?Por qué siempre me pasan estas cosas a mí?
Solté un suspiro de frustración. Ya más calmada, me di cuenta de que tal vez debería haber intentado sentir el éter para saber si ese extra?o payaso era una anomalía… pero lo olvidé por completo.
Bueno, ya no importa. Ma?ana me aseguraré de contárselo a Haruka para que ella se encargue. Por ahora, es momento de disfrutar. Mis padres no regresarán hasta dentro de dos días, así que tengo vía libre para hacer lo que quiera. Y ya tengo todo perfectamente planeado, hasta el más mínimo detalle.
Lo primero será cerrar todo.
Di una vuelta por la casa, asegurándome de que cada ventana estuviera bien cerrada y la puerta tuviera el seguro puesto. Una vez que revisé todo, supe que nada podría interrumpir mis planes.
Con todo listo, por fin podía relajarme y disfrutar de mi noche. Lo primero fue pedir una pizza con extra de queso. No pasó mucho antes de que tocaran el timbre. Me asomé por la mirilla, y para mi alivio, era solo el repartidor.
Con la caja en mano, me preparé para iniciar oficialmente mi noche. Apagué todas las luces de la casa y me dirigí a mi habitación. Sobre la mesita ya tenía un tazón repleto de dulces y mi nueva consola portátil conectada a la televisión. Con eso, ya estaba lista para pasar toda la noche jugando.
Encendí la consola y comencé a jugar mientras devoraba la primera porción de pizza. De pronto, me dio sed. Pero no era problema: en el rincón de mi habitación me esperaba mi más fiel compa?era, mi mini nevera personal. Está llena de refrescos. Tuve que trabajar todo un verano en un empleo a medio tiempo para poder comprarla. Es mi más grande tesoro.
Tomé una lata de cola, le di un gran sorbo y suspiré con felicidad.
—Realmente deliciosa.
Knock knock.
Justo cuando empezaba a devorar la segunda porción, un sonido seco me hizo congelarme. Golpes en la puerta. Mi mente entró en pánico de inmediato. No era el repartidor —ya vino—, y tampoco esperaba visitas. Menos a esta hora.
Así que, en mi cabeza, solo había una posibilidad:
?SON MIS PADRES!
?Entré en pánico total! Por alguna razón deben haber cancelado su viaje. ?Tengo que esconder todo rápido! Si descubren que planeaba desvelarme jugando videojuegos, comiendo dulces y bebiendo refrescos, se van a enfadar. Y me van a dar uno de esos sermones eternos.
?Aún tengo tiempo! Puse la cadena de seguridad en la puerta, así que no pueden entrar tan fácil. Solo tengo que ordenar todo rápido y fingir que estoy dormida. Tengo unos minutos antes de que me llamen al celular.
Rápidamente tomé la pizza y la metí dentro del armario. El aroma seguía inundando la habitación, así que abrí la ventana para que entrara la brisa nocturna y ayudara a dispersarlo. Los dulces los escondí bajo la cama, como si eso fuera suficiente para borrar la evidencia.
Lo raro era que aún no había recibido la llamada de mis padres. Revisé el teléfono por si acaso… nada. Ni una notificación.
Extra?ada, salí de mi habitación y bajé las escaleras con cuidado, paso a paso. Pero a mitad de camino…
?TUMP, TUMP!
Volvieron a golpear la puerta. Esta vez con más fuerza.
Y ahí lo supe. No había forma de que mis padres golpearan la puerta de esa manera. No eran ellos.
?Esta vez no cometeré el mismo error?, me dije a mí misma, recordando la escena con el payaso. Mientras los golpes seguían, secos y constantes, cerré los ojos y traté de concentrarme. Inhalé profundo y expandí mis sentidos, tal como Haruka me ense?ó, para intentar sentir el éter más allá de la puerta.
Pero algo me detuvo en seco.
Fue como chocar contra una pared helada, una presencia tan opresiva que me paralizó. Un escalofrío recorrió mi columna y mis piernas temblaron. No era sutil, ni caótico como otras anomalías. No. Esta vez era distinto.
Era algo denso. Frío. Viejo. Oscuro como un pozo sin fondo.
Y sentí que, desde las profundidades de ese abismo, algo gigantesco abría los ojos… y me miraba.
?BANG! ?BANG!
Repentinamente los golpes se intensificaron, sacudiendo toda la puerta. La madera crujía, como si estuviera a punto de romperse y ceder.
—?No… no puede ser!
Tenía que actuar. Tenía que esconderme.
Subí corriendo las escaleras, saltando los escalones de dos en dos. Entré a mi habitación de un portazo, cerré con llave y eché el pestillo. Saqué el celular con manos temblorosas y le envié un mensaje urgente a Haruka.
〈Haruka, hay algo afuera. ?Está en la puerta! ?Ayuda!〉
El mensaje salió. Ahora solo me quedaba esconderme. No podía dejar que me encontrara.
