Cáliban se incorporó de golpe, empapado en sudor, su respiración se agitaba como si acabara de escapar de una pesadilla que aún no terminaba. El pecho le ardía, los pulmones se negaban a calmarse. Podía oír el tamborileo ensordecedor de su corazón golpeando contra sus costillas, como un eco de guerra que no cesaba.
—?Qué sucedió?… ?Dónde estoy? —murmuró entre jadeos.
Sus ojos recorrieron la habitación con dificultad. Era amplia, de paredes de piedra adornadas con tapices antiguos. Reconoció el lugar tras unos segundos. Era una de las habitaciones secundarias de la mansión Hilloy.
La luz de la ma?ana se colaba a través de las cortinas entreabiertas, ba?ando la estancia con una claridad hiriente. Cáliban levantó una mano temblorosa para cubrirse los ojos. Notó entonces los vendajes. Eran gruesos, toscos, y cubrían gran parte de su torso, brazos y cuello. A su lado, sobre una peque?a mesa, había varios viales vacíos de medicina y pa?os manchados de sangre seca.
Sus pensamientos apenas comenzaban a ordenarse cuando el silencio fue roto por pasos pesados, urgentes. La puerta se abrió de golpe.
—?Se?or! ?Por fin ha despertado! —exclamó Lord Xander, entrando con una mezcla de alivio y desesperación en la mirada.
Cáliban se llevó una mano a la cabeza. Un punzante dolor le atravesó el cráneo como si lo estuvieran partiendo desde dentro.
—Calma, Xander… —gru?ó con voz grave —?Cuánto tiempo ha pasado?
El hombre respiró hondo, forzándose a calmarse, y caminó hasta sentarse junto a la cama.
—Han pasado siete días.
Cáliban alzó una ceja, sorprendido. Esperaba más. Sentía como si hubiese dormido por meses. Como si el mundo hubiera girado sin él durante toda una era.
—Ya veo… —murmuró.
La atmósfera se volvió más densa. Xander no dejaba de mirarlo, y aunque su postura era la de un soldado, su expresión era la de un hermano preocupado. La sombra que cruzó su mirada no pasó desapercibida para Cáliban.
—?Cuánto? —preguntó Xander de pronto, con su tono grave, directo y sin adornos.
Cáliban desvió la mirada hacia la ventana. Aún no se acostumbraba a la luz. Ni a la pregunta.
—Parece que no se te escapa nada… —dijo con un suspiro.
—No sé por qué ni cómo explicarlo… —continuó Xander, clavando la vista en él —pero puedo sentirlo. Desde aquella batalla en la arena… hay algo que me inquieta. Tu vitalidad no es la misma. Tu energía… se está desvaneciendo. Me niego a creer que una técnica tan peligrosa no tenga repercusiones. Así que te lo pregunto de nuevo, se?or… ?Cuánto tiempo de vida te queda?
En la sala se hizo un silencio espeso. El aire parecía retener el aliento, como si el mundo mismo esperará la respuesta que Cáliban se negaba a pronunciar.
Ambos se miraron sin pesta?ear. Paladín y líder. Guerrero y sombra. Xander no insistió, pero su mirada hablaba por él. Cáliban lo sabía. Sabía que si había alguien que merecía saber la verdad… era él.
Suspiró, rendido al peso de la realidad.
—Un a?o… —dijo, al fin, con una voz que no tembló —Quemé la mayor parte de mi vitalidad para derrotar a la diosa. Solo me queda un a?o de vida.
Los ojos de Xander se abrieron con un parpadeo involuntario. Su alma, sin embargo, no gritó. No se rompió. Como paladín, estaba entrenado para soportar la muerte. Pero como hombre… como amigo… la frialdad con la que Cáliban enfrentaba su destino le heló el corazón.
Apretó los pu?os, contuvo el temblor, y se obligó a recuperar la compostura.
—De ser así… supongo que ya tienes un plan. —dijo, forzando una voz estable.
Cáliban inhaló hondo. Su pecho crujió bajo los vendajes. Luego comenzó a hablar.
Le relató todo. Lo que había visto en aquel “sue?o”. Las sensaciones extra?as. El umbral entre la vida y la muerte. La misión de Anubis que lo trajo de vuelta… aunque omitió mencionar el momento exacto de la visión del grimorio. Eso era algo que debía guardar por ahora y analizar más tarde.
Xander lo escuchó sin interrumpir, su rostro era una estatua que solo se alteró cuando Cáliban habló de “él”.
—Así que… los dioses realmente existen. —murmuró Xander, llevándose una mano al mentón —Si algún fanático escuchara esto, probablemente se volvería loco.
—Y que lo digas… —respondió Cáliban, soltando una leve risa áspera —Yo también me sorprendí.
Xander alzó una ceja.
—?En serio? Pensé que ya habías tratado con ellos antes.
—Lo hice. —asintió Cáliban —Pero eso no quiere decir que habiten aquí. He cruzado muchos mundos donde se les reza, se les rinde culto, se les teme. Pero casi nunca están. Solo dejan rastros, leyendas, y desaparecen como si nunca les hubiera importado. Pero este… parece que está aquí. Ahora.
Xander asintió con gravedad. Sus pensamientos ya comenzaban a derivar hacia lo estratégico.
—?Se puede confiar en él?
Cáliban reflexionó, observando sus propias manos, vendadas pero firmes.
—?Como aliado? Sí. Tuvo la oportunidad de matarme. No lo hizo y también me ayudó. Pero eso no significa que nos vea como iguales. O siquiera como parte de su plan. Aún no conozco sus motivos. Y sinceramente, no me interesa por ahora. Los dioses pueden esperar. Tengo otras prioridades.
Xander asintió lentamente. Entendía. Pero aún así… el mundo acababa de volverse más peligroso.
