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Capítulo 131: Sin sentimientos

  La revelación cayó como un pu?al helado en medio del salón, provocando un nudo seco en la garganta de todos. Para quienes no conocían a Cáliban, no era más que un huérfano sin apellido ni historia, apenas un nombre perdido entre tantos. Pero ahora, el eco de aquella verdad retumbaba con un peso insospechado.

  Randa frunció el ce?o, inquieta. Ese tipo de coincidencias no le gustaban en absoluto; las piezas encajaban demasiado bien, como si alguien las hubiera colocado a propósito. Edmund, por su parte, se acariciaba la barba con lentitud. Un personaje con semejantes vínculos podría ser una ventaja inestimable para los intereses de su princesa.

  Astrid, miró a Liviana a su lado, la cual, tenía los ojos en blanco y la boca abierta.

  —?Liv?

  Sin embargo, fue el profesor Yannes quien pareció quedarse sin aliento. Su rostro palideció, y sus dedos comenzaron a temblar ligeramente sobre los bordes del escritorio.

  —Una coincidencia está bien… ??Pero tantas?! —exclamó con voz entrecortada.

  Reinhard mantenía su habitual expresión serena, pero su mirada se volvió más penetrante. Se inclinó levemente hacia Joseph y murmuró con voz baja, casi apagada por el creciente murmullo del ambiente.

  —Esto no me agrada…

  —A mí tampoco. —respondió Joseph en el mismo tono —No sé por qué, pero hay algo en todo esto que no encaja…

  Cáliban, ajeno al torbellino que desataba su propio origen, levantó la mirada hacia madame Lothrim. Sus ojos, serios, no temblaban.

  —?Es cierto?

  Madame y Loana desviaron la mirada al mismo tiempo. El silencio se volvió más denso. Valeria no quería hablar. Loana, por su parte, parecía incapaz de sostener la mirada de Noah. Finalmente, fue ella quien rompió el silencio, visiblemente contrariada.

  —El nombre de tu padre… es Víctor Cáliban. Hijo de ese apestoso viejo. —escupió con rencor —Cuando tu madre abandonó mi casa, fue por él. Ambos desaparecieron de nuestro radar. Me temo que lo que dice Noah es cierto…

  —Ya veo… —murmuró Cáliban, sin emoción, analizando en silencio lo que acababa de oír.

  ?Esta coincidencia apesta…? —pensó.

  —??Ya veo?! —replicó Noah con incredulidad —?Tu abuelo es el hombre más fuerte del mundo! ?Y tú, como su descendiente, podrías entrenar bajo su tutela! ??No estás feliz?!

  Su entusiasmo chocó con el muro inamovible del rostro de Cáliban, cuya expresión seguía tan seria como al principio.

  —Ahora que lo pienso… ?Qué hacías aquí?

  Noah sintió un leve tic en la ceja al ver que Cáliban no le prestaba ni la más mínima atención a la revelación. Su entusiasmo chocaba contra una pared de indiferencia impenetrable.

  —?No estás emocionado? —preguntó con incredulidad.

  —Solo respóndeme…

  El muchacho ni siquiera lo miró. Noah se recostó en el sillón, rascándose la cabeza con cierta frustración. En su mente, era inconcebible que alguien no se sintiera honrado por lo que acababa de escuchar. Acaso ?No entendía la magnitud de lo que le ofrecían?

  —Bueno… verás. —continuó Noah, tratando de recobrar la compostura —Mi maestro ha estado buscando un nuevo discípulo. Me encomendó como misión especial encontrar a alguien digno. Por eso, una vez al a?o visito academias para evaluar candidatos. ?Y mira tú qué suerte! Finalmente te he encontrado. ?Qué me dices? ?Aceptas?

  —Bueno, yo…

  Antes de que pudiera responder, Nhun apareció por detrás de Cáliban, con una avidez burda reflejada en sus ojos.

  —?Un momento! —exclamó, alzando la voz como si descubriera un tesoro —?Antes de aceptar cualquier cosa necesitamos saber sobre la herencia! ?De cuánto estamos hablando?

  Madame soltó una carcajada sonora y despreocupada.

  —?Ese viejo no hizo fortuna alguna! ?Lo único que le interesa es la fuerza! Si vas con él, acabarás muerto de hambre, querido…

  Noah desvió la mirada, irritado. No podía negar aquellas palabras, aunque le pesara.

  En ese momento, Cáliban apartó a Nhun con firmeza. Sus ojos se posaron en Noah, su voz sonó clara y sin titubeos.

  —No. Lo siento, Noah, pero convertirme en alumno del Dios de la Guerra no entra en mis planes. Tendré que rechazarlo.

