home

search

Por unas monedas de oro

  Cuando abrí los ojos, me topé con un techo que no reconocía. Estaba empezando a cansarme de despertar siempre bajo vigas extra?as, sin saber en qué momento exacto me había quedado inconsciente. Traté de incorporarme, pero una descarga eléctrica de dolor me recorrió el cuerpo, desde la base de la nuca hasta la punta de los pies. El gemido salió de mi garganta antes de que pudiera evitarlo, vaciándome los pulmones. Tuve que apretar los dientes para no gritar. Sentí las lágrimas brotar, trazando surcos calientes sobre el rastro de sangre seca de mi rostro, y me obligué a buscar mis propias manos con la mirada, sentía los hombros tan entumecidos y desgarrados que juraría que me habían arrancado los brazos.

  —?Se puede saber qué haces? —La voz profunda de Donovan retumbó en la estancia.

  Entró en mi campo de visión y puso una de sus enormes manos en mi espalda. Lo hizo con una delicadeza que contrastaba con su tama?o, ayudándome a sostener mi propio peso mientras el mundo empezaba a girar violentamente a mi alrededor.

  —Toma, bebe —dijo, acercando un frasco a mi cara. En su mano de minotauro, el recipiente parecía un juguete ridículo, pero cuando me lo puso en los labios, el contenido pastoso y arenoso que invadió mi boca fue real.

  Su sabor agrio y metálico casi me hizo vomitar, pero Donovan no cedió. Me obligó a tragarlo por completo con una firmeza tranquila.

  —Tranquilo. Bebe.

  Cuando apartó el frasco, di una bocanada de aire desesperada. No vomité, pero el sabor persistente en la lengua me hizo contener una arcada tras otra.

  —?Qué... ha...? —Traté de preguntar, pero una punzada de dolor en las sienes me obligó a guardar silencio.

  —Tranquilo, estamos a salvo —respondió él, y su tono era tan sosegado que mi cuerpo, por puro agotamiento, se relajó contra la cama.

  Entonces, los fragmentos de la batalla regresaron a mi mente. El grifo, el hielo, la túnica blanca...

  —?Y Wenny?

  —Está trayendo los caballos junto con Sigrid —me contestó—. Los caminos principales están llenos de patrullas de la guardia.

  Asentí, aunque mi cabeza todavía era un caos de preguntas sin respuesta.

  —?Dónde estamos? —La medicina estaba empezando a entumecer el dolor, permitiendo que mi vista se enfocara. La mano del minotauro se retiró y, por fin, conseguí mantener el equilibrio por mí mismo.

  —En la torre del viejo Haiggs —contestó. Me le quedé mirando, perplejo, con la boca entreabierta—. No me mires así. Era el único lugar seguro cercano y tu amiga sabía cómo llegar.

  Suspiró al ver que mi expresión seguía rezumando incredulidad, y continuó.

  —Tras vuestro enfrentamiento caíste. Pensamos que estabas muerto, ella te llevó muy al límite. No sé qué le hiciste en el pasado, Gustab, pero yo no cabrearía así a una semiorca.

  ?Como, No lo había mencionado antes? Wenny es medio orca. Su madre es humana y su padre es el segundo príncipe de Thor’graht, uno de los reinos orcos fronterizos más beligerantes. Siempre supe que su fuerza no era solo mágica.

  —Me impresionó su habilidad —confesó Donovan—, pero no tanto como cuando nos explicó un poco esta situación.

  Dejé que las palabras flotaran en el aire de aquella habitación extra?a. Miré a mi alrededor, a excepción de la cama, el cuarto estaba prácticamente vacío, con ese aire desolado de los cuartos de invitados que llevan décadas acumulando polvo.

  —?Qué situación? —pregunté. Mis pu?os se cerraron con fuerza sobre las mantas. No podía sentirme a gusto con la idea de que mi ex hubiera intentado matarme hace apenas unas horas.

  Donovan carraspeó, incómodo.

  —Al parecer, el viejo loco de Haiggs es el tío de tu princesa de hielo. —Hizo una pausa y levantó las manos en gesto de disculpa al ver mi cara—. Así la llama Sigrid, no me mires a mí. En fin, ella estaba preocupada. Mantenía el contacto con el viejo mediante lácrima, él le contó que había problemas con bandidos por la zona y que pensaba encargarse. Ella venía desde la capital para verle cuando interceptó el mensaje de aquel oficial de la guardia.

  Cerré los ojos un segundo. Recordaba que Wenny me había hablado de un pariente que vivía al margen de las leyes de la Universidad, un rebelde que no pasaba por el aro de la gestión educativa mágica. Pero, joder, jamás se me ocurrió pensar que se refería a Haiggs.

  —Cuando te desmayaste, ella corrió en tu ayuda —continuó Donovan—. Sigrid trató de detenerla y casi muere en el intento. Esa mujer es poderosísima, Gustab.

  —Si no quería matarme... ?qué co?o intentaba? —solté con amargura.

  Donovan negó con la cabeza, mirando hacia la puerta.

  —?Despecho? —aventuró, aunque su voz estaba cargada de duda—. Dijo que su intención original era llevarte a la capital, pero se dejó llevar por la rabia. Al parecer, la recompensa por tu cabeza no es lo único que importa. La Universidad va a por ti con todo.

  Unauthorized usage: this tale is on Amazon without the author's consent. Report any sightings.

