas pero la bebida fría lo fue calmando tomando algunos envase vacíos que todos tiraron y fue guardando no tardó mucho que aparecieran imitadores pero para entonces, Andrew ya tiene varios envases de plásticos.

  Mientras los demás siguen celebrando Andrew como muchos otros van a la caba?a aunque un edificio para cientas de personas no le parece una caba?a de madera,allí guardan sus cosas Andrew tuvo que tomar por el cuello a sus amigos A y B,este dia vienen los autobuses para irse por fin.

  Para Andrew fue una eternidad pero por fin todos se formaron esperando los autobuses,hay cierta espera de un discurso final del comandante Rex pero solo está allí haciendo flexiones con pesos en la espalda,el sonido de motor movió las miradas y para sorpresa de Andrew allí estaba su madre.

  Su madre estacionó su moto dejandola zumbando,no importa cuánto la vea Akira Yaiba CT500 con ese rojo ardiente,solo estar allí parada su madre ve más grande que la vida,el comandante Rex dejo las flexiones,su madre se acerco un apretón de manos hizo que Andrew ganada valentía se acercara .

  — Alter como está la familia.

  — tan bien como se puede, Rex y como van las cosas con MacDouglas.

  — como una perra pero una buena.

  Ninguno de los dos sonríe al hablar, sueltan bufidos,silbidos o muecas, hablan de misiones,cyberware incluso el comandante Rex le recomienda a su madre algo pero esta niega, Andrew quisiera saber de qué rayos están hablando es como si hablarán otro idioma.

  — me iré con mi hijo gracias por no ser un maldito.

  — tienes un buen hijo tiene una gran resistencia incluso tu jefe vino a darle una visita.

  Su madre se callo de golpe y con una se?a suya Andrew se sube en la moto,los ve en la distancia hablar incluso su madre tomo al comandante Rex por el cuello antes de dejarlo , Andrew desearía tener super oído porque el comandante Rex le está diciendo algo al final tiene un apretón de manos , madre se monta en la moto la enciende y con un derrape comienza el viaje a casa.

  El viaje fue bastante corto su madre más de una vez saca una escopeta corta y la dispara para eliminar a perros enormes que Andrew está seguro que podrían comerlo y una cabeza con dolor es un precio justo para no morir,el viaje fue silencioso eso o sus oídos siguen zumbando.

  El desierto fuera de la ciudad es una vista tan tranquila Andrew se pregunta porque hay un desierto a las fuera de la ciudad en la escuela solo hablan de guerra esto guerra aquello de gente importante muerta, siempre habla de ciudades, corporaciones,allí en la moto de madre siente que no debe preocuparse.

  Cuando llegaron a la ciudad, su madre dejó su moto en el garaje detrás del edificio donde vivían. Andrew siguió a su madre, quien se tambaleaba ligeramente, pero un silbido lo hizo voltear. Allí estaba Ashley, silbando junto a su padre en un dúo perfecto, como dos pájaros coordinados.

  Ashley se lanzó contra él, tirándolo al piso, mientras su padre se inclinaba sobre su madre, aunque logró mantener el equilibrio.

  —Mi sol, debes dormir inmediatamente —dijo su padre.

  —?Andy, vamos! ?Cuéntame tus aventuras! Ya tengo la superguarida lista —gritó Ashley.

  Andrew siguió a su hermana, dejando atrás a su padre, que subía a su madre a la carretilla. Una sensación pesada como rocas creció en su interior. Soy un mal hijo. Madre está muy cansada, y si lo del campamento es cierto, ella lucha contra gente muy mala.

  Tal vez fuera correcto que él cuidara de Ashley. Al fin y al cabo, ese era su deber. Su madre tenía a su padre, y él tenía a Ashley. Solo tenía que esperar a que ella creciera. Andrew sentía que esa lógica tenía algún problema, pero no podía ubicarlo.

  Ashley fue saltando por todo el camino a casa. Andrew fue empujado y asaltado con preguntas cuyas respuestas le parecían muy aburridas, pero Ashley no estaba de acuerdo. Ella creía que tenía que haber espías y que necesitaban un lugar supersecreto. Obviamente, ese lugar era un fuerte de almohadas en su cuarto, lleno de basura mal escondida bajo la cama.

  Ashley no dudó y se zambulló dentro. él la siguió. Allí, con Ashley encima de él, sintió que las cosas no estaban tan mal. Esto estaba bastante bien, aunque la experiencia del campamento había sido extra?a.

  —Estaban estos brutos… En serio, terminé limpiando los excusados por días por su culpa —le contó sobre la vez que Amigo A pensó que era buena idea pelearse con el grupo de Idiota. Al final, Andrew recibió la mayor paliza por ser el "líder".

  —?Entonces les diste su merecido! —Ashley lo miró con ojos brillantes.

  él le mordió suavemente la mejilla gordita, haciéndola chillar. Era tan divertido.

  —No lo hice. Se disculparon y siguen siendo mis amigos.

  —?Por qué? Si son una mierda.

  —Porque debo tener amigos. No puedo quedarme solo; sería un tipo raro —se recostó más contra las almohadas—. Pero yo siempre estaré contigo.

  Tal vez fuera cierto. Al final, no estaría tan mal, aunque con Ashley mordiéndolo en venganza y bajo los escombros de un fuerte de almohadas lleno de polvo, dudaba si cuidar de este demonio valía la pena.

  Después de jugar un rato, Ashley se alejó de repente.

  —?Hueles horrible! —le gritó, y lo echó del cuarto usando un palo.

  Con los brazos cruzados, Andrew fue a ba?arse. El agua fría y el jabón eran cosas que casi había olvidado. Ya limpio, sacó a Ashley de su cuarto, se puso ropa fresca y no se sorprendió al revisar los cuadernos de su tonta hermanita: no había hecho su tarea.

  Al salir, encontró a Ashley jugando en su consola SD a máximo volumen a Doctor Sinclair, sacudiendo la cabeza al ritmo de la canción del detective. Andrew deseó que pusiera esa mente traviesa en su tarea y no en los juegos.

  Obviamente, no quiso. Comenzó a chillar, y Andrew terminó haciendo la tarea por ella, aunque logró que se quedara a su lado a cambio de dormir juntos. Según ella, era para vigilarlo, porque podía "volverse una mierda". A veces usaba la mirada de cachorro; no era justo. Además, Andrew recordó que tampoco había hecho su tarea. Suspiró, sabiendo que tendría que terminarla a primera hora de la ma?ana.

  Su padre hizo acto de presencia, empujando a su madre en la carretilla. Y ahí estaban también los envases llenos de sándwiches. Andrew se golpeó la frente: ?cómo había podido olvidarlos?

  —Bien hecho, Andrew. Calienta esto y cenad. Yo debo cuidar de tu madre y no estaré disponible. Si alguien llama, decid que Alter volvió —dijo su padre, retirándose a la habitación sin más.

  Ashley saltó inmediatamente hacia la comida, pero Andrew logró atraparla. Aún faltaban horas para la cena.

  Ashley se retorció con una furia que solo ella podía manifestar, como si estuviera poseída. O quizás ya estaba imitando la película del culto. Esa película había sido espectacular, aunque sus efectos eran basura.

  Andrew sacrificó su cordura al pactar con Ashley: jugarían a esos juegos de Doctor Laiton y el misterio de los poseídos.

  Fin

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