  —Vamos, no lo decidas tan rápido. él podría darte lo que quisieras. ?Qué tal si-?

  —No. —interrumpió Cáliban, tajante —Esa es mi respuesta. Y no pienso cambiarla.

  Madame lo miró con una sonrisa maliciosa, casi burlona.

  —No te sientas mal, joven Noah… incluso yo fui rechazada una vez. Así que, ?Por qué no te retiras con un poco de dignidad?

  Noah sintió cómo se le revolvía el estómago. Confusión, decepción, orgullo herido… No sabía si estaba más molesto por la negativa o por no haberlo previsto.

  —Supongo que fui rechazado… —suspiró Noah, resignado, aunque aún aferrado a la esperanza de hacerlos cambiar de opinión. Con un gesto medido, dirigió la mirada hacia Joseph —?Y tú? ?Qué me dices?

  Joseph parpadeó, desconcertado.

  —?Yo?

  —Por supuesto. Te investigue. Tú también puedes manipular tres tipos de energía. ?Sería un desperdicio no intentarlo! ?No te interesa un futuro con el Dios de la Guerra?

  La sala entera volvió sus ojos hacia él. Ser el centro de atención nunca había sido de su agrado. Sin embargo, no se sentía nervioso. Cerró los ojos un segundo, respiró profundo y, con toda la cortesía que su voz le permitía reunir, respondió:

  —Lo lamento, se?or Noah… pero he tomado una decisión. Seguiré a Cáliban, a donde sea que él vaya. Así que, con respeto, debo rechazar su oferta.

  —?Eh…? —Las facciones de Noah se crisparon aún más, incapaz de ocultar su desconcierto —Pero… estás hablando de tu futuro. Entiendo que la lealtad y la amistad son importantes, pero… ?Estás seguro?

  —Completamente, se?or.

  Loana esbozó una sonrisa maliciosa, como si disfrutara la incomodidad ajena. Noah se llevó la mano al cabello y lo revolvió con frustración. No había anticipado semejante doble rechazo.

  Madame Lothrim agitó su abanico con teatralidad, con el rostro adornado con una sonrisa orgullosa.

  —?Eso es todo! Creo que es momento de que te marches, jovencito…

  Cáliban, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, alzó la voz con genuina curiosidad.

  —?Por qué le tienen tanto desprecio a ellos dos?

  La pregunta congeló el aire. Valeria y Loana sonrieron, pero con una intensidad peligrosa. Noah soltó una risa amarga, como si no pudiera evitar recordar.

  —Digamos que hay historia… aunque no vale la pena removerla ahora. —intervino madame, forzando una sonrisa tensa para mantener las apariencias —Pero no seas como ellos, Cáliban. Tú puedes ser mejor. Tienes que serlo.

  Loana estalló, incapaz de contener su ira.

  —?Eso es! ?No te conviertas en una basura mujeriega que se pasa el día entero en casa, fingiendo ser un hombre de familia! ?Solo para que un día tu pareja regrese temprano del trabajo y encuentre la cama, la misma cama que compartieron muchas veces, ocupada por docenas de mujeres nobles casadas, desnudas, durmiendo como si nada!

  —?Eso! ?Eso mismo! —exclamó madame Lothrim, alzando su abanico como si fuera un cetro —?Y tampoco seas el tipo de persona que deja plantada a una mujer en el altar el día de su boda, frente a todos los reyes de los reinos y la nobleza reunida!

  Nhun soltó una carcajada ahogada, llevándose una mano a la boca para no estallar de risa. Cáliban frunció ligeramente el ce?o; aquellas acusaciones eran demasiado específicas….

  —Lo… ?Lo tendré en cuenta? —respondió, sin saber muy bien qué otra cosa decir.

  Un escalofrío recorrió a Noah desde la nuca hasta la espalda. De pronto, la habitación se volvió sofocante. Se incorporó con torpeza y una risa nerviosa salió de sus labios.

  —?Será mejor que me retire! ?Ja, ja! ?Que tenga un buen día, madame Lothrim, lady Loana!

  Y sin esperar respuesta, se dio media vuelta y salió a toda prisa por la puerta principal. Su silueta desapareció entre los pasillos, como si huyera de un campo de batalla. Loana, al verlo marcharse, suspiró aliviada por primera vez en todo el día.

  —Bueno… supongo que nosotras también debemos irnos. Seguro que tienes muchas cosas pendientes.

  Madame Lothrim se levantó con una sonrisa suave, que poco a poco se volvió sombría. Sus ojos buscaron los de Cáliban, aunque él no levantó la mirada.