—Entonces dime… —dijo Cáliban, girando lentamente su cuerpo hacia el borde de la cama —?Qué sucedió mientras estuve inconsciente?
Xander soltó una carcajada amarga.
—Muchas cosas. Más de las que quisiera contarte de golpe. Pero mejor empiezo por lo más importante… —Se levantó y se dirigió hacia la puerta —Ven conmigo. Necesitas ver esto por ti mismo.
Cáliban se levantó con lentitud. Su cuerpo, aunque aún resentido, respondía con obediencia. Cambió sus vendas frente al espejo con la eficiencia de alguien acostumbrado al dolor. Cada pliegue le recordaba que aún respiraba, aunque con menos tiempo que antes.
Después de unos minutos, salió de su habitación vestido con su ropa de combate más ligera. Aún no estaba listo para las batallas, pero no quería parecer un inválido. Xander lo esperaba frente a la puerta, de brazos cruzados.
Sin decir palabra, ambos caminaron por los pasillos silenciosos de la mansión. La luz de las antorchas oscilaba sobre los cuadros familiares, proyectando sombras largas sobre el mármol frío.
Al llegar a la sala principal, Xander hizo una se?al. Uno de sus mayordomos más antiguos se acercó de inmediato.
—Diles a todas que se reúnan aquí. Ahora.
—Como ordene, mi se?or. —respondió el hombre, haciendo una reverencia antes de correr con sorprendente agilidad para su edad.
Cáliban observó en silencio. Notó la tensión en los hombros de Xander.
—?Te gustaría explicarme qué ocurre?
Xander asintió, pero su expresión seguía siendo grave. Caminó hacia una de las vitrinas y sacó una carpeta gruesa, llena de documentos encuadernados de forma urgente.
—Cuando estuviste en cama, Adelina y yo estuvimos trabajando. Encontramos ciertos… hallazgos. El primero es este.
Le tendió la carpeta a Cáliban. éste la abrió con cuidado y comenzó a leer. Su ce?o se frunció casi de inmediato.
—?El mercado negro… ni?as?
—150, entre cinco y diez a?os. Estaban siendo vendidas en una red organizada que operaba justo bajo la nariz de la academia. —explicó Xander con voz contenida —Las rescatamos hace seis días.
Cáliban apretó la mandíbula.
—?Y ahora dónde están?
—La mayoría quiso volver a sus hogares. No pudimos obligarlas a quedarse, aunque intentamos ofrecerles seguridad aquí. Fue arriesgado… pero tenían derecho a decidir. De todas ellas, solo 50 quisieron quedarse.
—Las que no tenían a dónde regresar. —dijo Cáliban, más como afirmación que como pregunta.
Xander asintió con pesadumbre. Su mirada se perdió brevemente en el ventanal.
—A las otras las escoltamos a los pueblos más cercanos. Las princesas ayudaron en el proceso, facilitando transportes, documentos, incluso ayuda económica. La verdad es que todo esto les dio muchos puntos ante sus respectivas coronas… pero nadie pudo decirnos exactamente de dónde venían las ni?as. Su origen está completamente borrado.
—?Y dijeron algo sobre ti?
—Como muestra de agradecimiento, todas juraron mantener en secreto cualquier vínculo con esta casa. A ojos del mundo, fue obra de nobles anónimos. Pero…
—La antigua casa de los Hilloy ha ganado algo de renombre. —terminó Cáliban, entendiendo la implicación.
—Así es. Y eso nos ha traído consecuencias.
—?El director? —preguntó Cáliban con un suspiro, adivinando el problema antes de escucharlo.
—Sí. Exige que demuela el edificio. —confirmó Xander, cargado de desprecio —Dice que “ese lugar le quita prestigio a la academia por haber sido un foco de corrupción”. Me ha dado hasta finales de diciembre para desalojar completamente. La excusa oficial es la limpieza de imagen.
Cáliban cerró la carpeta. Sus dedos golpeaban suavemente el lomo del documento.
—Bueno… en teoría, no queda nada ahí que nos sirva… ?O sí?
Xander soltó una risa baja, más amarga que divertida.
—Eso pensé yo. Pero hay muchas cosas de las que necesitas enterarte.
Poco a poco, comenzaron a llegar las ni?as.
Cáliban, aún con los brazos cruzados, observaba desde lo alto del salón. Una tras otra entraban con pasos peque?os, tímidos, pero no del todo temblorosos. Algunas se tomaban de las manos, otras mantenían la distancia. No eran iguales, y eso era lo que más llamaba su atención.
Había ni?as humanas, sí. Pero también había otras con orejas puntiagudas, piel azulada, cuernos diminutos, colas, escamas finas, peque?as alas, ojos rasgados o cubiertos de pelaje.
??Por qué son todas chicas… y de tantas razas diferentes?? —pensó, sin disimular su sorpresa.
Xander, que percibió su duda, le respondió por medio del vínculo telepático que compartían desde que Cáliban lo marcó como su guardián personal.
?Aparentemente… un conde degenerado hizo un pedido específico. Quería 150 ni?as, entre cinco y diez a?os, de razas variadas. Para su “diversión”. Por fortuna, llegamos a tiempo. Berenice fue demasiado lejos esta vez…?
Cáliban cerró un instante los ojos, controlando el ascenso súbito de su ira.
??La diosa sigue en reclusión como te indiqué??
?Sus gritos aún adornan el bosque, mi se?or…?
?Bien.?
En pocos minutos, las cincuenta ni?as que decidieron quedarse ya estaban reunidas en el gran salón. Algunas se agrupaban con timidez. Otras parecían más observadoras. Una peque?a con alas de murciélago en miniatura se rascaba distraídamente la nuca. Otra, con cuernos curvados, se escondía detrás de una ni?a con orejas felinas.