  —La recompensa... —murmuré, mientras las piezas del puzzle encajaban con una frialdad que me caló más que el hielo de Wenny—. Era eso ?verdad? Queríais cobrarla.

  Donovan titubeó. Sus hombros se tensaron y evitó mi mirada, fijándola en algún punto impreciso del suelo polvoriento. El silencio que siguió fue denso, cargado de una culpa que él no sabía cómo gestionar.

  —?Qué pasó en esa cueva? —pregunté, obligándole a mirarme a los ojos—. ?Qué les pasó realmente a mis compa?eros de caravana?

  El silencio se hizo eterno. Por un instante, sentí el peso del tiempo aplastándome contra el colchón, el aire se volvió pesado y difícil de tragar.

  —?Qué pasó, Donovan?

  El monje tragó saliva con dificultad. El nudo de su garganta subió y bajó antes de soltar la sentencia,

  —Los mataste.

  El mundo se bloqueó dentro de mi cabeza. Dejé de respirar, sentí una presión insoportable dentro del cráneo, como si mi cerebro fuera a estallar contra el hueso. Mis ojos y mi boca se secaron al instante. Mis manos empezaron a temblar con una violencia que no podía controlar, y pronto todo mi cuerpo se vio sacudido por espasmos brutales. El minotauro reaccionó rápido, poniendo su mano inmensa sobre las mías para aplacar el temblor.

  —Tu historia y la de ese K’thaar no cuadraban —continuó con voz ronca—. Poco después de que despertaras, Sebas, a quien el alcalde mandó al Gremio para informar sobre lo sucedido, nos contó lo de tu recompensa. Ian y Agatha se negaron en redondo a participar... pero necesitábamos el dinero, Gustab. No espero que lo entiendas, pero es la verdad. Necesitábamos ese oro para que el Gremio no se hundiera.

  Escuchaba sus palabras, pero mi mente era incapaz de procesarlas. Eran solo ruido de fondo. Sin embargo, hubo un nombre que se aferró a mi conciencia y se clavó como una estaca al rojo vivo.

  —?Dónde está K’thaar? —pregunté, escupiendo el nombre con un asco visceral.

  El monje me miró con pesadez, con una lástima que me revolvió las entra?as.

  —Se fue al día siguiente de la explosión. Estaba muy herido e intentó matarte en varias ocasiones mientras estabas inconsciente, Ian te protegió todo el tiempo, no se separó de tu lado.

  Aquellas palabras sobre Ian deberían haberme importado, pero en ese momento mi mente solo tenía espacio para una dirección.

  —?A dónde fue?

  —No sé a dónde se dirigió —sus palabras cayeron sobre mí como una losa de mármol—. Solo sé que tras su marcha pusieron precio a tu cabeza oficialmente. Pensamos que si lográbamos llevarte a la Capital y te entregábamos directamente al Gremio Central, nos pagarían y podríamos olvidarnos de todo esto.

  Asentí despacio, asimilando la magnitud del desastre. Mi ex casi me mata, y aquellos que empezaba a considerar mis compa?eros me habían estado conduciendo al matadero por unas cuantas monedas.

  —?Y qué haréis ahora? —le pregunté, retándole con la mirada, esperando ver hasta dónde llegaba su codicia.

  El minotauro cerró los ojos un instante mientras se incorporaba, cruzando sus gruesos brazos sobre el pecho. Cuando su voz volvió a sonar, profunda y cargada de una extra?a solemnidad, pareció resonar en cada rincón de la estancia.

  —El alcalde tenía razón —dijo sin mirarme—. Deberíamos haber apostado por ti desde el principio. Sé que no nos podrás perdonar, y no te culpo por ello... pero a partir de ahora, tanto a Sigrid como a mí, puedes considerarnos tus amigos.

  Devolví la mirada a mis manos. El temblor había cesado y los espasmos habían dado paso a una rigidez gélida. Cerré los ojos, conteniendo una rabia que amenazaba con desbordarse y reducir la torre a cenizas. Amigos. Qué palabra tan barata cuando se pronuncia sobre el rastro de una traición.

  —Wenny os ha pagado... —No fue una pregunta, las palabras salieron de mi boca con la certeza de quien ya no espera nada de nadie.

  En ese momento, el chirrido de la madera vieja anunció la llegada de visitas. Las voces de Wenny y Sigrid resonaron en el pasillo justo antes de que ambas entraran en la sala, flanqueando el marco de la puerta. Wenny se detuvo, observándome con una mezcla de autoridad y una vulnerabilidad que intentaba ocultar tras su porte de semiorca noble.

  —Se acabaron las mentiras —contestó Donovan, dándoles entrada—. Nos ha dado el doble de lo que ofrecían por las molestias, y me ha pagado el carro.

  Una sonrisa amarga, casi dolorosa, se dibujó en mi rostro. La "princesa de hielo" no solo venía a rescatar el legado de su tío, venía a comprar mis cadenas a aquellos que debían protegerme. Todo en mi vida tenía un precio, mi cabeza para la Universidad, mi libertad para el Gremio, y mi silencio para Wenny.

  Me recosté contra la almohada, sintiendo el peso de la piedra de la torre sobre mí, y clavé la vista en el techo, murmurando para mí mismo.

  —Joder... quiero mirar el maldito cielo.

Recommended Popular Novels