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Bienvenidos a Zalas

  Zalas no era un pueblo. Porque llamar pueblo a esa monstruosidad de piedra, madera y meados copada por un humo negro, era como decir que un dragón es solo una lagartija grande.

  Llevábamos días de viaje y habíamos superado los controles gracias a la capa de Wenny. El truco funcionaba a la perfección, aunque tenía un precio para mi dignidad, la magia de la prenda parecía tener un sentido del humor bastante cruel. En ese momento, y según el reflejo que había visto en un charco esa misma ma?ana, mi apariencia era la de un tipo de mediana edad, medio calvo, con la nariz torcida y una barriga incipiente. Al menos no llamaba la atención.

  Cuando coronamos la última colina y Zalas se extendió ante nosotros, me quedé sin aliento. Nunca había estado en un lugar tan inmenso. La muralla exterior parecía abrazar un océano de tejados que se perdían en el horizonte. Era un paso fronterizo obligatorio, el embudo por el que todo el mundo debía pasar si quería llegar a las tierras de Thor’graht o comerciar con el norte. Y vaya si había gente.

  El ruido nos golpeó mucho antes de llegar a las puertas. Era un zumbido constante de ruedas de carro, gritos de mercaderes y bestias de carga. Donovan guiaba a nuestros caballos con expresión adusta, mientras Sigrid iba sentada en la parte de atrás, observando el caos con ojos analíticos.

  —No te separes del carro —me gru?ó el minotauro sin girarse.

  Asentí, ajustándome la capucha. A medida que nos adentrábamos por las calles principales, el contraste me revolvió el estómago. A la derecha, veías caravanas cargadas con sedas, especias y metales preciosos custodiadas por mercenarios que cobraban más en un día de lo que mi padre vio en toda su vida. A la izquierda, en los callejones, el barro se mezclaba con la miseria. Ni?os descalzos con miradas afiladas como cuchillos nos observaban desde las sombras, calculando si merecía la pena intentar robarnos.

  Mientras avanzábamos a paso de tortuga por la aglomeración, me fijé en las caras de la multitud. Había humanos de todas partes, enanos con las barbas trenzadas y manchadas de hollín, y orcos que cargaban cajas que aplastarían a un hombre normal. Pero había algo raro. Algo que me hizo fruncir el ce?o bajo mi falsa apariencia.

  —Donovan —llamé en voz baja, acercándome al pescante—. ?No notas algo extra?o? —El minotauro me lanzó una mirada de soslayo.

  — Los precios del forraje son un puto robo, sí.

  —No, me refiero a la gente —insistí, barriendo la calle con la mirada—. Humanos, enanos, orcos... Pero ni un solo elfo. Tampoco he visto tengus, ni draconianos. En un sitio tan poblado, esperaba ver todo tipo de razas.

  Donovan tensó la mandíbula, y pude ver cómo sus nudillos palidecían al agarrar las riendas

  —Zalas está bajo el control del General Vargas —murmuró, con una voz tan grave que apenas se escuchó por encima del bullicio—. Al reino no le importa lo que suceda en un puesto fronterizo como este. Mantén un perfil bajo, Gustab. Aquí no somos nadie.

  Tragué saliva. Mi aspecto actual sería el de un mercader fracasado, pero bajo la capa, la espada imbuida con sangre de Vítrea parecía pesar un poco más.

  El mercado principal de Zalas era un hormiguero de callejuelas laberínticas donde podías comprar desde sedas del sur hasta venenos exóticos, si sabías a quién preguntar. El olor a especias picantes se mezclaba con el hedor a sudor, estiércol y metal caliente. Había tanta afluencia de gente dirigiéndose hacia la frontera que casi tenías que abrirte paso a codazos.

  Dejamos el carro asegurado cerca de la plaza central, y mientras Donovan iba a buscar provisiones, yo me quedé haciendo de ni?era de Sigrid. O más bien, ella hacía de la mía.

  La herrera no tardó ni cien pasos en encontrar un puesto de armas. Agarró una espada corta del expositor, la sopesó y arrugó la nariz con una mueca de asco, como si acabara de oler pescado podrido.

  —El equilibrio es una mierda, el filo está mellado antes de usarse y el pomo parece pegado con saliva —le soltó al mercader, un tipo gordo con un parche en el ojo que se puso rojo de furia.

  —?Si no vas a comprar, lárgate de aquí, grandullona! —le escupió el vendedor.