Cáliban las miró sin hablar. Había enfrentado horrores. Dioses. Cultos que desfiguraban la vida. Pero esto… esto era diferente.
Eran ni?as, ni?as inocentes. Cargadas con un pasado que nadie tan peque?o debería tener.
No dijo nada. Sólo las observó y Xander dio un paso al frente.
—?Chicas! —llamó, con voz clara pero amable —Les presento a Cáliban. Mi heredero. Y su futuro se?or. Deben saber que todo lo que él ordene, es mi voluntad. Por eso, espero que puedan mostrarle el respeto que merece.
Las ni?as intercambiaron miradas. Algunas parecían confundidas, otras simplemente asustadas. Pero ninguna desobedeció. Y, como si lo hubieran ensayado, las cincuenta se inclinaron en reverencia al unísono.
Cáliban tragó saliva. No estaba preparado para eso.
No para ese tipo de obediencia. No para esa mirada de dependencia que ahora caía sobre él como un peso invisible. Apretó los pu?os. Dentro de sí, se debatía entre el deber… y la duda.
??Qué planeas hacer con ellas?? —preguntó mentalmente, sin quitar los ojos de las ni?as.
Xander tardó un segundo. Sabía lo que esa pregunta significaba. Sabía que, con una sola palabra, Cáliban podía detener todo.
Y por eso, titubeó. Pero al final, lo dijo.
?Quiero entrenarlas como guerreras. Para que algún día puedan luchar contra el culto.?
Cáliban giró su rostro con lentitud. Sus ojos carmesíes, brillando intensamente, se clavaron en los de su siervo.
No hizo falta gritar. El poder en su mirada era suficiente para que la temperatura de la sala bajara unos grados. Xander tragó saliva, pero no desvió la vista. El miedo estaba ahí, sí. Pero también estaba su convicción.
Durante varios segundos, ninguno habló. Solo se miraban. Una tensión muda, como el filo de una espada sostenida entre ambos.
Y luego, Cáliban cerró los ojos. Respiró hondo para calmarse.
No porque hubiera cambiado de opinión. Sino porque entendía. Porque sabía exactamente de qué estaba hablando Xander. Y eso era lo que más le dolía.
??Es necesario?? —preguntó al fin.
?Lo pensé durante días…? —respondió Xander con el pensamiento, conteniendo su propio nudo en la gargant ?Hubo un incidente, mientras tú dormías. Un asesino se infiltró en la mansión. Vino a acabar con ellas. Logré matarlo… pero fue difícil. Muy difícil. Si no hubiera estado yo aquí, ni una sola habría sobrevivido.?
Cáliban frunció el ce?o.
?Quise llevarlas al gremio… buscarles un refugio. Pero tú no eres un hombre de caridad, se?or. Eres un guerrero. Lo sé, lo acepto. Y por eso… pensé, si se quedan aquí, bajo tu nombre, bajo tu protección, puedo entrenarlas. Puedo convertirlas en algo más que víctimas.?
Se hizo un largo silencio. El tipo de silencio que pesa más que las palabras.
?No te pido compasión.? —continuó Xander —?Solo te pido una oportunidad. Dales una. Porque si no la tienen… no vivirán lo suficiente para ser ni?as otra vez.?
Cáliban miró a las ni?as de nuevo. Ahora con otra mirada. Las vio como una posibilidad. Como un riesgo. y finalmente como una responsabilidad. Frunció el ce?o, con fuerza. Todo en su cuerpo rechazaba la idea.
?Estas chicas pasaron por un infierno, Xander… ?Crees que es justo devolverlas ahí??
La voz mental del paladín no vaciló.
?Con todo respeto, se?or… esa no es nuestra decisión. Ni suya, ni mía.?
Cáliban lo miró de reojo, sin disimular su molestia.
??Crees que están en condiciones de tomar una decisión de ese calibre? Son ni?as.?
?Y aun así, la muerte no les preguntó la edad cuando vino por ellas.? —Xander hablaba con dureza, pero no con crueldad. Era un golpe directo y necesario.
?Yo no puedo estar siempre para protegerlas. Tú tampoco. Si no se les ense?a a sobrevivir, temo que no podremos hacer mucho. Ya sea el culto… o quienes quieren borrar sus rastros, volverán a intentar matarlas. Por eso creo que esto es lo mejor. Pero como siempre… dejo la decisión final en tus manos.?
Cáliban cerró los ojos. El peso del mundo parecía caer una vez más sobre sus hombros.
Odiaba la idea de obligarlas a sostener una espada, de romper su ni?ez con sangre y acero. Pero la verdad era innegable, vivían en un mundo cruel. Y hasta en los mundos más pacíficos, saber defenderse no era una opción, si no una necesidad.
Entonces, mientras luchaba internamente con esa decisión, una de las ni?as dio un paso al frente.
Era peque?a, tal vez de ocho o nueve a?os. Llevaba un vestido sencillo, con bordados delicados. Su rostro no mostraba emoción alguna. Sus ojos estaban vacíos, como si el alma se hubiera escondido en lo más profundo. Era la primera ni?a que Xander había rescatado.
Cáliban se agachó lentamente, con los ojos nivelados a los de ella.
—Hola… —dijo con un tono amable, casi fraternal —?Cómo te llamas?
La ni?a lo miró sin pesta?ear. Su voz fue suave, apenas audible.
—Beatriz… es lo único que recuerdo.
Cáliban la observó con atención. Su piel era pálida, casi translúcida. Su cabello, negro y largo, caía como una cortina de penumbras sobre sus hombros. Algo en ella le recordaba a Elizabeth.
—?Eres un vampiro?