  —Me alegra saber que estás bien… —dijo Valeria, y su tono cambió, tornándose bajo, quebrado por una tristeza difícil de ocultar —Lamento mucho todo… Si hay algo que pueda hacer…

  Cáliban no respondió. Permaneció inmóvil, con el rostro ensombrecido, ajeno a las palabras. Su silencio era más elocuente que cualquier reproche.

  Valeria intercambió una mirada con Loana. Ambas asintieron con discreción y se pusieron de pie. No era el momento para forzar palabras ni sanar heridas recientes con disculpas vacías.

  —Si necesitas algo… las puertas del centro de investigación siempre estarán abiertas para ti. —murmuró Loana.

  Y sin más, ambas abandonaron la estancia. Antes de cruzar el umbral, ofrecieron una última despedida al resto. Unseco “buen día” que quedó flotando en el aire.

  Mientras tanto, varias calles más allá, Noah corría entre los adoquines, echando miradas nerviosas por encima del hombro. Quería asegurarse de que Valeria y Loana no lo seguían.

  —Uff… —resopló, deteniéndose junto a una fuente —Supongo que hoy fue un día particularmente desafortunado…

  Se sobó el cuello, extenuado. La intervención de madame había sido demoledora. Y tras ella, no le quedaba otra opción más que aceptar la tajante negativa de Cáliban y Joseph.

  —Ah… no pensé que sería rechazado. Este a?o ya van tres veces… —murmuró Noah con un suspiro —?Acaso la fama de mi maestro ya no significa nada…?

  Mientras caminaba entre callejones sombríos, una imagen se formó en su mente. Un joven de cabellos tan blancos como la nieve, de mirada fría como el hielo y espalda tan recta como una lanza. La sola evocación de aquel rostro le dibujó una sonrisa ladeada.

  —Hmm… El joven Lothrim fue derrotado por ambos. Eso debió herir su ego profundamente. Me pregunto… si Cáliban y él se enfrentarán algún día… ?Cuál sería el resultado? —sonrió por lo bajo —?Bah! Será mejor no decirle nada de esto al maestro. Podría ponerse de mal humor… y si llegara a venir aquí y se topará con madame Lothrim… por los dioses, no quiero ni imaginarlo…

  Con un leve suspiro, Noah continuó su camino, envolviendo su presencia como un manto invisible. No era el momento de llamar la atención. Su silueta se perdió entre la multitud, como una sombra más en la ciudad.

  Mientras tanto, en un carruaje que avanzaba rumbo al centro de investigación, Loana se cruzaba de brazos con frustración aún latente. Miró por la ventana, tratando de contener su enojo, pero no pudo evitar explotar.

  —?No puedo creer que ese imbécil se presentará! ?Si pudiera, lo mataría en ese mismo instante!

  Valeria rió con elegancia, un sonido breve y contenido. Sin embargo, su expresión se tornó sombría al instante.

  —Loana… —preguntó en voz baja —?Cómo has estado con Sandra?

  La mención de ese nombre fue como una cuchilla en la piel. Loana palideció de inmediato. Sus manos comenzaron a temblar mientras el miedo se apoderaba de su rostro.

  —Maestra… —susurró, al borde del llanto —No soy digna de usted… todo esto fue mi culpa…

  Madame Lothrim ladeó la cabeza, perpleja.

  —?De qué estás hablando, querida…?

  —Sandra y yo… —Las palabras se ahogaron en su garganta. Sentía como si el peso del mundo se posara sobre sus hombros. Tragó saliva, obligándose a continuar —Sandra y yo… teníamos algo. Ella… descubrió demasiadas cosas por mi culpa. Alec cayó en sus redes por eso… y yo… yo se los dejé en bandeja. Les facilité todo… Lo siento. Lo siento tanto…

  Las lágrimas comenzaron a brotar sin contención. Loana se cubrió el rostro, consumida por la vergüenza.

  Madame Lothrim no dijo nada al principio. En silencio, se deslizó hasta el asiento junto a su discípula y la rodeó con los brazos. Su abrazo fue firme, cálido y protector. Sabía que la culpa era como veneno lento, y que podía devorar el alma de quien la albergaba.

  —Shh… tranquila… —susurró, meciéndola levemente —Estoy aquí…

  —?Es mi culpa! ?Todo fue mi culpa! ?Lo siento… lo siento mucho!

  —No, querida… nada de esto es tu culpa. —susurró madame Lothrim, envolviéndola con dulzura —Loana, escúchame… necesito dejarte a cargo. Por mucho que desearía quedarme, debo regresar. Pero si sientes que aún no estás lista…

  Loana se secó las lágrimas con la manga, respirando hondo. El dolor por la traición de alguien a quien había amado todavía la atravesaba, pero no podía dejarse vencer. No cuando era la discípula reconocida de una de los Tres Sabios. Debía mostrarse fuerte, incluso si sentía que su mundo se desmoronaba por dentro.