  Sigrid tiró la espada sobre el mostrador con un desdén absoluto y caminó tres pasos hasta el puesto de al lado, que curiosamente solo vendía armaduras. Agarró un peto de cuero tachonado, le dio un golpecito con los nudillos y soltó un bufido.

  —Cuero mal curtido y remaches de esta?o barato. Un goblin con un tenedor te atraviesa esto —sentenció. El segundo mercader también empezó a gritarle, pero ella simplemente se giró hacia mí, cruzándose de brazos—. Gustab, explícamelo. ?Por qué cojones tienen las armas y las armaduras en putas tiendas separadas? ?No sería más lógico y jodidamente práctico tenerlo todo en un solo local? Entras, te equipas entero y te vas...

  Me encogí de hombros, aguantando la risa bajo mi aspecto de cuarentón calvo.

  —Cosas de gremios, supongo. Y para cobrarte dos veces los impuestos, creo que lo llaman especialización.

  No andaba desencaminado. Donovan apareció poco después cargando un par de sacos de tela que parecían ridículamente peque?os para el tama?o del minotauro. En algún momento se habiía separado de nosostros mientras Sigrid discutía con el vendedor de armadoras.Venía con el ce?o fruncido y murmurando maldiciones en un idioma que no entendí.

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  —Es un atraco a mano armada —gru?ó, dejando caer los sacos en el carro con un golpe sordo—. A causa de la demanda y de todos los idiotas que intentan cruzar la frontera hacia Thor’graht, los precios están desorbitados. Diez monedas de plata por un poco de carne seca y grano. Se permiten cobrar lo que les da la gana porque saben que la gente tiene que comer.

  Eché un vistazo a nuestro alrededor. Donovan tenía razón, pero había algo más oscuro bajo esa economía salvaje. Vi a un grupo de mercaderes forrados de terciopelo riéndose a carcajadas en la terraza de una taberna, mientras, a escasos metros, unos críos desnutridos se peleaban por un trozo de pan duro que había caído al barro.

  Pero lo que de verdad me revolvió el estómago no fueron los ladronzuelos, sino los hombres y mujeres con grilletes de hierro en los tobillos que cargaban cajas el doble de grandes que ellos. Trabajaban en silencio, con la mirada vacía, vigilados por guardias que llevaban el emblema de la ciudad. Esclavos. A plena luz del día, bajo la atenta mirada de un general que supuestamente mantenía el orden.

  —A los elfos no los verás cargar peso, aunque seguro que lo preferirían.— Dijo Donovan con la voz queda.—Tenemos que salir de la calle —dijo Donovan, notando hacia dónde se dirigía mi mirada. El minotauro se interpuso para bloquearme la vista—. Aquí no podemos arreglar el mundo, Gustab. Vamos a buscar una posada. Y tú —me se?aló con un dedo grueso como una morcilla—, recuerda nuestro trato. Perfil bajo.

  Asentí a rega?adientes. Zalas no era solo un embudo comercial; era un matadero donde los ricos engordaban a costa de despellejar a los pobres. Y nosotros acabábamos de meternos en la boca del lobo.

  La posada se llamaba La Posta del Claro, un nombre original de cojones para un sitio que olía a cerveza rancia y a serrín húmedo. Donovan, que apenas cabía por el marco de la puerta sin agacharse, soltó una bolsa de monedas sobre el mostrador del posadero, un hombre enjuto que nos miró con la sospecha grabada en las arrugas de su frente.

  —Tres camas. Una habitación privada. Y nada de preguntas —sentenció el minotauro con su voz de barítono. El posadero contó las monedas, nos dio una llave de hierro oxidado y se?aló hacia la planta de arriba sin decir palabra.

  Una vez dentro de la habitación, que era básicamente un zulo con tres jergones de paja y una ventana que daba a un callejón oscuro, Donovan cerró el pestillo y se giró hacia mí. Su sombra, proyectada por la vela mortecina, cubría casi toda la pared.

  —Escúchame bien, Gustab —dijo, se?alándome con un dedo—. Sé que estás cansado, pero ni se te ocurra quitarte esa capa ni relajar el flujo de maná mientras duermes. Si ese disfraz mágico parpadea y alguien ve que tu cara de cuarentón calvo se deshace para mostrar quién eres de verdad, nos colgarán de las murallas antes del amanecer. Zalas está llena de cazarrecompensas y espías del General.