Beatriz negó con la cabeza y movió su cabello hacia atrás. Detrás de sus largos mechones, se revelaron unas orejas puntiagudas, pero no como las de un elfo o un vampiro común. Eran más delgadas, alargadas, con pliegues que recordaban a las alas de un murciélago.
Entonces levantó ligeramente sus brazos. De su espalda surgieron lentamente un par de alas membranosas, oscuras por detrás, con un sutil brillo rojizo en su interior.
Una criatura nocturna… elegante y salvaje.
—Chiropterae Noctalis… o simplemente Noctalis. —dijo Xander, dando un paso adelante —Ese es el nombre por el que se conoce su especie.
Cáliban alzó una ceja.
Las Chiropterae Noctalis.
Una raza mitológica, relegada a susurros y leyendas viejas, ahora frente a él.
No eran monstruos nocturnos nacidos de una maldición, ni tampoco criaturas sedientas de sangre. Eran seres ancestrales, mujeres murciélago nacidas de la oscuridad no como castigo, sino como simbiosis. Guardianas naturales de los ritmos del mundo, del eco, del silencio, de la vibración y del pulso profundo de la tierra.
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Beatriz lo miraba desde su abismo interior. Se mantenía firme, con sus alas plegadas, su expresión neutra y su alma temblando tras sus ojos.
Cáliban lo supo entonces. Si lograba entrenarla bien, si la ayudaba a alcanzar su potencial… sería un activo poderoso. Una cazadora de sombras. Pero aún era pronto para pensar como estratega. En ese momento, frente a una ni?a herida, solo podía pensar como humano.
—Un gusto conocerte, Beatriz… —dijo, con una leve sonrisa.
Extendió su mano. La ni?a dudó. Sus dedos delgados se acercaron con timidez, apenas rozando la palma del guerrero.
Entonces, en un arrebato de nerviosismo que no supo controlar, sus garras salieron disparadas, filosas como cuchillas. Cortaron la mano de Cáliban en un instante.
La ni?a retrocedió con los ojos muy abiertos, sin gritar ni llorar. Pero sus labios temblaban.
—Lo siento… lo siento… ?No quería hacerlo! ?Yo-!
—Beatriz. —interrumpió Cáliban, con voz cálida y firme.
La miró a los ojos, sin rastro de dolor ni enojo, aún sosteniendo su mano herida.
—Tranquila… respira hondo. Nadie te va a hacer da?o aquí.
Ella lo miró sin comprender.
Cáliban se llevó una mano al pecho, exhaló despacio, y luego inhaló con suavidad. Hizo un gesto para que lo imitara. Una y otra vez.
Beatriz comenzó a seguirlo. Al principio, torpe, luego más lento y, finalmente, las garras retrocedieron. Volvieron a esconderse bajo su piel como si nunca hubieran existido.
—?Ves? —susurró él —Lo hiciste perfecto. Solo mantén la calma.
La ni?a parpadeó. Y entonces, se lanzó hacia él, abrazandolo con fuerza. Como si en ese momento, por primera vez en días su cuerpo recordara qué era el calor humano.
Cáliban cerró los ojos.
Sintió cómo algo blando se deshacía en su pecho. Una llama tenue, que le recordaba que seguía vivo. La levantó con cuidado y la sostuvo entre sus brazos mientras giraba para ver al resto de las ni?as. Todas lo observaban. Nerviosas, expectantes y heridas.
Sabían que algo se venía.
—Lamento informarles que, por mucho que nos duela… no podremos mantenerlas en este lugar por mucho tiempo. —dijo, en voz firme pero suave —Tendrán que irse.
Como si hubiese pronunciado una maldición, las ni?as comenzaron a murmurar. Luego a quejarse. Y finalmente… a gritar.
—?No!
—?No quiero irme!
—?Aquí estoy segura!
—?No tengo a dónde ir!
—?Por favor! ?Déjenos quedarnos!
—?Trabajaremos duro! ?Seremos sus sirvientas! ?Haremos lo que nos pida, se?or!
Las voces se superpusieron, desesperadas, entre sollozos, súplicas y temblores. El aire de la sala se cargó de ansiedad infantil, tan densa que podía cortarse con un cuchillo.
Cáliban cerró los ojos por un instante. Luego alzó la mano.
Una ráfaga de viento brotó de su palma como un latido contenido. Bastó un segundo para silenciarlo todo. Las ni?as callaron. No por miedo, sino porque el poder que emergía de él no era presencia pura.
—No es que quiera echarlas… —dijo, su voz fue grave, pero calmada —Pero hay gente muy poderosa que quiere matarlas. Incluso si las protegemos aquí, no podremos mantenerlas vigiladas todo el tiempo. Esta casa… esta ciudad… no es segura.
Las ni?as bajaron la mirada. Algunas se abrazaron entre sí. Otras simplemente se quedaron quietas, como si la desesperanza las hubiera paralizado. En sus peque?as facciones se reflejaban el miedo, la confusión… y algo más. Algo más antiguo que sus a?os. Dolor puro.
—Sin embargo… —continuó Cáliban, con una pausa medida, como un trueno que rompe el aire antes de la tormenta —Eso no significa que no haya un lugar donde puedan ir… claro, si así lo desean.
Extendió su mano hacia un lado. El maná comenzó a concentrarse en su palma. El aire tembló. Los objetos más ligeros del salón comenzaron a vibrar, y una luz cálida, intensa y azulada brotó de su piel.
—Esto es poder. —dijo —Y no es algo que se regale. Nada en este mundo lo es. Sé que es pronto para entender esto… pero me gustaría hacerles una oferta.
Con cuidado, colocó a Beatriz en el suelo. Luego, se sentó en cuclillas, a su altura, mirando a cada una de las ni?as. Una por una. Sus ojos carmesíes no juzgaban. Solo reconocían.