  —No… —respondió, con la voz quebrada pero firme —Estaré bien, maestra. Si es lo que necesita… me haré cargo.

  —Bien… entonces te otorgaré el mando del centro de investigación. Estaremos en constante comunicación, ?De acuerdo?

  —Lo prometo. Pero… —dudó unos segundos —?Qué hará con Alec?

  El silencio que siguió fue denso. Madame Lothrim suspiró, dejando escapar el peso de un nombre que la perseguía con cada paso.

  —Estoy segura de que esos carro?eros ya se habrán enterado de lo que hizo Alec. —dijo, amarga —Intentarán usarlo para hacerme caer. No puedo permitirlo… Alec se quedará aquí, bajo tu custodia.

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  —Como usted ordene…

  El carruaje siguió su marcha entre los callejones de piedra. Valeria confiaba en que su discípula podría mantener a Alec bajo control, pero los planes de él eran muy distintos.

  En el corazón del distrito Hilloy, una joven avanzaba por los pasillos del hospital. Llevaba entre las manos una bandeja con comida caliente. Al llegar a la puerta de la habitación de Alec, se detuvo frente a los dos guardias. Sus armaduras plateadas relucían incluso bajo la tenue luz del pasillo, y las empu?aduras de sus espadas sobresalían como una amenaza silenciosa.

  —Eh… he venido a dejar la comida al… al enfermo. —murmuró Betty, con voz temblorosa.

  Uno de los guardias la observó con severidad. Tomó el documento que portaba y lo examinó minuciosamente, mientras el otro no apartaba la mano de la empu?adura de su arma.

  Finalmente, tras asegurarse de que todo estaba en orden, asintió levemente y abrió la puerta con un chirrido contenido.

  —Pasa.

  —Gra… gracias. —balbuceó Betty, intentando no dejar caer la bandeja por los nervios.

  La puerta se cerró tras ella con un golpe seco.

  Betty entró en la habitación con pasos silenciosos, cuidando cada movimiento como si temiera despertar a un monstruo dormido. Se acercó a la peque?a mesa junto a la cama y dejó con delicadeza el plato de comida humeante. Alec se incorporó lentamente, con el rostro medio cubierto por sombras.

  —?Lo trajiste?

  Ella asintió, tragando saliva. De su cinturón extrajo una peque?a bolsa espacial, una adquisición reciente, posible gracias al dinero que él mismo le había dado. La abrió con cuidado y de su interior sacó un peque?o cuchillo de hoja delgada.

  —?Qué… qué vas a hacer? —preguntó con un hilo de voz.

  —No te preocupes. —dijo Alec con calma —No le haré da?o a nadie.

  Su tono sosegado tenía algo inquietante, pero al mismo tiempo tranquilizador. Betty respiró un poco más aliviada… hasta que él volvió a hablar.

  —Por cierto… ?Podrías hacerme otro favor?

  Ella frunció el ce?o con recelo.

  —?Qué es ahora?

  Tenía miedo. Miedo de verse envuelta en algo más grande, de ser descubierta y eliminada sin piedad.

  —No es nada malo. —aseguró Alec —Solo quiero que entregues un mensaje. Es para alguien llamado… Cáliban.

  El corazón de Betty dio un vuelco. Conocía bien ese nombre. Erick lo repetía en cada entrenamiento, como un mantra lleno de odio, con los pu?os ensangrentados.

  —?Qué quieres que haga exactamente?

  —Entrega esta carta. Solo a él. Nadie más que a él.

  Alec sacó una hoja doblada y la colocó dentro de un sobre improvisado. Betty la tomó con sumo cuidado, como si llevara una chispa a punto de estallar. Asintió, y sin decir una palabra más, salió de la habitación con paso rápido y contenido, deseando no llamar la atención de los guardias.

  A solas, Alec se dejó caer nuevamente sobre el colchón. El silencio lo envolvió como una manta helada. Desde hacía a?os, había forjado un lazo con su espíritu de luz… pero ahora, inmovilizado, la conexión se desvanecía entre sus pensamientos.

  A veces, en sue?os, buscaba la voz de Glandeir. Anhelaba esa presencia cálida y luminosa. Pero lo único que encontraba era eco y oscuridad.

  Entonces, entre los rincones de su memoria, emergió una imagen. Su yo más joven, entrenando bajo el sol junto a su mejor amigo. La risa, el sudor, y la esperanza dibujaron una sonrisa que no tardó en morir.

  —Lendar… ?Dónde estás?