  Miré a Sigrid. Ella se había sentado en el rincón más alejado, pegada a la pared, con la espalda tensa. Sus ojos brillaban en la penumbra, y aunque mantenía las alas bien plegadas y ocultas bajo su ropa pesada, percibí que estaba en alerta máxima. Ella tenía mucho más que perder que yo si alguien descubría su verdadera naturaleza como Vitrea. El diamante es una tentación demasiado grande para los codiciosos.

  —No soy idiota, Donovan —mascullé, ajustándome el cierre de la capa—. Dormiré con un ojo abierto.

  Intentamos descansar. El silencio de la habitación solo se veía interrumpido por los ronquidos sordos del minotauro y el crujido de la paja bajo nuestros cuerpos. Pero fuera, la ciudad no dormía. Se oían gritos lejanos, el patrullar constante de las botas de metal sobre el empedrado y, de vez en cuando, el lamento de alguien que seguramente estaba siendo arrastrado a las mazmorras.

  Me costó horrores cerrar los ojos. La paja del jergón pinchaba a través de la ropa y el peso de la capa mágica me hacía sentir como si estuviera envuelto en una manta húmeda. Pero lo peor no era la incomodidad física; era el silencio de la habitación, que solo servía para amplificar los sonidos que venían de fuera.

  Donovan parecía dormir, o al menos mantenía esa respiración rítmica y pesada de los que han visto demasiadas guerras como para dejar que el insomnio les gane. Sigrid, en cambio, era un bulto inmóvil en la penumbra, una estatua que no terminaba de relajarse.

  Entonces, a través de las finas paredes de madera carcomida, llegó el primer sonido.

  Fue un forcejeo. Un golpe seco contra la pared contigua, seguido de un jadeo ahogado. Agucé el oído, sintiendo cómo el vello de la nuca se me erizaba. No era una pelea de borrachos, ni el ruido habitual de una posada de mala muerte. Era el sonido de alguien siendo arrastrado, de una respiración sibilante y el llanto sofocado de una mujer que intentaba no gritar.

  Me incorporé lentamente, apoyado en un codo. Perfil bajo, me había dicho Donovan. No somos nadie, había repetido. Si intervenía, si un mercader feo de mediana edad empezaba a lanzar hechizos o a desenvainar acero plateado, la red de seguridad de Wenny se desmoronaría como un castillo de naipes. Zalas no perdonaba los errores.

  Quédate quieto, Gustab, me dije a mí mismo. No es tu guerra. Tienes suficientes problemas con la Universidad y con ese maldito elfo que te pisa los talones.

  Pero los ruidos empeoraron. Un insulto susurrado con asco y el sonido de tela desgarrándose. Cerré los pu?os, sintiendo el sudor frío recorriéndome la espalda. La impotencia es un veneno que conocía demasiado bien; me recordaba a la cueva, a la sensación de ser un peón en un tablero que no comprendía.

  Estaba a punto de decir algo, de despertar a Donovan para preguntarle qué demonios debíamos hacer, cuando un estruendo brutal sacudió la habitación.

  No fue en nuestra puerta. Fue la pared.

  Sigrid no se lo había pensado dos veces. No hubo dilemas morales ni cálculos de riesgo. La herrera había atravesado el tabique de madera podrida como si fuera papel de fumar. El estrépito de madera astillándose fue seguido por un grito de pura furia que helaba la sangre.

  —?SUéLTALA, CERDO! —rugió la voz de Sigrid, resonando con una potencia que solo alguien con pulmones de Vítrea podría alcanzar.

  Escuché el sonido de un cuerpo volando por los aires y chocando contra los muebles de la habitación de al lado. Sigrid no estaba usando su forma de diamante, pero no le hacía falta para dar una paliza.

  Solté un suspiro largo, pesado, cargado de toda la frustración del mundo. Me llevé las manos a la cabeza, frotándome las sienes mientras miraba a un Donovan que ya estaba de pie, agarrando su maza con una expresión de sabía que esto pasaría.

  —Adiós al perfil bajo —mascullé para mis adentros.

  Me puse en pie, agarré mi espada imbuida en sangre y me preparé para el desastre. Supongo que después de todo, no puedes sacar el heroísmo o la cabezonería de un grupo de renegados, por mucho que lo intentes.

  Y mientras me acercaba al agujero en la pared, no pude evitar pensar que esto era justo lo que Wenny temía cuando me dio las noticias en la capital, Sir Dan de Padi se alegraría de ver como llamamos la atención... Y acabamos de patear un maldito avispero.

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