—Están tristes. Lo veo en sus ojos. Pero también… están enojadas, ?Verdad?
Las ni?as agacharon la cabeza. Algunas comenzaron a llorar en silencio. Beatriz apretó los labios, sus manos arrugaron el vestido que lady Lidia le había regalado con dulzura. Su aliento se entrecortaba con sus ojos húmedos.
—Lo entiendo. —dijo Cáliban con una sinceridad desarmante —Pero la ira no es solo un sentimiento. También es una responsabilidad. La responsabilidad de vivir… de luchar… de construir algo que valga la pena.
Caminó lentamente entre ellas, con el aura aún encendida, como si su esencia se filtrara en cada palabra.
—Ustedes decidirán qué hacer con esa ira. Pueden dejarla ir. Pueden abrazarla. Pueden forjar algo con ella. O pueden permitir que las consuma. Cualquiera de esas decisiones será suya… y yo la respetaré.
Entonces, cerró el pu?o. La energía en su mano crepitó una última vez… y luego se disipó en el aire, como polvo de estrellas.
—Si me aceptan como su se?or… les daré la oportunidad de obtener poder. Pero no para mí. Para ustedes. Poder para vivir una vida digna. Para elegir. Para defenderse. Para no temer nunca más.
Las ni?as lo observaban sin comprender del todo. Algunas por su corta edad, otras porque la esperanza, simplemente, era un idioma que habían olvidado.
Y entonces, Beatriz alzó su peque?a voz.
—?Y si no lo logramos? —preguntó, con miedo real, pero con dignidad.
Cáliban se giró hacia ella. Se arrodilló de nuevo a su altura.
—Entonces yo estaré allí para recordarte que puedes volver a intentarlo.
Beatriz lo miró con los ojos muy abiertos. Y por primera vez desde que había llegado… asintió.
—?A qué se refiere cuando dice que lo aceptemos como nuestro se?or? —preguntó una joven con la cabeza ladeada, se?alando a Xander con uno de sus peque?os dedos —?No era él el se?or?
El caballero soltó una risa baja, con una calma que solo los a?os otorgan.
—Me temo que no, peque?a. —dijo con una leve inclinación de cabeza —Yo le juré lealtad a él. Es mi se?or… y, por tanto, tiene la última palabra.
Beatriz parpadeó, confundida. Aunque no entendía del todo las etiquetas, algo en su lógica infantil le decía que el más viejo debía ser el que mandara. Pero algo en la forma en que Xander hablaba disipaba cualquier duda. Lo decía con orgullo, no con sumisión.
Entonces, Cáliban se acercó nuevamente. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y habló sin alzar la voz.
—Cuando digo que me acepten como su se?or… me refiero a que me entreguen su vida.
Las palabras, aunque dichas con suavidad, cayeron como plomo.
El ambiente se enfrió de inmediato. Algunas ni?as dieron un paso atrás por puro instinto. Otras miraron a Xander con ojos asustados, como si buscaran una negación. Pero Cáliban no se inmutó. Con la misma calma de siempre, permaneció sentado, su postura estaba abierta, sin amenaza ni superioridad.
—Quiero que entiendan esto… —continuó —No pueden quedarse. Incluso si desean trabajar o esconderse aquí, sus vidas correrán peligro. Este lugar ya no es seguro. Por eso… quiero llevarlas a un sitio distinto. A un lugar donde podrán ser libres.
Su voz se volvió más cálida. Extendió una mano, como si ofreciera algo invisible.
—Pero no puedo hacerlo solo. No puedo protegerlas sin compromiso. Si me juran lealtad… si me entregan su vida… me haré responsable de que nunca les falte nada. Nunca más.
Las ni?as lo observaban con una mezcla de temor y curiosidad. Para muchas de ellas, la palabra “vida” aún era algo abstracto. Sabían que habían sufrido. Sabían que hubo dolor. Pero no todas comprendían aún lo que significaba entregarse a alguien de forma absoluta.
El silencio se volvió incómodo. Algunas desviaron la mirada, como si buscaran una puerta abierta para huir. Otras abrazaron a las compa?eras que tenían más cerca.
Y entonces, una voz rompió el hielo.
Fue Beatriz.
La misma ni?a que lo había herido sin querer. La que aún llevaba la sombra del miedo en los ojos, pero también una chispa de fuego encendida. Levantó la mano.
—?Habrá comida?
La pregunta cayó como un relámpago inesperado. Algunas ni?as se miraron entre sí, sorprendidas. Xander casi deja escapar una carcajada. Cáliban, por su parte, sonrió. Era la sonrisa de alguien que, después de días de guerra, veía una flor brotar entre los escombros.
—Mucha. —respondió con ternura —De todos los sabores y colores que puedas imaginar. Y cuando te canses de una, podremos preparar otra distinta.
Beatriz asintió en silencio. Era todo lo que necesitaba saber. Entonces, otra ni?a alzó la mano desde el fondo del grupo.
—??El lugar es grande?! ??Tendremos espacio para jugar?!
—Por supuesto. —respondió Cáliban, sin dudar —Claro, habrá zonas restringidas… lugares a los que no podrán ir sin permiso. Pero fuera de eso, tendrán campos, árboles, cavernas… espacio para correr, volar, trepar y jugar todo lo que quieran.
La atención de las ni?as comenzó a cambiar. Algunas ya no lo veían como una figura distante. Otras empezaban a imaginar ese “lugar maravilloso”.
Una nueva voz se alzó desde la multitud.
—??Podremos estudiar magia?! —gritó una ni?a de ojos brillantes, con un vestido demasiado grande para su cuerpo delgado —?Quiero ser una gran hechicera como la hermana hada que nos salvó!
Cáliban sonrió, reconociendo la esperanza en la voz infantil.