Me acurruqué dentro del armario, lo más lejos posible de la puerta.
Contuve la respiración.
Esperé.
***
Unos minutos antes…
Afuera de la casa, bajo el cielo cubierto de nubes, la figura disfrazada de payaso aguardaba.
Pero ya no parecía humano.
Sus dedos eran demasiado largos, huesudos, terminados en garras negras y curvadas. La sonrisa pintada, grotesca, se agrietaba sobre una piel reseca, revelando lo que parecía ser una segunda boca: una fila de dientes torcidos, filosos, que asomaban desde las comisuras como espinas.
Se plantó frente a la puerta.
Toq. Toq. Toq.
Golpeó la puerta con suavidad, casi con cortesía.
Jugaba a ser una visita inesperada.
Pudo haberla tirado abajo con facilidad. No era más que una frágil barrera de madera ante su fuerza. Pero… ?para qué arruinar la diversión?
No. él no quería irrumpir y acabarlo rapido.
Quería que ella lo sintiera. Que la ansiedad creciera dentro de su pecho como una infección lenta. Quería oír cómo se aceleraba su respiración, cómo le temblaban las piernas al dar un paso atrás. Quería que el miedo la cubriera como un manto antes de finalmente tocarla.
Desde que la vio por primera vez —aquella peque?a “gatita”— algo dentro de él se activó. Una obsesión voraz. Su fragilidad. Su dulzura.
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Deseaba corromperla.
No solo devorar su cuerpo.
Quería manchar lo que era. Arrancarle la dulzura, desfigurar su ternura.
Quería tomarla. Hacerla suya. Romperla.
Quebrar su voluntad.
Y solo entonces, solo cuando no quedara más que un cascarón, devorarla.
No por hambre.
Sino por placer.
Su sonrisa se ensanchó hasta lo imposible, desgarrando la piel agrietada de sus mejillas. Entre los dientes ennegrecidos, un hilo de saliva gruesa cayó. La sentía. Estaba allí, al otro lado.
Temblando. Intentando no hacer ruido.
Ansioso, se acercó más… hasta que algo cambió.
Un estremecimiento.
Peque?o, casi imperceptible… pero lo sintió.
Frunció el ce?o. Su sonrisa se desvaneció al instante.
El ambiente se volvió tenso. Algo había cambiado al otro lado de la puerta.
Ella lo había sentido.
Durante un instante se quedó completamente inmóvil, con la mirada clavada en la madera.
Ya no era solo una presa asustada.
Esa mirada que atravesó la puerta, aunque invisible, le resultó punzante. No era el pánico de una ni?a acorralada. Era otra cosa.
—Tch… —chasqueó la lengua, molesto.
No era una humana cualquiera.
No, no.
Esa chica… era sensible al éter. Estaba entrenada.
Ya no era una simple mu?eca para quebrar.
Era una amenaza.
Y entonces lo entendió.
—Claro… —murmuró con veneno en la voz—. Gatita tramposa...
Retrocedió un paso, ladeando la cabeza apenas, como un depredador que descubre que su presa no es tan indefensa como pensaba. Sus ojos dorados destellaron con una mezcla de irritación y deseo.
Estaba vinculada a ellos.
A los cazadores.
Lo supo en cuanto sintió esa mirada.
Era una posible amenaza.
Y eso cambiaba todo.
El juego terminó. Ya no había tiempo para saborear el miedo. Si esa chica pedía ayuda, si enviaba un solo mensaje, esos malditos cazadores vendrían por él. Y entonces, no solo perdería su presa…
Volvió a mirar la puerta con desprecio.
Un obstáculo.
Y él detestaba los obstáculos.
—Muy bien, mocosa… —susurró con un tono más grave, la voz rasgada por una furia creciente—. Si querés morir como una cazadora… entonces morirás así.
Su cuerpo se tensó. Una onda oscura de energía recorrió sus venas, deformando ligeramente su silueta. Los músculos se hincharon bajo el traje raído de payaso. Su piel crujió. Las costuras de su disfraz se estiraron hasta el límite.
Y entonces golpeó.
?BAM!
Un estruendo seco retumbó en toda la cuadra. La madera tembló, crujiendo, astillándose.
?BAM!
?BAM!
?BAM!
Cada golpe era más brutal que el anterior, como si una criatura salvaje embistiera la entrada. Finalmente, con un crujido agudo, las bisagras se soltaron. La puerta cayó hacia adentro, golpeando el suelo con un estrépito sordo.
La oscuridad lo recibió.
Todas las luces estaban apagadas.
Avanzó sin prisa, inhalando el aire de la casa. Podía olerla. Sentir su presencia.
No con precisión.
Pero sabía que estaba ahí.
Subió las escaleras sin hacer un solo sonido, casi como si flotara. El pasillo del segundo piso era angosto. Varias puertas estaban entreabiertas.