  En la mansión, Cáliban se incorporó lentamente del sillón. Había pasado los últimos minutos en completo silencio, meditando su próximo paso. Un castigo le aguardaba… y no tenía intención de retrasarlo.

  Se dirigía hacia la salida cuando Joseph apareció en el pasillo, con expresión seria.

  —?Qué harás con ellos?

  Joseph se?aló con discreción hacia los prisioneros. Kylios, las gemelas y Aurelia se mantenían en silencio, con miradas vacías, como sombras de lo que alguna vez fueron. Cáliban avanzó hacia ellos con pasos firmes, con su aura cargada de una ira contenida que chispeaba bajo la superficie. Se agachó frente a ellos, mirándolos directamente a los ojos.

  —Quiero que abandonen esta casa de inmediato… —dijo con voz baja, cortante como un filo desenvainado —No quiero volver a verlos cerca. Si regresan, les prometo que lo que ocurrió hoy les parecerá una caricia.

  Extendió su mano hacia cada uno, pronunciando palabras en un idioma que nadie allí comprendía. Una lengua antigua, primitiva, impregnada de una autoridad arcana. Las cadenas heladas que los mantenían inmovilizados cayeron al suelo, disipándose con un silbido metálico.

  Pero en cuanto quedó libre, Aurelia estalló en furia. Su energía gélida cubrió la sala como una neblina cortante y, con un grito de rabia, se lanzó contra Cáliban. Sin embargo, antes de poder tocarlo, un espasmo violento la detuvo. Un dolor agudo le cruzó la garganta. El aire desapareció de sus pulmones. Su corazón se congeló en un instante de pánico absoluto.

  Aurelia cayó al suelo, temblando con las manos en el cuello. Sus ojos, inyectados de desesperación, buscaron los de Cáliban, que la observaba con la misma serenidad imperturbable.

  —He colocado marcas en sus cuerpos. —anunció sin apartar la vista de ella —Si alguno de ustedes intenta vengarse de mí o de cualquiera de los que estuvieron involucrados…

  Desvió la mirada un segundo hacia la inconsciente Catherine.

  —…sus gargantas se cerrarán. El aire no entrará. Morirán asfixiados, lentamente entre espasmos, con el dolor de una agonía que no concede misericordia. ?Fui claro?

  Kylios y las gemelas asintieron con rapidez, el miedo se marcaba sus rostros. Aurelia, aún retorciéndose, logró asentir con los ojos vidriosos, mientras su piel adquiría un tono púrpura. Cáliban chasqueó los dedos, liberándola de la tortura. El aire volvió a sus pulmones como un torrente. Tosió, jadeando, sin poder levantar la mirada.

  Cáliban se volvió hacia los guardias élficos y a las caballeras Oréades.

  —Llévenselos. A todos. Y asegúrense de que jamás regresen.

  Los guardias asintieron sin cuestionar. De inmediato fueron a buscar a sus respectivas princesas. Kylios, con la mandíbula partida y la mirada completamente vacía, se arrastró fuera de la casa tan rápido como sus piernas se lo permitieron.

  —?Bien hecho, líder! —exclamó Juliana, sin disimular su entusiasmo —Por fin nos libramos de esos parásitos.

  Astrid y Elizabeth se acercaron lentamente, con sus expresiones marcadas por una mezcla de respeto y alivio. Joseph y Reinhard también caminaron hacia Cáliban, sin prisa, pero con firmeza.

  La única que se mantuvo algo apartada fue Nhun. Observaba la escena en silencio, con los brazos cruzados y los ojos entrecerrados, como si aún no supiera si debía celebrar… o preocuparse.

  —Suban a esos tres… —ordenó Cáliban, se?alando a Argos, Catherine y Similia, que seguían inconscientes sobre el suelo —Llévenlos a sus habitaciones. Luego, reúnanse conmigo en el gremio. Tengo asuntos importantes que tratar con ustedes.

  Acto seguido, dirigió su mirada hacia Adelina.

  —Por favor… repara la casa.

  Adelina suspiró con resignación. No era la primera vez que su magia terminaba siendo usada como herramienta de mantenimiento. Aunque era una hechicera experimentada, en esos momentos se sentía poco más que una caja de herramientas con piernas.

  —Como desees… —murmuró, comenzando a reunir la energía necesaria para las reparaciones.

  Mientras tanto, lord Xander se aproximaba al profesor Yannes, con una expresión seria. Empezó a hacerle preguntas en voz baja, buscando detalles específicos sobre lo que acababa de presenciar.