—Por supuesto. —dijo con ternura —Estudiarán. Jugarán. Todos los días tendrán algo nuevo que aprender.
Otra voz, más peque?a y temblorosa, surgió desde el fondo.
—?Hay… monstruos ahí? —preguntó con dificultad una ni?a que no levantó la cabeza para mirar.
—Ninguno. —respondió Cáliban con suavidad —No hay depredadores ni bestias. Es un lugar seguro. Ahí… nadie les hará nada nunca más.
Entonces una ni?a de cabello rizado y sonrisa amplia se adelantó a pasos rápidos y saltó con energía.
—?Se?or! ??Cuándo podremos ir a ese lugar?! ?Se escucha divertido!
Las risas tímidas comenzaron a florecer aquí y allá. Cáliban levantó un dedo, negando lentamente con la cabeza.
—No es tan simple…
Las sonrisas se apagaron con la misma rapidez con la que habían nacido.
—Si quieren ir conmigo, primero deberán entregarme su lealtad… y su vida.
Se detuvo. El aire se volvió más denso. Y luego, por fin, dijo lo que había evitado decir todo este tiempo:
—Mi motivo para traerlas no es caridad. Quiero convertirlas en soldados… guerreras capaces de matar a sangre fría.
Los suspiros se apagaron. Las risas cesaron. El salón entero se volvió un silencio de piedra.
—Pero no para hacer da?o. —continuó, su voz ahora grave, firme —Sino para proteger todo lo que ustedes amen.
Las ni?as bajaron la mirada. Algunas retrocedieron un paso. Otras se abrazaron fuerte. Aquella frase… "matar a sangre fría", no era ajena a ellas. La habían escuchado. La habían visto. Cuando uno de sus compa?eras fallaba… cuando era “defectuosa”… los guardias no mostraban compasión. Solo cumplían órdenes.
La sangre, el dolor, la soledad. Las conocían mejor que los juegos, mejor que la risa. Y entonces, en medio de aquella tensión como un hilo a punto de romperse, una voz cortó el aire.
Nuevamente fue Beatriz.
—?Podré matarlos? —preguntó Beatriz, su tono era vacío, plano y sin emoción —A los hombres malos que nos atraparon.
El silencio no solo volvió, se congeló.
Cáliban sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por miedo… sino por la gravedad con que aquella pregunta había sido pronunciada. Una ni?a. Ocho a?os. Y una convicción que ni los adultos logran mantener.
Se agachó frente a ella. La sostuvo por los hombros con delicadeza y firmeza. La miró directamente a los ojos.
—Beatriz… —dijo con voz profunda —Entiendo tu dolor. Entiendo tu deseo de venganza. Pero no dejes que eso defina lo que eres.
Ella no desvió la mirada. Sus ojos oscuros eran espejos que no temblaban.
—Yo les ense?aré a luchar. —continuó Cáliban —A defenderse. A proteger. No para que asesinen a todo aquel que se cruce en su camino… sino para que nadie las vuelva a poner de rodillas.
Hizo una pausa. Beatriz tragó saliva, pero no lloró.
—La espada que se alza por odio es la más difícil de controlar. Pero si luchan por algo que aman… entonces el mundo no podrá quebrarlas nunca.
Del rostro de Beatriz comenzaron a brotar lágrimas. Peque?as, silenciosas, pero tan honestas como una herida abierta. Resbalaron por su mejilla pálida, dejando un sendero sobre la piel fría.
—Pero ellos… mataron a mi mami… —dijo, quebrándose por fin —?No es justo!
Cáliban apretó los dientes, conteniendo el nudo en su garganta. No podía darle justicia. No podía devolverle lo que perdió.
—Lo sé… —respondió, con la voz cargada de una tristeza que conocía muy bien —Pero estoy seguro… de que tu mami no querría verte convertida en un arma, igual a esos hombres.
Beatriz no respondió. Solo bajó la cabeza.
Cáliban la cargó con cuidado y la sostuvo entre sus brazos. Luego se volvió hacia el grupo, con ella aún apoyada contra su pecho.
—Esas son mis intenciones. —dijo con firmeza —Nada de lo que les he dicho ha sido falso. Habrá recompensas… pero también esfuerzo. El camino no será fácil. Pero tampoco estarán solas. Ahora… es su decisión.
Bajó a Beatriz y la dejó en el suelo con suavidad. Luego, volvió a sentarse, con las piernas cruzadas, observando al grupo entero.
Esperó. Pero nadie se movió.
Xander, desde un rincón, suspiró. No con frustración, sino con resignación. Lo había previsto. Eran ni?as asustadas, rotas y aún no podían creer en promesas sin castigo.
Hasta que Beatriz, la más inexpresiva… demostró que también era la más valiente.
Ella fue la primera. Dio un paso. Sus pies descalzos sonaban como gotas sobre piedra. Extendió sus manitas hacia Cáliban. Esta vez, sin garras ni temblores. Estaba en calma. Tocó la mano de Cáliban y una sonrisa leve, apenas visible, cruzó su rostro.
—Quiero ir… —dijo —Trabajaré duro… si me dan un lugar para comer y dormir. Solo… por favor… no me abandonen.
Cáliban sintió algo en su pecho. Y eso… lo quebró un poco. Rodeó su mano con las suyas, como si abrazara su promesa.
—Te lo prometo, Beatriz… no te dejaré sola. Nunca.
En ese instante, la palma de Cáliban se iluminó. Una suave luz carmesí brotó de sus dedos y se deslizó como fuego líquido hacia el corazón de la ni?a. Un símbolo antiguo, circular, de líneas entrelazadas, se formó sobre su pecho, brillando, y luego se asentó en su piel como una marca viva. Beatriz se sobresaltó levemente.