Solo una estaba cerrada.
Ahí estaba ella.
Se detuvo frente a la puerta. No dijo nada.
Apoyó una mano huesuda sobre el pomo.
Aplicó apenas un poco de presión.
Crack.
La cerradura cedió con un chasquido.
Y la puerta se abrió lentamente, chirriando al deslizarse.
La habitación estaba envuelta en la oscuridad.
Apenas una brisa nocturna se colaba por la ventana abierta, haciendo ondear suavemente las cortinas.
La presa estaba cerca. Muy cerca. Se asomó con cautela.
Nada.
Ni un alma.
Pero la sentía. Estaba ahí. Muy cerca.
Su presa seguía en la habitación.
Se agachó, y echó un vistazo bajo la cama.
Solo encontró un tazón rebosante de dulces.
Hizo una mueca de desagrado.
—Hmph… ?en serio?
Se incorporó lentamente, su mirada dorada deslizándose por la habitación hasta posarse en el último lugar posible: el armario.
El único escondite restante.
Su sonrisa se ensanchó, retorcida, sádica.
—Parece que te llegó la hora, peque?a gatita... —susurró con burla, dejando que las garras rasparan la madera suavemente.
Y entonces, de un tirón, abrió las puertas del armario de par en par, esperando encontrarla hecha un ovillo, temblando.
?FLOP!
Algo caliente, húmedo y pegajoso salió disparado directo a su cara.
Se estrelló contra sus ojos y lo cegó temporalmente.
Queso.
Queso derretido.
—???MALDITA!!! —rugió, tambaleándose hacia atrás mientras se limpiaba con furia el rostro con el antebrazo—. ??Qué demonios…?!
Y en ese instante, Mochi salto desde el interior del armario.
Su corazón golpeaba su pecho como un tambor. Estaba aterrada. Todo su cuerpo temblaba.
Pero no podía dudar.
No había tiempo para pensar.
Con un grito, alzó el pu?o derecho —envuelto en sus nudilleras metálicas— y lo lanzó con toda su fuerza hacia el rostro del payaso.
En su mente solo retumbaba una palabra:
??Golpéalo!?
??Golpéalo!?
??GOLPéALO!?
Era su única oportunidad.
Pero él reaccionó.
Dio un salto ágil hacia atrás. El pu?o de Mochi cortó el aire rozando su rostro.
Y quedaron frente a frente.
Solo unos pasos los separaban.
Mochi sintió cómo el valor que había reunido se le desplomaba en un instante.
Fallé…
Pero en ese instante…
Algo cambió.
Su arma —los pu?os americanos que Haruka me había regalado— comenzaron a brillar.
Un resplandor oscuro.
Negro. Como niebla densa y espesa que se arremolinaba en torno a mi pu?o.
Sentí cómo una fuerza desconocida recorría mi brazo. Y entonces, sin saber cómo, esa energía estalló hacia adelante como un disparo.
Una sombra sólida, veloz, brotó de mi pu?o.
?CRACK!
El sonido fue húmedo. Repulsivo.
El rostro de la anomalía se torció violentamente hacia un lado, con un crujido que resonó como huesos fracturándose bajo presión. Retrocedió tambaleándose, perdió el equilibrio…
Y cayó.
Su cuerpo salió disparado por la ventana del segundo piso, girando por el aire como un mu?eco de trapo antes de estrellarse contra el asfalto con un estruendo seco.
—?AGHHH! —gritó desde abajo, con un chillido espeluznante. Comenzó a moverse, a levantarse con dificultad. Maldecía, furioso, mientras recuperaba parcialmente la vista borrosa por el queso.
Alzó la cabeza hacia la ventana.
Pudo ver algo.
Una silueta.
Algo grande, algo que se asomaba apenas…
Pero no tuvo tiempo de reaccionar.
??CRUUUNCH!!
Lo que cayó sobre él fue un bloque metálico de furia y refrigeración.
Una mini nevera.
La fiel compa?era por la que Mochi había trabajado todo un verano… se estrelló contra su cráneo con un impacto brutal. El ruido fue seco. Definitivo.
El monstruo no gritó esta vez.
Su cuerpo tembló… y comenzó a deshacerse.
Burbujas negras, espesas, brotaron de su carne mientras se derretía en un charco de lodo oscuro que se desvanecía lentamente sobre el pavimento. Unas pocas latas de refresco salieron rodando, golpeando suavemente la acera.
***
Me asomé por la ventana con el corazón latiendo a mil por hora.
Mis ojos se fijaron en el desastre.
El lodo. Las latas. El charco que poco a poco desaparecía. Y mi pobre mini nevera… aplastada, sacrificada en combate.
Suspiré, con la tristeza de quien pierde a un camarada leal.
—Descansa en paz, compa?era…
Luego fruncí el ce?o, me di cuenta de un hecho importante.
—?Cómo demonios le explico esto a mis padres?