  Cáliban caminó hacia la entrada. Su silueta avanzaba con la misma rectitud de siempre, con hombros firmes y paso decidido. Todos lo observaron en silencio, sin atreverse a decir nada. Intercambiaron miradas, inquietos. Nadie comprendía por qué, después de todo lo ocurrido… aún no había preguntado por Cecilia.

  Y entonces, justo antes de que cruzara la reja principal de la mansión, una figura lo detuvo. Una sola persona tuvo el coraje de plantarse frente a él… fue Nhun.

  Con la mirada encendida y la mandíbula apretada, lo enfrentó sin titubeos.

  —?No crees que hay algo más que deberías hacer antes de marcharte?

  Cáliban se detuvo. Sus pasos quedaron suspendidos en el aire, como su alma. Aquellas palabras lo arrancaron de su trance.

  —?De qué hablas?

  —??Qué de qué hablo?! —estalló Nhun —?Hablo de Ceci! ?De la chica a la que juraste justicia, y cuyo asesino aún respira!

  —Nhun, las cosas son más compli…

  —?No me vengas con eso! —gritó, al borde de las lágrimas —Hice lo que me pediste… me entrené, aprendí esa estúpida danza. ??Y para qué?! ?Mi mejor amiga está muerta! ?Y a ti parece no importarte en lo más mínimo!

  Cáliban bajó la mirada. Sus pu?os estaban tensos. Su cuerpo entero dolía, pero no era por las heridas físicas.

  —?Y qué quieres que haga…? Aunque fuera a verla… ella no va a vol-

  Las palabras, crudas y heladas, murieron en su boca cuando el pu?o de Nhun lo golpeó de lleno en la cara. No se detuvo. Le siguieron más golpes, uno tras otro, ciegos de rabia, dolor y tristeza.

  Cáliban no se defendió.

  Cada golpe era una verdad que él ya conocía. Cada pu?etazo era una acusación que no podía refutar. Herido de muchas formas, permaneció de pie, dejando que la tormenta emocional de Nhun se estrellara contra él.

  —??Por qué?! —gritó ella, sin aliento —??Por qué no la salvaste?! ?Le prometiste que estaría segura! ?Le diste ilusiones… le hablaste de un futuro! ?Y la perdiste!

  Los golpes de Nhun no cesaban, pero eran sus palabras las que realmente hacían sangrar a Cáliban. él aguantó en silencio cada impacto, sin alzar una mano para detenerla. Ni siquiera cuando recibía el dolor punzante del anillo en el dedo de Nhun, lo forzó a defenderse. Permaneció de pie, firme, como una estatua maltratada por la tormenta.

  —??Por qué?! —gritaba una y otra vez, hasta que sus gritos se deshicieron en sollozos, y sus lágrimas corrieron sin control… para luego secarse solas —?Por qué… tenía que ser así…? ?Por qué…?

  Los gritos llamaron la atención de los demás. Joseph fue el primero en reaccionar. Corrió hacia ella y la apartó con delicadeza.

  —?No! ?Suéltame! ?Aún no he terminado!

  —Nhun… por favor, ya basta… —dijo Joseph, con una voz quebrada, sabiendo que ningún argumento bastaría.

  Las lágrimas seguían brotando del rostro de Nhun, resbalando hasta perderse en el suelo. Su rabia seguía viva, palpitante, feroz. Y lo peor… era que nada de eso le traía consuelo.

  —?Por qué… no la protegiste…?

  Esa pregunta fue como un martillo contra el corazón de Cáliban. Permaneció inmóvil. Su rostro, salpicado de sangre, con el ojo hinchado y la nariz rota, no mostró odio, ni dolor, ni siquiera tristeza. Solo esa expresión impenetrable que tanto desesperaba a Nhun.

  Entonces, sin decir una palabra, Cáliban se dio media vuelta y continuó caminando con su paso firme.

  —Los espero a las seis de la tarde… en el gremio. —dijo con frialdad.

  Y se marchó. Sin volver la vista atrás. Sin una disculpa. Sin una explicación.

  —?Lo sabía! —gru?ó Nhun entre dientes, con los pu?os apretados —?Para él no somos nada! ?Solo herramientas desechables! ?Que se pudra!

  Joseph se agachó para levantarla, con cuidado, intentando ofrecerle algo de apoyo.

  —Nhun… no es justo que digas eso…

  —??Por qué no?! —replicó ella, girando bruscamente la cabeza —?Es la verdad! Para él… no somos nada. Ni yo, ni tú… ni siquiera Cecilia…

  Las demás chicas se acercaron con cautela. Elizabeth bajó la mirada, Astrid apretó los labios, Juliana no dijo una palabra. Todas sentían el peso de esa declaración. Reinhard intentó intervenir, pero se detuvo al ver que sus palabras sólo alimentarían el fuego.