—?Te duele? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza, llevando su mano al pecho con ojos curiosos.
—?Qué es esto?
—Una marca… —explicó Cáliban, mientras la luz aún danzaba sobre el pecho de Beatriz —Una que establece un contrato entre tú y yo. Tú deberás cumplir con lo que te pida. Y yo… debo cumplir con lo que necesites. También te permitirá vivir en el lugar al que te llevaré. Ese es tu derecho.
Beatriz asintió, tocando con delicadeza el símbolo que aún brillaba tenuemente.
Cáliban le indicó con un gesto que se colocara junto a Xander. Ella obedeció, con pasos firmes y algo de emoción contenida.
Luego, se volvió hacia el resto del grupo.
Las ni?as dudaban. Aún tenían miedo. Pero el ejemplo de Beatriz había dejado una huella. Poco a poco, una a una, comenzaron a moverse. Al principio tímidas, luego con algo más de convicción. La curiosidad infantil, mezclada con el anhelo de tener un hogar y un futuro mejor, se impuso al trauma.
?No lo entienden del todo ahora…? —pensó Cáliban mientras observaba la fila crecer. ?Pero en el futuro… cuando puedan tomar esa decisión conscientemente… se los preguntaré de nuevo.?
Se formó una fila larga, irregular pero viva.
Y así, una tras otra, las ni?as tomaron su mano. Cáliban colocaba la marca con solemnidad, sin palabras, solo con la mirada firme y la promesa silenciosa de cumplir con su parte del pacto.
Cuando la última ni?a recibió su sello, Xander las guió hacia la sala principal del despacho. Allí, cubriendo casi toda la pared norte, había un espejo colosal enmarcado en madera negra. Inscripciones antiguas recorrían su superficie como raíces entrelazadas. Una presencia arcana latía en él.
Cáliban se adelantó, dio dos aplausos secos y el espejo cambió. La superficie se volvió líquida, vibrante, y se abrió como un portal. Un umbral radiante apareció, dejando ver al otro lado un cielo de estrellas infinitas.
—Muy bien… —dijo Cáliban, volviéndose hacia ellas —Su nuevo hogar está detrás de este portal. Síganme.
Sintió una peque?a mano aferrarse a la suya.
Era Beatriz.
Tenía miedo, aunque no lo decía. Solo lo mostraba con ese gesto mudo, apretando con fuerza sus dedos. Cáliban no dijo nada. Solo le devolvió el apretón, con firmeza y calidez, cruzando el portal con ella a su lado.
Al otro lado, un mundo diferente las esperaba.
Un cielo azul profundo con una galaxia visible se extendía sobre sus cabezas. Las estrellas no parpadeaban… pulsaban con relámpagos dorados que llenaban el firmamento. El césped era suave y de tono azulado, como terciopelo bajo sus pies. Un viento dulce acariciaba sus rostros.
Las ni?as, al otro lado, soltaron gritos de asombro. Las que tenían alas se elevaron con júbilo, riendo por primera vez en mucho tiempo. Algunas corrieron por la colina, tocando flores que brillaban al contacto.
—?Se?or! —gritó una de ellas, emocionada —??Viviremos aquí?!
—Por supuesto… —respondió Cáliban con una sonrisa —Síganme.
Iniciaron una caminata por el bosque encantado. Los árboles eran altos y delgados, con hojas que cambiaban de color según la hora del día. Peque?as luciérnagas flotaban como faroles vivientes entre las ramas. El aire olía a vainilla y hierbas dulces.
Xander cerraba la marcha, vigilante, asegurándose de que ninguna se quedará atrás.
Tras unos minutos, el camino se elevó por una suave colina. Y allí, en lo alto de una isla suspendida, se erguía un castillo.
Negro y gótico. Con torres afiladas, vidrieras gigantes y un puente de piedra que cruzaba un abismo resplandeciente. Se alzaba como un guardián entre mundos.
Beatriz, al verlo, se detuvo, fascinada.
—Se?or… —dijo con asombro —?Quién vive ahí?
Cáliban la miró, con una expresión suave.
—Esa es mi casa… —respondió —Y también el lugar donde tomarán clases. Pero antes de eso… vamos a asegurarnos de que tengan un hogar digno. Y camas calientes.
A un lado del castillo, justo en la orilla del bosque encantado, Cáliban condujo al grupo. El aire era sereno, los árboles murmuraban con el viento y el suelo estaba virgen e intacto.
Entonces, con un solo gesto de sus manos, todo cambió.
La tierra tembló con suavidad bajo sus pies. Los árboles más cercanos comenzaron a moverse, sus raíces se extendieron como serpientes dóciles. Cáliban alzó ambas manos, y las piedras del subsuelo emergieron, elevándose con precisión.
Cada movimiento de sus dedos esculpía hogares.
Las raíces se entrelazaban con la piedra, formando tabiques resistentes. Los troncos se doblaban con elegancia para dar forma a techos curvos. De la misma tierra nacían ventanas, puertas de madera cálida y chimeneas ya listas para arder.
En cuestión de segundos, frente a los ojos asombrados de las ni?as, se formó una peque?a aldea de casas robustas y acogedoras. Calles de piedra se dibujaron entre las viviendas y faroles flotantes comenzaron a encenderse al compás de la luz estelar.
—Este será su hogar… —dijo Cáliban, su voz fue firme pero serena —A partir de ahora vivirán en grupos de cinco por casa, para hacerse compa?ía.
Se giró, se?alando hacia el norte.
—Pueden beber y ba?arse en el lago que está debajo de mi castillo. Sus aguas son puras y les harán bien.
Extendió su mano hacia el bosque cercano, cuyas hojas brillaban con un fulgor verdoso.
—Los árboles dan frutos comestibles que saciarán su hambre. Y en los claros viven ciervos lunares y otras criaturas peque?as que podrán cazar… si lo desean. No se preocupen, se les ense?ará todo lo que deben saber para vivir en paz.
Entonces, aplaudió una vez más.
Sus palabras comenzaron a escribirse en el aire, flotando frente a ellas con una caligrafía mágica, brillante y nítida. Invocó también una runa de sonido que amplificó su voz, de modo que resonará como un eco suave por todo el nuevo asentamiento.
—Muy bien, peque?as… es hora de establecer algunas reglas. Presten atención.
La voz era clara, envolvente, imposible de ignorar.
—Regla número uno. Está completamente prohibido acercarse a la zona más allá del bosque oscuro. No es un juego. Nadie debe cruzar esa frontera.
Las ni?as escuchaban con seriedad. Algunas tomaban la mano de sus compa?eras.
—Regla número dos. Está terminantemente prohibido pelear entre ustedes. A partir de ahora, son familia. Deben cuidarse. No importa su especie, edad o habilidades. Todas son iguales. A mis ojos… no hay una sola que valga más que otra.
Los ojos de Cáliban brillaron intensamente, dejando en claro que sus palabras no eran negociables.
—Regla número tres. Tendrán tiempo para jugar y estudiar todos los días. Pero también deberán cumplir con las tareas que se les asignen. Algunas serán difíciles, otras agotadoras. Pero deben avanzar. ?Por qué? Porque yo confío en ustedes. En todas.
Y, finalmente, su tono bajó un poco, tornándose más grave.
—Regla número cuatro y última. Está prohibido abandonar este lugar sin permiso. Este es su santuario. Su refugio. Aquí crecerán, aprenderán y se prepararán. Pero si alguien rompe esta regla… será expulsada. Sin excepción.
Guardó silencio un instante. Luego a?adió:
—Y no intenten esconderme nada. Yo soy el due?o de este lugar. Mi voluntad se extiende a cada raíz, cada piedra, cada aliento de viento. Si alguien entra al bosque prohibido… si alguien hiere a otra… lo sabré.
El aire se volvió denso, como si el bosque mismo escuchara.
—?Entendido?
Las ni?as, aún impresionadas, asintieron al mismo tiempo. El mensaje había quedado claro. No era una prisión. Pero tampoco un jardín sin fronteras. Era un hogar con reglas. Y un se?or que las protegería… siempre que ellas también cumplieran con su parte.
—Bueno… —dijo Cáliban mientras el viento suave del bosque aún acariciaba los rostros de las ni?as —Durante los próximos días se quedarán aquí. Jueguen, exploren, descansen. Pero tengan cuidado de no lastimarse.
Las ni?as asintieron, aún deslumbradas por el entorno.
—Pronto les traeré camas, mesas, utensilios y todo lo necesario para que puedan vivir con comodidad. Por ahora…
Chasqueó los dedos.
Al instante, una ráfaga de maná las envolvió y, con un leve destello, las cincuenta ni?as fueron transportadas en un parpadeo al interior del castillo.
Aparecieron dentro de un enorme comedor abovedado. Columnas de mármol negro se alzaban hasta un techo encantado que reflejaba un cielo nocturno perpetuo, salpicado de estrellas vivas. Las mesas estaban ya servidas. Había patos dorados, copas de cristal y bandejas humeantes repletas de delicias inimaginables. Frutas de colores imposibles. Panes calientes recién horneados. Jugos dulces, sopas aromáticas, carnes jugosas, pasteles suaves. Todo dispuesto con una elegancia casi imperial.
—Pueden comer aquí mientras el pueblo termina de construirse. —anunció Cáliban, con una voz más relajada —Yo tengo asuntos que atender. ?Disfruten la comida!
No tuvo que repetirlo dos veces.
Las ni?as, impulsadas por el hambre, la emoción y la nueva libertad, se lanzaron con alegría contenida hacia las mesas. Comenzaron a devorar la comida y a reír, probando platos que jamás so?aron. Algunas se pasaban frutas entre sí, otras peleaban por un pan dulce. La atmósfera, por primera vez, era feliz.
Cáliban las observó desde la entrada del salón, sin moverse. Verlas así… sonriendo, compartiendo, siendo ni?as de verdad… le llenó el pecho de una emoción que no sentía desde hacía mucho tiempo.
—Xander… —dijo sin apartar la mirada.
—?Sí, se?or?
—Llama a todos. Iré a mi despacho. Tenemos mucho de qué hablar.
—Como ordenes.
Xander hizo una reverencia breve y desapareció tras una de las puertas laterales. Cáliban se volvió, caminando hacia la gran escalera en espiral que ascendía al segundo piso. Pero antes de poner el primer pie en el escalón, sintió una peque?a mano tomar la suya.
Era Beatriz.
—?Se?or! —dijo con una mezcla de emoción y firmeza —?Muchas gracias! ?Prometo trabajar duro y convertirme en una gran maga para ayudarlo!
Cáliban sonrió. No una sonrisa irónica ni diplomática. Fue cálida, sincera, casi paternal.
—No esperaría menos, peque?a. —le respondió —Ahora ve a comer. Debes crecer sana y fuerte.
Beatriz asintió enérgicamente, hizo una peque?a reverencia agitando los olanes de su vestido, y corrió de regreso a su lugar. Cáliban la siguió con la mirada unos segundos. Se quedó viendo cómo compartía un pastel con una ni?a más peque?a. Cómo reía. Cómo era feliz.
Y por primera vez desde la muerte de Cecilia… sintió algo latir con fuerza en su pecho. Una chispa de propósito brillo en su pecho. Algo había cambiado. Giró sobre sus talones, subió los escalones lentamente y desapareció en la penumbra del castillo.