  Joseph alzó la vista al cielo. Su corazón latía con fuerza. Una promesa lo ataba, una que debía proteger… pero también una verdad que le corroía por dentro. ?Podía seguir viendo a Cáliban cargar con todo el juicio sin emitir palabra? ?Podía seguir callando cuando todos lo miraban como si fuera una sombra sin alma?

  La duda lo torturó durante varios segundos. Nhun comenzaba a alejarse hacia la calle, enojada y rota. Joseph sabía que si la dejaba ir sin decir nada… no habría vuelta atrás.

  Entonces habló.

  —?Nhun… espera!

  Ella se detuvo en seco, sin girarse. Su cuerpo temblaba.

  —Nhun… no es justo que seas así con él. —dijo Joseph, con voz firme pero serena —Puede que, de todos nosotros, él sea quien más sufrió con la muerte de Cecilia.

  —??En serio?! —exclamó Nhun, girándose con pasos pesados —??Vas a defenderlo ahora?! ??Después de todo esto?!

  Joseph se acercó y colocó ambas manos sobre sus hombros, obligándola a sostenerle la mirada.

  —Te entiendo… y sé por qué piensas así. Pero tengo algo que contarte. —miró al resto del grupo con una seriedad poco habitual en él —Solo que… deben prometerme que, sin importar quién pregunte, esto no debe repetirse. Jamás.

  Las miradas se cruzaron en silencio. El ambiente se volvió denso, cargado de sospechas y tensión. Nhun, aún furiosa, asintió con desdén. Pero Joseph la sostuvo más fuerte.

  —No, Nhun… —dijo con dureza —Esto no es un juego. No es algo que puedas mencionar por error o por impulso. Si alguien más se entera de esto… no te lo perdonaré. Nunca.

  Las orejas de Nhun se agacharon. Su respiración era agitada. No entendía del todo el peso de lo que se avecinaba, pero la gravedad en los ojos de Joseph bastaba para que comprendiera que no era una advertencia vacía.

  —Te prome-

  —?No! —interrumpió él, con voz quebrada —Nhun… todo lo que te he confiado alguna vez, de una forma u otra, ha terminado en oídos ajenos. Lo que voy a decirte ahora… si sale de este círculo, si alguien más lo descubre, no solo me arriesgo yo. Cáliban perderá la confianza en mí… y cuando eso ocurra, desaparecerá para siempre. No volveremos a saber nada de él. ?Lo entiendes?

  Nhun respiró hondo. Dejó que las palabras se asentaran, que el dolor y la furia cedieran ante algo más profundo… el peso de la verdad. Se limpió las lágrimas, y con un gesto firme, asintió.

  —Lo entiendo… te lo juro.

  Joseph suspiró, aliviado, aunque la culpa aún pesaba en sus hombros. Comenzó entonces a relatar una historia que no le pertenecía. Una historia tan ajena y delicada que, mientras la contaba, sentía que estaba traicionando algo sagrado. Pero no podía seguir viendo a su amigo ser destruido por la incomprensión.

  Más tarde, al llegar al castillo, un nuevo capítulo comenzaba a escribirse. Lidia aguardaba con la misma compostura impecable de siempre. Al verlo, Lidia se adelantó con paso firme.

  —Mi se?or, ?Me mandó llamar?

  —Me han informado que has despertado uno de tus talentos. —respondió Cáliban, con tono mesurado.

  Lidia asintió sin decir palabra. Extendió la mano con decisión. De sus dedos emergió un fulgor azul intenso, una energía viva que onduló por el pasillo como una cortina de luz. Los reflejos se dibujaron sobre las paredes, y el silencio se cargó de asombro.

  —Nunca fui buena en la mía de combate… —admitió Lidia con una sonrisa melancólica —Pero en la magia de potenciación… encontré algo en lo que, por fin, soy buena.

  Cáliban esbozó una leve sonrisa al ver su expresión renovada. Aquella luz en los ojos de Lidia, apagada durante tanto tiempo, volvía a brillar con una calidez que le recordaba que no todo estaba perdido. Ver a alguien que había perdido tanto… y recibido tan poco… volver a levantarse, le devolvía una pizca de esperanza.

  —En ese caso… —dijo, extendiéndole una hoja con un complejo diagrama —Quiero que dibujes esto en la cima del castillo. Cada trazo debe ser exacto, cada símbolo debe estar en su sitio. Tómate el tiempo que necesites.

  —Como ordene, mi se?or. —respondió Lidia con respeto, tomando el papel entre sus manos templadas.

  Cáliban se alejó con las manos reposando en su espalda. El eco de sus pasos resonaba entre los muros del castillo, mezclándose con los destellos de luz que proyectaban las runas encantadas. Lidia lo observó alejarse y, por un instante, creyó ver la silueta de otro hombre superpuesta a la suya… esa tristeza le recordaba a su esposo.

  —Espero que algún día… también puedas perdonarte a ti mismo. —susurró, aferrando el diagrama con delicadeza.

  Horas más tarde, Cáliban se sumergía en las aguas templadas de la cueva sagrada. Su cuerpo permanecía a la mitad dentro del agua, mientras su mirada se perdía en la vasta isla que se desplegaba a lo lejos. El cielo nocturno, salpicado de luces danzantes, proyectaba auroras boreales sobre la bóveda de la gruta. Aquellos colores vivos parecían ajenos al peso que oprimía su pecho.

  Un leve temblor en la superficie del agua anunció la llegada de una presencia conocida. Desde las profundidades emergió Ocelotl, su espíritu, tomando la forma de un corcel negro majestuoso, cuya silueta parecía fundirse con las sombras.

  Cáliban notó las heridas en su lomo. Surcos de luz tenue marcaban el lugar donde la energía de Glandeir lo había alcanzado.

  —Veo que tú también te llevaste lo tuyo… —murmuró.

  —Glandeir fue un buen luchador. —respondió Ocelotl con voz grave —Pero su odio por la derrota lo cegó… completamente.

  Cáliban cerró los ojos y dejó que el agua acariciara sus heridas abiertas. El dolor físico se mezclaba con el emocional, difuminándose en cada exhalación lenta.

  —Lo siento… debiste pasar por mucho.

  —Está bien, maestro. —dijo el corcel, con dignidad —Fue mi primera batalla a muerte. Solo espero haber sido digno de pelear a su lado…

  Una risa suave, quebrada por el dolor, escapó de los labios de Cáliban. No era una risa alegre, sino una mezcla de gratitud y tristeza. A veces, lo único que quedaba era la compa?ía de aquellos que no necesitaban palabras para entenderlo.

  —Lo hiciste bien… —dijo Cáliban con una suavidad poco habitual en él —Estoy orgulloso.

  Ocelotl bajó lentamente el hocico, rozando la superficie del agua con el mentón. Su postura, normalmente imponente, se volvió humilde, casi suplicante.

  —Maestro… ?Qué era ese lugar? —preguntó en voz baja —En los recuerdos donde aprendí aquellos movimientos… solo vi oscuridad. Fue horrible. Un abismo de torturas sin fin… donde la esperanza parecía haber muerto hace mucho.

  Cáliban desvió la mirada hacia el techo de la caverna, donde las luces danzaban como si nada pasara. Pero en su mente, los gritos volvían. Las imágenes. El eco de un dolor que nunca lo había abandonado del todo.

  —Era el infierno… —susurró —Un castigo… que me fue impuesto por mi maestro.

  —?Por qué…? —Ocelotl ladeó ligeramente la cabeza, confundido —?Por qué lo castigaría de esa forma? Me parece… desmedido. Exagerado, incluso, por un error.

  Cáliban guardó silencio durante varios minutos. El agua tibia cubría su cuerpo, aliviando sus heridas externas, pero no podía hacer nada contra las internas. Las palabras se le atragantaban, pero sabía que Ocelotl, con el tiempo, lo descubriría igual. La conexión entre ambos se hacía más profunda cada día. No podía ocultarle todo para siempre.

  —Porque destruí las puertas del Paraíso…

  El corcel negro parpadeó, desconcertado. La frase no tenía sentido para él.

  —?Eso es… un lugar?

  Cáliban sonrió con melancolía.

  —Je… cierto. Supongo que no estás familiarizado con ese concepto. Es un término humano. Digamos que sí… que es un lugar. Uno que existe más allá de los mundos, en una dimensión separada. Como esta… pero distinta.

  Hizo una pausa y miró su reflejo en el agua. Por un segundo, no vio al guerrero. Vio al ni?o. Al ni?o que cometió un error que no se le permitió olvidar.

  —Tal vez algún día te lo cuente… cuando estemos listos.

  Ocelotl asintió lentamente. Se recostó en el agua, dejándose ba?ar por su energía curativa, permitiendo que su cuerpo se regenerará en silencio. Aunque las heridas físicas sanaban, lo que había presenciado en aquellos recuerdos aún pesaba en su espíritu.

  Cáliban cerró los ojos. Quería disfrutar de ese momento de paz, de la soledad y el silencio que le ofrecía la cueva… pero su corazón, inquieto, latía con fuerza. La mente no se callaba. La culpa, el dolor, los rostros de los que había perdido… lo acompa?aban incluso en el agua.

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